Memorias oscuras

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Sinopsis

Un misterio rodea a David y al contenido de su mochila. El joven de apariencia común y mirada peligrosa es el objeto de rumores y leyendas sobre lo que carga a todas partes dentro de aquella vieja bolsa. Una madre viuda que se hunde en la desesperación hasta el punto de... No. Ella no lo haría. ¿O sí? Esta es una colección de relatos de suspenso, misterio y algo de horror. Cada uno de los cuentos es de mi autoría absoluta y están registrados en Safe Creative. Espero que los disfruten.

Genero:
Thriller
Autor/a:
Lyenn Island
Estado:
Completado
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+
Esto es una muestra

La mochila

Me ajusté la mochila sobre los hombros después de colgar la llamada. La mitad del trabajo estaba hecha, ahora debía regresar. Ni siquiera me quedé a mirar cómo recogían mi desastre, había pasado tantas veces que ya me aburría lo mismo. No estaba lejos de la escuela, podía ir caminando. Levanté la mano para protegerme del sol que me hirió los ojos al salir del callejón, y noté una mancha oscura entre mis dedos. Odiaba ensuciarme cuando estaba en la calle. Suerte que siempre llevaba un pañuelo conmigo.


Cuando caminaba entre la gente común nadie imaginaba lo que hacía por ellos. Ninguno podría tener idea de lo que sucedía en sus propias narices. Quizás era algo infantil de mi parte, pero eso me hacía sentir poderoso. Como un héroe anónimo y retorcido. Sí, muy retorcido.


Los muros de la escuela me recibieron en silencio. Todo indicaba que los estudiantes estaban en clase, pero nunca me metería en problemas por llegar tarde o por no llegar. Estaba justificado. Con cuidado de no hacer ruido pasé por debajo de las ventanas, escuchando en murmullo de los niños de menor grado. Eran los que siempre lograban hacerme reír, con sus absurdas leyendas sobre mi mochila y lo que llevaba dentro. Si supieran...


—David lleva drogas en su bolsa —aseguraba uno de ellos—. Es obvio, por eso nunca la deja en ninguna parte, no se separa de esa cosa ni para bañarse, estoy convencido.


—No seas idiota. David lleva armas. Él es un traficante de armas clandestino. Por eso no la suelta en ninguna parte.


—Quizás es un narcotraficante —sugirió una niña—. Eso explicaría las armas y las drogas.


Sonreí. La imaginación de esos chicos no tenía igual. A veces les gastaba bromas a los niños. Sacaba de la mochila algún objeto insignificante como un lápiz y lo lanzaba cerca de ellos. Después me moría de la risa cuando salían corriendo como si se tratara de una bomba atómica. El murmullo se hizo más notable, y cuando la profesora los regañó por conversar en clases, decidí que era mi hora de marcharme.


Seguí mi camino hasta el área de la cocina. El cocinero me dejó pasar con un asentimiento. Eso significaba que mi mercancía había llegado y que el momento de terminar el trabajo era inminente. Me retiré la camisa con movimientos ágiles, después de dejar cuidadosamente a un lado mi mochila. Las leyendas sobre ese pedazo de tela habían nacido gracias a mi manía de nunca perderla de vista. Suspirando, tomé el delantal que había dejado colgado la vez anterior. Todavía estaba manchado, pero aquí adentro era libre de esa preocupación. Dentro de estas cuatro paredes no importaba si me ensuciaba o no.


Olivia llegó justo cuando tomaba mi cuchillo. La joven de cabellos rojos se había convertido en mi única y verdadera amiga. La observé colocarse el delantal en silencio y dirigirse a su mesa de igual manera. No era de muchas palabras, pero sus manos eran rápidas y certeras.


—¿Cuántos esta vez? —pregunté, girándome a mi propia mesa para empezar a cortar la carne.


—No sé de qué hablas.


Dejé caer el cuchillo sobre la mesa de hierro, creando un eco metálico que retumbó en la habitación. Olivia me miró a los ojos y después de hacerse la interesante sonrió con desgana. Sabía perfectamente de lo que le estaba hablando.


—Setenta y seis.


No muchas cosas me causaban repugnancia, pero realmente no podía comprender cómo Olivia sacaba las agallas para de ese tipo de trabajos. Dejé escapar un suspiro que pareció molestarla, porque agarró su cuchillo con más fuerza antes de continuar con su labor. Me giré hacia mi mesa listo para seguir trabajando sin intercambiar otra palabra, porque ella era una chica difícil, y cuando se enojaba podía pasar días sin hablarme.


—No hay ninguna diferencia entre lo que yo hago y lo que haces tú, David —soltó de repente, sorprendiéndome—. O tal vez sí. ¿Será que mis trabajos estaban ya cercanos a dejar este mundo, mientras los tuyos pudieron haber hecho más con sus vidas?


—Olivia, no empieces...


—Me cuestionas, David. Pero soy misericordiosa. Cierro sus ojos, alivio sus dolores y acabo rápido con sus penas. Soy una especie de ángel de la muerte para ellos. Tú y yo no somos iguales, y te pido que respetes eso.


Asentí cuando volvió a mirarme, con los ojos furiosos. Por supuesto, ella tenía su punto. Había algo de razón en lo que creía con tanta firmeza. Todo lo hacíamos por el bien común, y eso era lo que nos decíamos cuando las dudas y el remordimiento nos asaltaban en las noches. La ruina de unos pocos alimentaba a muchos. Literalmente. Pensando en mi anónima heroicidad, terminé de cortar el brazo que tanto trabajo me estaba dando. Arrugué el ceño al darme cuenta de que el cadáver llevaba puesto aún su reloj de pulsera.


—Mira esto —le dije a Olivia, meciendo en el aire la prenda ensangrentada—. Olvidaron quitarle esto. ¿Lo quieres?


Olivia solo sonrió mientras negaba. Seguro pensaba lo mismo que yo. A mí me quedaría mejor que a ella. Después de todo, era un reloj de hombre. Me coloqué el mismo y lo admiré en mi muñeca. Sí, quedaba bien. Con todo y la sangre.


—Anoche soñé con una chica —comenté.


—¿De verdad? —preguntó ella—. ¿Era linda?


Sí. Definitivamente. Tenía cabellos castaños y ojos verdes, una verdadera belleza. No solo había soñado con verla. Lo extraño había sido que yo era ella. Éramos uno solo dentro de su cuerpo. Decidí no explicarle nada de eso a Olivia. No quería que me molestara diciendo que era mi subconsciente diciéndome que quería convertirme en mujer. Por eso solo asentí antes de dejar caer los dos brazos cortados dentro de la máquina moledora de carne. El ruido me calmó los sentidos como si fuese medicina. Escuchar ese sonido siempre me decía que el trabajo estaba terminado y podía descansar.


Olivia no pidió más detalles de mi sueño o de mi chica. Terminó el trabajo antes que yo y se marchó después de asearse en nuestro baño privado. Media hora después, mi máquina moledora chirrió por última vez. La cabeza siempre era lo más difícil, por causa de los huesos del cráneo. Eran demasiado gruesos, y dispuestos en una forma que los hacía tan resistentes como los de la cadera. Por eso siempre tomaba un mazo para aplastarlo antes de meterlo en la máquina. Así era menos trabajoso para el aparato y podía irme a casa más rápido. Lavé mis manos en el lavadero y retiré la sangre de mis dedos y del cuchillo, para después dejar colgado mi delantal donde lo había tomado.


Me gustaba tomar un baño después de terminar un trabajo, porque de ese modo me libraba de dejar alguna mancha, o algún olor. Además, me disgustaba tocar mi mochila con las manos sucias. Salí de la ducha y limpié el espejo empañado con mi mano. Por fuera parecía un chico ordinario, y por eso era perfecto para esta misión. Mi tarea era para siempre. No había forma de salir de ello, a menos que fuese en la mesa de hierro cuando ya no pudiera seguir haciéndolo. Sonaba cruel, pero era lo justo. Para eso nos pagaba el gobierno, para deshacernos de las molestias que los importunaban y volverlos carne que alimentara al pueblo. Vaya manera de ser útil. Del polvo vienen y al polo volverán. O tal vez "a la carne volverán" suene más apropiado.


Sonreí a mi reflejo en el cristal plateado, cuya superficie se aclaraba con mayor rapidez a medida que el vapor del baño se disipaba. Recordé entonces un momento similar en mi sueño. Me había mirado en un espejo y había visto el rostro de una hermosa chica que me miraba asustada. Era una locura, y nunca había tenido una experiencia similar. Normalmente no soñaba, sino que dormía toda la noche en completa oscuridad. Debía significar algo, estaba seguro. Sin más, me vestí y coloqué mi mochila en mis hombros.


Las horas habían pasado. En ese momento el sol comenzaba a ocultarse y sentí un impulso inexplicable de sentarme en el parque cercano. Pronto sería de noche. Mientras tomaba asiento en un banco alejado de todos, fui testigo de cómo se iban marchando poco a poco los visitantes. Fue como si en un segundo todo hubiese oscurecido y me encontrara solo. O eso creí, al principio. Un ligero movimiento me puso en aledirección y clavó sus ojos verdes en los míos. No podía creerlo. Era ella, mi chica.


Ninguno de los dos reaccionó en un primer instante. Habíamos estado tan cerca y tan en silencio que ni siquiera nos habíamos notado. Sin embargo, la sorpresa le duró poco. Ella me miró con miedo y luego casi con rencor. No lo entendía, no quería creer lo que me estaba imaginando. Caminamos el uno hacia el otro, absortos en nuestros pensamientos. ¿Sería posible que ella hubiese soñado conmigo? No encontraba otra explicación para lo que veía en su rostro. Horror, temor, rechazo.


—Sé lo que llevas en tu mochila, David —dijo y yo temblé.


Aunque era ella la que parecía asustada, yo era quien temblaba. Nadie podía saber lo que contenía mi mochila, antes que eso sucediera yo debía morir. Bajé la cabeza, sintiendo pena por aquella muchacha. Si no hubiese visto mis sueños, si no hubiésemos coincidido esa noche, hubiese podido vivir una larga vida. Con un rápido movimiento saqué mi navaja, la que ocultaba siempre en el bolsillo de mis pantalones. Acto seguido la hundí en su abdomen hasta la empuñadura y la sujeté mientras se derrumbaba sobre mí. Maldije para mis adentros cuando manché mi camisa con su sangre, pero era un mal necesario.


—Desearía que nunca lo hubieras visto —le susurré, sintiendo una extraña compasión por ella.


Tal vez el haber sido esa chica por una noche me había dejado ese sabor amargo, como si hubiese asesinado a una hermana.


—Eras real —balbuceó ella—. No eras solo un sueño.


Me senté sobre el suelo y apoyé su cabeza en mis muslos. Con mi mano no ensangrentada acaricié sus cabellos, viendo cómo su vida se apagaba. Pero no dije nada, porque no tenía nada que decir.


—¿Eres mi ángel de la muerte?


Asentí en silencio. Si eso la hacía feliz, que se marchara en paz. Pensé en Olivia, seguramente ella consolaba a los ancianos que mataba. Quizás no debí hacerlo. Si hubiese fingido que no había escuchado... No. Imposible. Nadie podía ver lo que llevaba allí dentro. Escuché su exhalación final y dejé su cabeza sobre el suelo. Ya inventaría una excusa a mis superiores. Con una última mirada al cadáver, me quité la mochila para mirar en su interior. Ahora todo estaría bien de nuevo.después de colgar la llamada. La mitad del trabajo estaba hecha, ahora debía regresar. Ni siquiera me quedé a mirar cómo recogían mi desastre, había pasado tantas veces que ya me aburría lo mismo. No estaba lejos de la escuela, podía ir caminando. Levanté la mano para protegerme del sol que me hirió los ojos al salir del callejón, y noté una mancha oscura entre mis dedos. Odiaba ensuciarme cuando estaba en la calle. Suerte que siempre llevaba un pañuelo conmigo.


Cuando caminaba entre la gente común nadie imaginaba lo que hacía por ellos. Ninguno podría tener idea de lo que sucedía en sus propias narices. Quizás era algo infantil de mi parte, pero eso me hacía sentir poderoso. Como un héroe anónimo y retorcido. Sí, muy retorcido.


Los muros de la escuela me recibieron en silencio. Todo indicaba que los estudiantes estaban en clase, pero nunca me metería en problemas por llegar tarde o por no llegar. Estaba justificado. Con cuidado de no hacer ruido pasé por debajo de las ventanas, escuchando en murmullo de los niños de menor grado. Eran los que siempre lograban hacerme reír, con sus absurdas leyendas sobre mi mochila y lo que llevaba dentro. Si supieran...


—David lleva drogas en su bolsa —aseguraba uno de ellos—. Es obvio, por eso nunca la deja en ninguna parte, no se separa de esa cosa ni para bañarse, estoy convencido.


—No seas idiota. David lleva armas. Él es un traficante de armas clandestino. Por eso no la suelta en ninguna parte.


—Quizás es un narcotraficante —sugirió una niña—. Eso explicaría las armas y las drogas.


Sonreí. La imaginación de esos chicos no tenía igual. A veces les gastaba bromas a los niños. Sacaba de la mochila algún objeto insignificante como un lápiz y lo lanzaba cerca de ellos. Después me moría de la risa cuando salían corriendo como si se tratara de una bomba atómica. El murmullo se hizo más notable, y cuando la profesora los regañó por conversar en clases, decidí que era mi hora de marcharme.


Seguí mi camino hasta el área de la cocina. El cocinero me dejó pasar con un asentimiento. Eso significaba que mi mercancía había llegado y que el momento de terminar el trabajo era inminente. Me retiré la camisa con movimientos ágiles, después de dejar cuidadosamente a un lado mi mochila. Las leyendas sobre ese pedazo de tela habían nacido gracias a mi manía de nunca perderla de vista. Suspirando, tomé el delantal que había dejado colgado la vez anterior. Todavía estaba manchado, pero aquí adentro era libre de esa preocupación. Dentro de estas cuatro paredes no importaba si me ensuciaba o no.


Olivia llegó justo cuando tomaba mi cuchillo. La joven de cabellos rojos se había convertido en mi única y verdadera amiga. La observé colocarse el delantal en silencio y dirigirse a su mesa de igual manera. No era de muchas palabras, pero sus manos eran rápidas y certeras.


—¿Cuántos esta vez? —pregunté, girándome a mi propia mesa para empezar a cortar la carne.


—No sé de qué hablas.


Dejé caer el cuchillo sobre la mesa de hierro, creando un eco metálico que retumbó en la habitación. Olivia me miró a los ojos y después de hacerse la interesante sonrió con desgana. Sabía perfectamente de lo que le estaba hablando.


—Setenta y seis.


No muchas cosas me causaban repugnancia, pero realmente no podía comprender cómo Olivia sacaba las agallas para de ese tipo de trabajos. Dejé escapar un suspiro que pareció molestarla, porque agarró su cuchillo con más fuerza antes de continuar con su labor. Me giré hacia mi mesa listo para seguir trabajando sin intercambiar otra palabra, porque ella era una chica difícil, y cuando se enojaba podía pasar días sin hablarme.


—No hay ninguna diferencia entre lo que yo hago y lo que haces tú, David —soltó de repente, sorprendiéndome—. O tal vez sí. ¿Será que mis trabajos estaban ya cercanos a dejar este mundo, mientras los tuyos pudieron haber hecho más con sus vidas?


—Olivia, no empieces...


—Me cuestionas, David. Pero soy misericordiosa. Cierro sus ojos, alivio sus dolores y acabo rápido con sus penas. Soy una especie de ángel de la muerte para ellos. Tú y yo no somos iguales, y te pido que respetes eso.


Asentí cuando volvió a mirarme, con los ojos furiosos. Por supuesto, ella tenía su punto. Había algo de razón en lo que creía con tanta firmeza. Todo lo hacíamos por el bien común, y eso era lo que nos decíamos cuando las dudas y el remordimiento nos asaltaban en las noches. La ruina de unos pocos alimentaba a muchos. Literalmente. Pensando en mi anónima heroicidad, terminé de cortar el brazo que tanto trabajo me estaba dando. Arrugué el ceño al darme cuenta de que el cadáver llevaba puesto aún su reloj de pulsera.


—Mira esto —le dije a Olivia, meciendo en el aire la prenda ensangrentada—. Olvidaron quitarle esto. ¿Lo quieres?


Olivia solo sonrió mientras negaba. Seguro pensaba lo mismo que yo. A mí me quedaría mejor que a ella. Después de todo, era un reloj de hombre. Me coloqué el mismo y lo admiré en mi muñeca. Sí, quedaba bien. Con todo y la sangre.


—Anoche soñé con una chica —comenté.


—¿De verdad? —preguntó ella—. ¿Era linda?


Sí. Definitivamente. Tenía cabellos castaños y ojos verdes, una verdadera belleza. No solo había soñado con verla. Lo extraño había sido que yo era ella. Éramos uno solo dentro de su cuerpo. Decidí no explicarle nada de eso a Olivia. No quería que me molestara diciendo que era mi subconsciente diciéndome que quería convertirme en mujer. Por eso solo asentí antes de dejar caer los dos brazos cortados dentro de la máquina moledora de carne. El ruido me calmó los sentidos como si fuese medicina. Escuchar ese sonido siempre me decía que el trabajo estaba terminado y podía descansar.


Olivia no pidió más detalles de mi sueño o de mi chica. Terminó el trabajo antes que yo y se marchó después de asearse en nuestro baño privado. Media hora después, mi máquina moledora chirrió por última vez. La cabeza siempre era lo más difícil, por causa de los huesos del cráneo. Eran demasiado gruesos, y dispuestos en una forma que los hacía tan resistentes como los de la cadera. Por eso siempre tomaba un mazo para aplastarlo antes de meterlo en la máquina. Así era menos trabajoso para el aparato y podía irme a casa más rápido. Lavé mis manos en el lavadero y retiré la sangre de mis dedos y del cuchillo, para después dejar colgado mi delantal donde lo había tomado.


Me gustaba tomar un baño después de terminar un trabajo, porque de ese modo me libraba de dejar alguna mancha, o algún olor. Además, me disgustaba tocar mi mochila con las manos sucias. Salí de la ducha y limpié el espejo empañado con mi mano. Por fuera parecía un chico ordinario, y por eso era perfecto para esta misión. Mi tarea era para siempre. No había forma de salir de ello, a menos que fuese en la mesa de hierro cuando ya no pudiera seguir haciéndolo. Sonaba cruel, pero era lo justo. Para eso nos pagaba el gobierno, para deshacernos de las molestias que los importunaban y volverlos carne que alimentara al pueblo. Vaya manera de ser útil. Del polvo vienen y al polo volverán. O tal vez "a la carne volverán" suene más apropiado.


Sonreí a mi reflejo en el cristal plateado, cuya superficie se aclaraba con mayor rapidez a medida que el vapor del baño se disipaba. Recordé entonces un momento similar en mi sueño. Me había mirado en un espejo y había visto el rostro de una hermosa chica que me miraba asustada. Era una locura, y nunca había tenido una experiencia similar. Normalmente no soñaba, sino que dormía toda la noche en completa oscuridad. Debía significar algo, estaba seguro. Sin más, me vestí y coloqué mi mochila en mis hombros.


Las horas habían pasado. En ese momento el sol comenzaba a ocultarse y sentí un impulso inexplicable de sentarme en el parque cercano. Pronto sería de noche. Mientras tomaba asiento en un banco alejado de todos, fui testigo de cómo se iban marchando poco a poco los visitantes. Fue como si en un segundo todo hubiese oscurecido y me encontrara solo. O eso creí, al principio. Un ligero movimiento me puso en alerta. Entonces la vi. Una chica de cabello castaño y rizado se volteó hacia mi dirección y clavó sus ojos verdes en los míos. No podía creerlo. Era ella, mi chica.


Ninguno de los dos reaccionó en un primer instante. Habíamos estado tan cerca y tan en silencio que ni siquiera nos habíamos notado. Sin embargo, la sorpresa le duró poco. Ella me miró con miedo y luego casi con rencor. No lo entendía, no quería creer lo que me estaba imaginando. Caminamos el uno hacia el otro, absortos en nuestros pensamientos. ¿Sería posible que ella hubiese soñado conmigo? No encontraba otra explicación para lo que veía en su rostro. Horror, temor, rechazo.


—Sé lo que llevas en tu mochila, David —dijo y yo temblé.


Aunque era ella la que parecía asustada, yo era quien temblaba. Nadie podía saber lo que contenía mi mochila, antes que eso sucediera yo debía morir. Bajé la cabeza, sintiendo pena por aquella muchacha. Si no hubiese visto mis sueños, si no hubiésemos coincidido esa noche, hubiese podido vivir una larga vida. Con un rápido movimiento saqué mi navaja, la que ocultaba siempre en el bolsillo de mis pantalones. Acto seguido la hundí en su abdomen hasta la empuñadura y la sujeté mientras se derrumbaba sobre mí. Maldije para mis adentros cuando manché mi camisa con su sangre, pero era un mal necesario.


—Desearía que nunca lo hubieras visto —le susurré, sintiendo una extraña compasión por ella.


Tal vez el haber sido esa chica por una noche me había dejado ese sabor amargo, como si hubiese asesinado a una hermana.


—Eras real —balbuceó ella—. No eras solo un sueño.


Me senté sobre el suelo y apoyé su cabeza en mis muslos. Con mi mano no ensangrentada acaricié sus cabellos, viendo cómo su vida se apagaba. Pero no dije nada, porque no tenía nada que decir.


—¿Eres mi ángel de la muerte?


Asentí en silencio. Si eso la hacía feliz, que se marchara en paz. Pensé en Olivia, seguramente ella consolaba a los ancianos que mataba. Quizás no debí hacerlo. Si hubiese fingido que no había escuchado... No. Imposible. Nadie podía ver lo que llevaba allí dentro. Escuché su exhalación final y dejé su cabeza sobre el suelo. Ya inventaría una excusa a mis superiores. Con una última mirada al cadáver, me quité la mochila para mirar en su interior. Ahora todo estaría bien de nuevo.

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