[1] Mi corazón
Parecía irreal la paz en la que ahora vivían. Después de todo lo que habían tenido que atravesar; la calma y felicidad parecían un sueño maravilloso del cual ya no querían salir jamás.
Habían tenido problema tras problema, y ambos habían sufrido mucho en el proceso; en especial Nakyum, que había recibido ataques físicos más de una vez. Seungho había sido lastimado también, pero ninguna herida le había dolido más profundamente que el hecho de que dañaran a su pareja; así que había ido por cada una de las personas que habían tenido el atrevimiento de lastimar a Nakyum y mató a sangre fría a cada uno en venganza, asegurándose de que no quedara ninguna amenaza futura. Incluso había tenido que matar a su propio padre, que por muy horrible que sonora, la verdad no le causaba ningún remordimiento la muerte de ese viejo.
Todo el mundo lo sabía. No hubo pruebas que comprobaran que Seungho había sido el perpetuador de todos aquellos asesinatos, pero todo el pueblo sabía que había sido Lord Seungho. Nadie tenía una idea concreta de lo que había sucedido y los motivos de porque se llegó hasta tal extremo, pero todos intuían que lo más probable era que habrían hecho algo contra el joven pintor, que ahora era la conocida pareja de Lord Seungho. Pero después del shock inicial de la noticia la gente no le tomó más importancia al asunto, y la ley había declarado impune a Seungho por falta de pruebas concretas.
Así que todo había terminado bien para ambos.
Pero incluso cuando por fin parecía que podrían vivir tranquilamente, el sentimiento de inseguridad y peligro perduró en ellos. Ya no se sentían seguros viviendo en ese pueblo lleno de malos recuerdos y donde todos los conocían. Jamás se sentirían seguros de nuevo ahí.
Así que apenas habían tenido la oportunidad, una noche escaparon sin que nadie les viera irse, como lo habían tenido planeado desde antes.
Habían esperado hasta mas de media noche para asegurarse de no encontrar a nadie despierto mientras preparaban su huida juntos. Desde días antes habían ido empacando con anticipación casi todas sus prendas y objetos personales en costales que escondieron, solamente dejando un par de cosas sin importancia afuera para no levantar sospechas de la servidumbre, y la misma noche antes de irse habían tomado todo el dinero y cosas de valor que se encontraban en la casa.
Una vez listos, tomaron un pequeño carruaje del establo, lo engancharon a un caballo y metieron sus pertenencias dentro. Se aseguraron de que no hubiera nadie despierto una vez más y abrieron el portón que daba a la calle, saliendo con cuidado de no hacer demasiado ruido y no despertar a ningún vecino entrometido.
Recorrieron las calles despacio y sigilosos todo el trayecto hasta llegar a la salida del pueblo, y una vez ahí, ya nada más importó. Solo se tenían el uno al otro ahora. Así que con eso en mente, se alejaron a toda velocidad y se perdieron en la oscuridad de la noche. No tenían muy en claro un destino a donde llegar, pero mientras más lejos fuera, mejor. La idea era empezar de nuevo, desde cero, en un lugar donde nadie los conociera y donde nadie pudiera volver a lastimarlos.
Fue después de semanas recorriendo caminos y atravesando bosques hasta la otra punta del país, que habían llegado a un pueblo que se encontraba en la frontera de Corea. Era un pueblo bastante grande y en desarrollo, perfecto para vivir tranquilos por el resto de sus vidas. Y lo mejor, nadie les había tomado más importancia de la debida, solo eran otros dos forasteros más que habían llegado.
Con el dinero que habían tomado (que no era poco), habían comprado un terreno y construido una casa no muy lejos del centro. No era una casa tan grande como la anterior, pero estaba bien ubicada, y era lo suficientemente grande y bonita como para ser la envidia de algunos cuantos vecinos. No tenían sirvientes tampoco, pero no importaba, apreciaban la privacidad que compartían ahora en su nuevo hogar.
Aún les sobraba bastante dinero, joyas y objetos para vender, pero eran conscientes de que no duraría para siempre su pequeña fortuna. Así que ambos habían conseguido trabajos. Seungho normalmente era contratado para cuidar caballos en establos, cazar animales en el bosque, entre otros tantos trabajos pequeños que necesitaran mano de obra; mientras que Nakyum se había dedicado de lleno a la pintura, vendiendo retratos y pinturas de paisajes. Y les iba bastante bien.
Por fin la vida les sonreía.
Tenían ya una rutina en la semana; trabajaban de lunes a viernes hasta la tarde, en la noche platicaban de su día, tenían sexo, se daban mimos y después dormían hasta el día siguiente. Los fines de semana que descansaban tenían citas, salían a pasear por el pueblo, y por la tarde Seungho se tomaba el tiempo de enseñarle a leer y escribir a Nakyum; quien aprendía muy rápido y cada vez más podía leer mejor, aunque escribir le costara todavía un poco más de tiempo y ayuda para lograrlo.
Ver a Nakyum esforzándose por aprender había hecho sentir muy orgulloso a Seungho, el cual no perdía la oportunidad de decírselo una y otra vez cada que Nakyum lograba terminar de leer un párrafo o escribir cualquier palabra insignificante.
Justamente era una de esas tardes de fin de semana; se habían sentado en el suelo del salón, frente a frente en una pequeña mesa, y Seungho le había puesto a leer un cuento corto y simple, que había comprado en el centro justamente para las tardes como esa. Una vez Nakyum terminó de leer, Seungho le dijo con tono orgulloso:
—Hoy estuviste muy bien, Nakyum; ya estás leyendo más fluido. —le reconoció.
—¿De verdad? —preguntó, tan sorprendido como ilusionado por haberlo hecho bien. Se estaba esforzando al máximo por demostrar que de verdad estaba siendo serio con aprender.
—Sí, en serio. —dijo con un tono cariñoso en su voz, sin poder ocultar lo mucho que le hacía feliz el avance de su pareja. Se inclinó hacia el frente, subiendo casi todo su cuerpo sobre la mesa solo para darle un corto beso en los labios. Una vez se separó y regresó a su lugar agregó: —Pronto te enseñaré a escribir, te será mucho más fácil ahora que sabes leer. Estoy seguro de que ya podrías escribir algo por ti mismo, pero prefiero no presionarte.
—¿Lo cree? ¿Cree que de verdad puedo escribir algo sin su ayuda?
—Por supuesto. Además de ser hermoso tienes un cerebro muy inteligente que aprende rápido.
Nakyum se sonrojó ante el halago. Le había hecho sentir muy feliz que Seungho le dijera que era inteligente, ya que toda su vida había pensando lo contrario de sí mismo. Era como si una herida dentro de él, que no sabía hasta ese momento que tenía abierta, sanara al escucharlo. Aquello lo había motivado y le había armado de valor para preguntar:
—¿Puedo intentarlo, entonces? —y aunque su tono de voz era tímido, sus ojos reflejaban la determinación que llevaba dentro.
Aquello tomó por sorpresa a Seungho.
—¿Ahora? —Nakyum asintió en respuesta. —si es lo que quieres, está bien.
Sin moverse de su lugar, Seungho arrancó un pedazo de papel del rollo de manuscrito a su lado, tomó el tintero con cuidado de no derramar su contenido, y también una pluma, entregándole todo a Nakyum dejándolo frente a él.
—Adelante, Kyum. —le dijo, haciéndole un ademán con la mano hacia el papel, tintero y pluma. —Si quieres ayuda, puedes pedírmela.
Nakyum asintió, pero no haría tal cosa. Estaba por escribir algo que ambos ya sabían; se lo habían dicho uno al otro un millón de veces ya. Ni siquiera iba a ser algo demasiado largo, solo cuatro palabras. Pero quería que aquello formara parte de ese momento. Quería que su primera vez escribiendo por si mismo fuera especial y que aquello que escribiera fuera significativo para ambos. Quería que Seungho recordara por siempre que era lo más apreciado en su vida.
Miró el papel, imaginando los trazos de las palabras a escribir, no quería cometer un error y quedar como un tonto. Cuando finalmente se sintió listó, respiró profundamente, tomó la pluma, la mojó en el tintero y la acercó al papel, comenzando a escribir.
Escribió de forma lenta, concentrándose todo lo posible en cada letra que trazaba. Solo eran cuatro palabras, doce letras en total. Sentía la mirada de Seungho sobre él, poniéndolo nervioso, pero no iba a pedirle ayuda. Una vez terminó la última letra, leyó todo en su mente, intentando buscar algún error antes de entregárselo a Seungho, pero no encontró nada que el supiera que era un error.
Había tardado un minuto solamente, no era mucho tiempo en realidad, pero era una eternidad comparado con la gente normal que habría escrito aquello en dos segundos. De todos modos de sintió orgulloso de sí mismo, había escrito algo primera vez y sin ninguna ayuda.
Seungho no había dejado de mirarlo en ningún momento. Nakyum se sonrojó, repentinamente consiente de que estaba haciendo algo bastante cursi.
—¿Qué escribiste? —le preguntó, viéndose bastante curioso por el papel en la mesa.
—Mi corazón… —respondió de forma tímida. Pero era verdad, en ese papel había escrito lo que su corazón decía por él, básicamente ese papel era como volver a entregarle su corazón una vez más.
Seungho frunció el ceño, confundido por las palabras de Nakyum. Estiró su mano sobre la mesa y tomó el papel en sus manos, se encontraba casi en blanco, excepto por una corta oración al inicio.
—Oh. —y el significado de lo anterior dicho por Nakyum cobró sentido.
“Lo amo, mi señor”
Seungho levantó la mirada, encontrándose con la de Nakyum, pero no supo que decirle. Sabía que lo amaba, se amaban mutuamente, pero el hecho de que Nakyum lo hubiera escrito, y que además fuera lo primero que había querido escribirle, se había sentido como si fuera la primera vez que confesaba sus sentimientos. Le había dejado enternecido el corazón.
—¿Si lo escribí bien? —preguntó Nakyum, con preocupación en su rostro después de segundos de silencio por parte de Seungho.
Seungho no pudo evitar sonreír, sintiéndose tan cálido y feliz. Parecía como si una explosión de cariño y amor hubiera estallado dentro de él.
—Sí… lo hiciste perfecto. —dijo, volviendo a leer el papel en sus manos y después agregó: —También te amo, Nakyum.
Sí, la vida ahora era maravillosa.