Capítulo 1 - Penélope
Gregori podría haber venido al mundo en una cuna de exquisita madera y haber estado arropado en suaves sábanas de seda de la más alta calidad. Sin embargo, en el reino de Arthemis, las relaciones extramatrimoniales eran altamente condenadas, y aún más si de ellas surgía un fruto considerado un pecado en forma de niño. La gravedad de dicho pecado se intensificaba aún más si el padre involucrado era un noble, ya que los murmullos y chismes de la sociedad resonarían fuertemente en torno a un individuo de tan alta posición. El rey Radámas tercero, actual soberano del reino, no podía permitirse manchar su imagen de esa manera, por lo que, a pesar de que Gregori fuera hijo del hombre más adinerado de todo el norte del continente, jamás podría reclamar su legítima herencia, ya que esto se consideraba una ofensa ante Dios y la sociedad en su conjunto.
La madre de Gregori era tan solo una humilde sirvienta en el castillo de la familia real, una mujer cuya inocencia fue mancillada por las visitas recurrentes del rey Radámas en busca de satisfacer sus más oscuros deseos de lujuria. Sin embargo, una vez que el inocente infante vio la luz del día, el rey la desterró cruelmente a las inhóspitas calles, llevando al bebé en brazos. La pobre mujer, aunque afligida por la pérdida del resguardo del castillo, experimentó un profundo alivio al darse cuenta de que ya no sería objeto de los deseos lascivos de nadie. No obstante, no podía negar el pesar que sentía, pues su hijo jamás conocería la herencia de sangre que le correspondía por derecho. Pero ya no había vuelta atrás, y así fue como la desamparada mujer, con su amado hijo en brazos, y con tan solo algunas monedas de plata en su bolsa, emprendió su nueva vida.
La madre de Gregori, conocida como Penélope, no tardó en encontrar un nuevo empleo como camarera en una acogedora posada frecuentada por comerciantes. Los dueños del establecimiento se mostraron compasivos y generosos, y le asignaron una antigua recámara donde tanto ella como Gregori podrían descansar. Penélope, con su belleza casi divina, destacaba entre las demás mujeres. Su piel tenía la pureza de la nieve recién caída, y su cabello castaño claro, que caía en cascadas hasta casi tocar su cintura, enmarcaba una figura con curvas que evocaban la perfección de un reloj de arena.
A pesar de que muchos comerciantes intentaban seducirla con ofertas de dinero a cambio de una noche de placer, Penélope siempre rechazaba tales propuestas con firmeza. Detestaba sentirse objeto de uso y desecho, y su dignidad era un valor que protegía con feroz determinación.
Entre todos los pretendientes que rondaban a Penélope, uno de ellos sobresalía por su dulzura y genuina atención hacia ella. Nunca le hizo una solicitud indecente, ni le ofreció dinero a cambio de sus favores. En lugar de eso, simplemente se presentaba con una sonrisa, esforzándose por arrancarle risas en cuanto tenía la oportunidad. No era un comerciante opulento ni un caballero rico, sino un modesto carpintero que residía en las inmediaciones de la posada. Su labor consistía en reparar las carretas de los viajeros que se detenían en el lugar, una vocación que le confería un encanto rústico y sincero, muy distinto a los pretendientes anteriores.
El nombre de aquel modesto joven era Jerónimo. Penélope, cuyo corazón no sentía atracción por nadie desde hacía tiempo, pues se dedicaba enteramente a cuidar de su amado hijo que todavía era un infante. Sin embargo, Jerónimo tenía la habilidad de hacerla sentir especial en su presencia, y la hermosa camarera apreciaba enormemente su compañía. Aunque el amor romántico no latía en su pecho, la mera presencia de Jerónimo la reconfortaba de una manera única, por lo que de vez en cuando ella devolvía los gestos de Jerónimo con un abrazo o un beso en la mejilla.
Pasaron seis meses antes de que el cariño entre ellos floreciera lo suficiente como para que tomaran la decisión de empezar a compartir su vida en la modesta vivienda del joven carpintero.