Capítulo 1
El sol empezaba a ponerse, tiñéndolo todo de tonos naranjas y rojos. Sobre los árboles, el cielo estaba despejado y las estrellas lejanas comenzaban a titilar. La Luna ya se había asomado, impaciente por empezar su recorrido diario. Los pájaros piaban canciones suaves y los grillos daban inicio a sus melodías nocturnas.
Caminando en silencio por el bosque iba un gran lobo negro. Su presencia pasaba desapercibida para el mundo, como si no estuviera allí. Se llamaba Theo, el Gran Alfa de estas tierras y uno de los lobos más poderosos. Bendecido por la Diosa Luna, tenía dones destinados a proteger a todos bajo su cuidado. Tenía la tarea de mantener la paz y el orden entre las manadas. La mayoría respetaba la autoridad de Theo, y algunos incluso le temían.
Paseaba por el bosque de regreso a casa. Lo habían llamado para resolver una disputa entre dos manadas menores. Aunque era un guerrero experimentado, había pasado sus últimos años lidiando con peleas insignificantes. Ahora, el silencio que lo rodeaba le resultaba acogedor. En el bosque, nadie temía su tamaño ni buscaba ganarse su favor. No había nadie más que él y su lobo.
Pero de pronto se detuvo. Sus pies se quedaron clavados al suelo, incapaces de moverse. El lobo olfateó el aire, notando que la brisa se había calmado y las criaturas del bosque guardaban silencio. Theo miró a su alrededor y se dio cuenta de que, de alguna manera, había llegado al límite del bosque. Observó las runas grabadas en uno de los árboles que marcaban la frontera de la manada Riverbed. Con un gruñido de confusión, miró hacia el claro de hierba frente a él y vio a lo lejos la gran casa de la manada. Sin embargo, al seguir recorriendo el lugar con la mirada, su vista se posó en una niña que destacaba en el pasto, devolviéndole la mirada.
El corazón le dio un vuelco y su mente empezó a mil por hora. ¿Podía ella sentirlo? Uno de los dones de Theo era la capacidad de ocultar su rastro y su presencia como si fuera invisible. Sin embargo, allí estaba ella, mirándolo fijamente. Su espíritu lobuno, Amarok, se agitó inquieto en su interior. Un impulso le tiró del pecho, empujándolo hacia adelante, y no se detuvo hasta estar a solo unos pasos de la pequeña.
Theo respiró hondo y el aroma a enebro llenó su nariz, trayéndole pensamientos de invierno y calidez. Se transformó en su forma humana y se arregló la ropa con el ceño fruncido.
«Mate» —la palabra resonó en su mente. Se quedó mirando a la niña con los ojos muy abiertos, sin poder creérselo. El cabello de la pequeña era de un rubio claro y sus ojos eran de un azul pálido que parecía brillar incluso con la luz tenue del atardecer.
Mientras tanto, la niña miraba a Theo con curiosidad. Él tenía el cabello castaño oscuro peinado hacia atrás, sin un solo pelo fuera de su sitio. Sus ojos verdes se veían severos y su mirada era dura, pero esto no parecía molestar a la pequeña. En lugar de asustarse por el extraño, ella sonrió, iluminando su rostro con una expresión de alegría.
Al mirar a la niña, Theo sintió que algo extraño lo invadía. Era el vínculo de mate, una conexión inquebrantable decretada por la propia Diosa Luna. Era raro, casi inaudito, que un Gran Alfa como él encontrara a su mate siendo ella tan joven. No solo eso, sino que el hecho de que su pareja fuera una niña parecía casi imposible.
De repente, el Gran Alfa pudo oler a varios lobos que se acercaban rápidamente. Al cambiar de su forma de lobo, dejó de ocultar su presencia sin querer. Eso alertó a toda la manada de que él estaba allí. Probablemente lo confundieron con un extraño o incluso con un renegado en sus tierras.
Antes de que pudiera hacer nada, los lobos se detuvieron en seco. Theo se preguntó si se habrían dado cuenta de que él era el Gran Alfa. Pero al observarlos, notó que les costaba moverse, como si estuvieran congelados. Su atención volvió a Calliope y notó que sus ojos ya no eran azules, sino que ahora brillaban con un color blanco. Sus pequeñas manos se cerraron en puños mientras una fuerza invisible se propagaba, deteniendo a los lobos en su camino.
—Mate —dijo ella en voz alta. El sonido le provocó un hormigueo a Theo. Escucharla confirmar su conexión solo lo confundió más. ¿Cómo? ¿Cómo podía alguien tan joven como ella sentir el vínculo? Se arrodilló en el suelo para quedar a su altura.
—¿Cómo te llamas, pequeña loba? —preguntó él con curiosidad.
—Calliope —respondió ella mientras se acercaba más a Theo, levantando un poco la nariz mientras olfateaba el aire.
—¿Y cuántos años tienes, Calliope?
—Cinco —respondió ella levantando cinco dedos.
—¿Sabes quién soy yo?
—¡Theo, por supuesto!
Ella sabía su nombre. No solo eso, sino que estaba controlando a más de una docena de lobos, manteniéndolos paralizados. Su olor, el sonido de su voz... todo esto hizo que sus emociones se volvieran un torbellino en su mente.
«Esto no puede ser lo que se siente con el vínculo de mate», pensó para sí mismo.
—¡Calliope! —gritó alguien a lo lejos.
Theo levantó la vista y vio a dos personas corriendo desde la casa de la manada. Pero antes de que se acercaran, se quedaron congeladas en su lugar.
—¿Estás haciendo esto tú, pequeña loba? —Theo sabía la respuesta, pero quería oírla de sus labios. Necesitaba saber si ella era consciente de todo lo que estaba pasando.
—Sí —su voz era firme y segura, casi como si hablara otra persona. Su loba... Theo estaba seguro de que era su espíritu lobuno quien respondía.
—¿Y esos dos son tus padres?
Calliope se giró para mirar, sin ser consciente de a quién había congelado. Lo único que sabía era que no dejaría que nadie se les acercara, fuera quien fuera. Después de un momento, volvió a mirar a Theo y asintió con la cabeza.
El Alfa Wyatt y la Luna Evelyn, los líderes de la manada Riverbed. Theo no era cercano a ellos ni conocía bien a su gente, pero sabía que eran leales y nunca le habían dado problemas. Con el ceño fruncido, volvió a mirar a Calliope.
—Necesitamos hablar con tus padres, así que necesito que los descongeles a todos —le pidió en tono suave.
—Podrían hacerte daño —murmuró ella, retorciéndose las manos con nerviosismo.
—Creo que todos se han dado cuenta de quién soy, pequeña loba —la tranquilizó él con una sonrisa cálida—. No se atreverían.
Aunque todavía dudaba, Calliope finalmente asintió. Cerró los ojos y, cuando los volvió a abrir, volvían a ser azules. Todos se descongelaron y tropezaron al recuperar el equilibrio. Los guerreros retrocedieron unos pasos, dándole espacio al Gran Alfa, pero ninguno se fue. Solo los padres de Calliope se atrevieron a acercarse.
Evelyn se agachó y atrajo rápidamente a Calliope a su lado. Wyatt se puso delante de ellas, mirando al Gran Alfa con recelo. Theo era un lobo fuerte, algunos dirían que peligroso, y se preguntaban qué hacía allí y por qué hablaba con su hija. Pero ninguno se atrevió a hablar primero, no estando presente el Gran Alfa. Finalmente, Theo desvió la mirada de Calliope hacia Wyatt.
—Deberíamos entrar a hablar.
Aunque era una petición, no era opcional. Wyatt asintió y, a regañadientes, los guio de vuelta a la casa de la manada. Calliope se soltó de su madre y buscó la mano de Theo. Saltaron chispas entre sus manos, enviando descargas por todo el cuerpo. Theo miró a Calliope mientras algo cambiaba en su interior, agitando a su espíritu lobuno. De repente, su confusión desapareció, al igual que su miedo y ansiedad. Fueron reemplazados por una necesidad abrumadora de protegerla, de escudar a esta niña de cualquier daño. El instinto era primitivo y nacía de lo más profundo de su alma.
«¿Todos estos años solo para encontrarla finalmente y resulta que es una niña?», le preguntó Theo a su espíritu lobuno.
«Su espíritu... puedo sentirla», murmuró Amarok, hablando casi para sí mismo. «Puedo ver recuerdos... sueños... ella es la última».
«¿La última? ¿A qué te refieres?», cuestionó Theo confundido, pero su lobo solo repitió lo mismo.
Una vez dentro de la casa, Wyatt llevó al grupo a una sala de estar pequeña pero privada. Theo se sentó en un sofá y Calliope se sentó a su lado sin dudarlo. Wyatt y Evelyn intercambiaron miradas nerviosas al ver a su hija interactuar con el Gran Alfa.
—Calliope, ven a sentarte con nosotros —suplicó Evelyn con voz temblorosa. Extendió la mano, pero Calliope actuó como si no la oyera, permaneciendo firme al lado de Theo. A Evelyn se le llenaron los ojos de lágrimas y miró desesperada a Wyatt, pero antes de que él pudiera hacer nada, Theo les indicó con impaciencia que se sentaran.
—No entiendo qué ha pasado aquí esta noche. Para ser sincero, no tenía intención de venir —empezó Theo, sintiéndose repentinamente nervioso al hablar—. Pero algo, tal vez la Diosa Luna, me trajo hasta aquí.
—No lo entiendo, Gran Alfa —respondió Wyatt con cautela.
—Bueno, parece ser que su hija, Calliope, es mi mate.
Wyatt y Evelyn se levantaron de golpe, pero Calliope los congeló antes de que pudieran hablar o moverse. Sus ojos volvían a brillar de color blanco y, esta vez, sus padres también se dieron cuenta.
—Pequeña loba —murmuró Theo mirándola—. Su reacción es normal. Suéltalos para que podamos hablar.
Calliope miró a Theo sin mostrar emoción alguna. Sus ojos blancos se clavaron en los verdes de él, buscando en silencio respuestas a una pregunta no formulada que rondaba su mente. Tras un momento, parpadeó; sus ojos volvieron a ser azules y sus padres recuperaron el movimiento.
—¡¿Cómo que mate?! —la voz de Wyatt retumbó con rabia.
—¡Es solo una niña, esto es una locura! —añadió Evelyn, con un tono lleno de preocupación e incredulidad.
Theo dejó que se desahogaran, tolerando su enfado mientras procesaban sus palabras. Después de un minuto, levantó la mano exigiendo silencio. Una vez que Wyatt y Evelyn se calmaron, Theo respiró hondo.
—Sí, es joven —continuó Theo, intentando calmar sus temores—. Pero ambos acaban de presenciar su poder. Calliope tiene dones que superan con creces su edad. La propia Diosa Luna debe tener un plan para ella. ¿Cómo pueden dudar de que está destinada a ser la Gran Luna?
—¡Pero usted es viejo! ¡Ella tiene cinco años! —interrumpió Evelyn enfadada, con la voz quebrada. Sus ojos iban de Theo a Calliope, como buscando alguna señal de que todo era un malentendido.
—Tengo 138 años —Theo frunció el ceño, apretándose el puente de la nariz—. Miren, no estoy aquí para reclamar a Calliope, ni para marcarla, ni para aparearme con ella. Así que, por favor, cálmense.
—¿Qué es lo que piensa hacer entonces? —La voz de Wyatt era tensa y tenía los puños cerrados—. Si es su mate, ¿qué intenciones tiene con ella?
Theo miró a Calliope, planteándose la misma pregunta. ¿Qué podía hacer con una mate tan joven? ¿Qué le harían otros cuando se enteraran?
—Solo siento un impulso abrumador de protegerla. No tengo deseos ni intenciones de naturaleza sexual. Esto no es lo que esperaba cuando pensaba en el vínculo de mate. Miren, toda esta situación es difícil de explicar. Sí, soy mucho mayor, ¡pero mírenme! Si no me conocieran, pensarían que soy un hombre de veintipocos años. Los Grandes podemos vivir mucho tiempo, y con Calliope no será diferente. La Diosa Luna le ha confiado las mismas responsabilidades que a mí: proteger y liderar.
—¿Nos la va a quitar? —preguntó Evelyn con lágrimas en los ojos.
—Todavía no —respondió Theo negando con la cabeza—. No sería seguro. Calliope no puede mudarse a la Manada Royal Moon hasta que pueda transformarse. Aunque ahora no estemos en guerra, y hayan pasado más de 30 años desde la última, no me fío de que los Lobos del Sol no intenten matarla si se enteran de su existencia. No se atreven a acercarse a mí ni a mi madre, ¿pero a una niña que no puede transformarse? Su manada se vería invadida.
—¿Tenemos que escondernos? ¿Deberíamos enviarla lejos? —preguntó Wyatt con mucha preocupación.
—No —respondió Theo con firmeza—. Sigan viviendo su vida como hasta ahora. Obliguen a sus guerreros y a su manada a guardar el secreto. Nadie sospechará nada de una manada que hace su vida normal. Yo no diré ni una palabra, y ustedes tampoco deberían. Sin embargo, enviaré a dos miembros de mi manada para que se unan a la suya. Serán sus protectores en mi lugar y maestros para Calliope.
—Tenemos una maestra aquí, una escuela a la que asiste Calliope —intervino Wyatt.
—No estarán aquí para enseñarle a leer ni a escribir —explicó Theo mientras miraba a la niña sentada a su lado—. Estos dos le enseñarán a controlar sus dones, la ayudarán a crecer y a descubrir todo su potencial. La guiarán para convertirse en una Gran Luna.
Wyatt y Evelyn intercambiaron miradas, sin saber qué decir. ¿Cómo podía su hija ser la Gran Luna? Pero lo habían visto; Calliope poseía un poder distinto al de cualquier otro lobo, a excepción del Gran Alfa.
—¿Por qué ha revelado sus poderes ahora? —se preguntó Wyatt en voz alta—. ¿Por qué se muestra ahora como la Gran Luna? ¿Y por qué tiene que ser nuestra hija?
—Sospecho que mi presencia hizo que su loba se revelara —teorizó Theo encogiéndose de hombros—. Yo tenía más o menos su edad cuando surgieron mis primeros dones. Dicen que es señal de un Gran poderoso. ¿En cuanto a por qué ella? Eso es cosa de la Diosa Luna. Yo no tengo control sobre quién es mi mate, igual que ustedes no tienen control sobre con quién los emparejan.
—¿Entonces, durante los próximos trece años, vivimos nuestras vidas con normalidad? ¿Cómo explicamos la llegada de esos miembros de su manada? —Wyatt continuó con sus preguntas, centrándose ahora en la seguridad de Calliope.
—Los dos miembros que envíe se integrarán perfectamente en su manada —les aseguró Theo—. Normalmente envío a varios miembros de la Manada Royal Moon cada año a otras manadas para mantener fuertes los vínculos. En cuanto a Calliope, su entrenamiento será discreto. Nadie fuera de su gente necesita saberlo.
—Además, lamento causar más tensión, pero no pasarán trece años antes de que pueda transformarse —continuó Theo negando con la cabeza con firmeza—. Yo me transformé a los dieciséis, no a los dieciocho. Los espíritus lobunos de los Grandes son demasiado poderosos para contenerlos hasta la mayoría de edad. Pero no se preocupen. Nuestras leyes dicen que no se puede marcar ni aparearse con alguien menor de dieciocho años. Esas leyes también se aplican a mí. Y, como ya he dicho, no tengo deseos carnales hacia Calliope. En absoluto. Todo lo que Amarok quiere es protegerla, meterla en una burbuja lejos de los demás.
Wyatt tomó la mano de Evelyn y se la apretó con fuerza mientras escuchaban a Theo. Parecían comunicarse en silencio, hablando por su vínculo mental antes de asentir de acuerdo.
—No le voy a mentir, Gran Alfa —dijo Wyatt con cautela—. Todo esto es demasiado y difícil de asimilar. Pero entendemos que Calliope ha sido bendecida. No podemos negarlo. Mantendremos todo esto en secreto. Lo que ella puede hacer no saldrá de estas tierras. Y, aunque me cueste, veo que solo le importa la seguridad de Calliope, y en eso todos estamos de acuerdo.
—Puedo asegurarles que esto también me ha causado mucha confusión a mí —insistió Theo mientras se levantaba. Respiró hondo y miró por la ventana, notando lo oscuro que se había puesto—. Bueno, antes de que se haga más tarde, debo seguir mi camino. Mi compañero me está esperando en la casa de la manada Crimson. Continuaremos nuestro viaje a casa desde allí.
Calliope se levantó y rápidamente tomó la mano de Theo en un intento de detenerlo. Un dolor le oprimió el corazón a él, haciendo que le resultara difícil marcharse.
—No te preocupes, pequeña loba —dijo él apretándole la mano con suavidad—. Nos volveremos a ver. Y cuando lo hagamos, serás más fuerte.
Calliope asintió levemente, soltó su mano y volvió al lado de su madre. Evelyn la levantó, abrazándola con fuerza. Los tres observaron cómo Theo salía y su rastro y aura desaparecían al transformarse en Amarok. Lo vieron salir disparado, corriendo hacia el bosque hasta desaparecer entre los árboles.