Augurium

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Sinopsis

Los secretos acechan en los murmullos de las sombras advirtiendo el peligro de ser develados. Las mentiras entrelazadas con el pasado han crecido junto con los descendientes de sus portadores, generaciones tras generaciones viviendo de un engaño. La muerte parece envolverlos en su bruma con cada paso o decisión tomada. Movimientos limitados y un solo final. Asesinatos. Todos son culpables portando sus manos cubiertas de sangre. Es momento de dar fin al juego... BORRADOR. FALTAS ORTOGRÁFICAS NO SE ACEPTAN COPIAS O ADAPTACIONES DE NINGÚN TIPO. TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

Genero:
Fantasy/Thriller
Autor/a:
Escrily
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Prólogo

18 años atrás…

Hace ya varias horas que la noche había caído junto con una brisa que helaba hasta los huesos, no era de extrañar puesto que era la típica del mes de diciembre. A pesar de todo el alumbrado y las decoraciones, las desoladas y silenciosas calles de Blagden solo podían generar una reacción y era recelo.

Existía peligro, era muy bien sabido por cada uno de los habitantes.

Hace unos cuantos años atrás se había instaurado una norma, la cual prohibía terminantemente transitar a altas horas de la noche, no a menos que quisieras atenerte a las consecuencias. Eran innumerables los mitos que rodeaban a aquel pueblo, sin embargo, ninguno de esos relatos era el causante de tal temor.

Al llegar las 11:30 pm nadie osaba correr el riesgo de aventurarse por las desoladas calles, aunque debido a las fechas que se hallaban no daba la impresión de ser un pueblo fantasma. Ya se habían presentado numerosas muertes ejecutadas de manera inhumana y sin remordimiento desmembraban los cuerpos hasta volverlos irreconocibles, nadie estaba tentando a seguir el destino de esas pobres almas en pena.

Esa fría noche había resultado distinta; con cada hora que pasaba el aire se tornaba espeso, como si quisiera transmitir lo que horas más tarde sería una catástrofe. Tanto así que al término de la reunión que se auspiciaba, sin falta, una vez por semana todas las personas yacían en sus hogares antes de la hora habitual.

En contra de todo mal presagio, una mujer mayor caminaba, casi corría, nerviosa queriendo llegar rápido a su destino. Sería todo un milagro si no era interceptada por algún vándalo o los asesinos de quienes tanto se resguardan, no obstante el motivo de su prisa no se debía a ello.

La mujer había recibido hace apenas unos minutos un llamado urgente, proveniente de la casa Blackwell, donde exigían su presencia con premura. La señora, que respondía al nombre Claire, no podía negarse ante la petición, al menos no siendo la familia líder.

Los Blackwell no aceptaban un no por respuesta, nadie era capaz de hacerlo sino deseaba ser el objetivo de su desdén. Desde hace décadas que la familia se encargaba de dirigir el pueblo, no había mayor poder que el de ellos. Su influencia era notoria, no existía demanda que no se cumpliera sin objetar. En pocas palabras eran la autoridad, quienes imponían las reglas.

Claire llegó a tiempo récord, no sin evitar algún que otro resbalón por los caminos congelados, antes de llamar a la puerta se detuvo jadeando por el esfuerzo y para limpiar el sudor frío que le adornaba la frente y las manos. No sabía la razón de su solicitada presencia y eso no ayudaba a desvanecer sus nervios. Tocó la puerta con vacilación y ningún sonido era perceptible del interior por lo que volvió a repetir la acción con firmeza y más audible, a los minutos se escucharon leves pasos apresurados.

La puerta fue abierta con precaución mostrando a una menuda joven sirvienta, de unos 25 años a lo sumo, de ojos grandes y cabello castaño, llevaba puesto un pijama y su cara estaba pálida como un papel, se hallaba notablemente nerviosa; como su hubiera visto un fantasma, las manos le temblaban y con un leve movimiento casi imperceptible de cabeza le indicó que entrara.

Claire podía hacerse la desentendida y decir que no sabía el motivo por el que la joven estaba en semejante estado, pero eso sería una descarada mentira. Desde que la puerta fue abierta se escuchaban gritos de dolor que embargaban la casa y cuanto más se adentraba más desgarrador y fuerte se tornaba. La chica la dejó en presencia de los propietarios de la imponente casa.

—Señores Blackwell —Claire llamó su atención.

—Sra. Lewis, gracias por venir y disculpe por molestarla a estas horas, sino fuera una emergencia no se le hubiera llamado —dijo Charles Blackwell, con su rostro inexpresivo y su soberbia latente.

«Como si me hubieran dado opción», bufó para sus adentros Claire.

—No se preocupen, siempre estoy a disposición de los que necesitan de mis servicios —Claire sintió que las palabras le salieron algo forzadas e irónicas, pero los señores Blackwell ni se inmutaron—. ¿En qué les soy de utilidad?

—Sra. Lewis… —empezó a hablar Katy, la esposa de Charles Blackwell, pero rápidamente Claire la interrumpió.

—Por favor, puede llamarme Claire.

—Claire, primero que nada necesitamos de su total discreción —Katy pausó esperando alguna respuesta de parte de la susodicha, pero solo recibió un asentimiento.

El silencio se alargó por un pequeño lapso, no mayor de dos minutos, mientras que Claire no comprendía la necesidad de su conformidad cuando por evidentes razones ella no podría negarse.

—Es nuestra hija —dijo Katy llamando la atención de Claire, que desde hace meses se preguntaba porque la hija de los Blackwell no se había vuelto a ver por el pueblo— tiene 9 meses de embarazo y está en labor de parto, usted es la única persona a la que podemos acudir sin generar rumores.

Cierto alivio se instaló en Claire, por un momento había pensado que estaba torturando a algún intruso, cosa que por nada del mundo querría presenciar. Gracias a la divinidad no es el caso.

Sin embargo no pudo ocultar su asombro, todos hablaban de la repentina desaparición de Josie Blackwell, pero nadie sospechaba que fuera por embarazo. Se decía que podía estar en un tour por Europa derrochando la fortuna de sus queridos padres.

Los Blackwell abrieron la puerta frente a ellos, los gritos se incrementaron a una magnitud increíble, mostrando a una Josie con cara descompuesta que reflejaba dolor y miedo, con la frente perlada por el sudor que caía en gotas. La pobre chica de 18 años estaba sufriendo, y a sus padres parecía no importarles.

«¿Qué podría importarle a ellos? —Se preguntó Claire— seguro solo piensan en las habladurías que quieren evitar, por eso no la llevaron al hospital».

Claire se puso a dar órdenes de todas las cosas que necesitaría a la sirvienta, esta última no era la chica que había visto antes. Le habló a Josie pidiendo que se tranquilice, empezó a hacer ejercicios de respiración con la chica.

“Respira, exhala” era lo único que decía una y otras vez.

—¿Cuánto ha pasado desde que rompió fuente? —preguntó a nadie en específico.

—No sé, creo que 40 min —respondió una dudosa Josie— Como mucho una hora.

Claire revisó de inmediato y aún faltaba unos cuantos centímetros por dilatar, lo único que podía hacer era relajar a la señorita Blackwell para minimizar su dolor. El tiempo pasó y las contracciones se hicieron más seguidas hasta que llegó el momento de acomodar los implementos entregados por Amatis, la sirvienta, y comenzó con el arduo labor

—¡Puja! —exigía.

Josie con todo su esfuerzo pujaba y gritaba mientras Amatis le sostenía con firmeza el brazo derecho aguantando la presión que ejercían los dedos en la piel, el proceso se repitió innumerables veces hasta que se escuchó el llanto de un bebé. Era precioso, cubierto de sangre, con sus pequeñas manitas y piecitos, sus ojitos negros y su carita adorable y arrugada.

—Es un varón —informó Claire con ternura.

Puso al bebé en una manta y salió para mostrárselo a sus abuelos. El primero en cargarlo fue el señor Charles con orgullo, todos en el pueblo sabían que él estaba decepcionado por no tener un hijo varón.

En ese momento se escucharon más gritos y Claire entró encontrando a Amatis muy nerviosa, la pobre no sabía que estaba pasando. Cuando Claire se acercó se dio cuenta que no era un solo bebé sino dos, así que le siguió diciendo “¡Puja!” a Josie.

Tiempo después otro bebé nació y era una niña muy parecida a su hermano, muy encantadora. Eran mellizos, no sabía cómo los Blackwell pudieron obviar tan importante detalle, pero no dijo nada, con esta familia es mejor no opinar.

Una vez todo estuvo finalizado lavaron a los bebés y le hicieron todo el proceso pertinente para luego entregarlos a su abuela, la cual expuso su ilusión por vestirlo con las ropitas que habían comprado desde hace unos meses. Claire aceptó el agua que Amatis le ofreció y observó el reloj marcaba las 4:55 am.

Josie pidió ver a sus bebés y se los llevaron a la cama para que los cargara. En el rostro se veía lo cansaba que estaba, no obstante, cuando le trajeron a sus hijos su expresión cambió drásticamente, ahora solo habían lágrimas de felicidad.

—Mis pequeños Blackwell —es todo los que musitó mientras los mimaba.

Claire se marchó de la casa unos minutos después con cansancio, pero aliviada de salir de una vez de esa casa.

・•✾⚜✾•・

En el despacho del piso superior se encontraba Katy Blackwell que discutía ávidamente con su esposo, no estaba de acuerdo con las medidas que quería tomar respecto a los nuevos miembros de la familia.

—¿Cómo lo explicaremos? —decía Charles— Nuestra única oportunidad es darlos en adopción.

—No Charles, no permitiré que hagas semejantes desfachatez. Son nuestros nietos de los que hablas.

—Lo sé —hizo una pausa— ¿qué sugieres que se haga?

—Podemos decir que son hijos de un familiar que no podía tenerlos y nos ofrecimos a cuidarlos como nuestros hijos.

Charles no creía que las personas se creyeran ese cuento, pero su esposa tenía razón. Eran sus nietos, no podían darlos a otras personas. Así que decidió apoyar la idea y quedarse con los mellizos.

Dándole fin a la discusión, Katy salió del despacho, dejando a Charles con varios problemas que debía resolver a la brevedad posible.

・•✾⚜✾•・

En unas cuantas puertas a la izquierda se encontraba una Josie agotada jugando con los bebés, estos reían de una forma que le llenaban el pecho de una alegría indiscutible, ya no podía imaginarse su vida sin esas personitas.

Amatis entró informándole a Josie que iba a llevarse a los bebés a dormir en su cuna y entonces la tristeza la embargó, pero no importaba mañana les dedicaría todo el día. Una vez que Amatis se fue con los bebés dejándola sola, Josie comenzó a pensar y de un momento a otro cayó en un profundo sueño.

Despertó por unos fuertes sonidos y vio el reloj viendo que eran las 5:30 am, solo había dormido unos escasos veinte minutos, pero los ruidos no cesaban y ahora se combinaban con gritos. Asustada y débil fue hasta la puerta y la abrió con lentitud, no había nada ni nadie en el pasillo, aunque los sonidos eran persistentes.

Bajó las escaleras y consiguió a Sonia, una joven sirvienta de 23 años, asustada asiéndole señas para que se aproxime. Alarmada y con supremo sigilo fue al encuentro de Sonia.

—Señorita no salga —decía horrorizada.

—¿Qué sucede?

—E-e-es que-que —Sonia no podía parar de tartamudear y no se le entendía nada.

—Sonia, cálmate —le pidió Josie susurrando— cálmate y respóndeme despacio, ¿qué sucede?

—Señorita hay un ataque —empezó a desesperarse presa de los nervios— primero empezó en la calle, mientras estábamos ocupados con el nacimiento de los bebés, pero luego entraron a la casa.

Al escuchar lo último que la sirvienta dijo Josie sintió como si se fuera a desmayar, el miedo estaba latente en su cuerpo. Sin prestarle atención a las advertencias de Sonia, corrió por los pasillos hasta el estudio de su padre y su corazón se detuvo.

Charles Blackwell siempre había tenido un gusto impecable y clásico, todo su estudio era de madera ébano, en la pared central estaba una ventana y en las laterales grandes estanterías de madera que llegaban hasta el techo abovedado. Las paredes estaban pintadas de blanco y el escritorio era rústico hecho de madera de ébano junto con una poltrona hecha de cuero marrón.

Josie no creía lo que veía, las paredes antes blancas estaban manchadas de rojo intenso, los libros estaban dispersos por el suelo juntos con los papeles que antes estaban en el escritorio. Y en la poltrona yacía el cuerpo de su padre, lleno de sangre e inerte, múltiples apuñaladas se distinguían en su pecho y su cara estaba algo desfigurada por cortadas. Con lágrimas en los ojos se acercó a él y comenzó a llorar como nunca antes lo había hecho.

—Busca a tú mamá y los bebés —dijo Charles con su último esfuerzo y la sangre emanando a raudales de su boca— Sálvense.

A pesar de todo el dolor se obligó a irse, su padre tenía razón, debía salvarse. Corrió por las escaleras buscando primero a su mamá, pero no la conseguía. Se estaba exasperado hasta que escuchó unas voces burlonas desde una de las habitaciones.

—Deja de jugar —protestaba un hombre alto, muerto de la risa— la señora ya está más que muerta.

—Vamos, no seas aburrido —el otro decía con gozo— debemos adornar la escenas, seguro les gustará.

Empezaron a moverse por el alrededor y Josie vio el cuerpo de su madre acuchillado en el abdomen, los muy desgraciados estaban quitándoles los órganos y esparciéndolos por toda la habitación, y con la sangre pintaban las paredes.

Josie sintió la bilis en la garganta, pero se obligó a ser fuerte. No podía flaquear por el bien de sus hijos.

Sin el menor ruido posible se dirigió a la habitación de los mellizos, con los sollozos sonando a cada paso. Su familia se estaba derrumbando, es verdad que no tenían una muy buena relación, pero de igual forma los amaba, eso no la hacía ser hipócrita.

Entró con prisa, la habitación estaba intacta y agradecía que no hubieran llegado aún a ella, pero todo su mundo se desplomó al ver la cuna vacía. Nada. Había llegado tarde y ahora sus bebés seguramente estaban muertos.