Viaje al Planeta Dimensis

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Sinopsis

Colomba, una chica de trece años, está desesperada porque el reloj que le ha regalado su padre se ha extraviado de forma misteriosa. Sin embargo, una fantasma aparece en su cuarto y le revela una impactante verdad acerca del malvado ladrón de su reloj. Colomba deberá ir en su búsqueda, recorriendo mundos fantásticos y enfrentando peligros que desconoce. Gastón, su mejor amigo y un misterioso gato negro, la acompañarán en su gran aventura.

Genero:
Fantasy/Romance
Autor/a:
Yasnita89
Estado:
Completado
Capítulos:
21
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1: Visita de dormitorio

No puedo fingir que no te quiero, porque mis ojos no mienten.

Estoy anclada tu corazón….

1 de julio de 1998

1



VISITA DE DORMITORIO

La vida de Colomba dio un vuelco cuando descubrió que su cepillo de dientes había ido a parar al interior del refrigerador sin motivo aparente. No era la primera vez que le sucedían aquellas cosas inexplicables. En una ocasión se encontraba lavando la loza cuando se percató por el rabillo del ojo que un plato de sopa se movía un poco de su sitio. A veces creía ver que sus libros de escuela temblaban como si una mano invisible quisiera sacudirlos. Sin embargo, que su cepillo de dientes apareciera en el refrigerador, ya era otro asunto. Preguntó a sus padres si alguno de los dos le había jugado una broma, pero su madre solo había observado con preocupación y aconsejado que descansara de sus estudios ya que estaba imaginando cosas, su padre, por su lado, sonrió con dulzura, como si Colomba estuviera buscando atención.

Todos aquellos extraños sucesos comenzaron el día en que se extravió el reloj que le había regalado su padre para sus cumpleaños número trece. Era usado y las manecillas imitaban el color del oro, pero para ella, tenía un significado muy especial. La chica juraba que la última vez lo había dejado en el cajón de su cómoda, como todas las noches antes de dormir. A la mañana siguiente, antes de ir a la escuela lo había buscado, pero no había rastro del reloj. Colomba tenía mucha pena y no se atrevía a contar a sus padres que había perdido aquel regalo tan valioso.

La chica vivía y estudiaba en el colegio Santa Rosa, ubicado en calle Hernán Ross de Maipú. Su casa conectaba con uno de los pasillos de la escuela, ya que sus padres eran auxiliares del establecimiento. La familia arrendaba la casita en acuerdo con el director de Santa Rosa.

Colomba era muy querida por la mayoría de sus compañeros. Tenía un carácter amable y los profesores la estimaban mucho, ya que sacaba muy buenas notas y se encargaba de la ayudantía en el aula. Físicamente era una chica de tez morena, ojos verdes y largo cabello negro y liso que casi siempre llevaba trenzado. Su nariz era pequeña y respingada.

Colomba no quería pensar que algún chico de la escuela se hubiese metido in fraganti dentro de casa para robar su reloj. Confiaba en ellos, pero en el fondo, era más razonable que creer en ello que imaginar que un ser “invisible” le había hecho una pequeña travesura.

—Que cosas me invento —se dijo a sí misma.

A veces la imaginación no es tan poderosa mi querida amiga, dijo una voz dentro de su cabeza.

La joven dio un respingo. Estaba terminado de ordenar su mochila para ir a clases. Al sentir la voz giró hacia todos lados, pero en su cuarto no había nadie. Cerró los ojos temblorosa y habló en voz alta:

—Seas quien seas, no me asustes de esa manera, por favor.

¡Pataplaf!

Algo cayó con estrepito y la joven dio un grito de espanto… su habitación seguía intacta, pero afuera, en el pasillo que conectaba su habitación con el patio delantero de la escuela se oyeron unos crujidos. La chica se asomó por la ventana y respiró con alivio al darse cuenta de que era César, el gato negro y angora que Don Eulogio, su vecino, había adoptado hace pocos días. De vez en cuando bajaba por el tejado y se colaba por su ventana para pedir comida.

—Chico travieso —murmuró mientras le rascaba las orejas y el felino ronroneaba feliz. Le preparó un platito de leche y él bebió con avidez.

Tonta, se regañó, Estoy imaginado cosas y asustándome por todo.

César se relamió varias veces y se puso panza arriba, revolcándose en el suelo. La chica lo dejó en su cuarto y salió de casa para dirigirse a su salón de clases. Se sentía abatida y le costaba concentrarse en las asignaturas. Su maestro de historia estuvo a punto de regañarla por no prestar atención a sus preguntas. Sus compañeros la miraron con extrañeza, pues Colomba acostumbraba a ser muy aplicada en clases. Gastón, su mejor amigo, la observó de reojo en el asiento contiguo.

Cuando tocaron la campana del primer recreo, ambos se sentaron en medio de una de las escaleras.

—Estás muy callada ¿hay algo que no me hayas contado? —preguntó él con preocupación.

Colomba lo observó con sus ojos verdes.

—Tranquilo, no es nada grave.

—¿No quieres decirme? —el joven parecía ofendido.

—¡Claro que no! Es solo que… últimamente me han pasado cosas extrañas —aclaró Colomba rápidamente.

Gastón frunció el ceño.

—¿Extrañas? ¿Qué quieres decir?

Colomba lo miró con cariño. Se conocían desde tercero básico. Gastón había llegado ese año a la escuela. Desde el primer momento se había mostrado chispeante, inquieto y alegre, con su cabello pelirrojo revoloteando por todos lados como una esperanzadora llama de fuego. Los maestros lo regañaban en clase por conversar o ponerse de pie sin permiso, pero en el fondo, era un buen niño con un gran corazón. Colomba, por su lado, tenía pocos amigos y trataba de pasar desapercibida entre libros y cuadernos. A pesar de ser querida, le costaba unirse a los demás. A veces no quería jugar a “las escondidas” o “al pillarse”. Solo quería charlar sobre el poema que había inventado o de su programa favorito en la televisión, pero nadie le prestaba atención. Los niños no comprendían que no quisiera jugar en los recreos… excepto Gastón, quien muchas veces se acercaba a ella cuando la veía solitaria y la escuchaba con sus pequeños ojos grises. El chico tenía muchos amigos, y a todos les gustaba jugar con él, pero a Gastón no le importaba hacer una pausa en sus recreos para acompañar a Colomba.

Hoy, estaban en octavo básico y seguían siendo los mejores amigos.

—Se me perdió el reloj que me regaló papá para el cumpleaños —comenzó Colomba—. El que te mostré cuando fuiste a mi casa para preparar la disertación de Ciencias Naturales.

Su amigo dio un respingo.

—¡Caramba! ¿Se enojó mucho tu padre?

—La verdad es que no le he dicho a nadie. Eres el primero en saberlo.

—Descuida, yo no abriré la boca.

—Lo sé, Gastón —suspiró ella.

—¿Eso es lo que te tiene alicaída?

—Sé que parece una trivialidad, pero a papá le cuesta mucho sacrificios comprarme cosas.

—Tranquila, Colomba —dijo su amigo, dándole unas palmaditas suaves en el hombro—. No lo pongo en duda, solo era una pregunta. ¿Dónde se te perdió? Te puedo ayudar a buscarlo.

—No lo he sacado de casa, eso es lo peor. Estoy segura que lo dejé en la cómoda de mi cuarto.

—Entonces tiene que estar ahí. —supuso Gastón.

La joven gimió angustiada.

—Lo he buscado por todas partes y no lo encuentro.

—¿Estás segura?

—¡Pues, sí! Mi casa es pequeña. No hay mucho donde buscar.

—Mm —Gastón se llevó una mano al mentón, pensativo—. ¿No lo habrá robado alguien del colegio?

—También lo pensé… pero no creo. La casa siempre está cerrada cuando no estamos nosotros.

— ¿Qué sugieres que hagamos? —preguntó Gastón con los ojos brillantes de emoción.

—No lo sé, estoy confundida.

—La otra posibilidad es que uno de tus padres lo haya guardado y no saben que lo están buscando con tanto ahínco.

Colomba negó con la cabeza y lanzó un pequeño gemido de exasperación.

—Me lo hubieran dicho. No tiene sentido.

—¿Y si nos escondemos después de clases en el pasillo de la campana y lo buscamos por todo el colegio? —preguntó el joven con entusiasmo—.Si seguimos la hipótesis de que algún compañero lo robó, podemos encontrar una pista.

—Si alguien lo hubiera robado lo tendría en su casa ¿no? ¿Para qué querría alguien robar un reloj y dejarlo en la escuela?

—No lo sé —el chico se encogió de hombros—. ¿Para hacer una broma?

Su amiga parecía poco convencida.

—¡Anímate, Colomba! Es mejor investigar que preocuparse ¿no? Estoy seguro de que encontraremos tu reloj.

La cara de la joven se iluminó, pero luego se puso seria.

—Yo puedo quedarme rondando en la escuela después de clase porque vivo aquí, pero tú…

—Seré muy precavido. Si llego tarde a casa puedo inventar que me quedé contigo haciendo la carpeta sobre los Aimaras. ¡He aprendido esos trucos del cómic “El Sorprendente Detective Williams al acecho”!

Colomba parpadeó.

—¿El sorprendente qué?

—¿No te lo he contado? —los ojos grises de Gastón se iluminaron como estrellas—. ¡Pero que descuidado soy! He comenzado a leer los cómics del gran dibujante londinense, Jacks O ’Kelly. Su último y gran trabajo se llama“El sorprendente detective Williams al acecho”. Él resuelve los casos más sorprendentes y difíciles. También es excelente para camuflarse o disfrazarse. Ha delatado a criminales muy peligrosos, ladrones, estafadores, políticos, todo lo que puedas imaginar —Gastón sonaba tan entusiasmado que parecía no respirar—. Su archienemigo es el temible Pirata Barrett. Lo apodan así porque perdió el ojo derecho en una redada.

—Oh.

—Increíble ¿No? ¿Te imaginas descubrir un misterio como el detective Williams? Aunque espero no tener que enfrentarme a ningún pirata.

Colomba tenía ganas de reír, pero trató de disimularlo para no ofender a su amigo. A él le encantaba leer cómics y libros de aventuras. Era un chico muy soñador. A menudo decía que quería ser dibujante y muchas veces su amiga lo descubría en las nubes, imaginando como sería vivir en un mundo donde existieran los superhéroes. Gastón era muy hábil en Artes Plásticas, pero a diferencia de ella, no se le daba bien estudiar matemáticas o Ciencias Naturales, hablaba muy rápido y era tan inquieto como cuando era pequeño. A Colomba le gustaba hojear diccionarios, atlas y almanaques. Es por ello que formaban una buena dupla. Los dos se ayudaban continuamente y se complementaban.

Gastón palmoteó la espalda de la chica en señal de amistad y le dijo que estuviera tranquila, que todo se solucionaría. Algunos compañeros que bajaban por la escalera los miraron maliciosamente lanzado risitas para avergonzarlos. Lo consiguieron, pues los dos se pusieron colorados como tomates frescos, sin embargo, Colomba con mucha dignidad, les ignoró y fingió no haber escuchado.

—De acuerdo —dijo en un susurro—. Tenemos que ser cuidadosos. Papá se encarga de las salas después de las dos de la tarde, cuando se van todos los semaneros. Mamá ronda por el patio central a las tres.

—¡Será una aventura emocionante, Colomba! ¡Ya lo verás!

Cuando terminó la jornada escolar, los chicos esperaron en el patio delantero del colegio hasta que poco a poco el alumnado fue dirigiéndose a sus hogares. Colomba y Gastón se escabulleron hasta el pasillo de la campana. En un costado, se encontraba un pasaje con algunos árboles y maceteros. Los jóvenes se encuclillaron tras unos pequeños rosales, sin embargo, aquella aventura no sería tan sencilla, pues habían olvidado que los maestros se retiraban horas más tarde.

—Deben estar todos en la sala de profesores —susurró Gastón—. No nos verán.

—A menos que a alguno se le ocurra ir al baño.

Su amiga se estaba poniendo nerviosa. El chico la conocía bastante para darse cuenta que cuando restregaba las manos es que estaba a punto de colapsar.

—No tienes que ser tan negativa. No somos los humanos con la peor suerte del mundo para que alguien nos pille in fraganti ¿o sí?

—Eso lo dices porque crees que vives en un cómic y no en un mundo real — Replicó ella, pero Gastón se limitó a sonreír como si le hubiera dicho un halago.

Cuando estuvieron seguros de que no había nadie por los alrededores, salieron de allí para dirigirse a las salas que estaban vacías, algunos rincones del colegio, la alacena de útiles de aseo, biblioteca, sala de música y la sala de cine, que contaba con algunas pocas sillas de colegio y un televisor para ver películas de estudio.

Buscaron y buscaron, pero nada encontraron.

—Es inútil —suspiró Colomba después de un rato—. Me siento como una idiota. Pareciera que estuviéramos jugando a los agentes secretos.

—Quizá podríamos revisar la sala de profesores —propuso el chico sin desanimarse—. Esperaremos hasta que se vayan…

—¡Ni se te ocurra! –exclamó la joven, agitando un dedo frente a su nariz—. ¡Basta del detective Walter por hoy!

—¡Williams! ¡El sorprendente Williams al acecho!

—¡Como sea! Nos estamos arriesgando demasiado, Gastón.

—¿No quieres recuperar tu reloj?

Colomba resopló tan fuerte que salpicó de baba la cara de su amigo, pero no le importó.

—Claro que sí, pero no a este precio. No quiero que nos expulsen a los dos —la chica levantó la mamo porque su amigo quería objetar, pero ella lo detuvo—. Si, si, ya sé que te gusta la aventura y todo eso, y también sé que eres imprudente y te crees un súper espía, pero la aventura por hoy, acabó. Nos vamos a nuestras casas —la joven se dio cuenta de que había alzado la voz y suavizó su tono, después de todo, Gastón no tenía la culpa de lo que le estaba pasando—. Mira, agradezco mucho tu ayuda, pero el reloj es mío y se te metes en un lio por mi culpa no lo soportaría.

Colomba esperó ser lo suficientemente sincera para hacer entrar en razón a su amigo, por un momento temió no haberlo conseguido, pero el joven dulcificó su mirada y asintió despacio. De pronto, pareció tímido y su espíritu aventurero se desvaneció un poco.

—Está bien —suspiró—, pero te repito, no me he rendido. No descansaré hasta encontrar tu reloj, y no te preocupes, puedo hacerlo solo para no ponerte en peligro. Si alguien me descubriera, cosa que no creo, diré que estoy buscando un objeto que me pertenece…

Oh, no.

¡Colomba no podía creer que su amigo fuera tan testarudo! De pronto, abrió mucho los ojos y miró por encima del hombro de él.

—¡Allí viene el pirata Barrett! —siseó con urgencia.

—¿Qué…?

—¡¡El enemigo!! ¡¡Se está abriendo la puerta de la sala de profesores!!

Gastón dio un respingo.

—El portón principal ya debe estar cerrado para los alumnos —murmuró con apuro—. Saltaré por la reja de atrás ¡Nos vemos mañana! No dejes que te vean. Si alguien lo hace, diles que estabas tratando de persuadirme de no hacer alguna estupidez.

—¡Ten cuidado! —susurró ella viéndolo correr con su mochila sacudiéndose sobre su espalda, pero su amigo ya no la escuchó.

Colomba sonrió. En realidad, los maestros continuaban en su sala de trabajo, pero valía la pena mentir si se trataba de impedir que un amigo se metiera en un lío. Sacudió la cabeza con un suspiro. Ay, Gastón, para ser detective, aún te falta darte cuenta cuando alguien está mintiendo. He descubierto que se me da muy bien actuar.

—¿Colomba? ¿Qué haces aquí?

La chica se giró. Su padre estaba frente a ella con unos guantes de limpieza.

—¿Por qué no te has ido a casa?

—¿Eh? Pues… porque quería entregarle un dibujo a la señorita Pamela.

Su padre sonrió.

—¡Tú y tus regalos! Pensé que no te gustaba dibujar.

—La verdad no —Colomba se sonrojó—, pero creo que éste me quedó muy bonito —la chica rogó porque su padre no le pidiera mostrarle el dibujo que no existía.

—¿Por qué no te has puesto el reloj? —quiso saber él desviando repentinamente la mirada a la muñeca de su hija.

Ay, no.

—Pues… ¡lo tengo en la mochila!

—¿Por qué?

—Pooor… —la joven se mordió la lengua—. ¡Porque me devolví corriendo a entregar el dibujo a la maestra y se me soltó de la muñeca! así que para evitar que se me cayera al suelo lo guardé.

—¿Te queda suelto? —preguntó su padre frunciendo el ceño—. Quizá tendré que ajustar un poco más la correa…

—¡No! Tranquilo, papá. No es necesario, es solo que corrí muy fuerte —Colomba se apresuró a caminar hasta su casa—. ¡Te veo en la tarde!

El hombre asintió con la cabeza.

—¡Lávate las manos y almuerza!

—Sí, papacito.

Colomba regresó a casa dejando caer la mochila con pesadumbre sobre una silla. Se cambió el uniforme y puso el casete de su artista favorito mientras se quitaba los zapatones. Casi la habían descubierto.

En ese momento, sintió un estruendo proveniente del pequeño pasillo que conectaba su casita con el patio delantero del colegio. Apagó la radio y se asomó para observar, pero allí no había nada más que el cajón grande y de madera que su padre utilizaba para guardar herramientas. Tampoco se veía a César. Se encogió de hombros. A veces las palomas bajaban a picotear las semillas que caían de los árboles. Se dio la vuelta para entrar a casa y algo golpeó su cabeza.

La chica se giró bruscamente, pero tras ella no había nadie. Se palpó la nunca con suavidad y descubrió que en el suelo se hallaba una hoja de cuaderno arrugada como una pelota. La recogió con manos temblorosas y la alisó. En ella se leían unas palabras escritas con lápiz de mina. La letra era pequeña y un poco confusa, como la de un niño que está aprendiendo a escribir. Colomba leyó:

No te rindas, el reloj también es importante para mí.

La joven ahogó un grito y dejó caer la hoja.

—¡Gastón! —susurró con impaciencia.

¿Era posible que su amigo se hubiera colado por el techo para arrojarle aquel mensaje?

—¡No seas tan inmaduro, imprudente e impulsivo! —lo regañó llevándose el puño a la frente—. Se supone que ya hablamos de esto. ¿Quieres que nos castiguen a los dos?

Nadie contestó.

—¿Gastón?

El joven se mantuvo en silencio. La chica suspiró recogiendo la hoja de suelo y se dispuso a entrar a casa, pero una fuerza invisible le arrebató la nota de las manos, haciéndola volar por los aires como si fuese un ave, luego fue lanzada muy lejos sobre los tejados.

Colomba se estremeció.

—¿Qué… está… pasando aquí? —tartamudeó, temblando de pies a cabeza. Un escalofrío recorrió por su espalda. Tragó saliva y echó a correr hasta su cuarto. —Es una broma —murmuró para sí misma—. Tiene que ser una broma. —sus ojos se desviaron hasta la repisa donde guardaba sus útiles escolares. Uno de sus cuadernos estaba abierto. Alguien había arrancado una de sus hojas. Alguien había entrado a su cuarto. Asustada comenzó a buscar por la casa en busca del intruso, pero no encontró a nadie. Sea quien sea debió haber escapado rápidamente.

Se encerró en su habitación sin atreverse a salir por un buen rato.

Al día siguiente, Colomba estaba desesperada por hablar con Gastón. Apenas sonó la campana del primer recreo, ambos se juntaron en un lugar apartado del patio principal.

—¿Qué sucede Colomba? —preguntó el joven al verla tan inquieta.

—No me lo vas a creer…

—¿Qué? ¡Oh! No me digas —dijo su amigo con desgana—.¡Encontraste el reloj! y yo quería seguir explorando por las tardes… quiero decir, me alegro por ti… no quise decir que… en realidad…

—¡Gastón! ¡Me desesperas cuando hablas rápido!

—¿Yo?

—Creo que me ha sucedido un fenómeno paranormal.

El chico frunció el ceño.

—Recuerdo que algo me habías dicho, pero pensé que se trataba de tu reloj.

—De hecho, todo comenzó cuando se me perdió.

—Pero ¿a qué tipo de fenómenos te refieres?

Colomba se restregó las manos.

—Los objetos de mi pieza desaparecen y luego los encuentro en el refrigerador, también he visto cosas que se mueven… —se calló esperando ver alguna reacción de burla en el rostro de Gastón, pero él se limitó a escucharla con la mirada fija y sin mover un músculo.

—Continua —susurró exasperado ante su silencio.

—Ayer me ocurrió algo muy curioso —prosiguió ella más animada—. Después de que te fueras, volví a casa y sentí un ruido muy fuerte fuera de mi cuarto, me asomé al pasillo y entonces… y entonces…

—¡¿Y entonces qué?!

—Me arrojaron una hoja a la cabeza. Cayó de la nada. Al principio pensé que eras tú quien me estaba haciendo una broma, pero luego una fuerza invisible me arrebató la hoja de las manos y la arrojó por los tejados.

Gastón parpadeó.

—¿Me crees? —pregunto ella con aprensión.

El chico asintió con la cabeza y Colomba prosiguió:

—Antes de que la hoja volara por los aires alcancé a leer lo que había escrito en ella.

—¿Y qué decía? —preguntó su amigo cada vez más interesado.

No te rindas, el reloj también es importante para mí —recitó Colomba de memoria—. Cuando entré a mi cuarto después de lo ocurrido me di cuenta que alguien había entrado a mi pieza y arrancado una hoja a uno de mis cuadernos. ¿Te das cuenta? ¡Alguien entró a mi casa! no sé cómo lo hizo. Estoy segura de que puse llave a la puerta cuando llegué. Tampoco había ventanas abiertas.

Su amigo abrió los ojos con sorpresa y sus pupilas brillaron como escarchas. Colomba conocía muy bien esa mirada, era la antelación ante una nueva e imaginaria aventura que Gastón querría vivir encarnando a un detective.

—¿Y cómo explicas lo de la hoja que salió flotando?

Ella se encogió de hombros y abrazó su propio cuerpo.

—¡Quizás estamos a punto de resolver un misterio! —prosiguió Gastón hablando muy rápido—. Primero, debemos desenmascarar a un ladrón y segundo, tenemos que descubrir si ese ladrón es el mismo que escribió aquel mensaje. Lo más probable es que sí. ¿Dónde quedó la nota? ¿Sobre los tejados?

—¡Yo que sé! Solo vi en qué dirección flotó.

—Piénsalo, Colomba —prosiguió él, cada vez más entusiasmado—. ¿Quién querría que encontrarás el reloj? ¡El que te lo robó! ¿No recuerdas cómo era la letra? Tendremos que iniciar una ardua investigación comparando las letras en los cuadernos de cada estudiante.

—¡Eso suena ridículo! —exclamó la chica levantado los brazos con exasperación. —no tiene sentido que el “ladrón” me inste a encontrar el reloj porque también es importante para él.

Gastón torció la boca y se cruzó los brazos.

—Quizá el “supuesto ratero” perdió el reloj y ahora sé siente culpable y quiere enmendar su error… o tiene miedo de ser descubierto y castigado.

Colomba lo miró con una mezcla de ternura, desesperación y lástima.

—Gastón, como detective te mueres de hambre. Lo único que puedo concluir de esta situación es que alguien me está jugando una broma muy cruel.

—¿Y cómo explicas las cosas extrañas que te han sucedido últimamente?

La joven abrió los ojos asustada.

—Creo que estoy paranoica… olvida que te conté eso ¿sí?

—Siempre tratas de ser muy racional, Colomba. Tienes que ver más allá de tus narices.

La chica debería enfadarse, pero en vez de ello, se echó a reír. Gastón trató de poner cara de ofendido, pero no pudo evitar sonreír a la par con su amiga.

—¿Entonces qué sugieres que hagamos? —preguntó cuándo ambos se calmaron.

—Por hoy no quiero rondas detectivescas por el colegio ¡y no me pongas esa cara! No quiero que nos descubran y nos castiguen, te lo he dicho muchas veces.

—Y yo ya te he dicho que no te preocupes. Puedo hacer rondas sin que…

—¡Claro que no! ¡Y es mi última palabra! —Colomba puso los brazos en jarra—. No se te ocurra hacer nada a mis espaldas. Te conozco.

—¡Está bien! ¡Está bien! ¡Tú ganas! —le dio unas palmaditas en el hombro—. Sé que lo encontraremos, Colomba. Nada es imposible en la vida.

Sin embargo, al llegar la noche, la chica sentía que tenía que hacer algo al respecto. ¿Pero qué? ¿Y si la voz que había escuchado en una ocasión y la persona que había arrojado la nota estaban relacionadas? No había contado a su amigo aquel acontecimiento porque, aunque él fuera aventurero e imaginativo, Colomba temía que pensara que se estaba volviendo loca. Incluso, ella misma lo creía. A veces era mejor negar ciertas cosas y buscar explicaciones racionales para no sucumbir en pánico, pero la pérdida del reloj la estaba torturando por dentro. Tenía ganas de llorar, sentía pena por su papá, por haber perdido algo que le había costado tanto sacrificio. Además, no estaba acostumbrada a mentirle. Ni a él ni a su madre.

Se sentó al borde su cama y preguntó al aire:

—¿Estás ahí? ¿Tú sabes dónde está mi regalo?

Silencio.

Volvió a intentarlo.

—¿Estás ahí?

Nada.

—Por favor —suplicó con voz temblorosa—. Seas quien seas, dime dónde está mi reloj. La angustia me está matando. Ayúdame… por favor.

Cloc toc clac tic.

Las palomas del tejado, picotearon las semillas fuera de su cuarto. Fue la única señal que obtuvo.

—¿HAY ALGUIEN HAY? —preguntó alzando la voz sin darse cuenta, luego dio un respingo y se tapó la boca con la mano. Su madre abrió la puerta de su habitación apresuradamente.

—¡Colomba! ¿Qué sucede? ¿Por qué gritas de esa manera?

La chica se sonrojó.

—Perdón, mamá… no pasa nada. Estaba cantando.

—¿Cantando? Más bien, estabas matando al cantante.

—Sí —contestó ella intentando sonreír—. Estoy ensayando para una presentación en clase de música.

—Bueno, procura no asustarme ¿sí? —dijo su madre en un tono más dulce—.¿No deberías estar durmiendo?

—Ahora me acuesto. Buenas noches, mamita.

—Buenas noches, cielo. Descansa.

Su madre cerró la puerta y ella dejó escapar el aire que estaba conteniendo.

—Estoy haciendo el ridículo— se dijo con un susurro—. Es evidente que me estoy volviendo loca.

Se colocó el pijama, se metió entre las cobijas y apagó la luz de su lamparita, tratando de no pensar en el asunto. Se dio vueltas en la cama y tardó muchas horas en conciliar el sueño.

Los días siguientes fueron muy difíciles. Cuando tomaba desayuno con sus padres intentaba tapar sus muñecas para no dejar ver que no llevaba puesto el reloj. Además, era evidente que estaba durmiendo mal, pues las ojeras bajo sus ojos la delataban. Sus padres la observaban preocupados. Su madre le había preguntado muchas veces que le sucedía y que confiara en ella para contarle lo que quisiera, pero Colomba se limitaba a negar con la cabeza y sonreír.

—Tranquila, mami —respondía siempre—. Estaba preocupada por algunos exámenes, pero los pasé sin problemas. Ahora estaré más tranquila.

Sin embargo, aquella afirmación era cada vez menos convincente, pues había comenzado a bajar sus notas y dos profesores habían citado a sus padres para hablar de la situación. Además, siempre que sentía un ruido repentino se sobresaltaba y su padre la había escuchado hablar sola en varias ocasiones.

En cierta ocasión, la joven escuchó a escondidas que él, proponía a su madre llevarla a un médico, pues tal vez estaba enferma. Gastón trataba de animarla y le llevaba todos los días en clase alguna golosina o un trozo de chocolate e intentaba distraerla con las historias de sus cómics. Ella lograba olvidar sus preocupaciones por un instante, pero luego volvía a sumirse en silencio. Su amigo no se atrevía a volver a proponerle buscar el reloj por temor a impacientarla más de la cuenta, sin embargo estaba decidido, desde ese día se quedaría en el colegio un poco más tarde para ayudarla a encontrar el preciado regalo de su padre.

Y así lo hizo.

Cuando terminó la jornada escolar fingió despedirse de Colomba y se escondió en el baño de varones. Espero a que todos se hubieron retirado y salió a hurtadillas en dirección al patio central. Comenzó su búsqueda por su propia aula, removiendo debajo de los bancos de los pupitres y la mesa del profesor. No encontró nada. Hizo lo mismo con las salas de séptimo y sexto. El resultado fue el mismo. Calculó que ya sería la hora en que el padre de Colomba comenzaría a limpiar las salas, así que decidió terminar su búsqueda por aquel día, pero se prometió volver a intentarlo. ¡Encontraría el reloj a como de lugar!

***

Colomba despertaba sobresaltada todas las noches. Las pocas horas que lograba dormir, soñaba que una mano invisible y gigante bajaba del cielo y se llevaba todas sus pertenencias.

Una noche se echó a llorar silenciosamente sobre su cama, acallando los sollozos con sus sábanas. Ya no podía más, tendría que contar a su padre que había perdido el reloj.

—Buenas noches, Colomba —dijo una voz en su cuarto—. ¡Qué alegría poder hablar contigo después de muchos días!

La chica se incorporó de golpe con el corazón a punto de estallar. Frente a su cama, se encontraba flotando una chica, más o menos de su edad. No era corpórea, sino transparente. Su cabello estaba amarrado en una coleta y llevaba un vestido blanco, floreado, con un lazo alrededor de la cintura y encajes alrededor del pecho. Sus zapatos transparentes parecían de charol.

Miraba a Colomba con ojos tristes.

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