Prólogo.
( Siggerud, Noruega -1991 )
Siempre dijo no ser humano, no pertenecer al penoso mundo de vida que le rodeaba desde antes de tener uso de una razón ya descontrolada, perdida en el frío de esa gélida noche nórdica donde la luna llena y plateada combatía contra las auroras boreales por ser las protagonistas de lo que estaba por acontecer. Él, tan joven y tan desgraciado, aún se arrepentía de haber abandonado el túnel de luces fúnebres siendo un crío maltratado en círculos sociales. Aquellos ojos azules afligidos escupían un dolor inhumano indescriptible, sin embargo, todo formaba parte de lo mismo y, su tortura mental, le pedía a gritos infernales desaparecer y abrazar de una vez a su amada y venerada Muerte, quien lo esperaba por años desde que consiguió escapar de un helado y casi eterno abrazo.
Con la melena lacia de un color lejos de lo indentificable en virtud a la oscuridad nocturna y danzando al compás del viento tras la parte trasera de una morada construida de vieja madera marrón con tonos rojizos, él miraba el bosque ensimismado, donde infinidad de días y noches decidió perderse y no pensar lo que pudo ser de haberse quedado con ELLA sin convertirla en una infeliz igual que lo era él. Su boca, entreabierta y seca de tanto pensamiento insano con dudas imposibles de ser resueltas, bajó la perdida mirada hacia su pálida diestra, quien sostenía un cuchillo recién afilado y al cual le encomendó la misión más importante: quitarle la vida. Arrastrando miserias y mierdas desde que viajó a un limbo del que muy pocos salían, colocó la punta del arma blanca en su antebrazo izquierdo, provocando un corte más allá de lo superficial, impregnándolo todo de sangre con cierto olor ferroso. Por la frente, le caían cataratas de un sudor entremezclándose con el calor de su adrenalina y las bajas temperaturas del invierno, su estación favorita. Cerró los ojos, relajándose con el goteo sanguíneo que parecía hacer eco entre los árboles, siéndole todavía insuficiente el ardor del brazo afectado y las venas abiertas, probando suerte al cambiarse el arma de mano y repetir la acción en la otra articulación restante. Resbalado y manchado el brillo del acero del cuchillo, tragó saliva y sus ocelos, melancólicos y rojos, se envolvieron en acuosidad. El afile quemaba tanto como perder al amor de su vida por su miserable culpa, por no haberla elegido a ella sobre las cosas más importantes. No importaba, la estaba salvando auto destruyéndose y esa, era la parte positiva que sacaría.
Confiado en morir pronto, decidió dejar la mente en blanco. No obstante, conforme acontecían los minutos y su sangre se iba coagulando, la impaciencia jugó en su contra y terminó levantándose, esforzándose en el equilibrio con su caminar. Su figura lucía como la de un muerto viviente digno de uno de sus cómics favoritos de terror. Bordeando la casa a trompicones inestables, alcanzó el umbral de la puerta principal y entró oliendo a tabaco podrido y botellas de alcohol destapadas igual que si cientos de siglos hubiesen pasado por encima y lo hubieran transformado todo en algo nauseabundo.
Apenas se guiaba por la luz parpadeante del salón desordenado, encontrando las escaleras que buscaba. Descalzo y con los calcetines ya teñidos de carmesí, fue subiendo a la velocidad que el dolor le permitía, dejándose caer arrodillado en el suelo frente a la puerta de su habitación. Sacó fuerzas de la parte más viva de sí mismo y al entrar en el interior, sin mirar la cantidad de obras de arte colgadas en las cuatro paredes que él dibujaba, rebuscó en los cajones del escritorio, aferrándose a un bolígrafo negro con un par de hojas en blanco dispuestas a rellenarse de tinta y unos vocablos de lo que venía siendo una despedida:
"Bajo la libreta azul, os he dejado un par de ideas. Haced con ellas lo que os dé la puta gana. Podéis escupir sobre ellas o darles provecho. No pienso pedir disculpas, esto no es algo que venga de ahora, sino desde hace tiempo. Más de lo que la eternidad pueda recordar. Si hay algo de lo que arrepentirme antes de irme, es de no largarme con ella, pero que sepas, que me voy sabiendo que te he salvado de lo que nadie ha logrado salvarme. Hace frío y la sangre se me coagula todo el rato. Supongo que esto es lo que llevo deseando. MÖRK."
Plasmado su nombre en la parte inferior derecha del papel, acercó la libreta azul a la carta final e hizo la silla hacia atrás, notando gustosamente cómo la vista ya iba perdiendo la capacidad de visualización, mas no lo suficiente para apresar la escopeta cargada que llevaba meses ahí como una especie de adorno demente o más bien, como un aviso de lo que inevitablemente pasaría. Retrocedió dos pasos, cayendo débilmente sentado al colchón en el que dormía. No podía dejar de contemplar el gatillo que su índice acariciaba mientras la otra mano, recolocaba la posición de tiro idónea con la boca de fuego situada en el lado derecho frontal de la cabeza. Dentro de sí, sonaba música y una voz femenina, la más dulce y la más curativa hasta ahora con la única diferencia de que la voz, sonaba real. Como si estuviese allí mismo impidiéndole que hiciera lo inevitable.