Capítulo único
—¡Ah! ¡Eres pésimo con esto! —exclamó Naoya que, en completa desnudez y con los ojos vidriosos, experimentaba por primera vez lo que era tener el pene de un hombre completamente hundido en el ano.
Ardía. Se sentía demasiado estirado. Estaba a punto de romperse.
—¡Estoy siendo muy considerado! —replicó Gojō, el infame que lo penetraba.
Lo mantenía quieto en su lugar, con la cadera en alto. También lo había preparado a tres dedos durante minutos enteros. Más tiempo del que tenía contemplado con otras parejas de noches fugaces. El problema fue que no lo hizo bien a causa de la impaciencia opuesta.
Llegó a un punto tal, que decidió penetrarlo para que sus quejidos tuvieran razón de ser y eso que no estaba siendo brusco en absoluto. Se limitaba a empujar la cadera de forma constante contra ese cuerpo inexperto. No sacaba la erección por completo, ni siquiera llegaba a la mitad, cuando la volvía a meter para molestar.
Tōji los miraba desde la comodidad del sofá individual de la habitación. Al inicio lo calentaron muy bien.
Naoya, en cuatro, de espaldas a él, le dio una vista maravillosa al separar las piernas. Gojō se sentó por un lado. Dejó caer saliva hacia el ano del muchacho e introdujo un dedo de manera paulatina. Exhibió con palabras vulgares lo estrecho que era el interior y cómo se ceñía sobre sí.
Luego de eso, empezó a emplear el lubricante para hacer un mejor trabajo. Al meter un segundo dedo, Naoya comenzó a alegar que estaba listo para recibir a Tōji.
Por supuesto que los otros dos sabían que lo decía por deseo y desesperación. No existía forma en la que un simple virgen tuviera lo necesario para realizar aquello sin sufrir, como mínimo, un desgarre en el proceso.
El cómo llegaron a esa situación carecía de importancia. Lo único relevante es que había dinero de por medio y Tōji no diría que «no» a una buena follada en la que, aparte, fueran a pagarle. Su pene ya tenía fama y planeaba sacarle tanto provecho como pudiera, así tuviera que acostarse con su primo, Naoya, y con Gojō, un completo dolor de cabeza que, muy a su pesar, se movía bien en la cama.
Pensó que se libraría de ambos problemas a la vez si los juntaba en un trío… Aún se debatía en saber qué tan sabia fue esa decisión.
En fin, había que concentrarse en el presente, donde un verdadero problema nació en el instante en que Naoya recibió a Gojō sin la dilatación requerida para el sexo anal. Desde ese momento en adelante habían sido puros gritos y discusiones con las que parecían competir por bajarle lo caliente a Tōji.
Él tenía un largo historial en lo que a mantener relaciones sexuales respectaba. Gojō era de sus mejores clientes y acostumbraba llegar preparado y con un plug anal, el cual, podía verse entre sus nalgas cuando se agachaba de más o se exhibía abriendo las piernas. También, era bueno haciendo striptease.
Por desgracia, la diversión había quedado incompleta al ser el propio Naoya quien hiciera la propuesta para un trío y pusiera de frente una buena cantidad en efectivo.
—No pienso aguantar sus peleas por más tiempo. —Tōji se levantó, acercándose a la cama—. Vengan aquí y comiencen a chupar. —Señaló su miembro endurecido—. Mejor comiencen a competir por ver a quién se lo meto hasta la garganta primero.
Gojō salió del interior de Naoya. Se miraron unos instantes. Acto seguido, avanzaron a gatas hacia Tōji.
Naoya dio la primera lamida sobre el glande. Gojō lo empujó y no sólo lo lamió, sino que lo metió a la boca, rodeando la coronilla con los labios y emprendiendo un suave y húmedo masaje.
Naoya no se quedó de brazos cruzados. Mandó lejos a Gojō. Un «pop» resonó en la habitación cuando el contacto entre ellos se rompió.
Sostuvo el pene de Tōji. Sin nada de práctica, con el conocimiento mínimo de que debía abrir la boca y no rozar con los dientes, se empinó sobre la entrepierna de Tōji, haciendo que la erección de éste entrara hasta lo profundo de su garganta.
Sus ojos no tardaron en tornarse cristalinos y empezó a derramar las primeras lágrimas.
Gojō aceptó de mala gana la derrota.
—Avorazado —masculló, intentando aguantar los inicios de un puchero. Sólo frunció los labios y se cruzó de brazos.
Cuando Tōji enredó los dedos sobre la mata de pelo rubio, lo obligó a engullir lo que faltaba.
—Esperemos que no te arrepientas de eso.
Acto seguido, comenzó a introducirse de forma fiera en la boca del muchacho. Destrozaría ese bonito rostro y lo castigaría en el proceso. Él había sido claro respecto a que quería pasar un buen rato y esos dos casi lo sacan de quicio con sus ridículas peleas.
Si Gojō hubiera hecho eso, Naoya no habría dudado en morderlo, pero Tōji era diferente. Por cuenta propia se empujaba hacia el frente. Enterraba la nariz sobre el vello público espeso y negro cada que tenía la oportunidad, esperando impregnarse con su esencia al máximo.
—Qué suerte —dijo Gojō, siendo víctima de sus propias ocurrencias y posicionándose detrás de su rival—. Con la boca llena no puede quejarse.
Alargó la mano para acercar la botella de lubricante. Vertió una generosa cantidad entre las nalgas de Naoya. Más que generosa, excesiva, ridícula. Como escurrió entre las piernas, aprovechó para esparcir por toda la zona y que quedara algo pegajoso. Ojalá hubiera llevado aceite.
Metió tres dedos y tras confirmar que no seguía tan apretado como al inicio, los extrajo de un tirón.
Naoya se estremeció.
—Para que no te sientas tan vacío... —agregó, previo a introducir el pene de nuevo.
Tōji percibió un leve cosquilleo entre las ingles. Era momento de parar.
Dejó en paz la boca de Naoya. Se agachó a su altura para tener de frente esa cara deshecha entre lágrimas, mocos fluidos y transparentes.
—Te ves bien así. Saca la lengua.
Naoya obedeció.
Tōji hizo lo mismo, jugueteando por fuera de la boca para no mancharse el rostro. Chupó la lengua ajena, la mordisqueó y tiró de ella.
Quien rompió el contacto fue Naoya al dejar caer la cara contra la cama para ahogar un grito prolongado. Gojō había dado con su próstata y tener a Tōji de frente le ayudó a imaginar que también estaba detrás.
—Cambiemos —indicó Tōji, buscando un condón para destaparlo y deslizarlo por su falo.
Gojō salió del interior del muchacho y se quitó el preservativo. Naoya se acomodó de lado, descansando el cuerpo e intentando regular la respiración. Se negaba a ser el único descompuesto y agitado.
Gojō, de pie frente a la cama, hizo que Naoya quedara boca arriba y lo jaló para que su cabeza colgara de ésta.
—Abre grande —canturreó, guardando tras los dientes sus malas intenciones. O eso intentó.
Sonrió con satisfacción cuando su pene se cubrió la viscosa calidez que sólo la saliva era capaz de proporcionar. Un quejido gustoso resonó dentro de esas cuatro paredes.
Naoya llevó las manos hacia las nalgas de Gojō para acomodarlas en algún lugar. No tenía intención de nada, hasta que su propio tacto lo obligó a acariciar y amasar los músculos bajo los dedos. Esa piel era excesivamente suave.
No lo diría en voz alta porque iba en contra de sus principios y todo lo que consideraba correcto, pero de no haberlo experimentado de primera mano, no creería que un hombre pudiera ser igual o más suave que una mujer.
Tōji metió un dedo por el ano de Naoya. Un bufido a modo de risa hizo acto de presencia al percibir las contracciones sobre éste.
—Para quejarte de Gojō, aquí atrás protesta mucho por tener algo dentro de nuevo.
Le habría gustado escucharlo rogar, pero el nombrado le estaba llenando la boca. Sólo extraños monosílabos nasales y sin vocales se alcanzaban a distinguir.
Sin más dilación, colocó la punta del glande contra el esfínter y empujó con una lentitud tortuosa.
Naoya le rodeó el torso con ambas piernas e hizo lo posible por atraerlo para que lo penetrara con más fuerza. Después de todo, si había accedido a ese trío, era porque de ese modo lograría ser follado por Tōji; un hombre cuya masculinidad ansiaba más que cualquier otra cosa.
En el fondo, consideraba que no había nada más varonil que coger con un semental que desprendía testosterona por cada uno de sus poros.
Tōji se relamió los labios. Le soltó un golpe en el muslo y, en consecuencia, el chico clavó las uñas sobre la piel de Gojō, quien no dudó en emitir un chillido.
—Afloja las piernas —demandó Tōji.
Naoya, entre espasmos, las relajó.
Fue así como el semental las tomó por la parte trasera de las rodillas y las flexionó sin consideración contra el pecho ajeno, a sabiendas de que no era nada flexible.
La molestia y el ardor de mantenerse en esa posición hicieron que olvidara el hecho de que el pene que lo usaba para obtener placer era más grueso que el de Gojō. Pese a estar empapado en lubricante, resentiría la rozadura resultante.
En todo ese tiempo, Gojō no dejó de entrar y salir a su propio ritmo. Naoya no podía quejarse. Luego de experimentar la forma en que Tōji abusó de su garganta, Gojō en verdad parecía un buen tipo. Lo único que no le agradaba era cuando los testículos se presionaban contra su nariz.
Abrió los ojos en sorpresa al recibir de lleno la descarga de semen. Tosió, resistiendo el ahogo. Redirigió las manos hacia el abdomen ajeno para empujarlo y tener acceso al oxígeno que tanta falta le hacía.
Escupió una parte del fluido, que por falta de fuerza y la viscosidad, se deslizó hacia su nariz. El resto lo tragó por necesidad. Gemidos, un tanto agudos y escandalosos llegaron a oídos de los otros dos.
Tōji comenzó a embestir con fiereza su cuerpo y a sobreestimular la próstata.
—¿En verdad debes ser tan violento con el tragasables? —preguntó Gojō, en un falso intento de actuar como abogado del diablo.
—Si quieres hacer algo por él, puedes venir a mamársela.
Gojō tarareó algo sin sentido.
—Súbelo a la cama.
Tōji le echó las manos a la cadera y dio un tirón hacia él.
—A mí no me gusta tragar niños —dijo Gojō, justificando así el condón que le puso a Naoya.
Se acomodó por un lado, antes de tomar con los labios el miembro opuesto y hundirlo en su boca. Buscó la mejor forma de acompasarse al ritmo que Tōji imponía al penetrarlo.
Al recibir fuertes estímulos por delante y por detrás, Naoya no tardó demasiado en dejarse venir. Apretó las cobijas bajo sus manos y se ciñó con mayor fuerza de la usual a la erección en su interior.
Tōji cerró un ojo como reflejo.
—Hey, afloja —reclamó, dando unas palmaditas sobre el muslo.
—Mnhm —afirmó, incapaz de musitar algo más elaborado.
Gojō dejó de lado su labor.
—¿Te falta mucho? —Acarició su flácido miembro—. ¿O me darás entrada si me pongo duro?
—Ponte duro y terminarás rogándome para dejar que te corras.
—Me tientas —ronroneó, acercándose al otro para buscar sus labios y beber de éstos.
Tōji lo dejó probar con el objetivo de antojar al chico que sollozaba y gemía bajo su cuerpo.
Empujó a Gojō al estar cerca de eyacular. Un quejido gutural resonó en el fondo de su garganta cuando lo hizo, presionando de forma feroz y excesiva su erección contra el bonito culo que, sin quejas, lo había recibido.
Al salir de su interior, juntó las piernas de Naoya y las dejó caer hacia un lado. Esto le permitió darle una buena nalgada, que dejó la piel enrojecida al instante.
Gojō le retiró el condón a Naoya. Lo anudó y arrojó hacia el cesto de basura. Hizo lo mismo con el de Tōji, pero en lugar de desecharlo, colocó el aro de látex sobre los labios de Naoya.
—Prueba. Los de Toji tienen buen sabor.
Ni siquiera tenía que pedirlo. Todo lo que viniera de Tōji, Naoya lo recibiría con gusto.
Dejó que el esperma se deslizara hacia el interior de su boca, aprovechando cada mililitro. Lamió de forma lasciva los remanentes en el interior, introduciendo la lengua al preservativo, emitiendo un gimoteo agudo y urgido.
—Buen chico —susurró Gojō, antes de depositar la basura donde pertenecía—. Parece que alguien necesita un baño.
—Ocúpate de él —dijo Tōji, deshaciéndose de una responsabilidad adicional.
—¿Me dejas divertirme solo ahora? ¿Debo interpretarlo como una buena señal?
—Deja la puerta abierta. —Llevó una mano entre las nalgas de Gojō, sintiendo el plug anal—. Si escucho que se divierten mucho, tal vez me dé una vuelta.
Naoya seguía intentando recomponerse en lo que ellos tenían su absurda conversación. ¿Cómo es que lucían tan frescos? Encima tendría que entretener a Gojō en la ducha si deseaba una segunda ronda con Tōji.
En definitiva, el día estaba lejos de acabar y debía esforzarse en mantenerse consciente para no quedar atrás.