PRÓLOGO
Lo vio llorar y secar sus lágrimas con fuerza, dándole a entender que esas lágrimas dolían…
¡Dolían demasiado!
―Nadie en este mundo merece tus lágrimas. Y quien las merezca, nunca te hará llorar ―susurró él en voz baja.
―Tengo la sensación de que nunca seré feliz… ―balbuceó él.
Él dio un paso al frente, acortando las distancias.
―Si estuvieras conmigo, yo te haría muy feliz…