Primera parte: El principio del fin.
Observando por la ventana del carruaje, un joven de cabellos oscuros y ojos parecidos a las nubes de una tormenta apoyaba su barbilla contra su palma con aburrimiento. Su destino era incierto, sin embargo, no estaba nervioso solo intrigado, pues las personas que lo habían ido a buscar juraban en nombre de sus maestros que a donde lo llevaban era a “casa”.
El muchacho se carcajeo al instante. Esos hombres debían de estar bromeando. Una broma bastante descarada a su parecer, ya que el chico no creía que fuera oportuno decir la palabra “casa” tan fácilmente frente a un huérfano, pero al ver que los señores de largos sombreros no compartían la misma idea que él, ahí fue entonces que entendió la seriedad del asunto.
“Leech”
Ese era el apellido que venían representando. Una casa lo suficientemente reconocida para saber que nadie debe de meterse con ella a menos que quieras un macabro final. Los líderes de la familia jamás daban acto de presencia y en su mayoría lo que se hacía en relación con ese apellido siempre se mantenía en absoluto silencio. Todo era tan misterioso que hasta incluso circulaban rumores de que esa “familia” era solo una fachada para mantener las riquezas de casas aristocráticas fuera de los ojos codiciosos.
Yuu casi se vuelve a reír cuando le dijeron de donde provenía, no obstante, tan pronto trató de carcajearse, un medallón del tamaño de su mano apareció en su vista abruptamente callándolo al instante. Uno de los hombres le extendía sin pudor alguno aquel medallón hecho de oro en donde dos anguilas se enrollaban alrededor de una daga. Ese era definitivamente el escudo familiar de los Leech.
Dos sonrisas llenas de suficiencia aparecieron en las bocas de los subordinados al ver como la carcajada del joven se tornaba a una mueca entre asombro y perturbación.
—Hemos venido a llevarte —la ligera burla de ambos sujetos se disipó en un abrir y cerrar de ojos. Ahora unos amables rostros se asomaban peligrosamente cerca del muchacho.
Él, asustado y estupefacto, trató de negarse amablemente con el mismo falso gesto que le estaban otorgando, pero como era de esperarse de los inquietantes sujetos, ellos no iban a recibir un “no” como respuesta. Así que sin esperar a que pudiera volverse a negar, un par de mucamas salieron de un lujoso carruaje e irrumpieron su pequeño hogar con el único fin de empacar las cosas del confundido huérfano.
Gritando, trató de detenerlas, pero al ver que no se inmutaban solo pudo ir a esconder el resto de sus cosas en un rápido movimiento. Aunque al final eso no ayudó mucho.
Entonces con una mirada llena de tristeza y enojo terminó siendo llevado en contra de su voluntad y sin siquiera poder despedirse de la señora Brown. La única persona la cual tuvo la suficiente valentía de cuidarlo cuando era tan solo un pobre niño huérfano de cinco años.
—Hemos llegado —la voz de uno de los hombres sobresaltó levemente al muchacho y lo hizo volverse hacia a la puerta.
Los subordinados le ofrecieron una expresión amable y entrecerrando los parpados se apartaron del camino para mostrar una enorme mansión de un color granate y completamente hecha de ladrillos. Un vasto jardín se formaba detrás de él y justo en el centro de ésta había una fuente con forma de sirena. Algo un poco extravagante pensó Yuu.
No sabía cuánto tiempo había pasado, pero claramente la noche se estaba haciendo notar rápidamente junto con las frías ráfagas. Tembloroso, se abrazó a si mismo tratando de conseguir un poco de calor a la vez que observaba levemente angustiado la estructura. La mejor opción para el muchacho sería entrar a la mansión para resguardarse, pero mientras más se quedaba mirando la imponente mansión, más difícil se le hacía distinguir si los escalofríos eran provocados por las bajas temperaturas o por su propio miedo.
—Por aquí —los mismos hombres de antes se pusieron a cada lado del pelinegro y extendieron sus brazos incitándolo a continuar el recorrido hacia la puerta.
Saltando un poco al principio por lo espeluznantemente coordinados que eran los sujetos, suspiró cansado y siguió a los subordinados por los escalones hasta llegar a la entrada principal. Moviéndose con destreza los hombres abrieron la puerta con esa inquietante sincronización y dieron paso a la brillante luz del interior.
—Bienvenido —otro par de voces masculinas aturdieron a Yuu quien trataba de acostumbrarse a la luz.
Parpadeando repetidamente y entornando sus dilatados ojos, enmudeció apenas pudo enfocarse en el salón.
—¿Eh? —fue lo único que pudo murmurar el muchacho como contestación.
Se frotó nuevamente los oculares como si no se creyera lo que estaba viendo, pero sorpresivamente su visión no se encontraba mal, simplemente todo tenía par o por lo menos se repetía una vez más cada objeto o persona que hubiera adentro.
—¿Hum? ¡Oh, claro! Lamentamos las molestias, seguro está cansado por el viaje —habló uno de los mayordomos.
—No se preocupe por sus cosas, pronto se las llevarán a su habitación —respondió el otro.
—Ah, pe- —el chico de mirada cautelosa quiso negarse, pero unos apresurados pasos callaron al inquieto muchacho.
—¿Koebi? —otra masculina voz lo hizo enfocarse en el fondo del gran salón justo por encima de las escaleras indicando el segundo piso.
Pensando que ya no podía ponerse aún más extraña su estadía, se fijó en la persona que había pronunciado esa palabra fuera de su vocabulario, podría incluso decir que sonaba extranjero. Pero eso era lo de menos, pues el hombre era un tanto… ¿llamativo? Su cabello bien ordenado y peinado hacia atrás tenía un inusual tono color cian con un sobresaliente mechón oscuro a su derecha. Su piel era tan blanca y lechosa, casi llegando a lo inhumano, pero lo que más le llamaba la atención de ese alarmante humano eran sus penetrantes ojos bicolores; amarillo y gris. Parecía sacado de una novela de fantasía.
Sintiendo su cuerpo tensarse sobre la mirada impactada del que parecía el señor de la casa, se tambaleo un poco hacia atrás. De alguna manera sus instintos le decían que no debía de estar ahí.
—¡Koebi! —gritó con los ojos centellando de emoción y corriendo hacia a él.
Soltando un jadeo por la impresión de ver como aquella figura se hacía cada vez más grande con cada salto que daba hacia su dirección, terminó por cerrar fuertemente los parpados y apretar la mandíbula esperando el impacto.
El golpe fue más fuerte de lo que creyó, pues el impacto lo hizo tambalearse un par de pasos hacia atrás mientras el desconocido apretaba cada vez más su cuerpo contra el de él. Definitivamente si no fuera por sus reflejos ahora ambos estarían tirados en el suelo. Su cabeza dolía y su nariz picaba por el fuerte olor a colonia, sus brazos estaban inmóviles a sus costados siendo aprisionados por la increíble fuerza que ejercía sobre de él.
¿Quién demonios era este sujeto? ¿Estaba loco? Esto era demasiado incómodo para el joven de cabellos oscuros. Necesitaba apartarse de él inmediatamente, sobre todo porque pronto se le acabaría el oxígeno.
Moviendo su rostro de un lado a otro junto con sus tensos brazos, trató de poner sus palmas en el duro pecho del loco de cabello fantasía para poder apartarlo, pero, el de ojos bicolores apretó con más fuerza alrededor de los hombros de Yuu al percibir las intenciones del forastero. Los huesos del pelinegro crujieron silenciosamente.
Un ronco gemido de dolor se escapó de sus labios sin poder evitarlo.
—Floyd, modales —una mano enguantada tocó con gentileza el hombro del mayor.
La cabeza de “Floyd” se movió amargamente de un lado a otro negándose a separarse del apretado humano y hundió su rostro contra el sensible cuello de Yuu. El perturbado muchacho movió sus córneas hacia la única persona que había intentado separarlo del lunático que tenía en frente. Un nuevo gemido lleno de angustia azotó su garganta al percatarse que ese salvador se veía exactamente igual que Floyd, solo que con la única diferencia de que su distintivo mechón oscuro apuntaba hacia la izquierda.
—Oh mi… ¿por qué tienes una mirada tan afligida? —una indescifrable sonrisa en forma de burla apareció en su rostro. Su mano libre tocó su mentón de manera pensativa— ¿Será por Floyd? ¿Te está lastimando? Perdónalo, es solo que no ha estado de humor recientemente y tu visita lo ha refrescado significativamente —la risilla del gemelo se apagó lentamente y ahora una expresión sombría lo hizo apretar con más intensidad el hombro de Floyd—, no obstante, yo tampoco he estado de humor —murmuró para sí mismo.
Chistando la lengua y suspirando audiblemente. Se desenvolvió con pesimismo del asustado invitado y se mantuvo erguido a un lado de su hermano con una mirada llena de hastío. Eventualmente el más sereno de los dos apartó felizmente su palma de su contrario a penas lo consideró suficiente.
—Nuevamente pido perdón por la deplorable actitud de mi hermano, seguro te hizo sentir incómodo —exclamó con una mano en el pecho y tratando de verse sincero. Su hermano solo bufó enfadado mirando hacia otro lado y cruzando los brazos.
—Tsk, que molesto —se quejó claramente haciendo una pequeña rabieta.
Infantil, fue lo único que pudo pensar Yuu al recuperarse del casi mortal abrazo mientras jadeaba y se sobaba sus extremidades.
—No… —su voz se escuchó increíblemente ronca para su gusto, pero suponía que era natural que estuviera en ese estado, pues estuvo a punto de morir asfixiado. Carraspeo un poco antes de proseguir—, no tienes por qué disculparte, no fue incomodo —mintió, pero no quería arriesgarse a molestar a ambos fenómenos—, simplemente… inesperado.
—Me llena de alegría presenciar tu madurez, has crecido de maravilla —un casi imperceptible sonrojo empañó las mejillas del desconocido tratando de cubrir sus labios con su palma. Yuu tragó vacilante y jugó con sus dedos nerviosamente tratando de ignorar las intensas miradas que le estaban dedicando los gemelos.
—Eh, gracias, supongo —farfulló inquieto—. Perdone —se sentía bastante cohibido, nunca había aprendido la etiqueta correctamente pues pensando que iba a vivir pacíficamente sus días en una zona relativamente normal, nunca creyó necesario aprenderla debidamente. Por otro lado, tampoco podía llamarse iletrado, al contrario, gracias a su vocabulario bien desarrollado él podía salirse con la suya en la mayoría de las ocasiones.
Unas inesperadas carcajadas lo hicieron volver a la realidad.
—Jajaja, Koebi está actuando de una manera muy graciosa —su rostro ahora parecía iluminarse con cada vistazo que le lanzaba al muchacho.
—¿Co-Coibi? Perdóneme, pero debe de estar equivocado —trató de explicarse a la vez que ponía cierta distancia al presenciar cómo sus rostros se volvían oscuros—. Soy Yuu Brown, un placer —extendió su brazo al intentar mantener una buena apariencia ante ellos, pero ambas miradas seguían igual de sombrías. La garganta de Yuu se secó.
—Jade —la voz de Floyd volvió a ser fría y cortante —¿Por qué Koebi actúa como si no supiera quiénes somos? ¿Y por qué se presenta con un apellido tan ridículo?
El pelinegro casi se ahoga con su propia saliva por la ofensa.
—¿Ridi-?
—Floyd —pronunció severamente, pero sin voltear a mirarlo. El susodicho nuevamente hizo un puchero y se calló. Jade suspiró visiblemente cansado por la actitud de su consanguíneo—. Sinceramente era de esperarse este resultado. Después de todo eras demasiado joven cuando sucedió el incidente, pero… —se tocó la mandíbula de forma pensativa—, al menos ya deberías de estar al tanto de la situación —la tenebrosa mirada de Jade se dirigió sin vacilación hacia ambos mayordomos, quienes estaban empapados en sudor frío—. Eso fue lo que había ordenado.
Un sepulcral silencio atacó la sala principal y nadie más que los gemelos se atrevieron a respirar. El miedo era palpable y lo único que podía escuchar el visitante era sus propios latidos. Él ni siquiera estaba en la línea de fuego, pero por algún motivo estaba increíblemente aterrado.
—¿Y bien? —la voz de Jade sonó suave, pero al mismo tiempo macabra.
—¡Lo sentimos profundamente Marqueses! —exclamaron haciéndose ovillo en el suelo como si estuvieran rogando por sus vidas.
Marqueses… ¿eran marqueses la familia Leech? Ese título era lo suficientemente alto para hacerlo desaparecer en un parpadeo. Ahora tenía sentido la cantidad absurda de dinero que tenían estos sujetos, por qué vivían en una zona tan alejada y el palpable poder que desprendían. A Yuu ya no le parecía exagerado las acciones de los sirvientes, pues él también se inclinaría ante ellos por el horror de que le arranquen la vida en un chasqueo.
—¡Estos humildes ciervos han cometido un gran pecado! —dijo el de la izquierda.
—¡Aceptaremos cualquier castigo que nos impongan! —habló el de la derecha.
—Hum… ¿qué tal azotarlos unas cuantas veces? —dijo Jade con una enorme sonrisa en su rostro—. Me siento benevolente hoy —su gemelo respondió con una risilla infantil aparentemente de acuerdo.
Los mayordomos jadearon audiblemente pero no protestaron, no parecían si quiera capaces de hacerlo en primer lugar. No era necesario ver sus rostros para saber lo aterrados que estaban, incluso su ropa estaba empezando a empaparse por el sudor. Yuu quería desviar la mirada de la penosa imagen, pero no pudo hacerlo, su conciencia no se lo permitía ya que de alguna forma creía que era su culpa, pero ¿qué podía hacer? No era más que un desconocido.
—Retírense —murmuró el marqués hastiado y cansado de la nefasta experiencia.
—¡Espera! —la exaltación del joven provocó que cuatro pares de ojos lo miraran llenos de curiosidad. Yuu tragó fuerte y se replanteó internamente por qué demonios estaba haciendo esto, él en primer lugar no tenía derecho a meterse en dónde no lo llamaban, mucho menos en asuntos aristocráticos—. Pe-perdonen mi rudeza —agachó la cabeza delante de los gemelos y trató de no perder su débil postura, pues los escalofríos lo estaban comenzando a hacer temblar—. E-es solo que considero que se está llevando este asunto demasiado lejos —carraspeó un poco antes de continuar. Sus pupilas se tambaleaban de un lado a otro con nerviosismo—. Por supuesto, eso no los exhume de su error, pero tampoco creo que merezcan tal castigo. Les pido de favor que lo reconsideren.
El sonido de las manecillas de un reloj lo hizo transpirar con pesadez, ya que era el único sonido que evitaba que el lugar se mantuviera en un incómodo silencio. No sé atrevía a mirar hacia arriba, su cuerpo no se lo permitía, estaba paralizado hasta los huesos. No podía creer lo que acababa de hacer. Él, un don nadie, acababa de hacerle frente a una de las cabecillas más importantes de la aristocracia. Se sentía aturdido a un nivel inhumano, pues en su cabeza sabía que podría morir esta noche por una estupidez.