Un ramo de tulipanes [Jeongbin]

Sinopsis

Cuando la abuelastra de Seo Changbin muere, le deja una granja de tulipanes con dos condiciones. En primer lugar, Changbin tiene que mudarse a la provincia de Jeolla. La segunda (y más problemática, ya que su prometido acaba de cancelar la boda) es que Changbin debe casarse en el plazo de un año. El matrimonio es lo último que Changbin desea en el mundo, pero hará lo que sea para salvar el único hogar real que ha conocido. Yang Jeongin amó a Seo Changbin en el instituto. Pero nunca se lo dijo. Era demasiado tímido, demasiado torpe, dolorosamente poco atractivo para invitar a salir al hermoso y popular Changbin. Toda una vida después, Jeongin es padre soltero de su sobrina y está muy ocupado llevando el negocio familiar. Ese viejo amor es lo más alejado de su mente. Hasta que Changbin regresa a su pueblo natal y pone su vida patas arriba. Adaptación.

Genero:
Romance/Drama
Autor/a:
Xuxi 🍜
Estado:
En proceso
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Prólogo

Changbin

;

Objetivo de aprendizaje de hoy: Los alumnos serán capaces de saber cuándo es el momento de un hachazo.




Estaba vestido de novio cuando llamó. Camisa, pantalón, velo, los zapatos y la corbata. Era un gran traje, pesado, bastante abrigado y poco práctico para una boda en julio, pero aun así era perfecto. Todo era perfecto.


Dijo―: Esto no va a funcionar, Changbin.


Sabía lo que quería decir y lo supe antes de que mi nombre saliera de sus labios. No se refería a la barra, ni a las ramas de cornejo que cubrían el pasillo, ni a la banda. Y no me sorprendió.


Debería haberme sorprendido. Debería haberme scandalizado.


Pero los lugares donde deberían haber vivido esas emociones estaban llenos de un vacío seco y quebradizo que me devolvía la carcajada. Y esa risita me decía que debería haberlo sabido.


Lo único que pude hacer fue arrancarme el velo de la cabeza y arrojarlo a la alfombra de felpa de la suite del hotel mientras un cuarteto de los padrinos gritaban horrorizados. El velo significaba algo, y ellos lo sabían. Un pelo fuera de lugar no era un riesgo que fuera a correr, no minutos antes de salir al exterior para las fotos previas a la ceremonia.


La fotógrafa bajó la cámara mientras le decía a mi ex prometido―: De acuerdo.


De acuerdo, aparentemente esto no justifica una conversación en persona.


La fotógrafa dio un paso atrás.


Luego otro.


De acuerdo, no nos vamos a casar en tres horas.


Mi padrino, Seungmin, se acercó a mí con la mano extendida y los ojos muy abiertos.


De acuerdo, un año y medio de planificación, por la ventana


Mis padrinos de boda Yeonjun y Wooyoung  intercambiaron una mirada que parecía preguntar ¿Qué demonios?


De acuerdo, todas las cosas que pensaba que había hecho bien, desperdiciadas.


Wooyoung alisó su pantalón marino de padrino de honor y acompañó a los peluqueros y maquilladores hacia la puerta.


De acuerdo. De acuerdo.


―¿Me... me has escuchado? ―preguntó―. ¿Entiendes lo que digo?


Ojalá pudiera decir que este tipo de cosas no me han pasado a mí. No es que me hubieran dejado en el altar antes -o muy cerca del altar-, sino que me habían dejado en algún sitio.


―Lo estás terminando ―dije, odiando el temblor en mi voz.


No podía dejar que me destruya así y escuchar cómo me derrumbaba. Tiré de mi sofocante corbata. Iba a vomitar si no me quitaba esto de encima.


―¿Harás este anuncio a los invitados?


No respondió inmediatamente, y en ese silencio oí un tic-tac que sonaba muy parecido a un intermitente.


―No puedo ser yo quien lo haga ―dijo― porque no estoy allí.


No había entendido del todo lo que significaba cambiar de opinión hasta que mi ex prometido me dejó y se negó a arreglar aquel desastre, todo en el lapso de cinco minutos.


Lo había amado y lo había amado durante años, pero destrozó el día de nuestra boda y ni siquiera me sorprendió. No podía acceder a nada del afecto que alguna vez había sentido por él en este momento. Todas las cosas buenas y amables que una vez le había unido se volvieron amargas. Se marchitaron en el acto. Por mucho que lo hubiera amado, descubrí que ahora podía despreciarlo, resentirlo y aborrecerlo. Se me ocurrió con bastante facilidad.


Y eso sí que me sorprendió.


―¿Cómo que no estás aquí? ―pregunté, quitándome los zapatos―. ¿No crees que deberías decirle algo a tu familia?


Se aclaró la garganta.


―No vendrán. Ya lo saben. Se los dije anoche. ―Otro carraspeo. Otra intermitencia―. Después de la cena de ensayo.


Se me escapó un ruido de asombro, algo entre una risa y un gemido visceral.


Estaba seguro de que iba a vomitar. Pero antes de correr al baño, por primera vez en tres años, iba a decirle a ese hombre exactamente lo que pensaba. Se acabaron los retoques. Se acabó poner buena cara.


―¿Anoche... qué? No. Al diablo con eso. Y al diablo contigo. No puedo imaginar por qué se lo dirías a tu familia anoche pero esperas, como, dieciocho horas para decírmelo a mí. La persona con la que se suponía que te ibas a casar hoy. Y no me importa. No quiero una explicación. No importa. Hemos terminado. ―Tiré del cuello de mi camisa hasta que se escuchaban como los botones se desprendían de la ropa. Entonces mis amigos estaban allí, rodeándome, desatando, desabrochando, quitando hasta que aquella preciosa ropa de ensueño de nata montada -en torno al cual había planeado toda la boda, el que había cazado, por el que me había muerto de hambre- cayó a mis pies―. No vuelvas a hablarme. Jamás.


Lancé el teléfono con la intención de que se estrellara contra la pared y se rompiera en mil pedazos, pero mi puntería fue pésima y aterrizó en la cama, con su cara oscura mirándome en el mar de sábanas blancas y crujientes.


―¿Qué necesitas? ―preguntó Seungmin.


Sacudí la cabeza. Trescientos de nuestros amigos y familiares más cercanos llegarían en una hora. Salvo los que el ex ya había avisado. Esto no tenía arreglo.


―¿Quieres que vaya a buscar a tu mamá? ―Preguntó Yeonjun.


―No ―dijimos Seungmin y yo al unísono.


Yo admiraba a mi madre pero maternal o reconfortante no eran palabras que nadie usaría para describirla.


―¿Quieres un tazón gigante de licor y un hacha? ―preguntó Wooyoung.


―¿Qué tal un tazón gigante de licor y una salida rápida? ―preguntó Wooyoung.


―Algo así ―susurré.


―Te tenemos ―dijo Yeonjun.

Sollocé entonces, fuerte e histérico y destrozado.


Mis amigos me rodearon, uno me puso una bata alrededor de los hombros, otro me puso una botella en la mano y me dijo "Bebe" con una firmeza que no admitía vacilaciones, un tercero me arrancó las horquillas del pelo mientras otro recogía la bata y lo perdí de vista. No es que pudiera ver mucho a través de este aguacero incontrolable de lágrimas.


―Puede irse a la mierda. ―Era Yeonjun.


―Nunca lo mereció. ― Wooyoung.


―Será mejor que espere que no le ponga las manos encima. ―Seungmin, siempre salvaje.

— Mientras planeas su desmembramiento, voy a bajar a encargarme de todo. También hablaré con tu madre y tu padrastro.


Algo en el anuncio cuidadosamente redactado de Seungmin, sobre cómo manejar mi ruina, me desgarró con más fuerza que cualquier cosa que el ex hubiera dicho esta tarde. Me llevé la botella a la boca e incliné la cabeza hacia atrás, sin importarme si el vodka me quemaba la garganta, me goteaba por la barbilla o me manchaba el carmín.Nada de eso importaba.


Ya no tenía que ser perfecto, y eso fue una especie de extraño regalo de despedida. Un regalo que no había pedido y que no quería. Pero me había gustado lo perfecto. Me había gustado ese aspecto para mí. Y había seguido las reglas de la perfección. Lo había hecho todo bien.


Y nada de eso importaba.