[Prólogo]
Desde el momento en el que Max estuvo consciente de su importante posición como príncipe heredero, supo que algún día sus padres elegirían una digna esposa para él. Tendría una gran boda en el jardín de palacio y todo el pueblo se regocijaría en la tan esperada unión.
Estaba seguro de que se casaría con una joven hermosa y tierna, deseosa de cargar a su heredero en el vientre.
Había idealizado tanto ese momento, que para cuando cumplió sus anhelados veintitrés años, en la galería de palacio habían más de treinta y dos pinturas suyas haciendo alusión a ese momento en el que por fin se uniría en sagrado matrimonio a la mujer perfecta.
Para empezar, quería una joven de complexión pequeña. Max no era alto, y no quería una esposa más alta que él.
Le fascinaban las rubias, además. Con algo de suerte, ella tendría un cabello largo y dorado, cual finas hebras de hilo de oro.
Su voz sería suave y cálida, porque quería que arrullara sus noches y alegrara sus días con las más dulces canciones.
La joven que esperaba, sería una buena madre, que daría hijos tan hermosos como ella, y los criaría con amor y paciencia.
Estaba seguro de que sus padres se encargarían de encontrar lo que quería, así tuvieran que buscar debajo de las piedras.
Él era el príncipe heredero a la corona a fin de cuentas, y su voluntad sería cumplida al pie de la letra al casarse y convertirse en rey.
Y cuando el día llegó; cuando finalmente estaba de pie en el altar esperando para ver por primera vez a la hermosa dama que sus padres con seguridad le habrían elegido, levantó la mirada esperando dar con la chica de sus sueños.
Lo que caminaba en su dirección a través del pasillo nupcial no era un linda mujer.
Sino un descomunal e intimidamte pelirrojo.