2- Susurros de los clanes antiguos
Kira Clark estaba sentada junto al fuego crepitante de su choza. Los aullidos lejanos de su cacería matutina aún resonaban en su cabeza mientras pensaba en el delicado equilibrio entre la supervivencia de su familia y las misteriosas hordas que dominaban Horde Prime.
Las historias de su padre sobre el fin de la Tierra le habían dado una determinación muy seria. Quería comprender a esos guerreros nativos porque creía que ese entendimiento podría abrir el camino para formar alianzas, por frágiles que fueran.
Al caer la noche, Kira empezó a hablar con su familia sobre las hordas. Mencionó los relatos fragmentados que habían pasado de generación en generación entre los colonos.
Siempre había sentido una mezcla de curiosidad y miedo hacia esos seres poderosos, cuyas comunidades eran un reflejo del mundo tan duro en el que vivían. Los rumores de guerra eran cada vez más fuertes, así que tenía que averiguar la verdad.
—Abuela, ¿puedes contarme más sobre los clanes? —preguntó Kira. Su voz sonaba esperanzada pero con un toque de melancolía, como si buscara los hilos de una historia más grande que pudiera revelar su futuro.
Gladys, con los ojos brillando a la luz de las brasas, respondió con su franqueza de siempre. Le contó lo que los ancianos sabían gracias a años de observación y a unos pocos encuentros aislados.
Primero habló de la horda del norte, un reino de hielo y nieve eterno que se extendía por ríos congelados y picos afilados. Allí el frío calaba más hondo que el colmillo de cualquier fiera.
Bajo el mando del Rey Ghax, un guerrero forjado en el dolor, este clan era el ejemplo puro de la fuerza bruta y la disciplina inquebrantable.
Ghax tenía veinticinco años, pero había llegado al poder con solo trece tras el sangriento asesinato de sus padres en una guerra entre rivales. Consiguió gobernar gracias a una mano dura y a una presencia imponente que exigía lealtad absoluta a todos sus súbditos.
Sus tierras eran campos de hielo brillante y ventiscas feroces que chillaban como espíritus enfurecidos. En ese lugar, sobrevivir dependía de ser un maestro de la caza y de aguantar el frío extremo.
Ghax era un hombre impresionante, con un cuerpo musculoso esculpido por años de batallas y patrullas fronterizas. Tenía unos ojos azules tan penetrantes que podían paralizar a cualquier enemigo.
Gobernaba con un celo posesivo y ocultaba bajo su piel dura un amor profundo por su gente. Sin embargo, los cuentos decían que cada vez estaba más solo, hasta que la llegada de forasteros como Kira despertó algo salvaje en su interior.
Los del norte vivían en cuevas fortificadas dentro de los glaciares. Pasaban el día entrenando para luchar contra bestias que les doblaban el tamaño, y por las noches se calentaban con hogueras y relatos de viejas victorias.
Kira se imaginó a Ghax caminando firme por la nieve, con su capa de piel ondeando al viento y su voz retumbando con autoridad. Sintió una atracción extraña, una esperanza callada de que un líder así pudiera ser un aliado en lugar de una amenaza.
Por otro lado, la horda del oeste dominaba llanuras bañadas por el sol y bosques espesos llenos de vida. Era una región de colinas suaves y valles escondidos donde los recursos sobraban, pero se defendían a muerte.
El Rey Horak era un líder astuto y con mucha experiencia. Gobernaba usando la estrategia y la fuerza por igual, y su trato cercano lo hacía ver tan accesible como peligroso.
A sus treinta años, Horak había unido a su clan mediante pactos inteligentes y victorias claras. Gracias a su ingenio y a su determinación, convirtió a sus antiguos enemigos en vasallos leales.
Su territorio rebosaba energía: los cazadores perseguían manadas de bestias escamosas, los recolectores buscaban frutas exóticas bajo árboles gigantes y los artesanos fabricaban armas con los metales más duros del planeta.
Los del oeste eran famosos por ser ágiles y moverse en grupos que atacaban y desaparecían como sombras. Sus aldeas eran una red de campamentos ocultos que se mezclaban perfectamente con la naturaleza.
Horak era un tipo de espaldas anchas con una cicatriz en la mejilla de un viejo duelo. Tenía una autoridad natural y un encanto que hacía que sus seguidores se sintieran a gusto a su lado.
Kira lo visualizó negociando tratos o liderando un ataque, con sus palabras sencillas cargadas de peso. Se preguntó si su gente podría intercambiar bienes con ellos, aunque la idea de una invasión le pesaba en el corazón.
En el sur, la horda meridional mandaba en tierras volcánicas y selvas llenas de vapor. El aire era pesado por la humedad y el suelo siempre temblaba por los fuegos que ardían bajo tierra.
El Rey Theron, un hombre sereno de casi treinta años, controlaba este reino tan inestable con mano de hierro. Su actitud relajada escondía una voluntad de acero.
Theron subió de rango demostrando su valor en mil batallas y mantuvo el orden entre géiseres que explotaban y plantas venenosas. Su gente había aprendido a vivir con el peligro constante de los desastres naturales.
Los del sur construían sus casas en fortalezas talladas en los acantilados. Se dedicaban a recoger minerales preciosos y hierbas medicinales mientras se defendían de criaturas enormes que escupían fuego por las llanuras cenicientas.
Theron era un guerrero delgado y rápido, con tatuajes que contaban sus victorias pasadas. Hablaba con una calma que inspiraba miedo y respeto a la vez, tomando siempre decisiones prácticas pensando en el futuro.
Kira se lo imaginó en lo alto de una loma volcánica mirando sus tierras con cara de paz. Una chispa de esperanza se encendió en ella: tal vez la fuerza de ese clan podría ayudar a su familia a prosperar frente a las amenazas de Horde Prime.
Mientras Kira escuchaba, su padre, John, la interrumpió con un tono triste. Usó palabras llanas para pintar un panorama mucho más feo.
—Esos reyes no son solo jefes; son supervivientes como nosotros, con garras y dientes para defenderse —dijo él. Su voz arrastraba la pena de los mundos perdidos y le recordó que cualquier alianza puede volverse una traición en un segundo.
La charla duró toda la noche. Gladys les contó las costumbres de las hordas, como las duras pruebas de hombría de Ghax en el hielo o las fiestas de varios días con las que Horak celebraba sus triunfos. Cada historia alimentaba el espíritu rebelde de Kira.
Sintió un instinto de protección, no solo por los suyos, sino por la oportunidad de unir esos mundos separados. Su actitud decidida se hizo más fuerte mientras se juraba a sí misma aprender mucho más.
Cuando el fuego se convirtió en cenizas, Kira ya tenía un plan en la cabeza, aunque el camino todavía estuviera a oscuras.
Los clanes, sus reyes y sus tierras eran algo más que peligros lejanos. Eran piezas clave en el mundo de Horde Prime, y entenderlos podía ser la única forma de que su pueblo sobreviviera.
Mientras se acostaba en su petate, los ruidos de la noche parecían el eco de sus propios nervios. Sabía que su viaje no había hecho más que empezar y que los susurros de los clanes la empujaban hacia un amanecer incierto.