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Matías estaba seguro de que la suerte no estaba de su lado cuando leyó la carta que le había tocado.
“Vos me tenés que estar jodiendo” fue lo primero que pensó al leer:
Pregúntale a los demás jugadores si alguno te deja masturbarlo
Su cabeza estaba confundida, ya que no sabía si le generaba más incomodidad, o curiosidad, el hecho de tener que hacer la pregunta, o el hecho de tener que hacerlo si alguien decía que sí.
“No es momento de actuar como un regalado, Matías” se dijo así mismo, aunque el cosquilleo que sintió en sus manos al imaginar la escena indicaba lo contrario.
— Dale mati, lee lo que te toco — insistió Luka, claramente el que había propuesto el juego, al notar la tardanza del pelinegro.
El marplatense sabía que no tenía otra opción que decirlo o iba a quedar como un cagón, así que suspiro.
— Alguno dejaría qué yo ... — dio una respiración más profunda — ¿lo masturbé?
Todos quedaron en silencio, pero no uno incómodo, sino un silencio cargado de tensión.
Después de todo, Soule era uno de los chicos más atractivos del grupo, y tenía unas manos delicadas y alargadas que más de uno desearía sentir rodeando su falo. Pero, nadie se animaría a decirlo en voz alta, después de todo los lazos de amistad les jugaban en contra para imaginarse cruzando esa línea.
Para la suerte de todos, a uno de ellos el cerebro le conectó muy rápido con la boca, al punto que ni había procesado la línea que estaba por romper.
—uff, me encantaría — dijo Alejo sin vergüenza.
Pero cuando cayó en cuenta de sus palabras, tanto él como Matías se pusieron rojos hasta las orejas.
Habría que agradecer a veces la cantidad de pensamientos que filtra la mente, pensó más de uno.
Luka mientras aprovecho para agarrar la carta de Matías y terminar de leer lo que decía:
— acá dice que al primero que se ofrezca, lo tienes que masturbar, ósea Ale — señaló al santafesino — y que no hace falta que lo hagan enfrente de todos. Así que...
— El baño es la tercera puerta a la izquierda — comentó Valentín, el dueño de casa, queriendo acelerar la situación.
— dale muchachos no se me achiquen ahora — dijo Gauto, ganándose una mirada de odio por parte de los dos involucrados.
En fin, ambos a la vez se ponen de pie y entrecruzan miradas que estaban cargadas de tensión.
La caminata hacia el baño fue totalmente en cámara lenta.
Matías y Alejo siempre habían manejado cierta tensión entre ellos, sutiles roces, pequeños apretones, miradas que dejaban mucho que hablar, entre otras cosas.
Si dos personas podían terminar en esa situación eran ellos.
Por eso, ninguno de sus amigos se sorprendió al escuchar el ruido del golpe de la puerta, siendo cerrada con fuerza. Todos estaban seguros de que Matías iba a cumplir con su reto y que no iban a fingir, eso iba a suceder sí o sí.
En el pequeño baño de la casa de Valentin, se estaba dando el final de una tensión acumulada por mucho tiempo.
Alejo había acorralado a Matías contra la puerta del baño, y sin esperar había impactado su boca contra la suya. Su mano derecha se encontraba sobre la mejilla de este, marcando el ritmo del beso y su mano izquierda acariciando su cintura por debajo de la camisa blanca que llevaba el pelinegro.
Matías se sorprendió al principio, no esperaba un contacto tan apasionado del menor hacia él, Alejo se solía mostrar amable y rescatado a su alrededor, como si él fuera una flor que habría que tratar con delicadeza.
Por eso se sentía extasiado ante el fuerte apretón que sentía en su cintura, donde el contacto le quemaba la piel y le traspasaba el calor por todo el cuerpo.
Pero él tenía claro por qué se encontraban en esa situación, así que lentamente fue bajando sus manos por el torso del mayor, hasta que llegó al cinto de este, con un movimiento rápido, sin cortar el beso, lo desabrocho.
— No es necesario que lo hagas — susurro Alejo cerca de su oreja mientras dejaba pequeños besos y mordiscos en su cuello.
— Soy una persona que cumple con los retos — afirmó Matías mientras metía su mano dentro del pantalón de Alejo, pero aun sobre el bóxer.
Primero, se tomó el tiempo de apreciar el tamaño del bulto, lo largo que era, lo ancho que se sentía, hasta en un momento en su mente se imaginó cómo se sentiría en su boca, pero no era el momento.
Acarició delicadamente de arriba a abajo el miembro del santafesino, que no dejaba de torturar su cuello mientras soltaba suspiros y pequeños gemidos.
—Tócame — ordenó Alejo con la voz una octava más grave, provocando todo un escalofrío en el cuerpo de Matías.
Entonces, el marplatense, le bajó los pantalones junto con el bóxer, y de manera directa, agarró la base del miembro, para acariciarlo desde ahí hacia la punta. Cuando llegó al glande, lo acarició lentamente en círculos, robándole un gemido desde lo profundo de su garganta Alejo.
Matías podía sentir como la respiración de Alejo se aceleraba ante cada toque, o cuando hacía movimientos rápidos, pero delicados de arriba hacia abajo por todo su falo, parando de repente, y soltando fuertes gemidos cuando rozaba delicadamente su glande.
Las ganas de arrodillarse, acompañar los movimientos de su mano con su boca no le faltaban al marplatense, pero también se sentía muy bien los besos que el menor le daba desde el lóbulo de su oreja hasta hombro, ya que le había desacomodado toda la camisa, más las caricias que dejaba por todo su torso rozando sus pezones pero sin tocarlos directamente.
Claramente, la respiración del mayor también era un desastre, pero no se desconcentra en ningún momento en su misión de que el santafesino llegara al clímax.
— Mati, ya estoy cerca.
El pelinegro aceleró los movimientos de su mano, mientras que con su mano libre agarró la cara del mayor para volver a unir sus labios en un beso intenso. Solo tuvieron que pasar unos minutos para que pudiera sentir el orgasmo del menor en su mano. Mientras que el suyo quedaba atrapado en sus pantalones.
Siguieron besándose lentamente hasta que el aire no les dio más, y Alejo se separó, dejando apoyada su frente en la de Matías.
— eso fue… — empieza a decir Alejo.
—... intenso — termina Matías, aun intentando recuperar su respiración.
Alejo se acomodaba la ropa, y a su vez, limpiaba a Matías, que había quedado manchado por su culpa.
— ¿hacemos como si nada o que…? — preguntó el marplatense mientras Alejo le acomodaba la camisa.
— Ni se te ocurra Matías — lo interrumpe Alejo — pero eso es mejor hablarlo cuando estemos solos, ¿sí? — dijo Alejo, dejando un pequeño beso en los labios de Matías, que se encontraban totalmente rojos e hinchados.
Matías solo asintió, y aprovecho para limpiarse las manos antes de salir del baño.
— Anda vos primero, yo ya voy — le dijo al santafesino mientras abría la canilla.
Alejo, sin decir nada, le da un pequeño beso en la mejilla y sale del baño.
Matías, apenas sale el otro del lugar, se mira al espejo y notó sus mejillas coloradas, las pequeñas marcas rojizas en su cuello, su camisa mal abrochada, y cae en cuenta de lo que había pasado y solo piensa:
“Me las vas a pagar lukita”