Prólogo
Cuando ella abrió los ojos supo que todo cambiaría, que aquel nudo que se retorcía en sus entrañas era sólo el comienzo. Y en el comienzo, en su comienzo, solo había humo, una extensa nube plateada que cubría todo a su alrededor.
Trató de mover sus brazos, pero la rigidez de su cuerpo se lo impidió. En cambio, miles de pequeños pinchazos recorrieron su interior como hormigas de fuego ¿Cuánto tiempo había estado así? Sus manos sujetas sobre su cabeza ardieron, no tuvo que hacer mucho esfuerzo para entender la situación. Debía escapar.
Optó por sus piernas, pero sus pies se agitaron en el aire. Aguantando el peso de su cuerpo suspendido, divisó el humo frotarse contra su piel como un felino. Volvió a intentarlo y, esa vez, la madera a la que estaba sujeta solo crujió.
Ante sus inútiles intentos de soltarse, trató de contener la desesperación que iba en aumento. Si deseaba volver a verlo debía ser paciente ¿Por qué él se le venía a la cabeza justo en un momento como ese? Apretó los ojos, no dejaría que ninguna lágrima escapara. No, no ahora.
Observó con detenimiento cada detalle. Era imposible ver más allá, lo único que logró distinguir, con mucho esfuerzo, fueron las gruesas cuerdas que sujetaban sus muñecas y nudos… muchos nudos. Sus opciones se acababan, sabía que su peso no era el suficiente como para que sus movimientos rompiesen la madera. No había dudas de que los culpables sabían lo que hacían.
Una vez más flexionó sus brazos para tirar de las cuerdas, pero la madera solo rechinó como si fuera una burla. Apretando los dientes, ella jadeó, pataleó hasta que, mascullando maldiciones, se permitió un descanso.
Cuando llegó la hora de la segunda ronda, un grito llegó hasta sus oídos. Era lo primero y lo único que parecía real en esa pesadilla. Agradeció estar bien sujeta a la madera, por más estúpido que sonara, porque de lo contrario sus piernas habrían flaqueado a causa de aquel sonido que desgarró el aire. Un intenso escalofrío recorrió su columna ¿Qué podrían estar haciéndole para que gritara así?
Las miles de opciones desbordaron su mente hasta que la voz, que padecía de incontrolable sufrimiento, bajó su intensidad hasta convertirse en un débil lamento que fue acallando hasta desaparecer. El silencio que vino después hizo que sus nervios se tensaran, se creyó sumergida en aguas heladas desprovista de cualquier salvación milagrosa. La idea de que ella podía ser la siguiente creció alimentada por su miedo. Deseaba con todas sus fuerzas liberarse, escapar del problema en el que estaba metida. Sin embargo, todos sus sentidos estaban eclipsados y lo único que la movía era el temor a lo que podrían hacerle. Si tan solo hubiera sido capaz de oír al viento mecer las hojas silbantes de los Aurralis o sentir el aroma dulce de los postres de manzana y caramelo que salían a la distancia, tal vez se habría dado cuenta que se encontraba en el bosque, en ese bosque, y que existía una salida más allá de soltar las cuerdas.
Otro agudo bramido, mucho más cercano, la puso alerta. Bajó su mirada en busca de algo que pudiera hacer, pero solo distinguió el movimiento tembloroso de sus rodillas ocultas tras su vestido rosa; un color que hacía juego con ella a la perfección, pálido como su rostro y sus esperanzas.
Toda la atención puesta en la tela se dispersó cuando notó una figura moverse debajo, allí en el suelo que tanto anhelaba pisar. La idea de hablarle se le pasó por la cabeza, aunque sabía que era una estupidez hacerlo ¿Qué le diría? ¿Que se equivocaron de persona? Eso no era cierto. No era un error que ella estuviera aprisionada.
De pronto un chasquido sonó y el culpable se alejó a toda velocidad. La base de la madera lanzó un chillido tan ajeno y tímido que le indicó que todo había empezado. Una chispa y luego un débil brillo la iluminaron.
Un segundo. Tan solo un segundo les tomó a las llamas emerger con ferocidad desde la base hasta alcanzar sus pies y sólo un parpadeo en trepar por su piel, devorar nervios y achicharrar todo a su paso.
No pudo contener los gritos e hizo todo lo que pudo por contraer su cuerpo y evitar las llamas. Tiró de las cuerdas con tanta fuerza que sus manos sangraron y las venas de su cuello se hincharon a más no poder. Aún así no lo logró. El fuego trepó aferrándose a su vestido y con gracia fue pintándolo de negro, combinando a la perfección con su larga cabellera.
De a poco la madera empezó a ceder y aflojó la cuerda lo suficiente para que la hiciera caer unos centímetros. Maldita suerte, pensaba, después de tanto forcejear y rogar para que los nudos o la madera se aflojaran, recién en ese momento lo hacían. Ahora que intentaba alzarse lo mejor que podía.
Sin perder tiempo, las llamas se unieron a su piel chamuscándola sin clemencia y más humo del que la rodeaba salió expulsado, esta vez de su cuerpo. En instantes el aire se cargó del delicado perfume de la carne carbonizada.
Poco a poco el fuego la cubrió, unificando su apariencia y quitándole cualquier vestigio de identidad. No hubo gritos ni palabras que pudieran atravesar la barrera de fuego que se formó en torno a ella y aunque su garganta siguió resonando, solo lo hizo hasta que el collar ardiente se cerró en su cuello.
Alzó la cabeza, aturdida. Cuando las llamas llegaron hasta su rostro, le pareció tan irónico y absurdo ver a sus manos tan pálidas mientras su piel se caía a pedazos que anheló cortárselas; arrancar las únicas extremidades que le impedían la libertad.
Los espasmos aparecieron. No supo distinguir si era porque sus pulmones comenzaron a fallar o si finalmente, luego de tanto, sus lágrimas reconocieron el horror; el miedo a morir.
Una lágrima, tímida gota que brotó del ojo que aún no ardía, rodó por su mejilla marcando un camino hacia su mandíbula. Esa era la señal de que ya estaba lista para asistir al evento principal. Aceptó su destino, aunque su obstinación por sobrevivir continuó ordenando a su corazón bombear lo más que pudiera hasta el último segundo.
Antes que todo acabara, se aferró a las cuerdas, que se aflojaron por el roce de las llamaradas, y con su último aliento abrió y cerró sus dedos como un mensaje; un gesto que dispersó el aire a su alrededor y escapó. Se escabulló del fuego, serpenteó en el aire y partió en dos la pantalla de humo plateado. Con el ojo que le quedaba, distinguió el lugar y supo con exactitud dónde se encontraba, pero ya nada quedaba por hacer. Observó impaciente cómo su voluntad ascendía hasta el acantilado, que tantas veces admiró, y suspiró aliviada. El susurro viajó con lo que quedaba de su alma, como un artilugio que sólo puede ser usado cuando estás a punto de abandonar el mundo corpóreo.
En lo más profundo de su ser no había dudas que el mensaje llegaría a su destino así que si debía arder por toda la eternidad, lo haría sin arrepentirse.
Respiró por última vez mientras su cuerpo absorbía todo el fuego. Sin nada más que vivir, aflojó su agarre y se dejó caer; mientras lo hacía decidió darle un último regalo a Azrith.
«Siempre despídete con una sonrisa.» fue lo último que recordaba de él, aunque esa vez había sido más un regaño que un consejo.
«Te estaré esperando…» pensó.