OJOS ROJOS.
Suffern no es ni por asomo, un pueblo muy
tranquilo que digamos, con una población de más de once
mil habitantes, y una infinidad de turistas que nos visitaban
debido a su cercanía con la Gran Manzana (Nueva York),
situada a unas dos horas.
Las siete y cuarto de la mañana, tenía que levantarme
para ir al instituto, pero la pereza me ganaba. A esas horas,
todo era un caos. Apenas me dio tiempo a volver a cerrar
los ojos cuando oí a mi madre gritar desde la cocina:
—¡Nía!, levántate vas a llegar tarde.
Después de rezongar un instante para mis adentros,
me levanto, y dirijo al baño para darme una rápida ducha
fría, era el único truco capaz de desperezarme. Me visto,
agarro la mochila y la chaqueta, por si las moscas. Una vez
en la cocina:
—Hola señores padres.— me devolvieron una amplia
sonrisa.
—Hola cielo. Vas a llegar tarde, lo sabes.— continuó
mamá frunciendo el ceño.
—No te preocupes mamá, papá me llevará ¿a qué sí?—
me justifico. Contaba con ello, ya que le pillaba de camino.
Tras desayunar con parsimonia, salimos y nos encaramamos a nuestra furgoneta. Era el momento oportuno
para formular la pregunta del millón:
—Papá, ¿para cuándo el coche que me prometiste? ya
tengo mis diecisiete.— mi padre asiente:
—Ya estoy en ello. Pero sabes de qué depende, Nía.
—De mis notas, lo sé. Pero creo qué lo necesito.
Depender del prójimo es incómodo.— sonríe leve.
—También tienes dos hermosas y jóvenes piernas.—
hice un mohín. Mis notas habían bajado un poco y no voy a
decir que fuera una alumna brillante porque mentiría, pero
tampoco iba tan mal, creo.
Llegamos al aparcamiento del instituto, bajo de un
salto tras despedirme. Oigo a Rachel, mi mejor amiga,
llamarme, –y digo la mejor porque superó con creces todas
las expectativas–, venía como un obús hacia mí, quizás
tuviera algo nuevo que contarme. Seguramente de Tom y
la cita que estaba a punto de tener con él, puras conjeturas
ya que solo se había dirigido a hablar con ella para pedir
unos apuntes. Eso se llama optimismo.
Primera hora, clase de trigonometría, asignatura capaz
de conseguir que me duerma, aunque hago un esfuerzo.
Suena el timbre y me levanto como loca, deseaba verle. Era
muy extraño, llevaba saliendo con Jake seis meses y me seguía sintiendo como el primer día. En ese momento era
el amor de mi vida.
Entro en clase de lengua y literatura. Llevábamos toda
la semana analizando la obra “El Gran Gatsby” de F. Scott
Fitzgerald, para muchos, una de las mejores obras escritas
nunca, sin embargo, no puedo compartir la misma opinión.
Rachel se sienta a mi lado al ver que Jake no está:
—¿Tu galán se perdió hoy también?— asiento.
No me pidió explicaciones ni nada que se le parezca y
era extraño, porque Rachel era muy insistente.
Después de educación física, nos dirigimos a las
duchas. Allí, Vicky empieza con el interrogatorio, pero no
supe que contestar. Me limito a responder la verdad:
—No sé nada de él.— me encojo de hombros.
—¿Nada? Es extraño.
—Ayer tampoco me buscó. Me llamó por la noche.
—Al menos sabemos que está vivo.— suspiro.
—Sí, lo hizo para que supiera que estaba bien, nada
más.— explico.
Quise imaginar que estaba agotado por el trabajo y el
instituto, y no daba para más.
Llegamos a la cafetería y nos sentamos todos juntos en
la mesa de siempre, al fondo cerca de la puerta de emergencia. No tenía mucho hambre así que cojo algo para picar
y una botella de agua. Antes de que me bombardeen con un millón de preguntas respecto a Jake, me adelanto diciendo lo mismo, por tercera vez en el día. Que frustración.
Me quedo en nuestro banco de la entrada esperando a
Rachel, ya que íbamos en la misma dirección, pero tarda
demasiado, así que decido marcharme.
En la salida, observo un BMW M6 Cabrio negro, (demasiado ostentoso para un mindundi), lunas tintadas y
matrícula de ¿Texas?, dudo puesto que no distingo –tengo
que disimular, y para lo que soy malísima–, y un joven
apoyado, quien deja caer sus gafas de sol y me mira de
forma intimidatoria, siento un extraño escalofrío. Nunca
antes lo había visto por el pueblo, tampoco en el instituto,
parecía esperar a alguien. Admito que me impresiona, y no
solo a mí, todo el mundo lo mira. Continúo mi trayecto sin
apartar la mirada de él, acción que intuyo recíproca.
De pronto vuelvo a pisar tierra firme al sobre saltarme
debido al chirriar de los neumáticos del coche de Jake, frenando a escasos centímetros de mí. Hace sonar el claxon
cuando siente que aquel extraño mira en nuestra dirección,
lo que me pone nerviosa, y no entiendo porqué. Jake se
baja del coche para abrirme la puerta del copiloto:
—¿Quién es ese tío? ¿Qué mira?
—Es la primera vez que lo veo.
—No me gusta que me mire así.
—¿Cómo no va a mirar si no haces más que llamar la
atención?, todos están mirando.— frunce el ceño molesto.
—Por cierto ¿dónde has estado?
—¿Qué tal las clases?— cambia de tema.
—Bien. Bueno…
—¡No me gusta ese chico!— afirma tajante.
—No creo que tengas de que preocuparte es un recién
aparecido. Habrá venido a buscar a alguien, y no nos
importa ¿o sí?— pregunto dudosa dado su interés.
—No. Pero sigo diciendo que hay algo que no me
gusta.— reitera muy convencido de que no era fiable.
Jake cierra mi puerta y se va hacia la suya sin desviar la
mirada del chico, arranca y acelera de forma brusca para
hacer rechinar las ruedas de nuevo, dejando un olor a rueda quemada y una mirada desafiante al joven desconocido,
quien le responde con una media sonrisa burlona, mientras
nos funde con su penetrante y extraña mirada. Sabía que
Jake era un chico de esos que los encanta llamar la
atención, eso no me sorprendía, pero nunca antes había
hecho tal cosa con su Ford Mustang Shelby, era su mayor
tesoro, aquello me duele hasta a mí.
Una vez fuera del recinto miro a Jake asombrada. Este
me observa de reojo:
—No pasa nada, un mal día.— y vuelve su vista al
frente mientras me acaricia la mano.
Tras unos minutos eternos en silencio, me explica el
porqué de sus ausencias, puede que simple justificación,
pero me conformo:
—Nía, espero que sepas disculparme. Hay veces que no
doy abasto, ¿sabes? Necesito el trabajo ya que mis padres
me castigaron y mi nivel de vida… ya sabes.
Jake era un chico con sentido común, y hablar de esa
forma no era habitual en él. Al fin y al cabo, no dejaba de
ser un niñato castigado por una pataleta, aquello pasaría.
Pienso que vamos a mi casa, pero me doy cuenta que
no en el momento que cambia de dirección. No protesto,
solo espero a saber donde nos dirigimos antes de abrir la
boca. Detiene el coche en ningún sitio en concreto, se gira
hacia mí observándome completamente en silencio con
una peculiar sonrisa, lo que logra ponerme nerviosa. No
puedo sostener la mirada por mucho tiempo. Entrecruzo
los dedos de las manos para controlar mis nervios. Decido
romper ese extraño silencio:
—Todos preguntan por ti. Te hemos echado de menos
estos días en clase.— él permanece fijo, sin inmutarse.
Vuelve el silencio de nuevo ¿qué demonios le pasaba?
Jake nunca se había comportado tan raro y cuando lo
hacía, no era buena señal. Vuelvo a romper ese silencio:
—¡Jake!, ¿qué te pasa? Me estás poniendo nerviosa.
—Nada. Llevaba días sin verte y quería estar contigo un
rato a solas, ¿te molesta?
Quedo sin palabras. Sonaba tan bien que quisiera estar
conmigo a solas, que la verdad, yo también lo necesitaba.
Continúa:
—Eres lo mejor que me ha pasado en la vida, ¿sabes?—
asiento, ya que me lo había dicho un sinfín de veces. A
pesar de sus defectos, no lo cambiaría por ningún otro —
Nía, tengo algo para ti.
Me entrega un pequeño paquete con un lazo blanco, lo
cojo entre mis manos agitándolo suavemente. Cuando veo
su contenido quedo en shock. Jake me lo quita y saca un
anillo de oro blanco con unas pequeñas piedras engarzadas
en la parte superior. Coge mi dedo anular y me lo pone.
Siento un nudo en el estómago y noto como mi sonrisa se
amplía «¿Quería decir que éramos novios, oficialmente?»,
supuse que sí. Después de seis meses creo que nos lo
merecíamos. Al ver mi cara, prosigue:
—Si aceptas, serás mi chica formalmente. ¿Estás de
acuerdo?— asiento, ¿como decirle que no, si era lo que más
deseaba?
Sostiene mi cara entre sus manos y me besa despacio
con suavidad. Nuevamente siento el nudo en el estómago,
como el primer día que nos enrollamos. Se gira hacía adelante poniéndose en marcha de nuevo. No vuelve a decir
nada durante el camino, limitándose a sonreír complacido.
Ahora el silencio no me importa, pues yo estaba igual.
Estaciona en la puerta de mi casa, me besa de nuevo:
—Te prometo que mañana iré.— asiento satisfecha.
Me bajo mientras me suelta lentamente. Se despide
con un movimiento de mano a través del cristal y yo entro
en casa dando pequeños saltitos.
Eran las siete y media de la tarde y aún mis padres no
habían regresado de trabajar, así que subo a mi habitación
a dejar las cosas, y bajo a hacer la cena. Mi padre trabajaba
todo el día en el taller mecánico, mi madre en una de las
cafeterías del pueblo.
Mientras termina de hacerse la cen del horno, me
pongo a estudiar. Son las ocho, cuando mi madre entra por
la puerta quitándose los zapatos, los coge con la mano, y
me saluda a su paso:
—¡Mmmmmm! ¡Qué bien huele, cariño!
—Pues odio cocinar.— ríe.
—Nía, espero que no hayas descuidado tus clases.
—¡No! En unos minutos estará la cena.
—Papá no tardará mucho en llegar, así que lo esperamos ¿no?— pregunta retórica.
Este llega pero no tiene buena cara, aun así me atrevo
a saludarlo, gesticula con la mano sin desviar la mirada del
frente y sube a su habitación dando un fuerte portazo. No
me preocupa puesto que aquella actitud era más habitual
de lo que quisiera reconocer. Dejo los libros en mi
habitación y doy unos toques en su puerta, sin molestarme
en entrar en la habitación prohibida, como yo la llamaba, avisando que ya está lista la cena. Me acomodo en el sofá
esperando pasiva a que nos “honrara con su presencia”.
Después de un buen rato, aparece mi madre. Tras
acariciarme el pelo, me da un beso en la frente y como era
sabido, lo justifica. Se me había quitado hasta el hambre:
—Cielo, tu padre no cenará hoy. No ha tenido un buen
día. Ya sabes como es.— suspiro, no es algo nuevo.
—¿Por qué últimamente está de tan mal humor?
—Dice que en el taller no le va nada bien. Este último
mes apenas han obtenido ganancias, teme un recorte de
plantilla.
—Pero, ¡no pueden hacer eso! ¡papá lleva trabajando
allí muchos años, no lo pueden echar!
—Claro que pueden. Ayer despidieron a Larry y la
semana pasada a Scott. Creo que sus hijos Nico y Ronny se
van a encargar de ello.
—¡Esos chicos son insufribles, sobre todo Ronny tiene
aires de suficiencia!
—Pero son los hijos, Nía.
—¿Y por qué no vuelve a…? Médicos nunca sobran.
Creo que sería buena idea y estoy completamente segura
que en el hospital lo aceptarían sin ningún problema.
—Sabes como es tu padre. Después de lo que ocurrió
en aquel accidente, no ha querido volver a ejercer.
—Puedo intentar convencerlo.— mamá suspira.
—Pero hoy no.— lógica redonda —Y, ¿ese anillo?
—¡Ah, el anillo! Me lo regaló Jake. Oficialmente, ahora
somos novios.— sonrío.
—Es lo más lógico, ¿no crees? Mucho ha tardado el
muchachito ese.
—¿Qué hago con la cena?
—No me apetece cenar. Estoy molida. Si tú quieres, me
quedo contigo mientras tanto, para que no estés sola.
—No, no te preocupes tampoco tengo hambre. Lo
guardaré para mañana.
—O´Sullivan me parece un gran chico. Creo que es
perfecto para ti.
—Estoy totalmente de acuerdo.
—Nía, una última cosa. Si sales, como todas las noches,
ten mucho cuidado. No me cansaré de decírtelo.
—Mamá, es un pueblo muy seguro.
—Recuerda que no hay lugar seguro. Mucho ojo.
—Siempre lo tengo. Tranquila.— se despide y marcha.
Una vez en mi dormitorio, noto como el aire entra por
la ventana azotándome la cara suavemente. En ningún
momento la había dejado abierta, o eso creí. Me asomo,
pero todo está en orden. La cierro de nuevo asegurándome de que esté bien cerrada. Quizás hubiese olvidado
hacerlo, con esta cabeza que tengo era lo más probable.
Me visto con ropa deportiva y salgo un poco como
todas las noches que puedo. Me pongo música y corro al
trote calle abajo. A unos cien metros de mi casa, doblo la
esquina chocando de manera brusca con alguien, no me puedo creer que sea tan torpe, quiero disculparme, pero
ese alguien de pronto y sin darme tiempo a reaccionar se
abalanza sobre mí. Me mira fijamente a los ojos, quedo
paralizada al descubrir aquellos dos puntos rojos y brillantes a pesar de la penumbra del momento, tan rojos que
desprendían puro fuego, abrasándome los sentidos, quedo
inmóvil en el suelo. Su vestimenta es negra, el rostro
apenas visible por la enorme capucha y la oscuridad de la
noche, lleva una pulsera de cuero negra, con pequeñas
estrellas metalizadas, aun no sé como fui capaz de fijarme
en tantos detalles. El extraño ser parecía estar huyendo.
Nuestros ojos se encuentran de nuevo y a pesar de ser
impactantes, me siento atrapada. Trato de deshacerme de
aquella mirada perturbadora, pero no puedo ni siquiera
moverme cuando por gracia de Dios suena mi móvil y eso
hace que aquel extraño ser desaparezca. Cuando por fin
puedo levantarme, aun con el pánico en los ojos, observo a
mi alrededor, aquello, fuera lo que fuese, se había esfumado. Reacciono y atiendo la llamada, las chicas estaban en el
pub, y dadas las circunstancias me vendría muy bien
despejarme un poco después de tremendo susto. Lo cierto
es que no estaba segura de lo que había visto, pero no
podía haberme imaginado aquello, ¿o sí?
Cuando al fin llego, me acerco temiendo que notaran
mi estado:
—¡Hola chicas!. Voy a la barra a pedir algo para beber,
estoy seca de la carrera.
—¿Seca?— contestan al unísono. Rachel continúa:
—¿Todo bien? estás pálida.
—¡No pasa nada! estoy bien.
—Pues parece que has visto un fantasma.— sonríen, y
yo aguanto las ganas de decir que era lo más parecido.
Vicky me acompaña a la barra: Un té frío con limón,
necesitaba relajarme y también refrescarme. Volvemos a la
mesa. Mi anillo fue el tema principal, Rachel lo vio en
cuanto entré por la puerta; sin embargo estaba tan
contenta por ello que me moría de ganas de contarlo. Dado
que Jake estaba bastante raro los últimos días, parece que
el tema del anillo nos hizo cambiar de opinión.
Rachel se había propuesto conseguir que Tom la
invitara al baile de primavera y si él no lo hacía, ella se lo
pediría. Esperábamos que dos años detrás del mismo chico
dieran sus frutos. Vicky tenía claro que iría con Robert, no
eran pareja pero sí los mejores amigos.
Pronto sacaron el tema del que me había olvidado,
pero que tampoco había pasado desapercibido para nadie,
el chico del BMW. Nadie sabía nada y eso nos intrigaba a
todos. A ninguna se nos pasaba por la cabeza ni la mínima
idea de quien era y que quería, lo único cierto es que todo
el instituto se había percatado de la presencia de aquel
joven y todo el mundo deseaba saber que hacía un chico tan guapo y misterioso en un lugar como Suffern. Rachel se
empeñó en que lo averiguaría, y sabíamos que lo lograría.
Ya era demasiado tarde, decidimos volver a casa. Volví
a recordar lo del ser de ojos rojos, que por si no hubiera
sido mi imaginación, se lo comento a Rachel, quien queda
desconcertada y se ofrece a acompañarme. Estuvimos hablando durante todo el camino sobre el baile de primavera,
deseaba que llegara el momento, aunque aun quedaban
algunos meses.
Subo a mi cuarto y me acuesto no sin antes asegurarme
de que mis padres siguen dormidos. Aquella noche fue
horrorosa, una de las peores en mucho tiempo. Tuve
pesadillas con aquel hombre abalanzándose sobre mí como
una fiera. De pronto se abrió nuevamente la ventana de mi
cuarto, pero esta vez con brusquedad, dejando entrar un
extraño aire inexistente, me sobresalto y grito como loca.
Papá llegó y cierra la ventana, después trata de calmarme:
—Tranquila, cariño, no pasa nada.
—¡Papá, el hombre de ojos rojos!
—Solo ha sido una pesadilla, nada más. Tranquila.
—¡Entró por la ventana. La ventana se abrió!
—¡Habrá sido el aire! no hay nadie en esta habitación.
—¡No te vayas, por favor!
—Está bien, me quedaré contigo hasta que duermas.
¿Otra vez tus pesadillas?— asiento.
Desde que tengo uso de razón, he sufrido extrañas
pesadillas, pero hacía ya algún tiempo no me pasaba. No
comprendía como se había vuelto a abrir la ventana si no
había aire alguno, estaba segura de ello. Las pesadillas
cesaron por esa noche pero pude conciliar el sueño bien
entrada la madrugada.
Otra vez ese monstruoso sonido del despertador, pero
esta vez era incapaz de abrir los ojos. Mamá entró dándome los buenos días. Aprovechando que mi padre se había
levantado de mejor humor, era el momento apropiado
para comentarle lo del hospital, después de que ella me
rogara que hablara con él, me levanto dispuesta a conseguirlo. Yo era la única que podía convencerlo.
Al entrar en la cocina mi madre me guiña el ojo. Era la
señal para ella, pero aun no para mí. Debería tantear el
terreno antes de nada. Era un tema peliagudo:
—Papá, quería hacerte una proposición.— titubeé.
—¿Qué sucede Nía?
—Es por el tema del taller. Mamá me comentó algo y…
— hizo amago de hablar pero no lo dejé, pues después no
me hubiese atrevido —Papá, tengo la solución.
—¿Qué tramas ahora? secuestrar a sus hijos y pedir
rescate.— bromea, eso último lo hubiera hecho con todo
gusto —Quemar el taller…— rio entre dientes, porque eso
también.
—Papá, ¿tan peligrosa me crees? Nadie va a salir
perjudicado, aunque deshacerme de esos pesados, no es
mal plan.
—Te temo.
—Papá, ¿por qué no vuelves al hospital?
—¿Te has vuelto loca? ¿no recuerdas lo que me pasó?
—Lo que pasó no fue culpa tuya, además de eso hace
más de veinte años, ni siquiera había nacido yo. Tú hiciste
todo cuanto estuvo en tu mano, ni tú ni nadie hubiera podido salvarlo, no puedes abandonar por algo que no pudiste
controlar, piénsalo.
Mi padre estaba furioso, arroja de manera destemplada la servilleta contra la mesa y se levanta, clavando su
mirada irritada sobre mí como si hubiera cometido un
crimen, coge sus cosas dispuesto a marcharse:
—¡Nía, si quieres que te lleve a clase, vamos ya!— grita.
Mamá me mira afligida. Era la mejor idea sin duda, pero
hablar de eso, también, una completa pérdida de tiempo,
ese recuerdo lo había atormentado desde entonces. Cojo
mis cosas y salgo a toda prisa antes de que decida dejarme
plantada y regada, él era así de peculiar.
Continúa todo el camino con la boca cerrada, con lo
que nuevamente volvería a estar furioso todo el resto del
día. Cada vez que trato de hablar, sin mirarme, niega
castigándome con el “látigo de su indiferencia”:
—Déjalo así, no quiero hablar del tema.— cierro la
boca y me cruzo de brazos, ya no quiero ni mirarlo.
Por fin llegamos al instituto, y digo por fin porque aquellos minutos se me hicieron eternos con la tensión. Al despedirme no obtuve respuesta alguna.
Justo de frente a mí, a escasos metros, se encuentra
nuevamente el joven misterioso, en la misma posición que
el día anterior, si no fuera por la ropa pensaría que no se
había movido desde entonces. Lo miro, camino lentamente
sin dejar de hacerlo un solo segundo, hipnotizada. Había
algo en él que me obligaba a hacerlo.
Rachel se abalanza sobre mí pillándome desprevenida,
sigo embobada con el chico “X”. Esta hace un guiño, enlaza
su brazo con el mío y me da un discreto codazo señalándolo. El sonido de un claxon hace que todos miremos el
coche que entraba en ese momento. Jake, que después de
faltar varios días a clase reapareció como había prometido,
decidimos esperarlo. Se acercó, saludándome con un gran
beso. “X”, no se molesta en apartar ni un instante la mirada
de nosotros, del recién llegado, con una ligera sonrisa de
suficiencia que me idiotizó aun más, y a su vez daba
desconfianza. La tropa, como locos por saludar a Jake,
aparecieron a nuestro lado. Le habíamos echado de menos.
Era absurdo, lo sé, pero ninguna de las dos podíamos
dejar de mirar a aquel joven tan impresionante, obvio que
con disimulo. Por fin se mueve. Me quedo rezagada con
Rachel, dejando que el resto atosigue al recién aparecido.
Dawson, un chico de último curso, con el cual había tenido
el placer de hablar en alguna ocasión, que dicho sea, no
puede estar más bueno, y que además era nuestro “queridísimo” Quarter back, se acerca a él dándole un apretón de
manos seguido de un abrazo muy afable. Era obvio porqué
estaba ahí: «¡Los monumentos se conocen!» susurro a
Rachel y se la escapa una sonora carcajada.
Ambos marchan mientras conversan, eso sí, su mirada
penetrante continua clavada en nosotras:
—¡Vaya sonrisa! ¿y sus dientes?— suelta Rachel —Su
forma de andar, de moverse. ¿Te has fijado?
—Sí Rai.— asiento simulando desinterés.
—¡Qué cuerpo! musculoso y perfecto…
—Deja de babear, ¡por Dios! Disimula al menos.
—¿Cómo lo haces tú? Al menos podemos deleitarnos
con alguien más que los Lobos.— los Warrior Wolves eran
los chicos de nuestro equipo de fútbol —Y mi Tom, obvio.
Cada segundo que pasa, tengo más curiosidad por
saber quién es, que hace en un lugar tan simple como
Suffern. Desaparece de nuestras vistas y de pronto siento
como si hubiera estado en otro mundo y acabara de regresar, no era la única, a medio instituto le ocurre lo mismo.
Rachel y yo nos entendemos con solo mirarnos:
—Voy a descubrir quien es, como que me llamo Rachel
Roberts, te lo juro y… me lo juro.— ríe divertida.
—¿Por qué será que no te creo?— respondo irónica.