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"Prólogo"
En un mundo lejano, donde el tiempo y el espacio se entrelazaban, una joven intrépida, viajaba en busca de tesoros y riquezas. Su corazón ardía con una sed insaciable de aventuras y descubrimientos.
Una noche, en un pueblo olvidado, escuchó una historia sobre un lugar mítico conocido como el Infinito, donde residía la fuente de toda vida existencial. Fascinada por la leyenda, ella se propuso encontrar ese lugar y desvelar sus secretos.
Tras años de búsqueda, se encontró en medio de una guerra brutal. Herida de gravedad, se lamentó de no haber podido ver el Infinito. Sin embargo, al abrir los ojos, se encontró en un reino desconocido. Un cielo eterno se extendía ante ella, con estrellas rojas relucientes que parecían no tener fin. Un dios majestuoso se presentó ante ella, con un resplandor que iluminaba todo su ser.
El dios le ofreció una prueba: derrotar a una bestia formidable a cambio de un regalo divino. Ella, con su espada en mano, se enfrentó a la criatura. La bestia, con cuerpo de serpiente y ojos negros como la noche, parecía invencible. La joven luchó con valor, pero la bestia se regeneraba instantáneamente. En un último acto de desesperación, ella se dejó tragar por la bestia y, desde dentro, le cortó la cabeza.
El dios, impresionado por su valentía, le otorgó la bendición de una peculiaridad y la capacidad de entrar y salir del Infinito a voluntad. La joven regresó a su mundo y, con su nuevo poder, puso fin a la guerra. Sin embargo, su destino estaba sellado. Los celos y la envidia de los demás la llevaron a una trágica muerte.
El dios, dolido por la pérdida de su única compañía, bendijo a la mitad de la humanidad con peculiaridades y maldijo a la otra mitad a nunca tenerlas. Con un gesto de ira, abrió las puertas del Infinito y liberó a las bestias sobre el mundo.
Y así, nacimos los portadores de peculiaridad, los bendecidos, y nuestro eterno castigo, las bestias de peculiaridades.