La mansión sin retorno

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Sinopsis

Juegos grotescos se llevan a cabo en un pueblo muy lejano e inhabitado de México. Adolescentes son secuestrados y llevados hacia aquella mansión apartada de la sociedad, desgastada y marchita como un pétalo de flor en invierno. El anfitrión dará las indicaciones y comenzará el juego, aquel que logre ganar podrá salir con vida de aquella mansión ¡Pero cuidado! Solamente un equipo podrá salir victorioso. Megan, April y Devon, junto a su equipo desorganizado de inadaptados, trataran de sobrevivir a toda costa y salir con vida de aquella mansión. Aunque Megan está segura de que el anfitrión oculta un enorme secreto bajo esa máscara oscura y no saldrá sin descubrirlo primero.

Estado:
En proceso
Capítulos:
20
Rating
2.0 1 reseña
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1. La fiesta de la familia Bennet


El sol brillaba con intensidad sobre un cielo despejado, las aves cantaban y las mariposas aleteaban por cada casa, cada ventana y cada flor o árbol que lograban encontrar.


En un rincón de aquel pequeño pueblo llamado Chalco, había un número de casas que yo podría contar con los dedos de la mano por ser tan pocas. Los bullicios, risas y música infestaban los oídos de Megan, tanto ruido la aturdía por lo que optó por colocarse unos audífonos que guardaba siempre en el bolsillo de su sudadera. Megan era una chica que amaba la música con el alma, aunque tenía gustos algo antiguos para su época, pero nunca se quitaba sus audífonos porque, según ella, no podría vivir sin la música.


Megan se puso de pie, empujando la silla hacia atrás y se dirigió a un pasillo infestado de flores coloridas y hojas verdes, era un pasillo corto que terminaba con una linda fuente hecha de mármol que escupía agua cristalina y era un reposo para aves cantoras que se posaban en las esquinas de dicha fuente.

Megan dio dos vueltas por aquel pasillo, ahuyentando a los pájaros y de pronto sintió una corta vibración en su bolsillo, sacó su celular y una sonrisa se dibujó en su rostro casi al instante de ver el nombre de la persona que le había enviado el mensaje, corrió con felicidad hacia la puerta de entrada y la abrió con una impresionante alegría.


Una chica estaba de pie detrás de la puerta, emanaba un exquisito aroma a rosas, que hacía la alusión de que, la persona que la oliera, sintiera el refrescante aroma de un campo floreado. Aquella chica tenía una sonrisa dulce y tierna en su rostro.


April, su mejor amiga, le saludó con un abrazo y se subió los lentes rojos que tenía puestos.


—¿Puedo pasar?


—Claro, ¿Eres tonta? No necesitas preguntar eso —se rió y April le siguió la risa.


April saludó a toda la gente que estaba acumulada y sentada en aquel patio.

Una fiesta familiar era lo que había en esa casa. Aquella familia amaba las reuniones y festejaban por las más mínimas cosas, aunque lo que más les gustaba eran las grandes cantidades de cerveza y diversos licores que consumían descontrolados cada que se juntaban; por esa razón, Megan no se sentía muy cómoda entre la familia, ya que no lograba convivir con todos, por lo cual invitó algunos amigos.


Ambas amigas se dirigieron al pasillo floreado y se sentaron en el piso a charlar.


—Veo que Devon no ha llegado, es un impuntual de primera, nunca llega a tiempo a ningún lado.


—Ya lo sé, la verdad no lo hubiera invitado por impuntual, pero ya sabes los dramas que hace.


—Es cierto, como la vez que no le compré un chicle en la prepa porque me dijo que no quería nada —April se llevó la mano al corazón y Megan se llevó la mano a sus labios, cubriéndolos ligeramente— ¡Está bien si ya no me quieren, solo aléjense que me lastiman! —replicaron al mismo tiempo y se soltaron a reír.


Conversaron y rieron por, al menos una hora, ellas dos nunca se quedaban sin tema de conversación y se reían de la más mínima cosa; justo cuando cesaron sus risas ambas recibieron un mensaje en el grupo:


«Chingada madre, les estoy marcando y no contestan, salgan, por favor».


Ambas sonrieron y se dirigieron a la puerta de entrada. Megan abrió la puerta, se puso de puntillas y le dio un ligero golpe en la cabeza a Devon, antes de que él pudiera reaccionar.


—¡¿Por qué?! —chilló, agarrando su cabeza con ambas manos.


—Por impuntual —argumentó April con una mirada que le juzgaba hasta el alma.


—Bien, lo merezco, ustedes dos son malas personas —entró a la casa, aún con las manos en la cabeza.


Los tres estaban charlando y riendo de cosas absurdas y sin relevancia, aunque ningún adulto entendía su sentido del humor y solo los tiraban de locos por ser adolescentes y reírse de cualquier cosa.


Se puso el sol, tras aquel breve crepúsculo llegó la noche tranquila y clara, despejada de nubes y con un refrescante viento otoñal que hacía sacudir levemente las hojas de los árboles, mientras que las aves volaban de vuelta a sus nidos, lo único que se escuchaba a lo lejos eran los cuervos y algunos perros vecinos que ladraban ante la presencia de los carros o gatos callejeros.


—Tengo hambre —se cruzó de brazos.


—Tú siempre tienes hambre, Devon.


Devon se llevó una mano al pecho y el dorso de la otra mano la llevó a su frente, con bastante drama.


—Me levantas falsos —señaló a Megan con el dedo índice—. Que mala amiga.


April soltó una risa y Devon sonrió ligeramente para luego terminar en una sonrisa amplia.


—Que mala amiga que soy —replicó Megan, con sarcasmo.


—Exacto, pero regresando a mi momento de hambruna.


—¿Acaso no comes en tu casa?


—¿Crees que me dan de comer en mi casa? A duras penas sobrevivo.


—Que dramático, Devon —dijo April entre risas.


—Pero creo que la comida ya se terminó.


—¡¡Nooo!! —se puso de rodillas y fingió llanto— Ahora moriré de hambre y pondrán en las noticias: "joven hambreado muere en casa de su amiga porque su familia no dejó nada de comer".


—Podemos salir a comprar, la tienda está muy cerca, ¿O no, Megan? Que recuerde está cruzando dos calles.


—Sí, solo voy a decirle a mi mamá, no me tardo.


—Bien, te esperamos —sonrió April y luego bajó la mirada a Devon, quién aún yacía en el piso—. Ya párate, dramático.


—Ay, que aburrida, siempre eres tan aguafiestas.


Devon se puso de pie y estiró los brazos.


—No soy aguafiestas, pero estas haciendo una escena frente a los familiares de Megan —sonrió con incomodidad viendo a los adultos.


Devon dirigió la mirada a los adultos que lo miraban con muecas de confusión y otros con claro rechazo. Él sonrió con nerviosismo y saludó con su mano para luego volver a mirar a April.


Megan se dirigió hacia su madre, la cual estaba platicando con un tío suyo que no le agradaba a ella en lo más mínimo, es más, pensaba que era una molestia que no debió de haber aparecido en la tierra. Con la sonrisa más creíble que pudo mostrar, vio a su tío y le susurró al oído, a su madre, que iba a la tienda y ella asintió sin verla a los ojos. Sonrió y se fue feliz hacia sus dos amigos, con algunos brincos y miradas juzgadoras de su familia.


La verdad es que la familia Bennet no era muy amistosa, al contrario, eran sumamente rencorosos e hipócritas, solo se reunían para mantener las apariencias de que eran una hermosa familia feliz, aunque también lo hacían por el alcohol, pero lo que les gustaba más que el alcohol, eran los chismes y juzgarse entre ellos. Megan era vista de mala manera por todos sus tíos y primos, ya que ella tenía una personalidad y manera de pensar muy diferentes. Ella trataba de ver la vida de una manera un poco alegre, mientras que su familia la veía de la peor manera posible, ella pensaba que por eso fracasaban en todo lo que hacían y que era la raíz de todos sus problemas. Así que los Bennet eran una hermosa familia tóxica.


—Tardaste —dijo Devon señalando el reloj que llevaba en la mano—. Por tu tardanza hice el ridículo frente a todos.


Megan volteó los ojos y bajó los hombros.


—Exagerado —metió su celular a la bolsa de su pantalón— ¿Ya llevan su celular por si acaso?


—Sí, llevo mi celular —esculcó April en sus bolsillos y sacó una servilleta hecha pelotas—, y esto.


—Yo llevo mi celular, unas mentas y... —metió su mano al bolsillo y sonrió pícaramente sacando un vapeador— Y mi vida.


—¿Un vape? —April ladeó la cabeza.


—Sí, es esencial —dijo Devon remarcando la «S» y «C» de la palabra.


—Claro... Como digas, adicto.


Los tres amigos salieron a la oscura noche fría y caminaron por la banqueta hasta llegar a aquella pequeña tienda al otro lado de la calle. Era una tienda algo apartada, estaba pintada de un color amarillo intenso y tenía grafitis en la pared derecha.


Comenzaron a revisar lo que querían comprar, Devon tomó una bolsa de papas fritas, April agarró un paquete de galletas y Megan tomó una botella de agua natural del congelador.


—Enferma, morirás por tomar cosas frías de noche.


—Lo dice el que tiene cáncer de pulmón.


—No tengo cáncer de pulmón.


Pagaron las cosas y salieron de la tienda. Se detuvieron en una banqueta, antes de llegar a la casa, porque estaban pasando los carros.


—¿Se imaginan que nos secuestren?


—¿Cómo así? —April miró a Megan con los ojos abiertos.


—Bueno, solo digo, somos tres adolescentes de 16 años que están solos en la noche y estamos en México.


—Tiene un punto, pero si me van a secuestrar quiero que me den buena comida —abrió la bolsa de papas y se llevó una a la boca—. No quiero comer cosas asquerosas o algo así.


—Yo no quiero que me secuestren —dijo April, con algo de preocupación y subió sus lentes.


April tenía la costumbre de subir sus lentes cada que escuchaba algo que la estresara o simplemente no le agradara, por ello era algo rechazada en la preparatoria, en la secundaria y, en general, en toda su vida escolar, sin embargo Megan no lo vio raro y por eso se acercó a hablarle.


—Es un caso hipotético, no te estreses, April.


—Pues lo dijiste de una manera muy sincera, Megan.


De pronto Megan sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo, llegando hasta sus pies, alguien estaba detrás de ellos y ella sabía que no tenía buenas intenciones. Volteó rápidamente y notó la sombra de un gran hombre, el farol de luz blanca reflejaba desde atrás y deslumbró sus ojos. Le colocaron una bolsa en la cabeza, evitando que pudiera ver quién estaba detrás del secuestro, con April y Devon hicieron lo mismo. El hombre amarró a Megan con una cuerda y otros dos hombres amarraron a los chicos y los cargaron en sus hombros, como sacos de papas.


—¡Lo dije de broma! —gritó Megan, tratando de ver a través de la bolsa de tela que tenía en la cabeza.


Aquel hombre le inyectó algo en la pierna, de pronto comenzó a sentir que le faltaba la respiración y se desmayó. April también cayó desmayada al instante que sintió la jeringa en su pierna.


—¿Pero si me van a dar buena comida? —preguntó Devon, levantando su cabeza, sin poder ver nada.


Devon sintió un dolor en la nuca y se desmayó.


El trío de amigos, inconscientes, fue arrojado a una camioneta blanca y los secuestradores arrancaron a toda velocidad entre las calles poco trancitadas y la oscuridad de la noche.