Día 1
↳AU casual sin maldiciones
A Yūji le recorría un extraño escalofrío por la columna y un agradable vuelco en el estómago se hacía presente cada que su piel rozaba con la del papá de su mejor amigo.
Cuando conoció a Megumi no sabía de su complicada situación familiar. Con padre viudo y hermana en estado de coma, a Yūji no le fue difícil suponer por qué el chico era tan cerrado respecto a sí.
Hizo un espacio en su vida para la despedazada familia Fushiguro, razón por la cual, justo ahora, padre e hijo no tenían la pésima relación con la que solían interactuar. No era ideal tampoco, pero tenían un avance.
Yūji era hijo único y su abuelo cascarrabias era la única familia que tenía. Quizá convivir con alguien de personalidad pesada le posibilitó comprender a Tōji. No lo alejó cuando se acercó a él la primera vez. Poco a poco esa cercanía comenzó a moldearse de forma inesperada y las simples palmadas en la espalda o la revoltura de cabellos, se transformaron en firmes caricias y besos necesitados.
—Señor Fush…
—Megumi no está en casa —interrumpió a Yūji con una voz ronca y cargada en deseo—. Creí haberte dicho que me llamaras por mi nombre cuando estuviéramos solos.
Yūji se limitó a apagar la hornilla de la estufa para que el estofado que estaba preparando no pagara el precio de su descuido. Tener una gran y callosa mano bombeando su erección, fuera de los pantalones y bajo el delantal, no lo dejaba pensar con claridad.
—¿Qué sucede? No te escucho. ¿O es que quieres que te obligue a gemir durante horas para que no lo olvides?
Yūji no opuso resistencia alguna cuando el hombre dejó su trasero expuesto y usó un poco del aceite de cocina para deslizar un par de dedos dentro de su ano.
—T-Tōji —murmuró, incapaz de reprenderlo en su totalidad.
—Un poco más fuerte. —Añadió un tercer dedo a la faena y empujó a ritmo constante simulando una penetración.
—¡Tōji! —Más que un gemido, sonó a regaño.
El nombrado se detuvo, creyendo que se había pasado de la raya. Otra vez.
—Si Fushiguro regresa…
Las palabras de Yūji parecieron presagio del futuro. Su amigo entró a la casa cargando con una bolsa de sodas y los cigarros que la señora de la tienda le vendía a escondidas sabiendo que eran para su padre.
Entró a la cocina. Vio a Tōji lavándose las manos —limpiando los restos de aceite— y a Yūji revisando una olla con las orejas completamente rojas.
—¿Te encuentras bien?
En condiciones normales la pregunta se habría respondido sola, pero su compañero recién había salido de un resfriado y temía por una recaída. Para hacer que recuperara fuerzas cuanto antes Tōji decidió comprar carne, pero como ninguno de los Fushiguro sabía cocinar, no tuvieron más remedio que hacer que el chico trabajara extra.
—¡S-Sí! ¡De maravilla! ¿Por qué lo preguntas?
—Por nada. —Negó con la cabeza.
Por el rabillo del ojo notó que no había fuego bajo la olla.
—¿Ya está listo?
—Aún no. Le faltan un par de minutos.
Megumi le dio un coscorrón sin ánimo de partirle la cabeza.
—¡¿Y eso por qué fue?! —exclamó, sobándose el área afectada.
Megumi encendió la hornilla de nuevo.
—¿Cómo esperas que se termine de cocinar si esto no está prendido?
«Si puede contestar con tanta energía ya debería estar bien de salud» pensó Tōji. Desde que llegó notó que tenía mejor cara, de lo contrario no lo habría asaltado cuando se presentó la oportunidad.
Él era un buen hombre. Con personalidad retorcida, pero bueno a final de cuentas. Su difunta esposa podía asegurarlo. Por si fuera poco, no podía ser malo con el chico que lo había sacado del abismo en el que se encontraba sumergido, a punto de ahogarse, y hacia al que estaba arrastrando a su propio hijo.
Podía sonar enfermizo, sin embargo, esa había sido la razón por la que decidió acercarse a Yūji y por lo que no podía esperar más para hacerlo suyo.