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Muchas historias empiezan con un dulce despertar o el final de una guerra, incluso con la presentación del aspecto absurdo del protagonista, pero este día parece más un final que el comienzo de mi vida. Hoy es el día de mi boda; muchas novias estarían felices por llevar un vestido blanco que resalte la belleza propia y las haga ver angelicales ante su futuro esposo, pero ese no es mi caso. Hoy es el día en que la transacción se completa y el artículo inservible que guardabas en el ático por fin es vendido. Yo soy ese polvoriento artículo que se encontraba arrimado en ese ático.
—Deja de llorar de una vez; tu maquillaje se arruinará de nuevo.
Su voz arrogante, su semblante rígido y su escultural porte de elegancia la hacían destacar entre las doncellas en la habitación. Mi madre, una mujer que en su época fue la más hermosa en sociedad, pero dicen que mientras más hermosa es la serpiente, es aún más letal.
—Sí, madre. —Murmuré suavemente mientras la doncella frente a mí arreglaba mi maquillaje por última vez. Mi voz salió rota y apenas audible; la pobre doncella solo podía mirarme con pena al ver mi tan agobiado ser. Parecía que solo a ella le importaba, pero tampoco era de esa manera. Yo soy alguien que siempre es abandonado, para decirlo en pocas palabras, soy reemplazable. Durante años busqué afecto de mi familia al ser la única heredera del marquesado. Pensé que sería apropiado estudiar y tomé todas las clases que le competen a un heredero, solo para poder sentir la aprobación de mis progenitores, pero ese día nunca llegó.
Noches en vela estudiando, días enteros administrando el poco dinero de la familia para mantenernos en pie, incluso con los constantes lujos y apuestas de mis padres, conseguí que no nos desplomáramos. Pero aun así, solo me vieron como una herramienta más para usar. Justo en el momento en que cumplí mi mayoría de edad, fui comprometida con "El demonio", o así es como le llaman al único gran marquesadode este imperio, el hombre más digno y noble después del emperador, pero eso no implica que sea bueno.
Despiadado, inhumano, abominación, diablo, demonio, monstruo. Son algunos de los apodos que acompañan sus rumores: un asesino a sangre fría, alguien que no siente amor propio ni interés en otros, y un héroe de guerra.
—Ya está lista, señorita. —Dijo la doncella a cargo de mí mientras colocaba mi velo correctamente.
—Gracias.
No había más que decir; había suplicado tanto que me quedé sin voz, había llorado tanto que ya ardían mis ojos ante las gruesas lágrimas. Un matrimonio arreglado significa estatus, PODER, pero en mi caso es solo una prisión más y en esta usarán mi cuerpo como se les plazca.
—Muévete, niña. —Se quejó mi madre mientras me pegaba con fuerza en el brazo.
—Sí, madre. —Respondí sin emoción alguna mientras caminábamos fuera de la sala de la novia.
—Debes ser una buena esposa.
—Sí, madre.
—Nunca levantes la voz, dales muchos hijos y procura mantenerlo a tu lado; solo de esa manera ayudarás a nuestra familia como se debe.
—Sí, eso haré, madre.
—Esa es mi niña —dijo con el mismo tono arrogante y frío que había guardado durante toda su charla.
En cuestión de segundos, desapareció mientras se adentraba al salón donde se celebraría mi boda para tomar su lugar en el lado de la novia, lugar donde no había nadie a quien pudiera reconocer.
El sonido del piano anunció mi entrada mientras la enorme puerta con detalles en oro y plata dejaba de bloquear mi paso para entrar. Mi cuerpo se movía por sí mismo; había ensayado tantas veces este momento que solo podía contar los pasos en mi cabeza hasta el altar.
Los murmullos no se hicieron esperar; después de todo, era la boda del siglo, "La bruja se casaba con El demonio", un evento que nadie se perdería.
Mi cabellera negra me hacía resaltar entre tantos tonos claros en el cabello de las personas. No era un color común entre la nobleza, por lo cual quienes portaban sangre noble y este tono de cabello no eran bien recibidos. Además, yo portaba la apodada mirada del mal, unos orbes tan grises que hacían temblar a quienes me rodeaban. Mi vista siempre ha sido muy sensible, por lo cual nunca suelo tomar sol directamente ni salir cuando hace un buen día, lo cual ha hecho que mi piel sea tan clara como el papel.
Un guante blanco pulcramente ceñido a la mano del hombre que sería mi esposo me indicaba que lo tomara para terminar mi recorrido al altar. En cuanto mis dedos tocaron su mano, nuestra marcha continuó; al llegar al altar, nos arrodillamos frente al padre mientras este empezaba con su monólogo rutinario para una boda noble.
Hablaba de amar y respetar, ser el sostén de la pareja y cuidar a la familia, junto a un montón de tonterías que ninguna familia noble ha respetado en sus vidas.
—Ambos de pie —ordenó, como si nuestros cuerpos se moviesen automáticamente, ambos seguimos su orden—. Es hora del intercambio de anillos —sentenció; uno de los sirvientes del duque trajo las sortijas. No se le veía muy cómodo con la situación, pero aún así se mantuvo con una compostura perfecta en todo momento.
—Marques Tyrone Stravros Lombardi, ¿acepta usted a la joven Marquesa Astra Zephyra Vasileiou como su legítima esposa? —preguntaba mientras el anillo era colocado en mi dedo.
—Yo, el Marques de Lombardi, acepto a Astra Vasileiou como mi legítima esposa —sentenció firmemente con un tono tan frío que sentía mi cuerpo temblar mientras soltaba mi mano.
—Joven Marquesa Astra Zephyra Vasileiou, ¿acepta al Marques Lombardi como su legítimo esposo? —preguntó mientras yo tomaba el anillo.
—Yo, Astra Vasileiou, acepto al Marques Tyrone Lombardi como mi legítimo esposo —musité suavemente, soltando su mano.
—Con esta aceptación mutua, yo los declaro marido y mujer, Marques y Marquesa de Lombardi. Ya pueden besarse —finalizó.
Con un delicado movimiento, el velo fue retirado de mi rostro. Por primera vez desde que la boda empezó y nuestro compromiso fue organizado, nos miramos a los ojos. En las cuatro semanas que duraron los preparativos, nunca nos vimos ni hablamos; una mirada fría acompañada de un rostro tan bello que resaltaba por encima de cualquiera a su alrededor, y sus orbes dorados como el oro lo hacían ver aún más hermoso. Mientras más se acercaba a mi rostro, más nerviosa estaba; cuando nuestros labios se tocaron, nuestro matrimonio fue sellado.
El comienzo de lo que pensaba sería otra mísera vida solo me hacía pensar en lo solitaria que sería esta vez. Antes estaba sola y creía que al conseguir un esposo tendría la vida que mi familia no me podía ofrecer, pero ellos eligieron mi matrimonio y ahora viviría la vida que ellos siempre desearon para mí.
"Una vida de miseria".