Vestidos de Lino

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

En plena adolescencia de la vida de Brandon Nagha, una inesperada e intrincada red de circunstancias comenzó a atraparlo. En medio de un mundo de corrupción, los juegos de azar ilegales, y deudas que se elevaban al reino de lo insondable, Brandon se encontró parado en una encrucijada del destino. Con el vigor juvenil fluyendo por sus venas, Brandon enfrentó esta confluencia de eventos que pondrían a prueba no solo su temple sino también los límites de su sabiduría. Como un destello de luz en las sombras, su intuición lo guia a través de las aguas traicioneras que navegaba. Las visiones espirituales de Brandon comenzaron a tejer un tapiz de perspicacia ante sus ojos. Estos vistazos más allá de lo mundano revelaron la difícil situación de una familia vecina tambaleándose al borde de la desesperación. Guiado por un sentido de responsabilidad que parecía más allá de sus años, se atrevió a tender un puente entre su propia situación y la de ellos.

Estado:
Completado
Capítulos:
8
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

INTRODUCCION

Así como algunas personas nacen con un oído absoluto, que les permite diferenciar una nota musical de otra con gran precisión, yo nací con oído espiritual; defino “oído espiritual” como la capacidad de escuchar manifestaciones provenientes desde el mundo espiritual. Bien podríamos llamar “voces” a estas manifestaciones espirituales, pero más que voces son, al menos en mi caso, ideas o conocimientos que llegan hasta mi mente. Es una extraña sensibilidad para presentir hechos que están por pasar, o para tener información, a veces muy precisa, sobre hechos que ya pasaron, sin una fuente en el mundo físico de donde provengan estos conocimientos.

Mi niñez fue bastante complicada, como imagino será la vida de todos los que de una manera u otra somos diferentes. Mi madre notó enseguida que yo era un chico mucho menos social que mis hermanos y varias veces la vi preocupada por mi salud mental. La recuerdo quejándose porque era muy distraído y me relacionaba por demasiado tiempo con demasiados amigos imaginarios. Me dijo que muchas veces pasaba un largo rato con la mirada perdida, hasta que de repente daba un salto y decía “¡claro...!” o me reía o hacía preguntas extrañas.

Debo reconocer que debí pasar por las manos de varios médicos de diferentes especialidades, quienes, si bien nunca pudieron confirmar que yo estuviese loco de atar, tampoco pusieron las manos en el fuego para certificar que fuera un niño totalmente cuerdo. Seguramente no ayudaban comentarios como los que le hice al doctor Patel, a quien, con apenas siete años de vida, le dije que debía dejar de pensar tanto en el dinero, e ir a visitar de una buena vez a su madre. La madre del doctor Patel vivía en el corazón de India y, efectivamente, hacía más de diez años que ambos no se veían. Mi consejo no tenía nada de reprobable, salvo por el hecho de que la noche anterior, el doctor Patel había mantenido una amarga comunicación telefónica con uno de sus hermanos en India, quien le había dicho, palabra por palabra, lo mismo que le dije yo al día siguiente.

Durante mi temprana adolescencia conocí a un maestro de la vida de apellido Hao, quien me ayudó a encontrar una explicación a todo lo que me había pasado hasta ese momento. Entendí que no era un chico con retraso madurativo, ni con problemas mentales, como mi familia solía temer, sino que había nacido con capacidades no muy comunes. Esa condición no era algo negativo, ni mucho menos una enfermedad, sino que, bien encaminada, hasta podría ayudar a la gente a mi alrededor.

El maestro Hao era ya un anciano, pero en su juventud anduvo por el mismo camino que yo estaba recorriendo en ese momento. No era fácil recibir el rechazo de mucha gente por ser diferente y, además, tener que esconder un don hermoso para no molestar a los demás. Gracias a él, cada una de las cosas extrañas de mi vida encontró su lugar, su explicación y su uso. A mí no me fue tan mal dentro de todo; en su caso, por tener aquel talento tan único, el maestro Hao tuvo que escaparse de su país y dejar recuerdos muy traumáticos en el pasado. Con el tiempo encontró paz en el perdón y una nueva vida en una nueva tierra le dio la oportunidad de volver a empezar y ayudar a mucha gente. La claridad y profundidad de sus palabras eran “perfumadas” por una pequeña limitación que él no podía evitar, hablaba con un acento extranjero bastante fuerte. El maestro también formó una familia hermosa, cuyos hijos terminaron siendo talentosos profesionales.

Este nuevo entendimiento de mí mismo despertó en mi un gran apetito por conocer todo lo relacionado con espiritualismo, esoterismo, ciencias ocultas y especialmente algo llamado sanación. Empecé a leer todo lo que encontrara sobre personas que pasaron por experiencias cercanas a la muerte, religiones, santos, chamanes, curaciones milagrosas. Sobre todo, me interesé en aquellas personas que se llamaban médiums o espiritistas, quienes podían comunicarse con los muertos. Aprendí muy poco de todo lo que leí, aunque entendí que todo aquello era simple información. De mi dependía transformar esa simple información en genuino conocimiento en base a mis propias experiencias. Finalmente terminaba creyendo solamente aquellas cosas que yo mismo podía experimentar.

Nunca negué que hubiera personas capaces de curar enfermedades graves con el simple hecho de imponer la mano por sobre la cabeza del enfermo, pero hasta que yo no pudiera hacer lo mismo, tomaría aquello como algo que podía ser cierto o no. En todo caso me esforzaba por repetir la experiencia de otros en mi propia vida, pero si no conseguía hacerlo, entonces lo tomaba como que aquello no era para mí y seguía investigando sobre algo diferente.

A través de aprender a meditar pude lograr tener dominio sobre muchos aspectos de mí mismo, especialmente en lo relacionado con calmar mi mente, controlar mis emociones y mantener fresco un deseo innato de construir un mundo mejor desde mi pequeño aporte. Mi anhelo no era cambiar el mundo, sino aportar todo lo posible para que cuando llegue el día de mi muerte, esté seguro de que hice todo lo posible por dejar un mundo mejor al que encontré cuando nací.

Mientras tanto, crecía y consumía con voracidad libros y películas sobre espiritualismo. Estaba formando mi propia identidad y en ese proceso absorbía algo de todo. No tenía una respuesta clara a la pregunta sobre qué iba a hacer de mi vida en el futuro, no me veía trabajando como médico o ingeniero, aunque tampoco como músico, deportista o pintor.