Invierno #1 Saga Guardianes

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Sinopsis

Hela nació con una maldición que podía destruirla a ella y al mundo que tanto amaba. Una maldicion que la había obligado a esconderse toda su vida pero, una tarde cuando todo parece perdido y ella no puede hacer nada para detenerlo, él aparece y con eso una verdad que ella no creía que fuera posible. Aliados. Compañeros. Ambos son lo mismo pero, ¿pueden existir dos seres idénticos en el mundo sin que uno deba renunciar a su poder?

Estado:
En proceso
Capítulos:
2
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Clasificación por edades:
18+

Prólogo


Era extraño.

La sensación de estar muriéndome. Sobre todo, porque jamás me había sentido tan viva como lo hacía en este momento.

No podía evitar sentir el dolor y la angustia que me ahogaba poco a poco y que cerraba mi garganta hasta no permitirme respirar, podía sentir la presión en mi pecho y el ardor en cada centímetro de mi cuerpo.

Sabía que no iba a salir de esta, que fuera lo que fuera que hubiese hecho, esta vez no se arreglaría tan fácilmente acercándome a una chimenea.

Esta vez iba a morir.

Y nadie iba a impedirlo, nadie iba a acercarse a mí para tratar de detener lo que esto fuera.

Podía escuchar a mi madre sollozar de manera lejana, quien ni siquiera se hubiera atrevido a entrar, quizás estaba en el pasillo, observando todo desde el marco de la puerta que pocas veces se atrevía a traspasar.

Podía también escuchar a mi padre ladrar órdenes a los guardias pero, no podía comprender qué es lo que decía, lo que trataba de hacer. Quizás estuviera ordenando que desalojaran el palacio, quizás estaba poniendo a salvo a todo el mundo, pero no a mi.

A mi nadie podía salvarme.

Y daba igual si ahora no lograba morir, ocurriría en otro momento cuando volviera a perder el control, todo volvería a estallar y de nuevo, nadie podría evitarlo.

—¡HELA! —La voz joven y aterrada de mi hermana fue lo único que escuché con claridad, como si ella fuera la única que se hubiera atrevido a acercarse a mi.

—Ha…nna —Traté de llamarla. De advertirla de que se alejara.

Pero no había voz en mi, no había otra cosa que un vacío que poco a poco me iba ganando por completo y temía que en pocos instantes más, me tragara sin poder evitarlo.

—¡Hela!—La escuché forcejear —¡Hay que hacer algo! ¡DEBEMOS HACER ALGO!

Casi quise reír, de hecho, lo hubiera hecho si no fuera porque la única expresión que lograba dar al resto del mundo era una de dolor insoportable, con las lágrimas recorriendo el costado de mi rostro antes de impactar contra en suelo en el que estaba encogida y retorciendome con violencia.

Nadie iba a hacer nada.

Podía sentir como se esparcía debajo de mi, como la alfombra que debía de ser mullida y suave ahora era una masa dura y helada, como el suelo que debería ser de un castaño oscuro pero cálido ahora era una capa gruesa de un color blanquecino azulado. Hielo.

Duro, tan frío al tacto que tus dedos se quemarían. Nacido de una fuente tan extraña que daba igual cuánto calor le dieran, apenas lograba derretirse

—¡HELA! —Abrí ligeramente los ojos, solo siendo capaz de percibir una silueta borrosa a través de las lágrimas que los inundaban —¡Hela aguanta! ¡Voy a ayudarte, aguanta!

Mi hermana, mi hermanita pequeña.

Hanna había nacido tan solo dos años después que yo, quizás como un intento de redención de mis padres, quizás como un deseo de salvación, no lo sabía exactamente pero, ahí estaba ella.

Un cría de sonrisa risueña y mejillas llenas de pecas, con su cabello castaño claro y tonos cobrizos en una mezcla perfecta de lo que nuestros padres poseían. Unos grandes ojos marrones y una voz llena de dulzura.

Nunca me habían permitido acercarme demasiado a ella cuando era una niña, realmente nunca me habían permitido acercarme a ella de ninguna manera. Yo siempre había sido peligrosa y ellos siempre habían tenido miedo de mi más mínimo error.

Por eso siempre debía llevar mis guantes, por eso siempre debía de permanecer en mi habitación. Por eso esa doncella no tenía que haber entrado tan silenciosamente cuando no los llevaba, no era su culpa que yo hubiera roto la regla pero si era su culpa haberme sobresaltado, y ahora, ahora iba a morir.

—¡HANNA DETENTE! ¡ES PELIGROSO! —La voz de mi madre era un grito lleno de miedo —¡ELLA TE MATARÁ!

Aquello no hizo otra cosa que hundirse en mis entrañas, como un cuchillo siendo retorcido en una herida abierta. Yo la mataría. Yo mataría a todo el mundo.

Pero aun así, pude percibir la silueta de mi hermana enfundada en su camisón verdoso caminando hacia a mi, en sus brazos algo grande y flexible, una manta o algo parecido.

—¡ELLA NO VA A MATAR A NADIE! —Protestó Hanna en respuesta.

Sin detenerse logró llegar a estar a tan solo un par de pasos de mi.

Pero ella estaba equivocada.

Noté, ni siquiera fui capaz de ver, como mi poder, la maldición que me recorría los huesos y las entrañas, se sentía atraída por el nuevo ser que había entrado en su espacio y podía percibir cómo se inclinaba hacia ella, curiosa, ansiosa.

—Hela —Me llamó con un tono tan dulce que quería llorar —Hela, estoy aquí. Estoy contigo.

El hielo comenzó a curiosear la suela de sus zapatos de felpa.

Iba a matarla. Yo iba a matar a mi hermana.

—Por favor…—Sollocé —Aleja…aléjate de..mi

No lo soportaría, incluso si eso mismo me mataba, rezaba porque lo hiciera antes de que ella sufriera algún daño.

No lo permitiría, no podría siquiera respirar un segundo después de hacerla sufrir.

Y tiré de él, del hielo que se esparcía y esparcía, del que trataba de alcanzar a Hanna y se incrustaba en la alfombra alguna vez suave. Tiré de él, arrastrándolo de nuevo hacia mí sintiendo como mi pecho se desgarraba en dos, obligando a lo que fuera que lo contenía que lo hiciera de nuevo, incluso si eso significaba el final.

—¿Hela? —El miedo esta vez bañó la voz de Hanna la cual poco a poco comenzó hacerse más y más difusa.

Sabía que estaba comenzando a hundirme en un pozo del que no sabía cómo salir. Por primera vez estaba tratando de tomar el control de la maldición y hacerlo podría suponer el final de todo.

Grité. Grité desesperadamente mientras dejaba que mis uñas se arrastraban por el hielo que crecía y crecía y se retorcía tratando de alcanzar a mi hermana, sentí las mismas levantándose de las punta de mis dedos y la sangre comenzar a fluir manchando el hielo y convirtiéndolo en una masa fría de tonos rojizos.

No me permitiría hacerle daño.

—Oh Dios mío, Hela —Sollozó Hanna —Detente, te estas haciendo daño, detente.

Quería gritar que se alejara, que no me tocara pero apenas pude hacer otra cosa que gruñir cuando sus dedos estuvieron a punto de rozar mi mejilla.

Hanna no retrocedió pero, un guardía, Chris si no me equivocaba, fue el único con el valor suficiente de acercarse hasta ella y tomarla a la fuerza, haciéndola retroceder.

—¡SUÉLTAME! —Protestó ella en respuesta —¡SUÉLTAME, ES UNA ORDEN!

Sentí como la maldición se retorcía con violencia tratando de acercarse a las figuras extrañas que aún pisaban el hielo, Hanna y Chris. Esta aún pedía que la liberara para poder atraparlos a ellos tambien pero me negué, tiré de unos hilos invisibles y lo sostuve a mi alrededor, notando como la capa que comenzaba a cubrir mi cuerpo ya no era simplemente una suave escarcha si no láminas que cada vez se engrosaban más, me inmovilizaban más.

—Desalojar el palacio —La voz de mi padre era rígida, casi tan helada como el propio hielo —Desalojar el palacio y que nadie se acerque, ahora.

Hanna gritó con desesperación mientras era arrastrada hacia el pasillo, mientras la empujaban hacia el exterior siguiendo las órdenes de nuestro padre.

Mi madre la siguió rodeada de un puñado de doncellas que lloraban aterrorizadas y se abrazaban unas a otras. Solo él permaneció, solo mi padre quedó frente a mí sin que su figura llegara a cruzar el umbral de las puertas de mi habitación.

—Contenlo —No fueron palabras de ánimo, si no una orden seca —Contenlo hasta que todo el mundo esté a salvo.

Un sollozo se escapó de mis labios casi inmóviles. Estaba tratando de hacerlo, estaba tratando de resistir pero dolía demasiado.

—Espero que las Deidades te acojan en El Padro —Y sin más, el sonido de sus pisadas aceleradas fue lo último que logré escuchar.

Y ahí estaba de nuevo, como siempre había sido, desde él minuto en el que nací. Sola.

Mis padres no me habían abrazado una vez había nacido, jamás habían podido, con tan solo tocar mi piel una capa de hielo cubría la suya, jamás había pasado más tiempo del necesario con el resto del mundo, no sin sentir que perdía los estribos y la maldición necesitaba ser liberada, siempre había sido así, solitario, vacío.

Y morir así no era algo que me resultara sorprendente. Al final y al cabo no era la primera vez que la idea de morir sola me cruzaba la mente pero, esta era real, iba a ocurrir.

Ciertamente me encontraba en paz con ello. Si yo no existía ellos volverían a tener una vida normal, mi hermana podría tener una vida tranquila sin preguntarse si algún día todo lo que conocía desaparecería por mi culpa.

No era consciente realmente del tiempo pero, la maldición seguía gritando ser liberada, necesitaba expandirse por todo lo que rodeaba y me ardían las entrañas por ello, me estaba desgarrando por dentro tratando de retenerla, de controlarla, y daba igual cuan cálido fuera el verano, yo solo conocía el invierno en aquel lugar.

Iba a rendirme, iba a dejar que la maldición me consumiera pero, de repente a mis oídos llegó un sonido acelerado, pasos rápidos pero no en una carrera, si no simplemente urgentes, el sonido de pasos pesados a lo largo del camino.

Y cuando se detuvieron lo hicieron frente a mi, no en el umbral de la puerta, no a unos cuantos metros en el inicio de la alfombra, no, frente a mi. Abrí los ojos y a pesar de que apenas podía enfocar la mirada a causa de las lágrimas y los puntos blanquecinos que comenzaban a aparecer en ella, observé con horror la figura de un hombre frente a mi.

No podía distinguir sus rasgos pero, su piel era clara, casi tanto como la mía, su cabello era de un tono tan claro que estaba segura de que era blanco, aun cuando a juzgar por su figura robusta y larga no parecía un anciano.

—No…—Murmuré como pude —Fue…fuera. Tienes que…ir..te.

Él hombre no se inmutó ante mis palabras, se agachó cayendo sobre sus rodillas y extendió sus manos en mi dirección.

El llanto que me abordó se intensificó por el horror, si me tocaba lo mataría. Traté de moverme, de alejarme pero, la capa de hielo que cubría mis piernas y brazos me mantenía unida al suelo, no podía evitarlo.

—NO —Grité con la voz desgarrada por el pánico —NO…ME TOQUES, NO ME TOQUES.

Pero fue inutil, sentí el tacto de su mano en mi rostro, tan helado que apenas era mejor que el tacto de una piedra fría. Su otra mano se colocó sobre la mía, a pesar de que su piel no pudo tocarla directamente a causa del hielo.

Sentí la maldición agitarse con una violencia que amenazaba con terminar conmigo.

No pude evitar gritar, una y otra vez, sintiendo como mi garganta se llenaba con el sabor de la sangre mientras la maldición clamaba ayuda, como si ella misma estuviera siendo desgarrada.

—Lo tengo —La voz de aquel hombre apenas llegó a mis oídos como un murmuró a pesar de que estaba segura de que estaba casi gritando —Lo tengo.

Y sin más, como si finalmente todo hubiera llegado a su fin, me dejé ir. No sin antes percibir como, la mano del hombre finalmente caía sobre la mía, y no es que mi piel estuviera tan fría que no me permitiera sentir su tacto si no que, su propia piel, era tan fría como el mismo hielo.