Chapter 1
Tucumán.
Provincia que nos enseñaron desde pequeños a reconocer por ser donde se firmó nuestra independencia en una pequeña casita.
O también por ser el lugar donde se hacían las mejores empanadas del país, o al menos eso es lo que iba a ir a comprobar Brian en esta visita.
Ante el conocimiento de la fecha FIFA, justo después de un partido de Newell’s contra Atlético de Tucumán, el santafesino había decidido aceptar la oferta de Maestro de quedarse con él unos días.
Aunque la oferta no era reciente, sino que venía de hacía meses, sin embargo, Brian nunca había encontrado antes el momento para concretarla, hasta hoy.
El santafesino salió del hotel donde se había alojado con su equipo y esperaba en la vereda la llegada de su compañero de selección.
No pasaron más de 10 minutos cuando vi cruzar la esquina una camioneta negra, que reconocía como la de Maestro.
—Deja tus cosas atrás — fue lo primero que dijo el castaño cuando freno frente a él. Brian, con apuro, fue hacia la parte trasera del auto y guardo sus cosas.
Después, abrió la puerta del copiloto y tomó rápido lugar al lado de Ignacio, quien aprovechó para darle un abrazo rápido, pero fuerte, antes de arrancar el auto de nuevo.
Brian siempre quedaba un poco sorprendido ante las muestras de afecto, no era que le molestaran, pero siempre provocaban que se avergonzara y las mejillas se le pusieran rojas.
Y en un punto debía estar acostumbrado a las de Ignacio, ya que desde el día uno que se habían conocido, el leonino no perdía oportunidad para abrazarlo o agarrar su cintura.
Principalmente, lo último era que provocaba constantes sonrojos en las mejillas de Brian.
—¿En qué estás pensando? — preguntó Maestro, trayéndolo de nuevo a la realidad, apretando su muslo.
— Nada importante.
— Si pensabas en el 2-0, te entiendo, es difícil aceptar que nosotros jugamos mejor — dijo con tono de burla, refiriéndose al partido que habían jugado el día anterior.
— a qué te referís con “nosotros” si vos ni jugaste — retrucó el santafesino.
El tucumano apoyó una mano sobre su corazón y lo miró con la cara más ofendida posible.
—Ese fue un golpe bajo.
—Vos empezaste.
—Igual jugaste un buen partido, bri.
Otra vez ese apodo, Nacho, no solía usarlo seguido. Solo lo hacía cuando quería halagar o destacar algo en el santafesino, provocando que el otro se le pinten las mejillas de rojo por completo, ya que nadie más le decía así.
— gracias — respondió mientras hacía la ventana, intentando disimular lo que había sentido.
Después de unos 20 minutos, llegaron al barrio privado donde hace un tiempo vivía solo el tucumano, aunque no tanto porque varios de sus compañeros de club también viven ahí.
Cuando entraron al lugar, Brian pudo observar rápidamente el living- comedor-cocina de Ignacio y dos puertas que deducía que una era del baño y otra de la habitación.
— la segunda puerta es la habitación, deja ahí tus cosas — señaló Maestro, prácticamente leyendo la mente de Brian. — espero que no te molesta que durmamos juntos.
—Ningún problema.
Maestro sonrió, pero era una sonrisa mezclada con frustración y alegría.
Porque había algo obvio en la situación, Brian era bastante lento al momento de detectar ciertas actitudes. A pesar de que otros podrían habérselo dicho, para el santafesino los gestos que tenía el tucumano con él, eran de amistad como con todos sus allegados.
Pero qué equivocado estaba.
Ignacio Maestro Puch no podía estar más enamorado de él.
Y su insistencia con buscarlo e invitarlo a su casa, no era más que otro intento de su parte de poder conquistar al santafesino.
Pero no se le hacía nada fácil.
A pesar de haber recibido consejos de todo los amigos del propio Brian, ya se encontraba un poco resignado a no ser correspondido.
Así que en esos momentos se conformaba con las pequeñas interacciones que podía tener con el pelinegro, aprovechando un poco su inocencia, el 90% del tiempo.
Era un hombre enamorado, nadie debería juzgarlo.
¿O sí?
Ya no sabía qué pensar sobre sus propias decisiones.
—¡Hey! ¡Nacho! — grito Brian, provocando que Maestro salga de sus pensamientos y preste atención al pelinegro frente a él.
—¿sí?
—Nada, te re fuiste, y estaba preguntando qué vamos a hacer.
—Ah! — reacciona el tucumano — podemos ir a pasear por el centro histórico y quedarnos un rato en la plaza tomando unos mates. Hay una panadería que vende las mejores facturas que vas a probar en tu vida.
—Bueno, me parece bien.
Desde el barrio privado, fueron con el auto hasta unas cuadras antes de llegar a Plaza Independencia, ya que el tucumano quería que bajaran y caminarán hasta allá, así aprovechaba y le mostraba los alrededores.
así que, mientras caminaban hacia la plaza, Ignacio le contaba sobre los edificios que iban viendo más anécdotas de cosas que le había pasado en esas calles.
En un momento, cuando, de repente Ignacio paró de hablar, Brian pudo escuchar un audio que le habían mandado al castaño, ya que lo estaba escuchando en altavoz. Y algo le llamó la atención.
—¿cómo es que te dicen tus amigos? — preguntó pensativo Brian — ¿puchito?
—Ah, sí — suelta una sutil risa — creo que fue en la secundaria, porque había otro Ignacio en el curso.
—Ah, yo casi siempre te digo Ignacio — destaca el santafesino — como a veces en la selección convocaban al otro Nacho.
— A mí me gusta que me digas Ignacio — comenta el tucumano — no muchas personas me dicen mi nombre, habitualmente es nacho o puchito, pero vos siempre usas Ignacio. Hace más especial nuestro trato, ¿sabes?
— lo decís por qué vos me decís bri.
— Claro, bri e Ignacio, suena bien, ¿no? — El tucumano sonreía inmensamente, provocando cierta emoción desconocida en el pecho del pelinegro.
— Si vos decís — respondió evitando la mirada del otro, para que no notará el color rojo en sus mejillas. — apurate que me dijiste me ibas a mostrar la famosa casita de Tucumán — cambió de tema intentando distraer al otro.
Pero, igualmente, el tucumano notó el sonrojo, y por primera vez sintió una luz de esperanza en sus sentimientos.
No fue muy tarde cuando volvieron de nuevo hacia el departamento del leonino, ya que mínimo 15 veces le había repetido que las mejores empanadas eran las que se hacían con tiempo.
Así que Brian solo se dedicó a seguir las indicaciones de Ignacio, primero yéndose a bañarse y ponerse ropa más cómoda, mientras que el otro ponía el matambre a hervir.
Cuando salió de bañarse pudo ver la espalda de Ignacio y su cara de total concentración, mientras cortaba otras verduras, como cebolla, tanto blanca como verde, y morrón.
—¿no vas a bañarte vos? — preguntó de repente, causando que el tucumano suelte de golpe el cuchillo.
— Me asustaste, te moves re silencioso.
—Perdón.
—No hay problema. — se queda unos segundos en silencio —. Y respondiendo a tu pregunta, estaba esperando que terminaras.
—Ah, bien.
—Así que te dejo la vigilancia de la olla, solo tenés que apagarla cuando hierva, ¿okey?
Brian puso su mano en su frente como saludo militar, indicando que había entendido la consigna, y ganándose una risa por parte de Ignacio.
El pelinegro quedó solo acompañado por los ruidos de la cocina, así que después de mirar rápidamente la olla que había quedado bajo su vigilancia, se puso a revisar su celular.
Pero en un momento, pudo escuchar como sonaba el timbre del departamento, así que se acercó hacia la puerta, pero como no sabía dónde había quedado la llave, no le quedó otra que preguntar.
—¿quién es?
— Soy la abuela de Nacho, le traje unos condimentos que me pidió — respondió con voz suave la señora.
Brian miró rápido hacia sus costados para ver si podía encontrar la llave en las cercanías, pero la misma no se encontraba a la vista.
No le quedaba otra que ir a preguntarle a Ignacio.
— Ahí lo busco a Nacho — le aviso a la mujer para que no piense que la estaba ignorando.
Brian se movió hacia el baño de la casa, donde tocó dos veces las puertas para llamar la atención del castaño.
—¿qué pasa? — grito el castaño desde la ducha.
— vino tu abuela y no encuentro las llaves.
—uh, ahí salgo.
No pasó más de minuto para que abriera la puerta, e Ignacio saliera solo con una toalla tapando la parte baja de su cuerpo.
Brian, sin darse cuenta, se sonrojó, a pesar de no ser la primera vez que veía sin camiseta al tucumano, era la primera vez que lo veía recién salido de la ducha, con el pelo mojado y todo el torso empapado.
¿Siempre había sido tan, como decirlo, caliente el tucumano?
Al darse cuenta de que había mantenido demasiado tiempo la mirada, con una rápida excusa, que sonó muy tonta para el menor, decidió irse de nuevo hacia la cocina.
Ignacio, en cambio, sonrió, era la segunda vez que notaba esas actitudes del azabache hacia él, ¿sentía lo mismo? Se preguntó felizmente.
Pero, recordó el motivo por el que había salido apresurado del baño, y fue rápidamente a cambiarse para poder abrirle la puerta a su abuela.
No pasó más de media hora, para que el relleno ya se encontrara lo suficientemente frío como para poder empezar a armar las empanadas.
Brian rápidamente dijo que no tenía idea de como hacer el repulgue, que casi siempre cuando lo mandaban a hacerlo en su casa él optaba por la opción fácil de usar el tenedor.
Al escuchar eso, Ignacio, totalmente indignado, le dijo que él mismo le iba a enseñar a hacer el repulgue.
Así que ahora, Brian se encontraba mirando como el castaño, realizaba con paciencia, y rapidez, cada pliegue de la masa, quedándole justo 13 pliegues, como decía la tradición de la empanada perfecta.
Con unas cuantas ya hechas, Ignacio las puso en el aceite, mientras que miraba el intento de Brian de copiar lo que le había mostrado.
Pero el santafesino, a pesar de esforzarse, notaba que sus pliegues no quedaban prolijos y bonitos como los del tucumano, y se enojaba consigo mismo al poder hacerlo bien.
Repentinamente, sintió al tucumano detrás de él, pasando sus brazos alrededor de su cintura, para poner sus manos sobre las suyas, y ayudarlo a realizar los pliegues, mientras que le susurraba:
—Paciencia, a mí tampoco me salía bien las primeras veces — muy cerca de su oído.
Después de poner armar unas 4 empanadas, Brian se sentía emocionado, y quería ser él quien las pusiera en el aceite.
Pero, cuando se dio vuelta, noto que estaba atrapado entre los brazos de Ignacio, que había apoyado sus manos sobre la mesada detrás de él, así que miro hacia el rostro del otro como buscando salir de esa situación.
Pero, no tuvo en cuenta que iba a caer en un hechizo. Aquel que transmitía esos intensos ojos celestes, cautivándolo, obligándolo a no dejar de mirar.
Por eso, quizás es que ni había notado cuando el tucumano aprovechó el momento para juntar sus labios con los suyos.
Su cerebro conectó con tardanza esa situación, pero a penas fue consciente de ella, la correspondió, ante una orden certera proveniente del corazón.
El tucumano ante el acto de ser correspondido quedó absolutamente impactado, nunca esperó que su pequeño impulso iba a finalmente a conducirlo a esas sensaciones que siempre había deseado. La felicidad que sentía en su interior lo controlaba, y lo conducía a ser más impulsivo aún, apoyando una de sus manos sobre la cintura de Brian.
Pero al destino le gusta jugar mucho con el amor de las personas, y hacer que ambos olieran un olor a quemado para que reaccionen, fue la forma más inesperada, o no, de que se separaran.
—¡No! ¡Las empanadas! — grito Ignacio soltando a Brian y concentrándose en sacar las 3 empanadas que estaban en el aceite antes de que se volvieran incomibles.
Brian, cuando finalmente volvió a la realidad, solo pudo reírse al punto que se agarraba la panza.
Dios que idiota había sido todo este tiempo, como era que nunca había notado las intenciones, o mejor dicho, los sentimientos del tucumano.
Sus amigos tenían razón, era un colgado sin remedio.
Cuando finalmente arregló todo en la cocina, Ignacio miró de nuevo hacia Brian, quien había vuelto a realizar los repulgues de las empanadas, totalmente sonrojado.
—Primero terminemos con esto, después hablamos, ¿sí? — dijo Brian al notar la mirada del castaño sobre él.
El tucumano no sabía cómo reaccionar ante eso, pero decidió hacerle caso al mayor y terminar primero con la comida.
Media hora después, ambos estaban en la mesa, con las empanadas en el centro, dos vasos y una coca fría.
Ah, y también con muchos pensamientos.
— Quiero pedirte… — Maestro tuvo la intención de comenzar, pero.
— Antes de que digas algo —. Fue interrumpido por Brian —. No me molesto el beso, así que si estabas por pedirme perdón ahorratelo — respiro profundo —, yo debería ser el que pida perdón, por nunca haber notado tus sentimientos antes.
Ignacio quería hablar, quería decirle que no era necesario que se disculpara, que él tenía la culpa por nunca haber sido honesto, que no se preocupara, pero unas palabras de Brian lo dejaron en blanco.
— Y también por nunca haber notado que yo también siento algo por vos — Brian soltó una sutil risa, mientras que el tucumano lo miraba fijamente —. Fui muy tonto al no notar que no era tan normal que me gustara tanto el color de sus ojos, la forma en que me agarras de la cintura y que a veces espero, un poco demasiado,un mensaje tuyo cuando estoy por salir a jugar.
>> Ignacio, no estoy seguro de que esto funcione, pero creo que es mejor decirlo que guardarlo, y no estoy seguro de lo que sientas vos, pero si es amor, yo también te amo.
En ese momento, el tucumano no pudo aguantar más, así que se puso de pie y rodeó la mesa, para agarrar del brazo a Brian, hacer que se ponga de pie y simplemente abrazarlo.
— Vos no te das una idea de cuanto yo te amo ura — le dijo apretandolo con fuerza.
Brian se removió un poco, para poder apoyar sus manos en los hombros de Maestro, y darle un pequeño beso, que no dejó ir más lejos porque…
— Me encanta que hayamos hablado, pero — ruido de estómago — podemos comer que me cago de hambre.
Ignacio soltó una carcajada porque estaba feliz, después de tanto tiempo esos sentimientos que tenía eran correspondidos, así volvió a sentarse en la mesa y le pasó una empanada a Brian.
Se quedó mirándolo esperando su reacción.
— Las mejores empanadas del mundo — dijo Brian, ganándose una sonrisa del mundo.
— Vas a tener que ser mi novio para que te las cocine solo a vos.
— Acepto — dijo mientras agarraba otra empanada — Ni de onda comparto con alguien.
Y así pasaron la noche, con una buena comida y un par de besos robados, que confirmaban una y otra vez el amor que se tenían el uno al otro.