Mezzanotte

Sinopsis

Sobraba mencionar que Dio no se preocupaba ni tenía idea de cómo ser padre; no sería uno bueno, tampoco uno malo. Sólo dejaría que Giorno creciera a su ritmo, con ciertos cuidados y sin que le faltara casa, comida o sustento. Eso debía ser suficiente. Eso era lo que Dio deseaba a su edad.

Genero:
Children
Autor/a:
Valdemirt
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo único

—¡Lord Dio! —exclamó Vanilla Ice con cierta preocupación al ver que el niño se hallaba unos diminutos pasos dentro de la oscura habitación de su señor—. Mis disculpas. Le quité la mirada de encima unos segundos y…

—Ice —su tranquila, pero potente voz hizo que el otro callara sus palabras.

—Diga —colocó una rodilla contra el sueño y agachó la cabeza apenas fue nombrado.

—¿Acaso me escuchaste pedir una explicación?

—No, señor —al captar el mensaje de que sus acciones habían sido innecesarias, continuó—. No se volverá a repetir.

Giorno observó a Vanilla Ice en silencio. Después, giró la mirada con curiosidad hacia la penumbra del cuarto donde, sabía, se encontraba su padre. Ansiaba verlo con claridad. Sólo conocía su silueta y lo que alcanzaba a escuchar. Creyó que esa noche sería su oportunidad para acercarse a él, pues le permitían andar con libertad por el castillo.

Para Giorno, quien vivió siete años de infierno ignorado por su madre y maltratado por su padrastro, era lógico desear acercarse a su verdadero padre, pues supo que por una orden suya terminó en ese lugar. Sacó algunas conclusiones de ello. Era un niño, sí, uno muy listo, razón por la cual no dejaba de escuchar halagos como: «Se nota que es el hijo de Lord Dio» o «No esperaba menos de la descendencia de Lord Dio». Cada comentario incrementaba más y más su curiosidad.

Por otro lado, pese a ser bastante tímido al inicio, a causa del estilo de vida que llevaba, ahora era más vivaz, sin llegar a ser molesto u osado. En cierto sentido, inclusive le mimaban, quienes más lo hacían eran la vieja Enya y Hol Horse; Telen a veces lo arrastraba a jugar videojuegos y Vanilla Ice fungía de protector, niñera y profesor particular; era el único que merecía un aumento de salario en ese lugar (si tan sólo les pagaran).

—Bien —de nuevo, Dio hizo uso de la palabra—. Puedes retirarte.

—Sí —Vanilla dudó un poco, ya que fue un “puedes” en lugar de un “pueden”—. Con su permiso.

Dio había dado órdenes de no ser importunado durante el día, quizá porque correspondía a sus horas de sueño, y quien lo interrumpiera estaría caminando directo al suicidio; sin embargo, no tenía indicaciones especiales para mantener al niño alejado durante la noche, más bien, era inusual encontrarlo despierto a esas horas.

Giorno siguió con la mirada a Vanilla Ice hasta que se perdió al girar por uno de los pasillos. Luego de un rato en silencio, Dio rompió el mutismo.

—Giorno.

Eso llamó la atención del chiquillo.

—Ven aquí.

Con un leve asentimiento de cabeza, se puso en marcha. La titilante luz que le proveía la candela sobre un porta velas que había encontrado por ahí, dio paso a que su mirada deambulase por lo que lograba iluminar. Se percibía un frío descomunal y casi antinatural dentro de la habitación.

Cuando Giorno estuvo frente a Dio, quien se hallaba sentado sobre el borde de la cama, sintió que su corazón se aceleró de golpe. No sabía si lo que sentía era emoción o asombro. Ese hombre lucía formidable de cerca, era aún más alto y musculoso que Vanilla Ice. Las rodillas le temblaron un poco, aunque se convenció de que era por la baja temperatura que asimismo le erizaba la piel.

—¿Qué necesitas?

Conocerlo. Eso era lo único que deseaba desde hacía un tiempo.

—Un libro —Giorno mintió. ¿Por qué? No estaba seguro, pero algo dentro de sí le decía que podía decir una inocente mentirilla para hablar un poco más con su misterioso padre.

—¿Un libro? —esbozó una media sonrisa divertida, esperando que el niño continuara.

—Sí. Falta un libro de Historia del Arte en la biblioteca —esto era cierto, lo escuchó de Vanilla Ice, quien le dijo que igual debía cultivarse en ese ámbito, aunque más tarde, porque Dio tenía ese material en su posesión.

—Ah —tomó el portavelas de las manos del chico para colocarlo sobre el mueble contiguo, de donde tomó el libro, un obsequio de su amigo Pucci—. Hablas de este —se lo tendió y el niño lo sostuvo con cuidado.

—Sí.

Dio se encontraba a la expectativa de lo que el mundo actual tenía para ofrecer; avances en arquitectura, tecnología, arte, ciencia, matemática… ¿Qué mejor que los libros para obtener tal conocimiento? Sin mencionar que leer era su pasatiempo favorito.

—Dime una cosa, muchacho.

Giorno despegó los ojos de la portada de cuero para fijarlos en los de su padre.

—¿Acaso sabes leer en inglés? —Dio había tenido tiempo de sobra para aprender francés, japonés, italiano y algo de chino, pero un chiquillo de siete años criado con negligencia en Italia era un asunto distinto. Debía reconocer que el pretexto del libro era ingenioso. ¿Qué buscaba en realidad?

Giorno se encogió de hombros antes de responder.

—Vanilla me está enseñando.

—Ya veo.

El mocoso generaba en Dio algo difícil de explicar. Al inicio pensó que era resultado de su relación padre-hijo; sin embargo, al cabo de unos días descubrió que era culpa de su rostro. Giorno tenía un sutil parecido con Jonathan, especialmente sus ojos, ese color tan azul removía su interior de forma negativa, sin mencionar el brusco despertar de su Stand al encontrarse cerca del cuerpo del Joestar con el que inició todo.

No obstante, luego de sufrir una inexplicable fiebre y el despertar de su habilidad, el cabello de Giorno comenzó a tornarse rubio, presentando una ondulación distintiva. Por otro lado, lejos del color, los ojos del chico no estaban del todo mal. Tenían un brillo analítico e impasible, como si analizara su alrededor de forma continua. Eso le gustaba. Carecían de la perfidia que albergó Dio durante su juventud, pero no dejaban saber lo que tenía el niño en mente.

«Curioso» pensó, al tiempo en que extendía una mano hacia Giorno. Sin duda llevaba sangre Brando. La sangre de ese inmundo y despreciable hijo de perra a quien Dio repudió como progenitor.

Sobraba mencionar que Dio no se preocupaba ni tenía idea de cómo ser padre; no sería uno bueno, tampoco uno malo. Sólo dejaría que el niño creciera a su ritmo, con ciertos cuidados y sin que le faltara casa, comida o sustento. Eso debía ser suficiente. Eso era lo que Dio deseaba a su edad.

Giorno se encontraba al tanto de que su padre era un vampiro centenario inmortal. No lo creyó hasta el momento en que sintió esa enorme mano posarse sobre su cabeza, descubriendo que no desprendía temperatura corporal. Cualquiera hubiese pensado que ese tacto resultaría gélido e incómodo, era como ser tocado por un cadáver, pero para Giorno, quien nunca había recibido un sólo beso, abrazo o caricia, esa mano era la más suave y cálida de todas.

Dio regresó a la realidad cuando el muchacho desvió el rostro y estornudó. Entonces se percató de sus ropas ligeras y que se hallaba descalzo.

Su cama era bastante amplia y recién habían cambiado las sábanas. Ciertamente no podría dormir con él. Le brindaría la misma temperatura que un témpano de hielo, mas las cobijas harían su trabajo.

—Sube —ordenó.

Giorno le regresó el libro e intentó obedecer, pero por alguna razón la cama de Dio era muy alta y le estaba costando trabajo cumplir su cometido.

Dio soltó un suspiro corto y cansado al imaginarlo como un cachorro intentando trepar una altura ridícula. Casi por inercia, lo tomó de la playera de la pijama con una mano para levantarlo del suelo y subirlo por completo.

—Acomódate por allá —no lo mandó al otro rincón de la cama, pero casi. Después de todo, acostumbraba tener buen espacio cuando no se trataba de un sarcófago.

Giorno no replicó en absoluto. Se cobijó y acurrucó todo emocionado mientras Dio adoptaba su cómoda postura de lectura. Abrió el libro y no avanzó más de tres renglones a causa de sentir unos ojitos ansiosos posándose sobre él. No necesitó desviar la mirada para saber que así era.

—Oi, Giorno —no se creía lo que estaba a punto de hacer—. ¿Te suena el nombre de Michelangelo Buonarroti?

—Hmm…

Al no obtener nada más como respuesta, Dio hizo un breve resumen del artista. Hablar más habría sido en vano, pues el niño cayó rendido al instante. Lo supo por su respiración. Era de esperarse, pues ya pasaba de la media noche.