Roselia

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Sinopsis

Roselia un hada naciente de las flores más bellas es llevada como esposa para un pequeño dragón, Roselia vivirá con su nueva familia adaptando su ser y su mente de acuerdo a lo que ellos son. Bajo el prejuicio de una sociedad que aborrece a los mestizos, huye después de un matrimonio lleno de dolor para ella, escondiendo a su hijo producto de un acto infame para un hada como Roselia, en un lugar donde nadie más pueda encontrarlo. El dolor y arrepentimiento que lleva el joven dragón una vez es consciente de todo a su alrededor le hará reflexionar sobre cada acción. Todo empezó en su infancia. Pero no todo fue culpa de la inocencia. Disfruta de aquel pequeño momento de felicidad, porque no es eterno.

Genero:
Fantasy/Drama
Autor/a:
D´rose
Estado:
En proceso
Capítulos:
9
Rating
4.3 3 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Primera noche

“En este mundo lleno de magia, las diferentes especies y razas viven en una armonía perfecta, gracias a una ley que durante siglos fue respetada y acatada. Esta ley, implantada en todo reino existente, prohíbe el mestizaje de cualquier tipo.

Han existido matrimonios entre especies distintas, pero con la condición de no tener hijos como fruto de esa unión.

En el imperio de Durian, donde la noche domina sobre el día, la mayoría de los seres que habitan allí están adaptados a la oscuridad. Pocos son los seres mágicos diurnos que permanecen dentro del territorio. Por esa razón, no es común verlos.”

Me encontraba viajando directo hacia mi futuro incierto. Hace poco, mi padre me vendió a un duque para saldar sus deudas de juego. Mediante ese intercambio, me convertiría en la esposa de un ser desconocido.

Mirando por la ventanilla del carruaje, observaba un cielo estrellado. Jugué un poco con mis zapatos mientras apretaba los volantes del vestido que llevaba puesto. Era la primera vez que usaba un vestido así, y esos zapatos estaban hechos a mi medida.

Escuché cómo el carruaje se detenía. Al mismo tiempo, mis sentidos se agudizaron, intentando detectar algún peligro. La puerta del carruaje se abrió. Me asomé un poco y vi a un señor vestido con un traje que me saludaba con una sonrisa.

Bajé con cuidado, procurando no pisar el vestido para no tropezar. Supuse que aquel edificio grande y oscuro debía ser el ducado. Tragué saliva al ver su magnitud en medio de la penumbra.

Me acerqué al señor que me recibía, quien muy tranquilamente me saludó y comenzó a guiarme por la entrada de la mansión. El paisaje era sobrio y desolado; la vegetación parecía haber sido incinerada. Me inquietó ver tanta desolación.

—Es un gusto poder recibirla, joven maestra —dijo.

Lo miré, buscando alguna explicación para mi llegada. Mi padre había dicho que venía a prestar mis servicios al ducado.

—Como usted sabrá, se realizó un intercambio de dinero por un contrato que deberá firmar. Por el momento, deberá adaptarse a su nuevo hogar.

Vi cómo una doncella aparecía con mi maleta, sosteniéndola con ambas manos. Afuera estaba oscuro, pero no se comparaba con el interior: allí apenas se veía. La poca luz que entraba por las ventanas no era suficiente. Caminaba lento para no tropezar, pero me era imposible distinguir bien por dónde iba.

—Aquí vivirá. Así que siéntase libre de hacer lo que desee —dijo, deteniéndose.

Frente a mí se detuvo una sombra. Supuse que estaba por mostrarme algo.

—El joven maestro Elias Luna.

Asentí mientras intentaba mirar en dirección a la voz, pero solo veía oscuridad.

—Un gusto saludarle, duque de Luna. Soy Roselia Adelfa —dije, haciendo una reverencia.

No escuché respuesta alguna, lo que me inquietó: ¿habría hecho mal mi presentación?

—El maestro aún es joven. Disculpe su descortesía, señorita —añadió el guía.

Asentí, sin entender del todo sus palabras.

Me siguió mostrando la mansión, pero todo era oscuridad. Según lo que me explicaba, cada habitación estaba llena de detalles, pero no pude apreciar nada. La ansiedad me oprimía el pecho. Tanta oscuridad me hacía querer llorar, pero debía ser valiente. Este sería mi nuevo hogar, debía adaptarme a sus costumbres.

Al finalizar el recorrido, me llevó a la habitación donde dormiría. Me sentía angustiada en este lugar tan desconocido. Tanteando, me acerqué a la ventana de la habitación. Vi que el cielo comenzaba a aclararse: el amanecer llegaba con sus dos soles.

Me quedé ahí, esperando que la luz completara su obra. Cuando el sol iluminó por completo, pude ver a mi alrededor. La habitación estaba decorada con flores amarillas en el tapiz. Las cortinas tenían lirios morados bordados, y los muebles estaban tallados con girasoles. Del techo colgaban adornos florales, y cada detalle parecía perfectamente cuidado.

Me paseé tocando cada rincón. Me resultaba extraño el silencio y esta tranquilidad envolvente. Me preguntaba si en casa las cosas habrían mejorado. Madre debía estar triste por mi partida. Esto, como dijo padre, era lo mejor. No podía quejarme: aquí tendría comida, ropa e incluso una buena educación.

Aún me resultaba raro estar en un lugar tan grande y vacío.

Al abrir la puerta de mi habitación, vi un pasillo limpio pero solitario. En mi curiosidad, salí a explorar un poco. Me encontré con un cuadro: dos dragones retratados. Me quedé pasmada observándolo.

—En el ducado de la Luna es común ver dragones —dijo una voz infantil a mis espaldas.

Me sobresalté. Al girarme, vi a un niño, que no aparentaba más de ciento cincuenta años. Me pareció curioso: sus ojos eran de un morado enigmático.

—Un gusto saludarte. Roselia Adelfa, a tus órdenes —dije, haciendo una reverencia.

—Ya me lo habías dicho anoche —respondió, con una sonrisa traviesa.

Lo miré confundida. ¿A qué se refería?

—Elias Luna. ¿Qué haces despierto tan tarde?

Cuando escuché su nombre, me detuve a pensar: ¿él sería mi esposo? Qué curioso… era solo un niño.

—Estaba mirando la mansión. Es bastante bonita —dije, apretando los volantes de mi vestido. Me estaba inquietando cómo me observaba.

—Anoche te la mostraron. ¿Qué necesidad hay de volver a verla?

Sus ojos parecían escudriñarme.

—Bueno, es que no pude apreciar nada como era debido.

La incomodidad crecía dentro de mí.

—¿No puedes ver de noche?

Negué con la cabeza. Entonces, sin decir más, se fue tan rápido como había aparecido.

—Vaya, qué raro —murmure.

Me quedé quieta un instante antes de continuar mi recorrido.

Bajé las escaleras del segundo nivel. Cada decoración en la pared parecía contar una historia. Me dirigí al jardín, donde la vegetación estaba muerta y desolada.

Me senté con cuidado para no ensuciar el vestido nuevo, un regalo del ducado, y comencé a usar mi magia. Le di una nueva oportunidad de vida a todas las plantas del jardín.

Cuando terminé, me sentí agotada. Entre el olor de la hierba fresca y la brisa cargada de polen, me dormí.

"Como un recuerdo lejano de aquel momento de total inocencia ante la inevitable verdad, pobre pequeño que ha perdido lo que mas ama, que ha terminado caminando un camino vacío y desolado".