Claiming Their Omega

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Sinopsis

I'm a socially awkward omega. They are alphas who live in the spotlight. We are complete opposites, but for some reason they want me. I'm not going to deny it, there's something about them that pulls me closer, but things are complicated. I didn't want to burden them with all my baggage when they have the chance of finding an omega who suited their lifestyle. No matter how hard I try to push them away, they always find a way to draw me closer. And like they say, they aren't planning on stopping until they claim me as their omega. *** AN NON-SHIFTER REVERSE HAREM AGE GAP OMEGAVERSE NOVEL THIS BOOK IS UNEDITED!***

Genero:
Romance
Autor/a:
Suzi De Beer
Estado:
En proceso
Capítulos:
70
Rating
4.5 29 reseñas
Clasificación por edades:
18+
Esto es una muestra

CAPÍTULO UNO

DAISY

Solo respira.

Tomé aire profundamente y lo solté despacio. No sirvió de nada para calmar mi corazón, que iba a mil por hora. Sentía las piernas como gelatina y estaba segura de que temblaba como una hoja. No me iba bien en situaciones de estrés. De hecho, no me iba bien en ninguna situación que implicara tratar con gente.

Mi madre me había dicho que unas personas importantes vendrían a cenar a casa. Dijo que mi padre esperaba que yo los acompañara.

Siguiendo sus órdenes, las criadas me vistieron como a una muñeca. Querían asegurarse de que no arruinara nada.

El vestido era incómodo y la tela me daba picazón en la piel. Además, los zapatos me quedaban una talla más chicos.

Mi madre había elegido personalmente todo lo que llevaba puesto. Eso era otra señal de lo importante que era esa cena para ellos.

Volví a respirar hondo y me puse una mano temblorosa en el estómago. Me estaban esperando en el comedor. Ya iba tarde, aunque me habían vestido una hora antes de la cita.

Los nervios me mantuvieron encerrada en mi cuarto hasta que logré darme ánimos. Pero la valentía se me escapó por la ventana al llegar al descanso de la escalera. Desde ahí escuché las voces graves de los desconocidos en el salón.

La puerta del comedor se abrió de golpe y me dio un susto de muerte.

Mi hermana se detuvo al verme. Primero me miró con desprecio, pero luego puso una sonrisa dulce.

Mi corazón se aceleró en cuanto ella caminó hacia mí.

—Te hemos estado esperando —dijo en voz alta para que los invitados y nuestros padres oyeran—. ¡Vamos, linda! Me muero de hambre.

Me agarró de la muñeca y me jaló hacia el comedor.

Sentía ganas de vomitar.

—¡Aquí está! —Mi padre dio dos aplausos—. Daisy es la más pequeña de la familia y, por desgracia, siempre llega tarde. Una vez más, les pido una disculpa por la espera, señoras y señores. Pero ahora que está aquí, podemos servir la cena.

Me empujaron hacia una silla vacía justo cuando las criadas entraban a servir la comida.

Bajo la mesa, me froté la muñeca con los dedos. Intentaba calmar el dolor que me habían dejado las uñas de mi hermana.

Me mordí el labio mirando el plato que tenía delante. El olor me revolvió el estómago. Odiaba el pescado y mi padre lo sabía perfectamente.

¿Estaría esperando a que lo dejara en ridículo para poderme castigar?

Con las manos temblorosas, agarré el cuchillo y el tenedor.

La charla fluía en la mesa. Nadie se molestó en incluirme y a mí me pareció perfecto. No tenía nada que decir. Estaba demasiado ocupada cortando el pescado en trocitos pequeños para que pareciera que estaba comiendo.

Pero cometí el error de levantar la vista.

Unos ojos azul cielo se clavaron en los míos y me cortaron el aliento. Me quedé hipnotizada. Él era lo único que podía ver.

Era un hombre de piel pálida, ojos azules y una cicatriz que le cubría media cara del lado izquierdo. Tenía el pelo castaño claro y rizado, pero a pesar de eso, le quedaba de maravilla.

Le sonreí y, para mi sorpresa, él me devolvió la sonrisa.

Mi hermana rompió nuestro momento. Me dio un codazo doloroso en las costillas que me obligó a dejar de mirarlo. Se acercó y me habló al oído.

—Ni se te ocurra pensar en él. No lo mires. No le hables. Ese alfa es mío y tú no te lo vas a quedar —siseó.

Al apartarse, me dedicó una sonrisa radiante antes de volverse hacia la mujer que tenía al lado.

Por primera vez desde que llegué, miré a los demás. Había diez personas en la mesa, contando a mi padre y mi madre, que estaban en las cabeceras.

Hombres con trajes caros y mujeres con joyas lujosas. Todos eran del círculo social de mis padres. Gente rica y presumida que miraba a los demás por encima del hombro.

Había muchos alfas y algún que otro beta, pero no había más omegas aparte de mi hermana y yo.

Sentí un toque suave en el brazo y miré al hombre sentado a mi derecha. Se inclinó hacia mí y me llegó su olor. Era agradable, aunque no lograba distinguir qué era.

—¿Quieres que intercambiemos los platos? —dijo en voz baja—. No me gusta mucho la verdura y a ti no te gusta el pescado. Si cambiamos, salimos ganando los dos.

Miré su plato. Él se había comido el pescado pero no la ensalada.

—¿Cómo vamos a cambiarlos sin que nadie se dé cuenta? —susurré.

Me quedé mirando sus labios cuando sonrió. Luego, subí la vista poco a poco para observar el resto de su cara.

Tenía el pelo rubio y los ojos verdes. Tenía la típica pinta de surfista, pero estaba mucho más fuerte. La ropa le quedaba muy apretada, casi como si le estuviera chica.

—Ni siquiera te diste cuenta.

Parpadeé y miré mi plato. Era cierto, ya los había cambiado y yo no lo había notado.

—Ah.

—Soy Valiant. —Me tendió la mano.

Me quedé mirando los tatuajes que asomaban por debajo de la manga de su traje. Sin pensarlo, me acerqué para verlos mejor.

Valiant soltó una risita. —Tendría que quitarme la camisa para que pudieras verlo todo.

Me puse roja como un tomate. Me eché hacia atrás en la silla y agarré el tenedor para meterme un poco de lechuga en la boca.

Él volvió a reírse por lo bajo.

Lo observé de reojo.

Agarró su tenedor y probó el pescado. Después, tomó su copa de vino y le dio un trago.

Pensé mil cosas para sacar un tema de conversación, pero antes de decir nada, la mujer que estaba a su lado empezó a hablarle. Bajé los hombros y volví a clavar la vista en mi plato.

Ojalá la cena se acabara ya para poder irme a mi cuarto.

—¿Cuántos años tienes, Daisy? —preguntó Valiant, haciendo que lo mirara sorprendida.

—¿Q-qué? —alcancé a decir.

—Que cuántos años tienes —repitió.

Tragué saliva. —Tengo dieciocho. ¿Y tú?

—Yo tengo veintiocho.

—Ah.

Se le escapó una sonrisa. —¿Esa es la única palabra que conoces?

—No. —Fruncí el ceño al ver que se reía—. ¿Te estás burlando de mí?

—No. —Se acercó más—. Perdona si te pareció eso. Es solo que no hablas mucho. Estoy intentando que parezca que tenemos una charla profunda para no tener que hablar con Glenda.

Valiant señaló con la cabeza a la mujer de su lado, con la que había hablado antes.

—¿Así se llama?

—No lo sé —confesó—. Se me olvidó su nombre en cuanto dejó claro que solo le intereso porque soy amigo de Alexander.

—¿Quién es Alexander? —le pregunté.

Él arrugó la frente. —¿De verdad no lo sabes?

Negué con la cabeza.

Valiant se acercó más y su olor me envolvió. Respiré hondo y me mordí el labio. Me gustaba mucho cómo olía.

—Mira a ese gruñón sentado a la izquierda de tu padre —susurró—. Ese, querida, es Alexander Wyatt.

Miré hacia allá y fruncí el ceño.

Alexander Wyatt era un hombre al que le encantaban las cámaras. Lo había visto en las noticias alguna vez, pero nunca me había interesado lo suficiente.

—¿Es tu amigo?

—Somos manada —respondió—. Una familia.

—A... —Me callé antes de que se me escapara la palabra—. Perdón —me disculpé.

Dio otro bocado al pescado. —Te perdono, pero solo porque sé que lo dices sin querer.

Volví a mirar a Alexander.

Se veía muy serio, aunque mi padre estaba contando uno de sus chistes tontos. El hombre llevaba un traje negro que hacía resaltar su piel pálida. También se notaban mucho los tatuajes que le cubrían las manos y el lado izquierdo del cuello hasta la mandíbula.

Me acerqué a Valiant. —¿De qué color tiene los ojos?

Esa pregunta hizo que se atragantara con el pescado. Reaccioné enseguida. Le di unas palmadas en la espalda mientras le acercaba mi vaso de agua.

Después de beber un poco, me miró y me guiñó un ojo. —¿Por qué no lo ves tú misma?

Miré otra vez a Alexander y me quedé sin aire cuando sus ojos verde bosque se clavaron en los míos.

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