ᴘʀᴏʟᴏɢᴜᴇ
—¿Fantasmas, dices? —preguntó una voz de tono neutral a espaldas de Artie, quien estaba acostado en un sofá similar a los que se usa en una consulta psicológica.
—Sí, pero no como están representados de manera tan ridícula, más bien como... como si el fantasma en si fuera el recuerdo de cada cosa que relaciona a esa persona —respondió mirando al techo con las manos entrelazadas sobre su medio tórax. No le agradaban las representaciones de la cultura pop hacia el mundo sobrenatural del que formaba parte, no por petición sino por nacimiento y obligación.
El día era tan luminoso como irreal era la luz que entraba por las ventanas, pues esta era completamente blanca impidiendo de tal manera el ver siquiera algo de afuera desde adentro. Artie vestía una camisa de cuello de tortuga oscura, jeans de igual color y zapatos de punta elegantes, una elegancia que parecía ir de acordé a su semblante imperturbable y su tono concurrido. Acostumbraba a la ropa oscura, aunque no totalmente debido a donde lo desviaban los recuerdos, a los funerales y sobre todo uno en especial.
—Es tu madre, entonces —dedujo el desconocido—. Hace años que murió, ¿por qué sigues tan sumido en su pérdida? ¿Por qué fuiste a ese internado?
«, me hubiera gustado responderle, pero a fin de cuentas está es mi imaginación..., tal vez», pensó el cabellos azabaches poniendo los ojos en blanco.
—Tan solo quería saber más, la verdad sobre lo que en realidad le pasó a ella. Recuerdo lo orgullosa y feliz que estaba cuando ella recordaba su tiempo en ese castillo que tienen por internado —comenzó a hacer una mueca agria—. Me pareció oír decir algo de mi padre sobre ese mismo lugar, quien se volvió cerrado y sospechoso desde que ella nada más desapareció desde que la dieron por muerta.
Estaba al tanto de las excusas de que enviudar causaba estragos en la personalidad y costumbres de una persona, pero este no era un mundo común como la humanidad creía. Ahora mismo podrías estar hablando cómodamente con tu mejor amigo sin saber que este podría ser un demonio, un Tengu u otro ser sobrenatural. Y ahí encajaba su categoría. Su padre era príncipe de la lujuria, lacayo del cabecilla de la rebelión de los cielos.
—Entonces una corazonada o una mera deducción —sentenció dejando caer su brazo sobre el reposabrazos del sofá de cuero.
—Pasteles y caramelos —contestó con sarcasmo con una mueca sarcástica dibujando su rostro—, claro que era sospechoso. Ninguna familia es feliz en un post-divorcio. Podía yo ser un adolescente pero igualmente sabía lo que pasaba. Aún entre razas inhumanas hay cuales poseen un sentimiento de protección familiar y otros cuyos serimientos carecen... Cuando él se negó a volver a hablarme le pedí que me enviara al internado Wishsound.
Según tenía entendido él, los divorcios llegaban tarde o temprano por interés, fuera por la pareja o por la billetera de alguien más, podrían producirse desafortunados accidentes que terminan protegiendo a sus seres queridos con los seguros de vida. Pero su caso era la excepción. Pocas veces vio a sus padres juntos por sus horarios disparejos pero las veces que si lo logró veía las mismas energías que poseían los adolescentes comunes y estólidos. Deseaba nunca sentir tal cosa tan aborrecible, pues entre sus objetivos tan solo se hallaba el independizarse de su frívolo padre.
—¿El internado Wishsound, el de niños ricos, el que se ubica en los Alpes Apeninos Suizos? —interrogó incrédulo el sujeto que aún no mostraba su rostro, sentado en una cómoda silla a espaldas de Artie, con cuaderno y lápiz y una pose cómoda.
El internado tan infame en el mundo humano era tan solo la parte bonita, era en realidad para seres de sangre no humana, demonios, ángeles, criaturas y más, todo lo fantástico y sobrenatural, con la adición de que las familias que entraban a ella eran nobles o poseían cuentas bancarias excepcionales. Cuentos y mitos no faltaban de aquel sitio. Era de ubicación exacta desconocida para la gran mayoría, tenía pasadizos secretos, la educación era extraña y aún rondaban palabras sobre el jinete sin cabeza que una vez asoló la misma. Pero por alguna razón Artie se mostró reacio a creer en tal cosa, como siempre tan escéptico.
—Creí que sería el nido de águilas al que estaba acostumbrado en todas partes. Hubo idiotas, babosos, arrogantes y presumidos, al final fue peor. Dicen que el mundo es el manicomio del universo, todos mentirosos y locos, pues ese lugar era lo peor de lo peor. —Se tomo un momento para reflexionar, ver la otra cara de la moneda, cerrando los ojos para luego volver a abrirlos— Pero hice muy buenas amistades. Siempre existe lo bueno en lo malo y lo malo en lo bueno, nunca eso del bien y el mal absoluto.
—Eres muy maduro para tener tan solo 18 años.
Se lo decían a menudo, lo sabía a la perfección.
—Los tengo, tan solo parezco de 30, una desgracia para alguien superficial —otra respuesta directa con un toque de comedia agria. Odiaba el perder el tiempo, derrocharlo de manera desconsiderada.
—Los filósofos antiguos decían que la verdadera belleza está en el interior, no en el exterior.
—Ay, Doc, no hablemos de filosofía hoy, ¿sí? Ya tuve suficiente con el profesor Ronnel —se quejo restregándose la cara con las palmas de sus manos y usando sus dedos desperezando sus párpados, que se hallaban víctimas del sueño.
Se oyó una risa, no de Artie.
El mismo comenzaba a creer que en verdad todo esto no era real, una mera pero poderosa ilusión producida por su cerebro. No había visto el rostro del contrario en toda conversación y de igual manera alguna parte de su cuerpo, solo oía su voz, una que era sospechosa y ridículamente similar a la suya. «Demonios, no otra vez», maldijo para sí mismo estrechando ceño y acto seguido cerrar los párpados. Se escucharon los pasos acercándose a él, sabía que venía hacia él.
—Vamos Artie, no podría hacerte daño, no cuando después de todo es tu propia realidad.
Incrédulo, se armó de un valor instantáneo para enfrentar de cara al misterioso psicólogo que resultó ser él mismo, inclinado encima de él apoyándose de los bordes del sofá. El verdadero pelo azabache giro su mirada hacia un lugar de la pared en concreto.
—¿Acaso me dormí viendo la tele otra vez?