Los hijos del cielo

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Sinopsis

Se dice que los hijos del cielo bajaron a la tierra y pecaron con las mujeres, engendrándoles nefilim, pero tal vez, sólo tal vez, las cosas se dieron de forma distinta. ¿Por qué unos ángeles puros albergarían el pecado en su interior así sin más? ¿Qué fue realmente lo que los llevó a actuar? ¿Amor? ¿Obsesión? ¿Deseo? ¿Ignorancia? ¿Un poco de todas? Puede que incluso, los nefilims mismos no hayan estado malditos desde el inicio. ¿Quién estuvo detrás de todo a fin de cuentas?

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Completado
Capítulos:
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18+

Capítulo 1: Infierno

¿Qué es el infierno?, se preguntarán.

Para unos, un lugar de castigo eterno, donde el fuego y el sufrimiento nunca cesan.

Para otros, aquel paraíso donde sus abominaciones son permitidas, donde todo lo malo es bien aclamado.

Para nosotros, ninguna de las dos cosas y ambas a la vez. Es nuestro hogar.


El infierno es un lugar horrible, donde la tierra es inhóspita para la vida, donde la lava fluye como manantiales de agua y el olor a azufre se vuelve nuestro oxígeno.

No hay comida, no hay agua, no hay forma de vivir en este asqueroso lugar, pero los ángeles caídos somos la excepción.

Si bien nos morimos de hambre y deseamos probar la fresca agua del cielo, eso jamás volverá a suceder. Nuestro Padre fue rotundo con nuestro castigo y no cesará hasta que Él lo vea necesario.

En este lugar no se sufre tanto, no es la gran cosa, en realidad es comparable a cualquier desierto sin vida.

El sufrimiento se lo damos nosotros, pero nadie nos hace sufrir, no así, o al menos, eso ocurre con los demás, mis compañeros caídos no sufren para nada. Mi caso es distinto.

A veces anhelo pisar mi antiguo hogar, pero para ello, debo pagar un precio.

Cualquier alma bondadosa sin dudar lo pagaría, pero mi alma no es precisamente “bondadosa”.

—¡Jefe! —Logré escuchar la voz de mis compañeros a lo lejos pero no les hice caso alguno—. ¡Mire lo que encontramos! —Trajeron consigo una pequeña esfera pálida y blanca, propia del cielo—. Parece que se le cayó a un ángel del cielo.

—¿Y entonces? —Yo no entiendo qué les pasa a esos seres, una esfera no sirve para comer en este lugar, menos para fertilizar esta tierra, pero da igual molestarse, de nada sirve eso—. Llévense eso —Mi cabeza yacía distraída en otra cosa.

—¿Esto no sirve para comunicarse con algún ángel al que le podamos pedir comida? —Negué con la cabeza al escuchar sus insistencias.

—Por favor —Me dolía la cabeza de tanto escuchar sus voces, de tanto escuchar voces, tantas voces—. Váyanse, quiero estar solo.

—Está bien —Ellos se fueron tranquilamente y volví a mirar el lugar desde donde podía verse la entrada al cielo, tan arriba que sería imposible llegar por el gran abismo que hay de diferencia.

No quiero estar aquí —Las lágrimas inundaron mi cara, unas espesas lágrimas negras que se encargaban de teñir mi grisáceo rostro hasta hacerlo más horrible de lo que estaba—. Padre... —Me levanté de mi lugar y me escondí en una pequeña cueva que encontré como morada—. De todos los lugares... ¿Por qué aquí?

Gracias a las tinieblas no puedo escuchar a mi Padre, éstas sólo empeoran mi situación y me consumen con el pasar de los meses, luego los meses se vuelven años hasta que empiezan a llegar las almas de los primeros humanos que pecaron contra Dios y terminaron aquí.

Todos desean entrar al infierno para seguir pecando gustosamente, creyendo que tienen un buen lugar donde continuar con sus maldades, pero no, se equivocan, los humanos no corren la misma suerte.

El cielo no es aburrido como ellos creen ni el infierno su aberrante paraíso.

Los humanos no pueden compararse a demonios porque no somos la misma especie, ¿Pero qué tendría eso de relevante?, ¿Ser un humano malo te convierte en un demonio?

La respuesta es no, un humano malvado sólo se convierte en presa de nuestros más oscuros deseos.

Con ellos desahogamos nuestra ira y sufrimiento, si queremos matarlos, lo hacemos, si queremos torturarlos, lo hacemos.

Mientras peor sea su pecado, más sufrimiento de nuestra parte recibirá.

Ellos se vuelven nuestros esclavos por defecto. Al ser seres inferiores, sólo les toca aguantar lo que les demos, y si decidimos crear una enorme escalera para llegar a la puerta del cielo, ¿Por qué no usarlos?

El tiempo pasaba y la cantidad de almas era cada vez mayor, ¿Pero qué ocurría en la tierra?, ¿Acaso nadie se iba al cielo?

Mi curiosidad no paraba de aumentar, quería subir y ver qué pasó, pero eso de momento no era posible.

Digo de momento porque mis esclavos trabajan arduamente para construir la enorme escalera que nos sacará de aquí.

—¡Jefe! —Mis compañeros volvieron a llamarme al llegar nuevos humanos—. ¡Nos llegaron más animales de carga!

—Déjame ver... —Al acercarme denoté las miradas perdidas y hasta llenas de terror. A que no se esperaban esto, ¿Verdad?—. Tú —Señalé al hombre que estaba de primero mientras tomaba el pergamino donde se encontraban sus pecados—. Tu pecado es... matar —Alcé las cejas y lo miré sin sorpresa—. Parece que ese pecado últimamente está de moda —Le entregué el pergamino a mi compañero—. Paila 1. Lo pican en trozos.

—No, ¡Por favor!, ¡No! —Verlos suplicar misericordia no me importa en lo absoluto, no sé si es que me he vuelto más frío o más insensible, o tal vez es la mera misantropía. ¡Me da igual!

Mis compañeros se lo llevaron obedientemente y lo echaron en unas de las tantas pozas con lava ardiente.

Los gritos que soltaba eran música abstracta en este infierno inmundo.

—Siguiente —Una chica se acercó y revisé nuevamente el pergamino—. Robar..., mmm..., es un pecado... regular... —Ella me miró con terror pero eso me dio igual—. Paila 2 y córtenle las manos.

Se la llevaron mientras ésta lloraba y pataleaba, no iba a esperar un buen trato después de ser semejante bandida, su historial daba asco.

—Siguiente... —La cola avanzaba y me causaba estrés todo esto. Tendré que dejar a alguien a cargo—. Tu pecado es... ¿Suicidio? —Fruncí el ceño y observé con detalle a aquel hombre.

—Se mató a sí mismo —Me aclararon mis compañeros, pero eso yo lo sé.

—No soy idiota, sé lo que es eso —Ellos se asustaron con mi contesta, tal vez porque les hablé fuerte o porque los miré con desprecio—. Paila 5, usen su cabeza como pelota para jugar.

Mis compañeros se lo llevaron emocionados y el sujeto sólo gritaba de miedo llamando a mi Padre. ¿En serio crees que Él te escucha aquí?

—Ay, bueno, ¡Vaya suertudo! —Suspiré mientras lo miraba con cierta envidia—. Es una lástima que todos terminen aquí de todos modos, te matas para no sufrir más y vienes a un lugar peor a sufrir peor —Me reí como un demente y los que quedaban a mi lado me miraron raro—. Lo digo en broma, no se lo tomen tan en serio —Volví a ver a los humanos—. Siguiente —Revisé el papel y me di cuenta por primera vez de un pecado que no estaba en mis conocimientos—. Lujuria... —Mis compañeros no sabían si decirme algo o mejor callarse—. ¿Qué es eso?

Ellos alzaron los hombros, señal de que no sabían nada, así que decidí mirar a la mujer que en ese entonces tenía enfrente. Ella no se veía diferente del resto.

¿Cuántos pecados existían en realidad? La pregunta resonaba en mi mente tan frecuentemente que me sentía perdido.

—Investiguen qué es eso —Les ordené a mis compañeros. Ellos decidieron revisar la esferita que antes habían encontrado y luego sus rostros cambiaron a muecas de desagrado—. ¿Qué es?

—Esto —Me mostraron la esfera y realmente no entendí nada, se veía tan repulsivo y raro a la vez que provocaba matar a la pareja que en ese entonces estaba en el acto.

—¿Y cómo...? —Sentí hasta náuseas al ver eso—. ¿Cómo se castiga... eso? —Miré a la chica pero ella yacía callada, esperando mi veredicto y su eterno castigo—. No entiendo... ¿Cómo eso puede ser pecado?, no se están matando, no están perjudicando a nadie, o sea, si se ven hasta felices.

—No lo sé, jefe —El que tenía la esfera volvió a mirarla con cierta confusión—. La pregunta es... ¿Para qué lo hacen?

—Cierto —Volví a mirar a la chica—. ¿Por qué hacías eso?, ¿Para qué?, ¿Con qué fin?

—Porque... —Ella se sonrojó levemente y eso tampoco lo entendí—. Porque es divertido, placentero.

Ahora sí, estaba completamente perdido, no entendía nada, no entendía ese pecado.

—Paila 6, déjenla ahí, no sé cómo se puede castigar eso —Di mi orden y ellos se la llevaron, pero ella sin embargo, no se mostró suplicante o llorona por aquello, parecía estar tranquila—. ¿Qué es esto, Padre?

Miraba el cielo sin saber cómo estaban mis otros hermanos, si estaban bien, si me extrañaban o si de lo contrario, no les importaba mi ausencia. Me dolía pensar en esas cosas, me ponían bastante mal.

—¿Cómo estará Uriel? —Solté de repente una tarde mientras veía a los esclavos cargar con rocas pesadas para hacer la gran escalera.

—¿Uriel? —Los demonios a mi lado parecían querer bromear con eso—. Ese seguro se suicidó hace tiempo, era demasiado pegado a ti como para soportar tenerte lejos.

—Ay sí, ya quisieran —Rodé los ojos mientras miraba al cielo de nuevo—. Los ángeles no se pueden suicidar, no pueden morir, si no, ya yo no estaría aquí.

—¿Qué? —Ellos obviamente se asustaron con mi respuesta.

—¿Qué? —Les sonreí con locura pero ellos sólo me miraron con preocupación—. ¡No se espanten!, ¡Es broma! —Dije riendo como si aquello no fuese nada grave.

Pero en efecto, no era broma.

Todas las noches, desde que fui desterrado, mi único deseo era la muerte.

Perdí la cuenta de las noches en las que me abrí las venas y esperaba el dulce abrazo de la muerte mientras contaba las gotas de sangre que caían sobre el rojizo suelo de hierro y azufre. Aquello nunca llegó.

Los ángeles no podemos morir, o al menos, no así.

Y luego estaban esas pesadillas, quería abrirme el cráneo para no seguir soñando más.

Mi cara estaba manchada de negro, eran las lágrimas que se habían impreso en mi piel sin posibilidad alguna de borrarlas, y eso me hacía ver horrible.

Detestaba ver mi reflejo, tanto que empecé a cubrirme con trapos la cara para que nadie me viera. Me avergonzaba de mí mismo.

Pasaban los años y nada cambiaba, lo único distinto era que ahora tenía más mano de obra.

Solía observar desde la pequeña esfera lo que mis hermanos hacían en el cielo. Logré ver a Uriel asumir su cargo de arcángel de manera responsable y por primera vez en todos esos siglos me sentí feliz.

¿Pero qué es exactamente la felicidad?, ya lo había olvidado.

Las lágrimas brotaban de mis ojos sin control, deseaba estar allí con él, felicitarlo por sus logros, pero yo lo había arruinado y ahora pagaba caro por ello.

—¡Uriel! —Solía llamarlo desde la cima de todas aquellas piedras que simulaban lo que había de la escalera—. ¡¡¡Uriel!!!

Sabía que estaba ahí, que me escuchaba, pero él había decidido ignorarme, olvidarme, no saber nada más de mí.

¿Cuántos me habrían borrado de su existencia?, ¿Seguirían conociendo mi nombre allá arriba?

Las noches eran largas cuando lograba dormir, las pesadillas me enloquecían, me torturaban, me destrozaban por completo.

No quería sentir más dolor, no quería seguir sufriendo, y mientras reposaba en el suelo de mi pequeño campamento con la cara empapada de lágrimas negras y la garganta adolorida de tanto gritar, le rogaba a mi Padre en mi último aliento que me quitara la capacidad de sentir.

Y tal vez, sólo tal vez, por primera vez en tantos años, escuchó mis plegarias.


La gran escalera había alcanzado una altura considerable, lo único era que parecía una montaña.

Le pedí a mis compañeros que forjaran un gancho que pudiera anclarse en barrotes y así lo hicieron, lo ataron a una larga cadena que también había mandado a hacer y me la entregaron para ver si así lograba finalmente alcanzar el rejado de las puertas del cielo.

No sabía si lograría lanzarlo con tanta fuerza, pero si lo lograba, podría escalar hasta llegar a la superficie.

Podía aprovechar la noche a mi favor, todos estaban dormidos y nadie notaría que se coló un demonio al cielo.

No sabía si rogarle a mi Padre fuese una buena idea pero aun así lo hice, le di un beso al gancho y luego lo lancé con todas mis fuerzas al cielo.

Logró caer en la superficie pero no se ancló, así que intenté varias veces hasta que finalmente logré hacer que se anclara a la reja.

Pude escuchar a mis compañeros celebrar y hasta yo me emocioné pero no podía confiarme, ahora tocaría la verdadera prueba.

Escalar por la cadena hasta llegar a la reja.

Aquello me pareció una eternidad, desde lejos la distancia no parecía tanta pero cuando te encuentras en el lugar intentando subir, tanto el peso como la gravedad y todo el clima árido te la ponen difícil.

Si me caía, seguramente moriría al estrellarme con las rocas. Aquello me pareció tentador pero no quería abusar de la poca suerte que ahora tenía.

Logré llegar con mucho esfuerzo a la superficie y me agarré de las rejas mientras respiraba acelerado, los brazos me temblaban por todo el esfuerzo y el vértigo empezaba a hacerse presente debido a la gran altura en la que me encontraba.

No había nadie en los alrededores, así que procedí con lo siguiente.

Debía abrir la reja o todo eso sería en vano.

Me saqué el gancho con el que me ataba el cabello y empecé a jugar con eso en la cerradura. Tenía hasta el amanecer. Si me descubrían, estaba muerto.

Las manos me temblaban y mi tensión era notoria, pero luego sentí un gran alivio al escuchar el sonido de la cerradura abrirse y las rejas dándome paso para finalmente entrar.

Le indiqué con señas a mis compañeros que lo había logrado y entré finalmente al lugar que se me había prohibido.

Una vez más, después de tantos siglos, me encontraba en mi antiguo hogar, el cielo.

Cerré las rejas mientras observaba maravillado que lo había logrado, estaba tan feliz que quería reír, pero no debía hacer ruido.

Empecé a caminar por todo el lugar, detallando con desesperación cada pedazo o centímetro del cielo. Todo se veía cambiado pero seguía siendo mi hogar.

El clima era bastante fresco, el aire limpio y dulce, ya no estaba ese asqueroso olor a azufre y el vapor del ambiente por todo el lugar.

Caminé todo el cielo, no sé por cuánto tiempo, exploraba las cosas nuevas que antes no estaban y recordaba otras más que seguían estando allí.

Parecía una hermosa ciudad futurista y blanca con sus plantas bien arregladas y también había extraños aparatos que no conocía.

También había lugares con hermosa naturaleza, manantiales de agua que fluían sin descanso, los bosques verdes y frescos acompañados del sonido de chicharras y las lucecitas de las luciérnagas.

Observé las grandes montañas que servían de muralla para impedirle el paso a las tinieblas, lugar que muchas veces frecuenté para hacer mi trabajo. Claro, antes de enfermarme por culpa de ellas.

Me seguía preguntando cómo estaba Uriel.

Parecía idiota, esos seguro me odiaban y yo pensando en ellos como un mocoso llorón que extraña a sus hermanos. Quería matarme, pero ahora no tanto.

Caminaba cerca del templo de mi Padre cuando logré escuchar algo que sin duda alguna llamó mi atención.

—Lo siento... —Alguien estaba llorando y se disculpaba constantemente—. ¡Lo siento! —Decidí asomarme con cuidado para ver si lograba vislumbrar a la persona que se disculpaba entre sollozos—. ¡Lo siento mucho, Padre!

Fruncí el ceño, por el cabello y la ropa podría jurar que se trataba de Miguel, pero la voz..., la voz no me sonaba.

Tal vez era porque andaba llorando, no lo sabía, pero de algo no me quedaban dudas, era un ángel guerrero.

Hubo un silencio momentáneo, el sujeto sollozaba en voz baja pero ya no hablaba. Luego volteó y logró ver que yo estaba asomado en la puerta. Me aparté de inmediato, creyendo que tal vez así no me vería, pero que va, ya lo había logrado.

—¿¡Quién anda ahí!? —Su voz firme no se parecía en nada a los sollozos de hace rato—. ¿¡Quién es!?

En lo que escuché sus pasos acercarse salí corriendo, no iba a dejar que ese guerrero me atrapara, menos así y sabiendo que era un demonio, me mandaría de una al infierno.

Lo otro era que no estaba seguro de si era Miguel o no, pero la voz no se parecía, no podía serlo, o tal vez a él le había cambiado la voz, no sé.

—¡Regresa aquí! —Lo escuché seguirme a toda prisa, así que aceleré mi paso sin saber exactamente cómo perderlo de vista.

Decidí usar mi última estrategia.

Le arrojé una enorme llamarada de fuego y corrí tan veloz que en la primera construcción que vi terminé entrando mientras se disipaba el humo y así me perdía.

Me encontraba ahora en una especie de taller o laboratorio, tenía aparatos raros tanto de construcción como para construir. Sentía que lo recordaba pero estaba tan nervioso que sólo me preocupaba perder al guerrero.

Me cubrí la boca mientras trataba de calmar mi respiración agitada, claro que no era del todo necesario porque llevaba la cara cubierta con el montón de telas que sólo dejaban a la vista mis ojos, pero igual podría escucharme.

Seguía afuera, podía sentir su energía, pero estaba tan cansado que quería echarme al suelo y quedarme dormido.

Me golpeé la sien al pensar en dormir, ¿Me había vuelto loco?, ¡Dormir sólo me generaba pesadillas!

Tenía calor, tal vez por correr o por la cantidad de ropa que cargaba encima.

—¿Luz? —Una voz me sacó de mis pensamientos y me puso en alerta. Un ángel acababa de encontrarme—. ¿Eres tú, Luz?

Mi hermano Sariel se encontraba frente a mí bastante sorprendido. Yo no quería hablar, estaba muerto del miedo.

Él, sin embargo, me sonrió, parecía feliz de verme.

Luego pasó lo inesperado, se lanzó a abrazarme con tanta fuerza que aquello me hizo quebrarme por completo.

—¡Te extrañé mucho, hermano! —La calidez en su abrazo era sincera, podía sentir hasta los latidos de su corazón. Las lágrimas escaparon de mis ojos y lo abracé sin pensar, empezando a llorar desconsoladamente y preocupando a Sariel—. ¿Qué pasa, hermano?

—Sariel... —La voz se me quebraba y lo miré a los ojos. Él pudo notar mi tristeza—. ¿Tú no me odias?

—Claro que no, ¿Por qué habría de hacerlo?, odiar es muy malo —Su voz inocente me cautivaba, extrañaba la inocencia de mis hermanos ángeles, extrañaba esa inocencia que yo había perdido—. Yo te quiero mucho, hermano —Volvió a abrazarme y caí rendido en sus brazos, llorando y sonriendo al mismo tiempo por escuchar sus palabras.

Mi hermano aún me amaba.