Interregno [Supercorp AU / The Continental]

Sinopsis

"Una Adjudicadora sin nada a lo que aferrarse, sin nada a lo que temer, no les serviría para mucho; pero una con algo a lo que proteger resultaría todavía más maleable frente a cualquier situación de tensión. Era consciente de ello, y aun así, incluso habiéndolo intentado, no pudo evitarlo. Lo que empezó como un juego, una convivencia casual, varios encuentros sexuales después de entrenar… terminó convirtiéndose en algo que nunca habría podido llegar a imaginar hasta entonces; no después de todo lo vivido." One-shot supercorp AU basado en "El Continental" y dividido en 3 actos como guiño al número de capítulos con los que cuenta la mini serie. No es estrictamente necesario haber visto "El Continental" para leerlo, pero sí recomendable sobre todo de cara al final del fic. 11/10/2023 HashiraZac

Genero:
Romance/Drama
Autor/a:
HashiraZac
Estado:
Completado
Capítulos:
4
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Acto Primero

Cuando levantó el teléfono, por desgracia, ya se imaginaba lo que podría encontrar al otro lado de la línea.

—¿Orson?

Silencio. Nada más salvo silencio.

Hasta que un resoplido de angustioso esfuerzo fue captado por la discreta distancia que le ofrecía el auricular.

—Ahora tiene la cabeza en otros menesteres.

Esta vez fue ella que guardó silencio. Solo un par de segundos. No necesitaba nada más. Tomó aire por la nariz discretamente antes de responder.

—Entiendo —pronunció con rotundidad—. Imagino que desea la intervención de la Alta Mesa.

Otra pequeña pausa. Saliva atorada en la garganta del interlocutor antes de volver a hablar.

—…Para ayer.

Breve silencio de nuevo. Tensión. Cerró momentáneamente los ojos, alzando las cejas con cierta resignación. Nunca llevó bien las ironías a destiempo por parte de Cormac.

—¿Tiene la prensa? —lanzó la pregunta finalmente. Tenía que hacerlo.

—Si la tuviera, no necesitaría su ayuda.

Un último abismo desprovisto de palabras. Un hondo pozo de angustia en el centro de su estómago trepando garganta arriba y a la vez haciéndola sentir tan vacía como de costumbre. Había empezado. Levantó la vista de la oscura madera de su mesa, fijándola en un punto cualquiera de la sala. Frunció levemente el ceño.

—Siempre me cayó bien Orson —pronunció a medio camino entre un reproche y un siseo. Su lengua convertida en una sierpe dotada con el veneno del desprecio.

Colgó. Simplemente colgó.

Nuevamente en silencio.

Nuevamente vacía.

Sus dedos recorrieron el exterior del auricular para terminar perfilando el contorno con una de sus uñas, distraídamente.

Se acabó.

Giró sobre sí misma haciendo uso del sillón para contemplar la extensión lumínica de la ciudad a través del ventanal de su despacho, sin una sola palabra. Aquella imagen nocturna reinando en su aparente calmado bullicio bajo sus pies se le antojó como un falso teatro del dolor, uno por el que velaba noche tras noche, uno que debería estarle agradecido, uno que ni siquiera conocía su existencia más allá de la organización a la que le debía lealtad.

Respiró hondo, tomando una bocanada de aire —todo lo que su máscara le permitía, desde luego— ycerró los ojos una vez más, harta de la imagen de magnificencia que aquel pozo de falocentrismo llamado ciudad le devolvía incluso a través de los cristales. Repugnante.

Estaba tensa, rígida. Dejó caer su cabeza hacia atrás hasta apoyarse contra el respaldo y pensó en Cormac; el sucio, ruin y cabronazo hijo de puta de Cormac. Abrió los ojos de nuevo, entre aliviada y triunfal. Se aferró con los dedos a los reposabrazos y apretó, apretó hasta clavar las uñas en el cuero. La saliva se le tornaba ácida cada vez que recordaba cuánto tiempo llevaba soñando con ese preciso momento, y por fin, por fin ocurriría. Estaba ya tan cerca, asombrosamente cerca de su final. Podría descansar.

—Señora.

Se giró en redondo, dándole la espalda a la urbe sin miramientos. La cabeza de su lacayo asomaba por la rendija de la puerta.

—Señora, su…

—¿Qué te tengo dicho? —cortó su discurso, sentenciosa.

El hombre guardó silencio. Incluso con una distancia notable mediante entre ellos, la Magistrada pudo notar perfectamente cómo la puerta se agitaba levemente desde el otro extremo de la habitación. El puño de su lacayo temblaba sobre el pomo, estaba segura. Y eso le gustaba.

—Mis disculpas —murmuró a media voz, con su habitual acento nórdico bien marcado y la vista clavada en el suelo, sin un solo reproche.

—No vuelvas a interrumpirme sin permiso.

—Mis disculpas —repitió—. No volverá a ocurrir —prácticamente parafraseó sus palabras como un gesto de inquebrantable lealtad evidenciado en una muestra de arrastre personal.

Por un momento, la Magistrada deseó que cerrase la puerta tras de sí, que se inclinase, a gatas, rogando clemencia. Lo ansió con tanta apetencia que en su mente el rostro del lacayo terminó convirtiéndose en el de un derrotado Cormac que vomitaba sangre a sus pies. Un espectáculo lamentable. Espléndido.

—Habla —le cedió finalmente.

—Su esposa la está esperando —anunció sin atreverse a mirarla a los ojos todavía— …para la cena —puntualizó al no obtener respuesta alguna ni orden por parte de su superior.

La Magistrada lo contempló largamente, todavía en silencio, observando con detenimiento cómo la saliva se acumulaba en la zona de garganta ajena. A su servil compañero le estaba costando tragar. Podía notarlo en el súbito temblor de su nuez, arriba y abajo, y en el vibrar huidizo de los músculos en las sienes.

—Bien —respondió.

Nada más.

El secuaz le dedicó entonces una inclinación de cabeza a modo de reverencia y abandonó la sala volviendo a cerrar la puerta. No debía insistir. Ella acudiría cuando le placiese.

Y así lo hizo.

Esperó pacientemente a escuchar que los pasos del hombre se alejaran por el pasillo para ponerse en pie. Llegaría la última. Debían esperarla. Nadie empezaba la cena hasta que ella no atravesaba las puertas del comedor. Así lo tenían entendido y así lo demostraban cada noche, a excepción de alguna otra en la que cierta compañía entusiasta de sus castigos decidía desafiarla. ¿Tendría la oportunidad de inaugurar la madrugada esta vez con algún que otro tira y afloja? A decir verdad, lo estaba deseando.

Se puso en pie con solemne parsimonia a pesar de que nadie la estaba mirando. Ella se bastaba y se sobraba lo suficiente como para actuar de aquella manera incluso a espaldas de los demás. Le habían inculcado tanto aquellos férreos modales que no podía evitar comportarse así incluso cuando no era necesario, pero la realidad es que siempre era necesario, sí. Para ser una Adjudicadora, la Adjudicadora, una verdadera Magistrada, resultaba totalmente imprescindible creer que naciste siéndolo porque así era y así se lo habían hecho entender desde su más tierna y a la vez desgraciada infancia. Nunca fue fácil para ella, pero las consignas de su abuela se clavaron en su columna, su espina dorsal y hasta en sus tobillos a la hora de caminar. Por eso nunca daba un paso atrás cada vez que decidía avanzar incluso en el interior de su propia casa, como estaba haciendo en aquel momento mientras abandonaba el despacho dejando que el amplio portón se cerrase tras de sí.

Avanzó ajustándose el cinturón del oscuro traje que vestía con dedos expertos, disimulados y ágiles, ciñéndose los guantes de cuero a la cintura. No los necesitaría para cenar, pero quizás sí para el postre: nunca sabía qué podía depararle compartir mesa con su esposa. El sexo. Esa era una de las pocas cosas que lograban pillarla desprevenida las veces que ocurría tras la cena. Pero le gustaba que fuese así. La única persona que podía descolocarla, que tenía el permiso de desmadejarla sobre el colchón de su lecho como un despojo y de dejarla resollando como un animal al despuntar el alba. Ella.

La misma mujer que le devolvió la mirada sin intención de amedrentarse cuando el par de sirvientes trajeados situados a cada lado de la puerta doble que daba entrada al comedor le cedieron el paso, empujando a la vez las hojas de oscura y pesada madera de ébano.

Sonrió bajo la máscara. Pero nadie lo notó. Nadie salvo ella, que le devolvió la sonrisa desde el extremo más opuesto de la mesa, presidiéndola.

—Bienvenida —pronunció sin alzar la voz.

La Magistrada no contestó. Optó por situarse de pie junto a su propia silla, la más cercana a la puerta de entrada, esperando a que su secuaz y lacayo le retirase la morada capa de los hombros. Mientras, la observó desde la distancia: los cubiertos descansaban a ambos lados de su plato. La rubia todavía no había probado bocado.

—Te estábamos esperando —volvió a hablar viendo que no obtenía respuesta alguna por parte de la recién llegada.

—¿Estábamos? —puntualizó entonces la Adjudicadora, tomando asiento tras entregarle ya no solo la capa a su lacayo, sino también los guantes. Se lo había pensado mejor, los recogería después si los necesitaba—. Plural de modestia. Qué detalle.

—Simple formalidad —ofreció en respuesta, realizando un amplio gesto con la mano derecha que abarcaba gran parte de la zona de la mesa en la que se encontraba y la sala.

No estaban solas. El secuaz, dos sirvientes y otro par de guardias más apostados en sendas esquinas diagonales vigilaban que la cena se desarrollase en las circunstancias adecuadas y sin altercados de por medio. El pan de cada día para alguien como ellas.

—Entiendo —murmuró apartando la vista de su esposa un momento para tomar asiento.

Dudó de si la rubia podría haber escuchado o no aquella última respuesta a través de la máscara, pero tampoco es que fuese realmente importante. A veces, detalles como ese la hacían sentir impotente y no estaba por la labor de dejarse fustigar por sus propias y molestas dudas a destiempo. No aquella noche.

—¿Celebramos algo? —le preguntó su esposa al ver que uno de los sirvientes más cercanos a la Adjudicadora se acercaba con una de sus mejores botellas de vino para servirle con delicadeza una copa.

La Magistrada, una vez más, no contestó; se limitó a contemplar el recorrido del líquido purpúreo con detenimiento hasta casi rebosar el cristal que lo contenía. Alguien tendría que enseñarle a aquel sirviente que las copas nunca se sirven así, solo hasta la mitad, en su justa medida. Pero no era el momento de interrumpir la velada para cortarle el par de dedos que equivalían justamente a los centímetros justos que debía haber dejado libres en la parte superior de la copa.

—Cormac ha caído —se adelantó la rubia, antes de que la Adjudicadora pudiese confirmar nada.

Abandonando la contemplación de la copa y el escarmiento de disciplina que acababa de idear, alzó la vista para toparse con el intenso par de ojos azules que tan familiares le eran ya después de varios años compartiendo mesa, lecho y al parecer, también eternidad si es que ambas se deseaban lo suficiente como para cumplirlo.

—¿Quién te lo ha dicho? —le preguntó, interrogándola con la mirada.

—Tengo mis recursos —reconoció con una sonrisilla de suficiencia justo antes de llevarse la copa de vino que acababan de rellenarle igual de mal que a la Adjudicadora hasta los labios sin una sola protesta, satisfecha a la par por su descubrimiento y por la bebida.

—Estupendo —ironizó, y su respuesta sonó más ácida que nunca, sibilina y entre dientes.

Esa era una de las cosas que todavía no llegaba a comprender del todo bien por parte de su esposa. De alguna manera, lograba descifrar sus planes, sus movimientos y hasta sus más recónditas intenciones prácticamente a tiempo real. Que estuviese enterada del asalto al Continental y de la inminente caída en desgracia de Cormac la hacía sentir insegura, pero a la par, debía reconocer que también la excitaba. Era la única persona capaz de desafiarla de aquella manera sin temer las consecuencias, la única mujer actualmente a su altura como para retarse de igual a igual con ella en cada ámbito de su vida. Era perfectamente imperfecta para ella. Así la necesitaba y así la ansiaba cada noche al borde de su cama, de rodillas o no.

Uno de los sirvientes, el que no se encargaba del vino, se aproximó para destapar retirar la tapa metálica que cubría la cena de la Adjudicadora: un muslo de pato asado al horno y debidamente confitado apareció ante sus ojos entre vapores de olor dulzón y con su correspondiente guarnición. Al otro lado de la mesa, el restante de los sirvientes designados para el mismo fin, repitió la acción con el plato de su esposa.

—Que aproveche —pronunció la rubia cuando ambos empleados se retiraron volviendo a ocupar su lugar medianamente lejos, casi tan pegados a las paredes de la sala como los guardias.

—Sea —respondió la Magistrada contemplando el menú con semblante impasible.

Su esposa comenzó a comer sin dudarlo ni un minuto más. Debía estar hambrienta. Quizás había estado entrenando horas antes. Ella, por el contrario, aún notaba cierta tensión en el estómago y la imagen de aquel trozo de carne servido con elegante indolencia ante sus ojos no se lo estaba poniendo fácil.

Odiaba comer ante los demás. Lo detestaba. El hecho de tener que retirarse la máscara para morder y masticar mientras el resto del mundo la observaba intentado reprimir cierto matiz de horror sin éxito era algo que realmente la hastiaba e incomodaba a partes iguales; detalle tremendamente irónico teniendo en cuenta que los que precisamente deberían sentirse más incómodos eran las personas de su alrededor, pero suponía que habían llegado a hacerse inmunes a su imagen. Había masticado ante Cormac buscando aterrorizarlo, provocarlo en cierto sentido, justo cuando lo visitó para darle el aviso: “tres días”, le dijo. Y allí estaba ella, deslizando una moneda sobre la bandeja de plata y mordisqueando a duras penas un trozo de carne tan flácido como la propia lengua de aquel hombre —por no mencionar otra parte de él— que estaba deseando cortar. Consiguió intimidarlo, estaba segura. La manera en que se le atoraron las palabras en la garganta y el matiz de pavor inscrito en sus ojos claros se hizo patente en cuanto se retiró la máscara y abrió la boca para morder. Estaba claro, pero lo que peor llevó la Adjudicadora no fue la represión de cierta mueca de repugnancia, sino la de pena. Pena. Angustia sentimental. Congoja reprimida. Aquel cabrón se apiadó de su faz, pudo notarlo. Y eso la enfurecía.

Tragó saliva en silencio. No le apetecía cenar. No tenía apetito.

Apoyó los codos sobre la mesa y cruzó los dedos ante su rostro, mandando al traste por un momento los habituales modales de comensal. Observó comer a su esposa, masticar y tragar sin miramiento alguno. Disfrutando de la frescura del vino y del perfecto punto que le habían dado los cocineros al manjar nocturno. En lugar de hacérsele la boca agua por la comida por el deseo de alimentarse, consiguió deleitarse con el disfrute de la persona a la que apreciaba. Ella sería su cena al completo.

—¿Hoy tampoco vas a cenar?

La pregunta de su esposa, calmada, genuinamente habitual y con un tono tan cargado de normalidad que le agitó levemente el corazón, fue lo suficientemente sincera como para que la Adjudicadora saliese de su abstracción, pestañeando varias veces antes de intentar contestar; pero justo cuando pensaba ofrecerle una explicación al respecto, el timbre de uno de los teléfonos instalados en su despacho, restalló en el silencio nocturno, haciendo eco contra las paredes de la vivienda.

Un escalofrío le recorrió la espina dorsal, tensándose de manera irremediable. Bajó las manos, extendiendo los antebrazos sobre el mantel con un delicado gesto y asintió sin mirar realmente nadie. Sabía más que de sobra que alguno de sus vigilantes estaría observándola, pendiente de cualquier movimiento por su parte que les indicase qué hacer. Y así fue.

En menos de lo que canta un gallo, su secuaz más habitual ya estaba junto a ella, tendiéndole el aparato con asombrosa diligencia. Había sido extraordinariamente rápido. Él inclinó la cabeza y ella tomó el auricular sin una sola palabra.

Silencio. Silencio absoluto tan solo roto por el enorme reloj de pared que adornaba uno de los rincones del comedor. Al tiempo en que la Magistrada escuchaba todo lo que se le transmitía al otro lado del teléfono, su esposa la observaba con genuino interés, masticando cada vez más despacio hasta apreciar el matiz de chirriante peligro en los ojos ajenos y abandonar el tenedor al borde del plato simultáneamente, en un intento por hacer el menor ruido, como si aquel tibio sonido pudiese interrumpir el monólogo con el que estaban sermoneando el oído su compañera.

Mientras la Adjudicadora continuaba atendiendo a la llamada, con la vista clavada al fondo de la habitación, su secuaz no se movió y su esposa apenas respiró. Los guardias se esforzaron por no tragar saliva. El aire en la habitación se tornó pesado y hasta el continuo tic-tac del reloj pareció convertir su rítmico golpeteo en un susurro trémulo con tal de no molestar en mitad de una de las llamadas de la Alta Mesa.

Finalmente, la Magistrada apartó el auricular de su oreja lentamente y lo colgó sobre su soporte metálico con solemne autoridad, sin que la expresión de su rostro variase un ápice. Tan solo un esquivo suspiro contenido al fondo de su garganta desveló parte de la tensión que había acumulado durante la conversación en la que no había tenido la oportunidad de hablar; ni falta que hacía.

Su esposa la interrogó con la mirada sin saber muy bien cómo actuar después de aquello. Tenía la sensación de que algo no iba bien.

—¿Qué ocurre?

La Adjudicadora le dedicó una mirada de soslayo, ajustándose el cuello del traje para disimular el súbito temblor de sus dedos. Alzó la mano que le quedaba libre, la misma con la que había colgado el teléfono, y sacudió un par de dedos en el aire. Sin mayor dilación, su lacayo asintió brevemente con la cabeza y abandonó la habitación con el aparato que había osado importunar su agradable cena.

—He perdido el apetito —se limitó a pronunciar, finalmente, a la par que apoyaba las manos a ambos lados de la mesa de roble oscuro y se levantaba de una sola vez.

Le gustaba utilizar frases cortas. Consideraba contraproducente hablar de más y evidentemente incómodo para ella. Todo era más fácil así. Su lesión le dificultaba la articulación de ciertas consonantes oclusivas y labiales, pero había terminado acostumbrándose a disimularlo bastante bien, apretando los dientes, marcando con fuerza el tono a través de sus cuerdas vocales y moviendo la mandíbula estratégicamente para dotar de severidad a sus frases. A pesar de su férreo entrenamiento y práctica a lo largo de los años, algunas de sus palabras sonaban más como siseos a oídos de los demás cuando se ponía nerviosa, pero su esposa jamás la había juzgado por ello; al contrario: sabía detectarlo y, evidentemente, aquella vez no estaba siendo una excepción.

—Te acompaño —le anunció. No le pidió permiso, no le requirió nada. Sencillamente se puso en pie prácticamente a la par, limpiándose los labios con la servilleta de tela rápidamente e irguiéndose lo más recta posible, para no desentonar con ella. Su mujer tampoco admitiría réplica alguna esa noche, lo sabía bien.

La Magistrada paseó su mirada de arriba abajo, a lo largo y ancho de su anatomía, deleitándose con lo soberanamente bien que le sentaba aquel traje de chaleco azul oscuro, casi negro, que habían escogido para su esposa aquella noche. No llevaba la chaqueta puesta y la camisa ajustada hecha a medida que envolvía sus brazos evidenció una vez más los resultados de su entrenamiento personal cuando se recogió los puños hacia arriba, olvidándose por un segundo de los gemelos. Se estaba preparando para ella.

Una vez la Adjudicadora avanzó hasta el final de la sala sin mirar atrás, sin esperar a nadie ni a nada, el servicio se puso inmediatamente en movimiento, afanándose por recoger la mesa en cuestión de segundos al tiempo en que ambas mujeres abandonaban el comedor una detrás de la otra. Primero la Magistrada y después su mujer, en escueta peregrinación hacia el dormitorio. Esta vez nadie las siguió.

Apretó el paso a la par que la mandíbula. Necesitaba cavilar, unos minutos de soledad para aclararse la cabeza le vendrían bien, pero tampoco quería rechazar la oportunidad de pasar aquella noche con su esposa. Como siempre, casi tratándose de un genuino milagro sideral, la rubia adivinó sus intenciones y redujo su velocidad al caminar hasta detenerse a mitad del largo pasillo con las manos en los bolsillos del pantalón sin dejar de contemplarla mientras se alejaba de ella. Le cedería el tiempo que necesitase.

Cuando la Magistrada alcanzó la puerta de sus aposentos, su lacayo ya estaba allí, esperándola. Tan rápido y sibilino como siempre. Era un bruto cuando lo necesitaba, pero también podía convertirse en una auténtica sombra cuando resultaba preciso. Él le tendió los guantes de cuero de los que se había deshecho al inicio de la cena; los había recogido expresamente para ella. La Adjudicadora los recogió y se los ajustó, utilizándolos como la perfecta excusa para no cruzar miradas con absolutamente nadie. No podía dejar que su fachada de solemne autoridad se resquebrajase frente a nadie; por supuesto, tampoco le dio las gracias, no procedía.

El secuaz abrió la puerta frente a ella y le cedió el paso. Entró, ella no dijo nada y él tampoco, pero ambos sabían lo que aquella evasión de la cena significaba. Solía hacerlo y llevaba varios días seguidos repitiendo aquel ritual de insinceridad frente a todo el servicio, pero la verdadera mentira y engañabobos funcionaba a la perfección con la persona que menos necesitaba teatralizar algo así: consigo misma.

Se negaba a reconocerlo y no lo haría. Tacharía sus ademanes e improperios mentales —de esos en los que incluía continuos insultos malsonantes hacia Cormac solamente en su pensamiento, jamás puestos en palabras— como deslices calculados; catalogaría sus huidizas actuaciones y sus silencios incómodos como cavilaciones para diseñar planes; excusaría su falta de apetito y su miradas perdidas como detalles sin importancia y rígida altivez; pero jamás, jamás ante nada ni nadie reconocería que

estaba

francamente

asustada.