𝐝𝐨𝐧'𝐭 𝐫𝐮𝐧 𝐟𝐫𝐨𝐦 𝐦𝐞, 𝐫𝐢𝐯𝐞𝐫.
Jeon Jungkook estaba frustrado.
No sólo infravaloró el atroz frío de Gijang-gun al usar la misma ropa que llevaría en la ciudad, sino que, por algún motivo, desde que tomó la línea de Donghae, su celular no dejaba de reproducir canciones fantasmas, sus earpods se encontraban descompuestos o la señal era demasiado mala allí para que Spotify funcionara correctamente. Podía verlo a través de la pantalla: el punto se movía en la línea, segundo a segundo, la letra de Just Dance de Lady Gaga encima, y su mente, tan maquiavélica hasta con su contenedor, recordó el ritmo, la punta de su zapatilla golpeando el piso al compás de una melodía muda.
Chasqueó la lengua, rindiéndose por completo. El día ya había sido lo suficientemente caótico para crear más bilis y almacenarla en la vesícula, por lo que, con la nariz arrugada, probablemente roja también por la baja temperatura, se quitó los auriculares y los guardó en su mochila, celular en el bolsillo. Quedó él, un punto amarillo entre la blancura de la nieve, el peso de su cuerpo sobre una sola pierna, brazos cruzados y en medio de la estación. Debían ser las once y media de la mañana. Sus lentes de sol apenas lograban salvarlo de los copos en sus pestañas; la cantidad de gente a su alrededor era mínima y la sensación de entumecimiento en sus zapatillas era desagradable.
Con la esperanza de resguardar la calma, cerró los ojos y se concentró en los sonidos, ralentizando su respiración. Esto no era la ruidosa Busan, era una zona rural, un condado donde se podía escuchar sin esfuerzo el gorjeo de los pájaros, el silbido del viento atravesando el largo follaje verdoso sobre el techo y las hojas de los árboles a los costados, el canto del gallo de alguna granja muy cercana... De eso trataría su último invierno antes de entrar a la universidad y, aunque se arrepintió tan pronto lo pensó, no creyó que fuera tan malo.
¡Piii, piii!
Mordiéndose la lengua para no soltar una lisura, dio una vuelta sobre su sitio, recuperándose del susto. Una camioneta roja se estacionó delante de él. La ventana del copiloto bajó poco a poco hasta mostrar a su tía Areum con la mitad del cuerpo fuera, de sombrero de paja cubriendo su cabello en bob, chompa de lana floreada y falda dorada hasta los tobillos. Fue inevitable sonreír de lado al darse cuenta que era igual de extrovertida que siempre, tan diferente a su hermano, padre de Jungkook que, a comparación, era tan duro como una roca.
—¡Jungkook-ah, Jungkook-ah! ¡Aquí, aquí! —Tocaron el claxon—. Ay, de verdad que eres gigantesco. Vente. —Le llamó con las manos, extendiendo sus brazos, lista para recibirlo en un fuerte apretón.
Antes que volvieran a causar un alboroto, Jungkook se acomodó la mochila y tomó sus dos maletas para dejarlas detrás de la camioneta. Una capa de polvo se levantó; entre tosidos, se colocó la mascarilla hasta la nariz y se subió al auto, verdaderamente cansado. Su tío, Boo Chinhwa, con un chaleco de lana y su singular bigote que imitaba a Salvador Dalí, se giró a verlo, su larguirucha cara haciéndole gracia. De acuerdo. Había extrañado a estas personas.
—Es bueno verte de nuevo, tú, hijito —dijo Areum, bajando el volumen de la radio mientras avanzaban por una carretera sin asfaltar—. Cuando tu papá nos dijo que vendrías a pasar la estación aquí, aigoo, nos pusimos como locos tu tío y yo. Kiyoong no te conoce, pero apenas escuchó que venías directo del ejército, sacó sus pistolas de agua al patio para hacerte una redada.
—Va a terminar resfriado, ¿no crees? —dijo Chinhwa, levantando una de sus cejas pobladas.
—Ni te preocupes: no hará nada. Estará Goo ahí y, además, no es algo que un paseo a la granja no solucione. Se le olvidará rápido.
Boo Kiyoong era el último hijo de sus tíos. Tenía cinco años y, según los videos en el chat familiar, heredó el genio de su madre y el gusto por las particularidades de su padre. También la docilidad del abuelo. Esperaba conocerlo pronto.
—Hablando de eso, ¿qué tal el servicio? —Ese fue Chinhwa, dándole una mirada por el espejo retrovisor—. ¿Ya te acostumbraste a lucir así? La última vez que tu padre nos envió una postal, tenías el cabello larguísimo, cerca de los hombros. Ush, se podía saber que era sedoso con sólo verlo.
—No me hablen de eso que todavía duele —dijo Jungkook de manera dramática, una mano en el pecho y la otra tocando su cabeza casi rapada.
—¿Lo cortaste un día antes de entrar?
—Mhm. No exagero cuando digo que la mayoría de mis amigos me tomaron fotos con mi cara demacrada y hasta ahora las usan como chantaje.
—Si te consuela, tienes más cabello que cuando entraste a la milicia. Unos milímetros más, un poquito, ¿hm?
Jungkook rodó los ojos, encantado con su humor. Observó hacia la ventana. Cualquiera que lo oyera, pensaría que era un niñito de papá por quejarse de un problema tan superficial, pero él, en realidad, sí llegó a apreciar su cabello. Lo cuidó durante mucho tiempo y el día en el que se lo arrebataron, fue como perder una gran parte de su esencia.
—Lo único que me consuela de verdad es que puedo volver a usar mis piercings. Al menos soy un calvo con estilo.
—Y te vistes bien —agregó su tía.
—No sé si eso me sirva de algo. Creo que me estoy congelando en estos pantalones y puede que la polera sea grande, pero, de algún modo, eso me hace entrar en un frío que llega a quemar. Soy Gudetama hecho hielo. Ayuda.
—Exagerado. —Areum le dio un golpecito en el hombro—. Yo sé que si le pides una mano a Tae, te hará lucir bien con unos ciertos arreglitos para el invierno a tu ropa. Sabes quién es, ¿no? Ahora tiene su propio taller textil con sus abuelos. ¡Eh! Cuidadito con romper corazones. Atraerás a muchas chicas y chicos, como Tae. Es una persona encantadora y encima la ropa que se inventa... ¿Para qué decirte? Se hace lucir en este lugar.
Un disparo al corazón, fatídico y permanente.
Tae. Un nombre, un sentimiento, la fina llave a una bóveda de recuerdos. Claro que sabía quién era: nunca podría olvidar a su vecina, a su primer amor, a su primer beso, a su primer pecho acelerado. Vestidos con moñitos en el centro, de pantalones cortos y tops estrellados. Melena oscura hasta los codos, palillos chinos cuando lo amarraba. Ojos de chocolate. En aquel entonces, cuando vivían también en Gijang-gun, su padre era enemigo de la tecnología y no tomaba fotografías. Gracias a su tía, sin embargo, Jungkook guardaba en la parte más recóndita de su monedero dos polaroids maltratados por el tiempo. En una de ellas, siendo los malcriados del día, con el objetivo de enojar a la abuela de Tae, jugaron entre las sábanas recién lavadas. Jungkook lucía tan pequeño a comparación de ella y era entendible. Tae era mayor por dos años.
La segunda foto, no muy orgulloso de eso, la hurtó del cuarto de Areum antes de mudarse. So pena de muerte para él. Sobre uno de los juegos para niños, Tae, en su buzo amarillo, con las manos levantadas y su cabello en una cola suelta, mechones alborotados a los lados, sonreía a la cámara, sus mejillas rellenas abultándose con esa ternura conocida y sus ojos felinos destellando entre los girasoles detrás de ella.
Después de tantos años, la volvería a ver. Demonios. Su pecho estaba andando veloz, y era gracioso. ¿Ella se acordaría de Jungkook, del mocoso que solía seguirla al igual que una sombra y fingía ser todo un hombre por si ocurría un incidente en el campo, pero que en verdad no podía cuidarse ni él mismo? Ahora debía ser toda una empresaria, exigente, mas no tirana, dedicada, mas no obsesiva, que fluía mansamente.
Como un río.
—¡Llegamos! Bienvenido a Gijang-eup —gritó Areum al pasar el portón de metal de la casa—. No te preocupes por tus maletas, aquí Chinhwa las cargará por ti. Corre. Te espera una sorpresa.
Jungkook saltó de la camioneta, subiendo sus lentes a su cabeza. Jugó con el aro en su labio. La casa, a pesar de haber tenido sus renovaciones como un cambio ligero de color, permanecía igual, desde el jardín delantero con la casa de madera de Goo, el perro ovejero de la familia, la línea de botas de las personas dentro, hasta el pequeño campo de maíz atrás cubierto de blanco. Oh. Lechugas frescas. Sin importarle que no tuviera sus propias pantuflas a mano, se sacó las zapatillas, quedando en medias y deslizó la puerta, topándose con la sala de estar, dos pares de ojos sobre él que antes estuvieron en el televisor.
Boo Jimin y Boo Namjoon se habían encargado, sin importar los años, de mantener el contacto. Eran primos y amigos de la infancia después de todo. De hecho, ellos también vivían en la ciudad por la universidad y, al parecer, habían vuelto por vacaciones, pero eso último no se lo dijeron en ningún momento, por lo que ver una cabellera azulada con un gorro esponjoso y otra gris bajo la capucha de una sudadera le hizo abrir la boca, sorprendido. A pesar de que estuvieran muy cerca, eran raras las ocasiones en que se pudieron encontrar o salir, más que nada por los horarios ajustados de Jimin y Namjoon, y luego el enlistamiento de Jungkook.
Realmente feliz, Jungkook soltó una carcajada socarrona.
—A que no se esperaban esto, ¿no es así? —empezó para dar un guiño.
—En realidad, eres tú quien no sabía que veníamos, no al revés, Winnie The Koo —dijo Jimin, sacándose los guantes.
—Ya no más Winnie The Koo, hyungs. Y tú, bastardo, mira con atención: crecí. El ejercicio me hizo bien. Merecido ser el más enano de todos.
Namjoon puso los ojos en blanco y le palmeó el hombro a Jimin.
—¡¿Qué más da?! ¡Por fin estás aquí!
Jimin fue el primero en tirar el control, levantarse del sillón y lanzarse sobre él, igual que un mono. Había sido dramático, lo admitía. Jimin sólo era unos centímetros más bajo, pero su contextura delgada aportaba bastante al hecho de que pesara lo mismo que una pluma. Intentó apartarlo, aunque se sintiera más abrigado que antes. Su primo, percibiendo sus intenciones, amarró con mayor fuerza sus piernas en las caderas de Jungkook.
—De acuerdo, no pesas nada, pero eso no significa que te voy a cargar todo el día. Fuera, fuera.
—Considéralo parte de un entrenamiento especial.
—Primo, bájate o te lanzo al sillón.
—Ya te tiene: va a ser complicado quitártelo de encima. —Ese fue Namjoon que, con su par de orejeras y chalina en el cuello, dejó un pequeño libro en la mesita del centro.
—Hyung, ayúdame —suplicó Jungkook.
—Lo siento, Winnie The Koo, no presto mis servicios a quienes me llaman bastardo.
—¡No te lo decía a ti! Es obvio que hablaba de Jimin-hyung.
—¿Es así? —respondió Namjoon, sin alguna intención de separarlos.
—¿Qué dices, mocoso? —Jimin, fingiendo una rabieta, le ahorcó del cuello.
—Me harás tropezar y caeremos los dos al piso —dijo Jungkook tras varios intentos fútiles de sacarlo—. ¡Tía! Tu segundo hijo está siendo insoportable.
De pronto, la puerta detrás de ellos se cerró de un porrazo. Areum pidió perdón en voz bajita, mientras le indicaba a Chinhwa que subiera ambas maletas al segundo piso, sus piececitos en las pantuflas apenas sobresaliendo del largo de su falda. Al notar el desorden y la bulla, Areum se quitó el sombrero de paja y lo dejó en el perchero; como si lo supiera, ordenó su cabello parado. Era la más pequeña de la familia, pero su carácter de estrella la hacía destacar entre todos. No fue inesperado que, mordiéndose el labio inferior, le diera una patadita a Jimin en el trasero que lo hizo saltar de una.
—Mamá, eso fue humillante —se quejó Jimin, escrutándola desde su sitio—. Te voy a acusar con papá.
—Adelante, más almuerzo para mí. —Ella levantó los hombros, dándole un apretón en la nariz—. Vamos, chicos, acompáñenme a la cocina. Jiminie, si quieres, tú puedes ir a contarle a papá lo horrible que fui.
—Está bien, trátame así. Luego no digas que me extrañas cuando esté lejísimos.
—¿Quieres usar esa carta, Chim? —cuestionó Areum con una sonrisa algo intimidante antes de darse la vuelta e ir hacia la cocina.
Jimin pareció acobardarse, rendido en el sillón con cara de pocos amigos y los brazos cruzados. Namjoon y Jungkook se dieron una mirada cómplice. Era más que obvio que quien, fehacientemente, llamaba todas las noches diciendo que extrañaba al otro era Jimin a Areum. Era del tipo sentimental, de corazón afuera y siempre fue pegado a ella; el no tenerla en una ciudad desconocida debía ser difícil para él.
Apenas cruzaron la mampara, el olor golpeó sus fosas nasales.
—Wow, tía, ¿estás haciendo todo esto por nuestra llegada? —preguntó Jungkook, a un pie de atacar la olla.
—¡Claro! Miren. —Señaló una cacerola llena de caldillo—. Compré eomuk por si les apetece. Jungkook, siento que esto no lo habrás probado en tiempo.
—Casi dos años.
—Platos principales, aquí los tienen. —Abrió la tapa de la olla más grande. Escuchó a Namjoon jadear—. Dwaeji gukbap y ya sobre la mesa está el Hoe. Lo cubrí con un trapo por si acaso. Namjoon, tú lo acompañas con ssamjang, Chinhwa, Jimin y yo con wasabi y, si no recuerdo mal, Jungkook con chogoguchujang.
Jungkook le dio una ojeada de pies a cabeza.
—Tía, ¿estás segura que no fuiste tú quien me dio a luz y no mi verdadera mamá?
—Jungkook-ah, tampoco seas injusto con ella. Ella se esforzó para ser la mejor para ti, mi amor.
—Yo-
—¡Tío Jungkook!
Interrumpiendo su respuesta, la voz de un niño junto a unos ladridos atravesaron la casa, tomando cercanía poco a poco. A través de la mampara, de la mano de su padre, Kiyoong apareció en compañía de Goo que movía la cola de un lado a otro, su pelaje blanco y negro luciendo manejable. Entre tropezones, fue hacia Jungkook y se amarró a su cadera, una sonrisa gigante en su boca.
Jungkook se derritió al verlo. Era igualito que en las fotos: chiquito, con los mismos cachetes que Jimin, los ojos rasgados de Namjoon y la sonrisa de su madre. Era muy inteligente para su edad, según los profesores de la escuela, también un poco travieso.
—¿Vamos a jugar a los soldados? —preguntó Kiyoong, haciendo un puchero.
—Aquí, tu tío. —Areum tomó de los hombros al niño y bajó a su altura, acariciándole las mejillas—. Debe irse a poner algo más caliente y, ¿esa barriguita no tiene hambre? Es hora de almorzar.
—¡Sí quiero comer!
—Entonces, lávate las manos y dile a papá que se siente contigo en el comedor.
Tras una mirada a Areum que, quizá, significó más de mil palabras, Chinhwa cargó a Kiyoong quien, de inmediato, acostumbrado a esa posición, dejó sus brazos alrededor del cuello de su padre, dándole un abrazo fuerte. Goo los siguió por detrás. Ese perro siempre tuvo una conexión con Chinhwa; ahora parecía que la había transmitido hacia Kiyoong, o los dos eran igual de preciados para el perro.
—Jungkook-ah —llamó Namjoon.
—Dime, hyung.
—Corre a tu habitación y abrígate. Si no has traído alguna cosa, sólo ve a mi cuarto y cógelo. —Tras una indicación de Areum, sujetó las asas de la olla con un trapo—. Cuando vengas, ya nos podrás ayudar, ¿hecho, soldado?
Siguiéndole el juego, Jungkook hizo un saludo habitual y se apresuró hasta llegar a las escaleras, subiendo como si estuviera en uno de sus entrenamientos hace unos meses atrás. La primera puerta era de sus tíos, luego seguía la de Jimin y Namjoon; separados por el cuarto de baño, seguía el cuarto de su padre que, suponía, ahora era la pieza de Kiyoong y, al final, estaba su habitación. «Ugh», pensó. Se regañó mentalmente por aquella vez que convenció a su padre de pintar la puerta de azul y ponerle una temática del espacio. Sobándose la sien, giró la manija.
Si alguien le preguntara cuál era su lugar seguro, no dudaría dos veces en mencionar esa habitación. La nostalgia golpeó duro, un chapoteo alocado en su pecho. Los juguetes encima de las repisas y en el mismo orden en que los dejó, el viejo armario que era de su mismo tamaño, pero, en aquel entonces, tenía que subirse a una banca para alcanzar los colgadores, sus posters de Toy Story y sus superhéroes favoritos, las estrellas brillantes en el techo que le pidió a su papá comprar en un intento de superar su miedo a la oscuridad y la ventana... Esa misma ventana que daba al balcón de Tae. Afuera corría viento, por lo que, al percibir que las cortinas del cuarto frente al suyo estaban abiertas, las puertas corredizas a un lado, se mantuvo al margen, súbitamente con las mejillas ardiendo y sin saber qué hacer con las manos.
Bufó, mofándose de su inocencia. ¿Cuál sería la probabilidad de que, en ese preciso momento, Tae entrara a su habitación y lo viera también? Imposible. Dejando de lado que las posibilidades fueran bajas, se quitó las medias, tocando la frialdad de la madera para llegar a la alfombra a pasos de su cama. Se quitó la mascarilla y los lentes. En un movimiento involuntario, listo para sacarse la polera, dio un vistazo hacia la ventana.
¿Uh?
Inmóvil.
Jungkook se mantuvo en su lugar por unos segundos, su cerebro organizando la información que acababa de recibir por una ojeada inofensiva. No, no, tenía que estar equivocado. Ese era el cuarto de Tae. Estaba totalmente seguro de ello. Todas sus conversaciones en la madrugada, él tocándole la flauta, el beso... Esa era la habitación de Tae y vio a un chico de cabello largo, entre el aletear de las cortinas, bajándose los jeans. Era hombre, no había duda de ello. Pecho innegablemente plano. Por una parte, si pensaba de manera racional, Tae jamás le juró amor eterno; por Dios, eran unos mocosos que a las justas sabían limpiarse los mocos. Además, él también había tenido exnovias, mujeres que trataron de llenar un vacío muy grande para ellas.
Pero, por el otro lado, el más infantil, no podía evitar pensar que la vio primero, que cualquier otro chico en esa ciudad, en ese condado. «También el que la dejó primero», pensó y golpeó su frente contra la pared. Ardiendo en celos, Jungkook decidió que dar otra mirada a lo que se iba a enfrentar no sería mala idea, así que, asegurándose que sus pies no hicieran tronar la madera, caminó lentamente hacia el umbral, oculto entre sus oscuras cortinas en cada lado del vidrio.
Uno de sus amigos extranjeros le había comentado, en plena barbacoa y bajo un tema de conversación general muy extraño, que era normal en el mundo si un hombre, siendo hombre, te parecía atractivo. Un dato trivial. Muy banal. Esa era la única explicación, o la rama a la que podía sostenerse Jungkook por encontrar al tipo, a pocos metros de él, idílico en sus mom jeans oscuros con algunas roturas en las rodillas, unos centímetros lejos de su suéter gris y negro a rayas de piel. Una melena azabache, como si se acabara de levantar, le cubría el rostro y descendía hasta su cadera, pero, aunque le doliera admitirlo, no creía que fuera necesario para saber que aquel espécimen era definitivamente el adecuado para Tae, porque eran lo mismo: dos ríos hermosos, uno al lado del otro.
Antes que pudiera apartarse o quitar los ojos de pescado que debía tener, escuchó unas campanas cuando su mirada chocó con la del chico. Ah. Ojos de chocolate. No sabía qué esperaba para moverse, pero simplemente no podía: había quedado hechizado, más cuando el muchacho abrió grande la boca al verlo y le tocó la ventana, haciéndole señas para que la abriera. Jungkook lo hizo con una tembladera en las manos. Un olorcito a almizcle llegó a su nariz y Jungkook lo sintió mucho por Tae: esta persona era irresistible.
—Al final, era verdad de que ibas a regresar —comenzó el muchacho, su voz tan grave. Dejó uno de sus codos en el borde del balcón, sus clavículas remarcándose—. Cuando la tía Areum lo mencionó, pensé que estaba bromeando.
—¿Te dijo también? —¿Tenían, acaso, tanta confianza con este tipo que le contaban hasta esa clase de cosas?
—Por supuesto, ¿por qué no lo haría? ¡Yo fui quien más te extrañó! Hey, no te enojes, ¿está bien? Pensé que se te vería raro el corte militar, pero luces igual a cuando eras un niño. Muy lindo.
Jungkook no estaba entendiendo.
—Oh, sí, chico atractivo, me debes como diez leche de fresa, que no se te olvide, porque yo todavía te lo pienso cobrar.
... ¿Diez leche de fresa? ¿Era esa una forma sutil de invitarlo a salir?
—¿C-cuál era tu nombre? —preguntó Jungkook.
El muchacho puso cara de ofendido para luego sonreír de lado, apoyando el mentón en su mano.
—Con que la ciudad cambia a la gente, ¿mh? —rio—. ¿Cómo me llamabas? Ah,Beverly.
Y Jungkook se sintió morir.
—Hola, Jungkook-ah, soy Taehyung. Bienvenido de vuelta.
Él todavía podía recordar cómo iba vestida Kim Tae ese viernes del 2012. En una sincronía espeluznante, ella llevaba sandalias, unos pantalones verdes pegados y un gran polo blanco de estampado random que, seguramente, le pertenecía a su abuelo porque le llegaba hasta las rodillas. Era uno de esos días donde su cabello lacio estaba sujetado por dos palillos, unas cuantas mechas valsando a la brisa del viento mientras, bicicleta al costado y al ritmo de la radio, bailaba, haciendo figuras, con un Jimin de shorts cortos y polo manga cero, gorra hacia atrás.
—¡Apúrense, ¿o es que les dio miedo esa película de terror?! —gritó Jimin desde el portón, también en su bicicleta. —Ni tan mala estaba, vamos.
Con los pies temblorosos, Jungkook volteó hacia Namjoon, sus ojos de Bambi haciéndolo suspirar. Fijándose que nadie los estuviera espiando, Namjoon sacó un papel de su cortavientos y se lo entregó a Jungkook que embutió el pedazo en su bolsillo como si su vida dependiera de ello.
—Hyung, ¿es así como traducirías el poema? —preguntó Jungkook en una vocecita, entre tímido y asustado.
—Hice lo que pude, campeón. Vi la traducción en la película y corroboré con mis diccionarios. Escucha, ¿en serio quieres hacer esto?
—Sí quiero. ¿No suena raro esa parte que le cambié?
—Más o menos, pero, por favor, somos unos críos, Winnie The Koo, no tengo idea de poesía. Sigámosle el paso a Jimin o nos acusará con nuestros padres.
Ya los cuatro en sus bicicletas, emprendieron camino, las gaviotas alzando sobre sus cabezas. Luego de prácticamente rogar por una hora y de rodillas, Jimin logró obtener un permiso para ir hacia el Templo Haedong Yonggungsa. En su discurso político, Jimin había abogado que quería rezar por la familia, que estaba preocupado por el bienestar de los abuelos de Tae y de Goo, que lo había escuchado estornudar en pleno verano. Qué se les habrá pasado en la cabeza a Areum, Chinhwa y a su padre para, tras un golpecito en la frente, ceder ante las plegarias del niño que no sabía rendirse.
Luego de pedalear quince minutos contra el viento, bajo el sol ardiente, llegaron al inicio del circuito. Por sugerencia de Namjoon, dejaron las bicicletas a cargo de una señora que vendía pulseritas en su puesto a la entrada. Bastó juntar la mitad del dinero que llevaban con ellos para pagar la comisión. Jimin no estuvo muy feliz con eso, pero su ánimo fue cambiando a la vez que caminaban entre bromas por las cercas de bambú y los frondosos árboles. Incluso pidió, al regresar, comprar beondegi, a lo que Jungkook negó con la cabeza, no pudiendo creer que aún tuviera campo en su estómago.
Pero, a pesar de la risa, del chiste bien contado, el peso en el bolsillo de su short era grande, y su cabeza parecía querer voltear hacia donde estuviera Tae junto a la dulzura de su perfume: delante, su pelo sedoso saltando con las escaleras rocosas, a la izquierda, sus manos en la espalda como toda una dama, a la derecha, suelta, girando en su sitio y sus dedos, en repetidas ocasiones, conectándose con los de Jungkook, y atrás, apocada, quizá sólo guiada por el temor de perderse entre tanta gente, se sostenía de la polera de Jungkook, como un “no me dejes”, “no te vayas”, y Jungkook quería decirle que no lo haría si no era con ella.
—¿Vamos a orar siquiera? —preguntó Namjoon—. Ya hemos pasado por casi todos los Budas y estamos en el puente para tirar las monedas. Es nuestra última oportunidad.
—Después de bañarnos en el mar —interrumpió Jimin.
—¿Por qué ya sabía que ese era tu propósito? Mamá nos va a gritar cuando llamen a los guardacostas por traspasar las barreras de seguridad.
—No la veo por aquí, así que, a menos que abran la boca, no se enterará.
—Jimin, la policía-
—Soy un adolescente. Puedo hacerlo todo.
—Desde que aprendiste ese meme, no lo sueltas, maldita sea.
—¡Quien llegue último, será quien dará las explicaciones a los guardias! —Sin perder el tiempo, Jimin gritó y se fue corriendo hacia la zona del muelle.
Tae estaba por salir trotando detrás de Jimin y Namjoon, mas Jungkook, ahora tomando el rol de “no me dejes”, “no te vayas”, la detuvo de la mano, tragando saliva con dificultad. Ella giró con rapidez, obvia sorpresa en sus expresivos ojos.
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
Sabía que era competitiva, más cuando era contra Jimin, pero no sonó enojada y Jungkook lo agradeció, porque estaba nervioso, sudando frío, pese a los treinta y ocho grados de ese día.
—¿N-no quieres probar La moneda de la Suerte Divina? —dijo al final.
No pudiendo evitar sentirse decepcionado, la vio voltear hacia donde sus primos habían corrido. Claro. Ella era una niña más brava, no tan aburrida como para quedarse frente a una fuente de varias estatuas donde únicamente debías pedir algo en silencio y lanzar la moneda con la esperanza de que cayera en el lugar correcto. Era verdad: eran mejores amigos, compartían todos los gustos, pero diferencias como estas lo volvían consciente de sí mismo. Poco a poco, como si el sudor de su palma le facilitara el trabajo, fue dejando ir la mano de Tae.
Tal vez era momento de soltar.
No obstante, con una característica sonrisa cuadrada, Tae atrapó sus dedos entre los suyos. Fuerte, duradero, inocente.
—¡Vamos! Yo también quiero pedir un deseo.
Se acercaron al borde del puente donde muchas personas trataban de atinar sus monedas al agua o a los platillos que cargaban las estatuas. Por costumbre, Jungkook giró la cabeza para mirar a Tae y tenía los ojos cerrados, una moneda apretada en medio de sus palmas. Con una tranquilidad que había estado buscando hace tiempo, hizo lo mismo, pidiéndole a Buda el coraje para hacer lo que quería hacer.
Su papá podía ser muy estricto, pero su carácter, según su tía, era igual al de su madre: pasivo, tranquilo, calmado, introvertido. Tae era todo lo contrario y Jungkook estaba asustado de dos cosas.
Si lo haría bien en primer lugar.
La reacción de Tae y las consecuencias.
Tras un asentimiento, ambos tiraron su moneda y rieron cuando cayó, por suerte, en uno de los pozos de agua y no en la tierra.
—¿Qué pediste? —preguntó Tae, jugando con sus pies.
—Eso no se dice o no se me cumplirá.
—Ush, eres un avaro.
Aprovechando la oportunidad, Jungkook se pegó a Tae al tomarla de las manos, sus labios quedando muy cerca de su oído izquierdo. Ella se quedó estupefacta por la repentina cercanía, el calorcito en su oreja que hacía cosquillas y el hecho que Jungkook, en una voz quebradiza, le advirtió:
—Voy a decir algo una sola vez y luego fingimos demencia si tú quieres, ¿bien?
—... Creo.
Jungkook carraspeó la garganta.
—“Tu pelo es humo de invierno, rescoldo de enero. Allí arde también mi corazón” —recitó con lentitud, esperando no tartamudear—. Te pareces a un río, Tae. Cautivador y escurridizo, tranquilo y mi más grande sueño, Beverly.
No esperando una reacción, sin soltarla, Jungkook empezó a avanzar hacia el muelle. Podía sentir que Tae le seguía los pasos apenas. Acaso, ¿estaba perpleja? ¿Quería que la dejara de tocar? No lo sabía. No quería voltear a ver tampoco.
Una vez llegaron a las rocas, unos metros lejos de Namjoon que buceaba en el mar y un Jimin que hacía volteretas con su radio aún colgando en su cintura, Jungkook por fin la soltó, pero no la miró. Con la dopamina a tope, se quitó los shorts y la polera, quedando en sus calzoncillos. Por su parte, sin poder evadirlo, vio por el rabillo del ojo a Tae quitarse sus botines y su pantaloneta, sólo en su polera blanca.
Silencio. Las olas del mar golpeando las piedras y los turistas, unos pies arriba, en una bulla incesante. Jungkook tenía que irse de allí. Con un pie en el agua, dos manos lo tomaron por los hombros y lo detuvieron. Tae se puso delante de él. El cabello le daba en la cara por la corriente, así que no pudo ver su expresión cuando, sin aviso, le robó un beso. Jungkook lo sintió eterno, cada parte de los labios conectados a los suyos, la calidez, la sonrisa que se había atrevido a poner Tae luego de fugarse sin mirar atrás.
Y entonces quedó la imagen de su espalda, piernas desnudas, de su quebrada de cintura a la armonía de la canción, de sus curvas cual torbellino delante del mar.
—Mamá, ¿me puedes pasar las servilletas? —preguntó Namjoon.
Sin hacerse esperar, en medio del silencio, Jimin soltó una carcajada sin abrir la boca, escondiendo su rostro entre sus brazos, su cuerpo titilante contra el respaldo de la silla. Jungkook, en ese instante, quiso ir a disparar a una botella o romper un tronco, ser un poco salvaje.
Tras toser, Areum, que estaba sentada al costado de Jimin, le tiró una patada debajo de la mesa en el tobillo. Jimin saltó en su lugar, dándole una mirada recriminatoria a su madre, pero sin poder dejar de reír. Jungkook bajó la cabeza. Esto lo atormentaría toda la vida. Chinhwa, que estaba sentado a su derecha, sintiendo su desgano, le empezó a sobar el hombro, como solía hacer antes para tranquilizarlo cuando se caía y se raspaba las rodillas.
—Tómalo con calma —le susurró su tío, pegándose a su oreja. Volteó hacia un adolorido y sonriente Jimin—. Y tú, contrólate o estarás castigado todo el verano.
—¿Cómo esperan que me aguante la risa cuando Jungkook acaba de decir la mayor payasada de su vida? —respondió, resentido—. Dios santo, Taehyung tiene que saber de esto.
—¿Te atreves? —intervino Areum, limpiándole la boca con una servilleta a Kiyoong—. Esto es cosa de familia.
—Taehyung es familia, mamá.
—Pero esta vez, está involucrado, así que te callas.
El silencio reinó de nuevo en el comedor, sólo el movimiento de los pies inquietos de Kiyoong golpeando las patas de la mesa escuchándose entre los cubiertos tocando la vajilla. Jungkook removió los palillos de metal en la sopa, revolviendo el arroz y jugando con los trozos de cerdo, y su cabeza volvía a ser mala al observar el saeu-jeot junto a las cebollas y recordaba que esos eran los acompañamientos favoritos de Tae con el Dwaeji gukbap.
Había tenido suficiente.
—¿Por qué...? —enmudeció, ordenando las palabras en su mente—. ¿Por qué nadie me dijo algo antes?
Chinhwa fue el primero en responder, tan apacible como solía estar.
—En ese entonces, no sospechamos en ningún momento sobre tus sentimientos hacia Taehyung. Fueron criados juntos, con Namjoon y Jimin. Los veíamos como dos simples amigos inseparables.
—¿Y lo de Beverly? —cuestionó Jungkook—. ¿No les resultó raro que lo llamara así? Hyung, incluso te pedí que me tradujeras un poema para dedicárselo, el de It de Stephen King.
—Pensé erróneamente que ya sabías del género de Taehyung y por eso te pregunté si de verdad querías hacerlo.
“Escucha, ¿en serio quieres hacer esto?“. Ahora cobraba sentido la advertencia de Namjoon.
—P-pero, ¿y la ropa? —continuó Jungkook, tratando de recordar cada detalle—. Saben cómo vestía. Sus tops, sus vestidos, sus faldas, ¿qué fue eso?
—Taehyung tiene que explicártelo más a fondo. —Areum dejó su cuchara sobre la mesa, observándolo fijamente—. Pero, en síntesis, siempre le gustó vestir así. Algo tan sencillo como eso.
¿Algo tan sencillo como eso? ¡Ja! Debían estar bromeando. ¿Y dónde quedaba él? ¿Nadie tenía una pizca de compasión? Jungkook de verdad se enamoró de aquella niña encantadora, de la única razón por la que lloró hasta cansarse al dejar el condado; se enamoró de su risa ronca, sus ojos rasgados, su piel crocante, de personalidad única, de un río que sólo debiócaerpor él también, y seguramente lo hizo, mas ya no era mágico, ni hermoso, ni de ensueño, sólo una pesadilla.
—Oye, Jungkookie, esta noche habrá una celebración en el centro de Gijang —empezó Areum en una voz bajita—. Deberías venir con nosotros y, no sé, despejarte un poco.
—... ¿Él estará allí?
—Escucha —dijo Jimin, determinado—, sí, lo estará, pero lo conoces, Jungkook. Sabe que estás confundido y que prefieres la distancia, así que seguirá su camino y te dejará que pases por el tuyo. Su género no tiene nada que ver con su actitud, primo.
Jungkook tiró la cabeza hacia atrás. Tenía demasiado en qué pensar.
Con el sabor del makgeolli con miel en la garganta, esa hibridación de amargura y dulzor, igual que aquel viernes de 2012, Jungkook no podía quitar la mirada de Taehyung. Ya no eran sandalias de casa, pantaloneta y polera de abuelo, pleno verano, brazos desvestidos y piernas larguiruchas con pulseras en los tobillos. Desde la entrada del recinto usualmente usado en las festividades en la localidad, Kim Taehyung, sosteniendo a cada uno de sus abuelos del brazo, se presumía de volverse otro recuerdo inolvidable en su memoria.
Negro desde los zapatos con plataforma exagerada, pantalones anchos, chaqueta hasta el cuello, su gorro de lana haciendo un buen trabajo en esconder su cabello. Sus aretes de cereza era lo único de color que había en él, aparte del gris de sus audífonos en la cabeza. Divino. Humo de invierno, efectivamente, por un carajo.
Jungkook mantuvo su vaso de makgeolli en la boca con la esperanza de encubrirse, pero el disparo al corazón fue ineludible cuando cruzaron miradas. Allí estaban otra vez los síntomas: el calor en la cara, el sudor en las manos, respiración agitada, tremendas ganas de cavar un hueco en el suelo y hundirse. Clavó las uñas en la palma. No había forma que dejara que eso continuara.
Y qué más daba si sintió un pinchazo cuando Taehyung apartó la mirada como si nada, empezando a caminar hacia sus asientos en medio de la música y las luces.
—¿Por qué todo el mundo parece guardarles respeto? —cuchicheó hacia Jimin—. Me refiero, sus abuelos son costureros y la localidad los conoce. Los saludan como si vinieran de la realeza, no obstante.
—¿Porque, prácticamente, visten a toda Gijang-gun y llegaron hasta la capital? A veces eres tan baboso —respondió en un tonito evidente—. “1230”. Esa es su marca.
—¡¿1230 es de ellos?! —Jungkook vio el techo, haciendo unos cálculos—. Ja, la fecha de su cumpleaños... —Golpeó su frente—. Con razón a nadie le resulta extraño que venga así. Nunca cuestionan las excentricidades de la gente importante.
De pronto, Jimin lo jaló del brazo, asegurándose de que su madre no lo viera, su mentón afilado reluciendo por la fuerza que ejerció en su mordida.
—Ya detente con tus comentarios tan fuera de lugar. Hasta ahora, hice de los oídos sordos porque no sabes la historia completa y puede que sea un tema nuevo, pero no pases la barrera de la discriminación camuflada o yo mismo me haré cargo de ti.
Jungkook retrocedió con una mueca ofuscada. No podía creer que Taehyung logró tener a su propio primo de su lado, hasta sus tíos que aplaudían cuando la pareja de ancianos, tras dejar sus abrigos, se unieron a la pista de baile, perdiéndose entre la multitud. Taehyung quedó sentado, la mitad de su rostro cubierto por la chalina; aún así, Jungkook supo que estaba sonriendo, un resplandor inherente en sus ojos mientras observaba a sus abuelos danzar.
Un grupo de hombres se sentó alrededor de Taehyung. Jungkook levantó la ceja. Lucían glamorosos, también mayores. Todo fue bien hasta que uno de ellos, tras sacarse el saco, tendió su mano e invitó a bailar a Taehyung frente a la mirada de toda la muchedumbre. Tenía que ser un chiste interno o parte de un castigo porque, ¿qué otro motivo habría aparte de ese? Por mucho que no creyera en ello, continuó con la vista pegada en esa mano y casi se atoró con su propia saliva cuando Taehyung aceptó el gesto.
Lo vio quitarse la chalina, el gorro, su cabello cayéndole en la espalda. Quedó en su chaqueta y sus pantalones anchos, y sin más, como el chiquillo bailarín que siempre fue, se encaminó con aquel hombre en la pista. Taehyung bailando era un tema de ensayo, porque lo hacía con un ritmo rico, alzando los brazos, moviendo las caderas, las rodillas y lo acompañaba con un zapateo. Era una ráfaga de colores, de umami, de aromas, de evocaciones.
Jungkook no podía verlo más.
Con una seña que esperó que Namjoon entendiera, salió del local. El frío lo golpeó de inmediato, olvidando por completo que había dejado atrás su saco, pero no le interesó: estaba demasiado exasperado para prestarle la debida importancia. En su sudadera y jeans negros, subió por la pradera más cercana hasta apoyarse en el árbol en la cima. Estaba gélido, pero, «que se joda», pensó, sentándose en la nieve, espalda contra el tronco.
Tal vez el frío le bajaría la calentura en la cabeza y, de ese modo, pensaría con mayor claridad porque, en ese momento, su mente era un lío. Estaba confundido, mucho más que eso. Si había una cosa que tenía que admitir, le doliera decirlo o no, era que, aun con la verdad fuera, sus sentimientos por Taehyung no habían cambiado ni un poco. Lo supo desde el primer día en que lo vio a través de la ventana y escuchó las campanas. Pero eso no quitaba que, toda una vida, pensó que era una mujer cuando, en realidad, era un hombre.
¿Existía alguna diferencia entre amar a uno o al otro?
En el servicio militar, por las circunstancias y a costa de las frígidas consecuencias, fue testigo de relaciones homosexuales. Eran más usuales de lo que alguien pensaba. Nunca sintió alguna clase de repulsión; sin embargo, jamás se vio como alguien que formaría parte de la comunidad, sino como alguien que apoya una causa. También estaba el hecho del engaño. ¿Por qué todos habían confabulado para hacerle creer que Taehyung era mujer cuando no lo era? ¿Es que, de hecho, lo odiaba a muerte y su plan siempre fue destruir sus ilusiones?
Interrumpiendo sus pensamientos, notó de casualidad a Taehyung subir por la misma pradera con destino a donde estaba él. Jungkook entró en pánico y mantuvo su rostro estoico incluso cuando Taehyung llegó a su lado, manos en los bolsillos y audífonos en la cabeza.
—Jimin-hyung dijo que respetarías mi espacio —empezó Jungkook, no arriesgándose a verlo.
—Es lo que normalmente haría, pero se trata de ti, Jungkook-ah y, ups, creo que no puedo soportar que exista una barrera entre los dos. Lo siento si te incomodo. Estoy actuando bajo impulsos.
—No seas amable —le cortó Jungkook, no queriendo caer en su excelente oratoria—. Sólo dime lo que quieras decirme y vete.
Oyó a Taehyung soltar un suspiro y se sentó a su costado. Aunque siguieran siendo impresionantes, fue una imagen adorable el de sus zapatillas contra los zapatos de plataforma de Taehyung. Tan distintos, pero que combinaban de alguna forma.
—Siempre me dio igual cómo vestir, o si las chicas usaban faldas o los hombres corbata. Tuve la suerte de nacer en un hogar donde, tanto como mis padres y mis abuelos, no juzgaron mis decisiones de simplemente hacer lo que yo quería como dejarme el cabello largo, usar vestido o llevar corpiño. Lejos de elegir entre el azul o el rosa, yo quería ambos, pero a la vez ninguno.
—¿Eso qué quiere decir?
—Yo... no me identifico con ninguna identidad de género. —Al percibir el rostro perdido de Jungkook, rio, dándole un empujoncito—. Más digerible: hombre, mujer, eso es secundario. Primero soy humano, Jungkook. Soy Taehyung, pero también Beverly, ¿mhm?
Nuevamente, Jungkook no era nuevo en eso de la comunidad LGBT, pero era la primera vez que escuchaba algo así. Entendía el concepto. Taehyung había sido conciso, pero no sabía si era suficiente justificación para el vacío que tenía en el pecho.
—Con esto, levanto mi bandera blanca. ¿Amigos? —preguntó Taehyung.
Jungkook lo pensó.
—No.
Taehyung soltó una carcajada, dejando la fuerza de su cuerpo en ambas manos detrás de él sobre la nieve. La música se oía desde allí y Jungkook juraba que Jimin estaba bailando con una chica en una de las esquinas del sitio. Cuándo no. Taehyung tarareaba al son de las canciones y, de vez en cuando, volteaba a echarle un vistazo.
—¿Qué? —preguntó Jungkook, frunciendo el ceño—. ¿Qué tanto miras?
—Nada, sólo pensaba que, en otro contexto, hubiera sido realmente bueno besarte de nuevo. Ya sabes. —Sus brazos se flexionaron de una manera bonita cuando empezó a peinar su cabello con los dedos, uñas finitas delineando sus mechones rebeldes, una liga entre los labios—. La última vez que lo hice fue hace años, pero, por la manera en que saltas apenas abro la boca o digo tu nombre, veo que ni siquiera es una opción. Vamos, no soy el diablo.
—¿Estás loco? —Jungkook lo miró como si le hubiera crecido una segunda cabeza—. Claro que no voy a dejar que te me acerques, desquiciado.
Taehyung hizo una boca de pato, otra vez su cuerpo siendo soportado por sus palmas en la nieve. No era fácil ser tratado de esa forma sólo por ser diferente; sin embargo, la gente como él se terminaba por acostumbrar y hasta dejaba de prestarle importancia a comentarios dolorosos. Pero el dilema caía en que, esta vez, no era un cualquiera diciéndole algo malo, sino Jungkook juzgando y no buscando entender que sus acciones nunca fueron malvadas, no de niño, menos de adulto.
Allá fuera existía toda una ciudad que lo comprendía, que lo aceptaba. Taehyung estaba más que feliz con eso. Pero un mundo no tenía sentido si la única persona que le importaba no lo hacía. Y quería jugársela, y lo haría a la mala, tocando los puntos débiles de Jungkook.
—Okay, nada que pueda hacer. Iré a buscar a Seojoon-hyung por si quiere. —Arregló la chalina alrededor de su cuello, poniéndose de vuelta los auriculares—. Si algún día decides tomar mi oferta de ser amigos, ya sabes dónde encontrarme.
—Espera, ¿a dónde vas? —preguntó Jungkook.
—Ya te dije: quiero mimos. No me los quieres dar, por lo que iré a pedírselos a otro. Nos vemos.
—¿Todos ustedes hacen ese tipo de cosas? —Por su postura, estaba a la defensiva y la nariz arrugada sólo era la señal de que algo no le gustaba—. Guárdate un poco de respeto.
De acuerdo. Eso sí le molestó a Taehyung. Sin necesidad de quitarse el abrigo o alguna prenda, se puso de rodillas, sólo sus ojos afilados a la vista. Gateó con la lentitud de un depredador hacia un Jungkook tembloroso y que casi se volvió azul al instante en que los dedos de Taehyung empezaron a subir por su tobillo debajo de su pantalón, como una pitón. Centímetro a centímetro. Más cerca a él.
—Descuida. Los dejo avanzar hasta donde yo lo permito, así que no te preocupes por mi honor —dijo Taehyung, acortando la distancia, preguntándose si la respuesta de Jungkook ante situaciones de peligro era quedarse quieto o es que realmente no quería moverse—. ¿Qué más da unos besos con la lengua, detrás de la oreja, por debajo del cuello? Nunca está de más unos brazos fuertes por la espalda cuando estoy a su disposición. Porque sí, Jungkook-ah: cuando trabajo, estoy al mando, pero, en la intimidad, yo me someto a toda gloria. Ellos enuncian, yo obedezco. —Asegurándose que su aliento caliente diera contra su oído, susurró—. Si dicen: “Beverly, de manos y rodillas”, acato, mi señor.
Antes que pudiera continuar tentándolo, Jungkook cayó en la trampa. Lo empujó contra la nieve con una sola mano. Taehyung no tuvo tiempo de quejarse del dolor de columna cuando Jungkook agarró ambas de sus muñecas y las mantuvo sobre su cabeza y se acomodó entre sus piernas. Ojeó hacia atrás. Sus auriculares estaban tirados a unos centímetros y había empezado a sentir calor. Luego, con la respiración entrecortada, contempló a Jungkook.
Estaban lo suficientemente lejos del local para que la luz alumbrara bien su rostro, pero el fuego que vio allí, en ese iris penetrante, lo relajó, domado, porque esa llama parecía arder tanto como el poema que le dedicó cuando eran niños.
—¿Se atreven a llamarte Beverly también? Ellos no pueden —afirmó Jungkook.
—¿Por qué no? Es sólo un sobrenombre.
—Pero yo te lo puse.
—Mas no te pertenece.
—Es mío —susurró, a punto de reventar.
Sabiendo que estaba en el borde, que era el momento, Taehyung amarró sus dedos delicadamente a los de Jungkook, mezclándose hasta ser uno solo. Jungkook pareció adorar la muestra de afecto que terminó por acercarse, un irrisorio movimiento, pero letal si sobrepasaba el límite.
—¿Quieres que sea tuyo? Pues no me digas que te pertenezco, haz que te pertenezca. Ahora.
Jungkook se abalanzó como una fiera, aprisionando sus labios, sin aquel temor inicial de la nueva experiencia. Chasquido, chasquido. Mordida en el labio inferior y, totalmente fuera de sí, metió la lengua en la boca de Taehyung que jadeó por la falta de aire y el movimiento involuntario que la parte baja de Jungkook había empezado hacer. Estaba erecto.
Esa era la única persona que podía hacerlo tiritar en algo en lo que era un maestro, la única persona cual palma ascendiendo por un lado de su chaqueta, tocando su estómago, descubriendo los secretos del lunar cerca de su ombligo, podía volverlo tímido. Taehyung trató de apartarse, cogiéndolo de la cabeza, pero Jungkook no se lo permitió, buscando más y más el calor de su boca, arrimándose contra él, tomando cada pedazo de su piel desnuda, helada para entibiarla.
Taehyung le dio, súbitamente, un mordisco duro en el labio. Jungkook se quejó y, tras varios minutos, se retiró, sentándose en sus tobillos. El sabor metálico lo trajo de vuelta a donde estaba, y se sonrojó al ver el estado de Taehyung.
—¡L-lo siento! Yo n-no sé por qué hice eso. Debo estar desquiciado también.
Suponiendo que no diría más, Taehyung se giró para verlo, enternecido con sus mejillas coloradas y los ojos aguados. Igual que hace unos minutos, con paciencia, llevó su mano hacia la de Jungkook, jugando con sus dedos.
—No te estoy diciendo que me entiendas de un día para otro —empezó Taehyung—, porque sé que es difícil de comprender. Hasta para nosotros a veces es tan complicado y otras tan fácil como sólo soy una persona. Pero estaría muy feliz si formaras parte de mi vida de nuevo, porque te quiero. Lo hice desde que éramos unos niños. ¿Me acompañas, Jungkook-ah?
Extendió su mano llena de anillos delicados. Jungkook conmemoró una escena donde él había hecho lo mismo, sólo que para ayudar a Taehyung a bajar de una roca. Taehyung, en ese instante, con doce años, no dudó en tomarla, intuyendo que Jungkook estaría ahí para sostenerlo. Entonces, ¿por qué él debería titubear?
Así que, tragando saliva, enredó sus dedos en los de Taehyung.
—Beverly, no correré de ti —balbuceó, rojo hasta la rabadilla—. Porque creo que estoy enamorado y no me molestaría un punto de vista distinto.
—¿Sí?
—Sí.
Las cosas iban a mejorar.