• Parte I •


Navidad era de manera indiscutible la fecha festiva por excelencia, o al menos ella no conocía a nadie a quien realmente no le gustase ese ambiente cargado de emoción, cariño y unidad. ¿Acaso había alguna otra fiesta más adorada que esa? Quizá algunos harían alusión a sus cumpleaños, o aquellos con un alma más extravagante escogerían "Año Nuevo" como la más esperada del calendario, aunque principalmente con la idea de beber alcohol y bailar hasta el amanecer arraigada en sus mentes.
Sí, definitivamente "Año Nuevo" era la mayor competencia para su festividad favorita, sin embargo, para Kana Azmi, no había ninguna otra que fuese mejor que aquella, y es que adoraba todo lo relacionado con esta; desde armar el pino y adornarlo a su gusto, hasta la elaboración de la cena, ya que más allá de lo que estos actos significaran para cualquier otro, para ella solo tenían una meta: disfrutar junto a su adorada familia un día que, al igual que años anteriores, se quedaría grabado a fuego en sus retinas.
Faltaban ya tan pocos días para el tan esperado momento, que este hecho solo provocaba que la joven Kana cada día despertara llena de energía producto de las ansias acumuladas; y aquel nublado día lunes no sería la excepción, a pesar de que para muchos como ella, el cumplir con los deberes propios de la tan llamada "adultez" era una carga incómoda que podría arruinar hasta el más animado plan para celebrar.
Aquel día se despertó en cuanto sonó la alarma, enderezándose cual resorte en la cama, con la sonrisa más amplia que lo normal, porque, ¿Cómo no estar feliz, si solo quedaban cinco días para Navidad? La creciente emoción por tan esperada fecha la mantenía alerta, como si estuviese a punto de correr una maratón y esperase que en cualquier momento el juez diese la orden de salida, por lo que debía estar preparada para iniciar esa competencia en cuanto el "bang" del revólver resonara por doquier. Solo que no era una competencia, tampoco había un juez, solo era ella, alegre a rebosar por pasar aquella tarde de domingo con sus padres y revisar juntos lo que "Santa" les había traído esta vez.
Se acercó a la cómoda donde guardaba su ropa, buscando rápidamente qué usar ese día, reprochándose mentalmente por no haberlo preparado la noche anterior, sin embargo, el chisme que la mantuvo en vela hasta tarde lo valía, ya que hacerse amiga de otra "escritora" como ella, con quien siempre compartía datos de sus historias o de algún tema que a ambas les encantara, era como sentir un soplo de brisa fresca acariciando su rostro, animándola a continuar con aquel pasatiempo que más de una vez pensó abandonar en los momentos en que su inseguridad atacaba.
Mientras recordaba entre risas aquella conversación, al fin encontró el outfit perfecto para aquella ocasión, vistiéndose a todas prisas, sabiéndose demasiado atrasada como para darse una ducha matutina, sin embargo, se prometió que en la tarde tras volver al hogar, lo haría. Tomó su bolso, asegurándose de haber guardado en él todo lo necesario para este nuevo día laboral, corriendo a las prisas hacia el comedor donde el suave y cálido aroma de un agradable café y un par de sándwiches la esperaban, arrancándole una sonrisa de satisfacción mientras recibía un dulce beso en la mejilla por parte de su madre.
— ¿Ya tienes todo, linda? —preguntó su mamá, sonriéndole de medio lado mientras colocaba uno de los rebeldes rizos de su hija tras su oreja, observando como Kana tomaba asiento en su lugar.
— Sí, creo que sí. Cuando regrese del trabajo me ducharé y aprovecharé de envolver los últimos regalos. —respondió animada la chica, tomando la taza humeante para llevarla a sus labios, sin embargo, en cuanto bebió un sorbo, la apartó con brusquedad para depositarla nuevamente sobre el plato—. ¡Quema!
— ¡Jaja! Ten cuidado, cariño. Está caliente. —comentó la mayor con un deje burlón, riendo de buena gana por la expresión de su hija, para luego tomar asiento y acompañarla a desayunar.
Una vez que Kana terminó de comer, se puso de pie rápidamente, despidiéndose cariñosamente besando la mejilla de su madre y luego la de su padre —quien se les había unido minutos después—; para después tomar su bolso y colgárselo al brazo mientras salía apurada del hogar, cruzando los dedos por poder llegar a tiempo a la parada y tomar el colectivo hacia su trabajo, ya que lo que menos quería en aquellas fechas era romper su buen ánimo llegando atrasada.
Se subió al pequeño bus de un salto, teniendo que respirar hondo para poder recobrar el aliento que había perdido por las prisas que llevaba, no obstante, tras darle una rápida ojeada a su reloj, notó que iba con tiempo, incluso hasta diría que con algunos minutos de ventaja; por lo que ahora, más relajada, sacó al fin su celular para ponerse a revisar las notificaciones que le habían quedado pendientes de la noche anterior, notando como aquella nueva amiga le había dejado unos cuantos mensajes en el chat, el cual rápidamente abrió.
"Buongiorno, Kana ¿Cómo estás? Anoche tuve un sueño re esquizo con Shinji, tocará vender mi alma para hacerlo canon :v"
"También releí uno de tus capítulos, sigo diciendo que Yisus es mi personaje fav JAJAJAJA hasta me dan ganas de volver a ir a misa los domingos por culpa del chascas y como reprende a Buda, aunque ese se las gana a pulso, eh"
"Yo si fuera TN: Se está rifando una patada en el hocico y te estás comprando todos los números, mamawebo >:v"
"En fin, espero que tengas un buen día, que por cierto... ¿Te acuerdas que la semana pasada te pedí tu dirección? No es por ponerte ansiosa, pero... te mandé un regalito y según el código de seguimiento, te llega hoy jijiji"
"¡Hablamos luego!"
¿Qué? ¿Había leído bien? ¿Pandora le había mandado un regalo? ¡No podía creerlo! Sin embargo, muchas opciones de obsequio se le pasaron por la cabeza, desde unos stickers de Nanamin de Jujutsu Kaisen enojado, hasta una figurita de Urahara de Bleach sin bañar con una barra de jabón zote al lado. La tan sola idea de un detalle como tal le arrancó una carcajada, haciendo que más de uno de los pasajeros la observara con mala cara, pero a ella esas actitudes le dieron igual, no pensaba comenzar su día amargada solo para poder encajar en la sociedad.
Respondió rápidamente los mensajes, soltándole uno que otro nuevo spoiler sobre su fanfic y mandándole una ilustración bastante sugerente del flacuchento sin gracia que sabía que ella tenía como "favorito", riéndose con más fuerza ante las fogosas respuestas que ella le daba por cada imagen del líder de los vizards.
¿Sería un buen momento para intentar sonsacarle el detalle del obsequio que le llegaría esa tarde? No la conocía lo suficiente todavía, pero sabía que ella era bastante ansiosa, por lo que tenía la esperanza de conseguir arrebatarle al menos un adelanto de lo que debía esperar, sin embargo, en cuanto le consultó como quien no quiere la cosa sobre el regalo que le había preparado, Pandora procedió a enviarle el sticker de Urahara con el abanico y abandonó el chat, dejándola sin respuesta y con las expectativas por las nubes, ya que, ¿Quién se daría el tiempo de realizar un envío internacional por algo de poco valor? Fue entonces que recordó una vieja conversación, donde ella le comentaba su talento con los "amigurumi" y le había mandado una foto de aquel que realizó para sí misma de su propio husbando, haciéndola sonrojar.
¿Y si es un Buda pitón? Se preguntó nerviosa esta vez, sintiendo como su rostro ardía por la vergüenza de recordar aquel "detalle" en el muñequito del shinigami dientón, imaginándose a un muñeco de Buda con un "agregado" similar. ¡No! Debía apartar esa imagen de su cabeza cuanto antes, no quería crearse falsas expectativas, pero tampoco iba a negar que la idea de recibir algo así le hacía gracia y le encantaba en partes iguales, sin embargo, se obligó a alejar ese tema de su mente, ya que pronto llegaría a la parada donde debía bajar y si continuaba distrayéndose de aquella manera, era muy probable que pasara de largo, y ahí sí que correría el riesgo de llegar tarde a su trabajo.
Bajó del bus de un salto, tomando su bolso con firmeza para luego caminar hacia la esquina, esperando pacientemente a que el semáforo cambiase de color. Se tomó un momento para observar a su alrededor, sonriendo con ternura al ver a una pareja con un pequeño niño en medio de ambos cantando villancicos a todo pulmón, prueba fehaciente de que aquel espíritu navideño que ella tanto disfrutaba era algo que se transmitía muy bien en otras familias de generación en generación.
La joven pareja tomó con más fuerza las manitos de su retoño, quien cruzó la calle con ellos sin dejar de saltar y cantar, sacándola al fin del ensimismamiento en el que había caído sin darse cuenta, por lo que también se dispuso a cruzar. Cuando iba ya a mitad de camino, sintió como su corazón comenzó a agitarse en su pecho y un sudor frío recorría su espina dorsal, algo que ocurría solo cuando aquel miedo gatillado por los recuerdos le hacía volver el tiempo atrás. Un par de pitidos provenientes de uno de los vehículos la obligaron a apurar la marcha, ya que el semáforo cambiaría nuevamente y aún no terminaba de cruzar, sin embargo, una vez llegó al otro lado pudo volver a respirar con tranquilidad, llevando su mano a su cadera con pesar mientras trataba de convencerse internamente que aquella tragedia no volvería a pasar.
Sí, a veces cruzar la calle para ella era toda una odisea, y es que los recuerdos de aquel accidente se mantenían grabados en su cabeza como si de una horrenda pesadilla se tratara. Afortunadamente aún estaba ahí, viva, y sin secuelas graves como podría haber sido el caso, sin embargo, desde ese día algo tan simple como cruzar la calle, no se sentía igual.
Sacudió la cabeza para alejar así aquellos malos recuerdos y tratar de traer de regreso ese buen ánimo que la había estado acompañando toda la semana, por lo que rápidamente emprendió el rumbo hacia su trabajo, tarareando una de sus canciones favoritas en voz baja a la vez que fantaseaba con el contenido de su obsequio una vez más.
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Su día en el trabajo había sido bastante tranquilo, aunque a ratos aburrido también. Lo malo de dedicarse a la atención al cliente es que muchas veces estos se creían con el derecho a ofender a quienes los auxiliaban, olvidando por completo que los funcionarios eran personas también, y al parecer, así como el ambiente navideño ponía alegres a muchos, a otros los volvía aún más irritables, desquitándose con la primera persona que se le cruzase, aunque para mala suerte de Kana, tuviese que ser ella el saco de boxeo aquella vez.
Mas no les dio mayor importancia, llevaba tanto tiempo dedicada a ello que había aprendido a templar su carácter e ignorar a las personas desagradables, por lo que apenas dio la hora de salida en el reloj, reunió sus cosas con paciencia mientras nuevamente aquella bonita sonrisa volvía a adornar sus labios, apartando a un lado los malos ratos de la jornada recién pasada.
Salió de la zona de cajas en compañía de una de sus colegas, quien tenía gustos muy similares a ella, por lo que charlar en sus ratos libres les ayudaba mucho a mantenerse con buena cara durante el día, algo que a veces podía considerarse toda una proeza. Lograron avanzar un par de pasos más cuando su jefe las detuvo, haciéndoles tragar saliva ante la idea de recibir una reprimenda, sobre todo en aquellas fechas.
— Le juro que yo no fui. —se adelantó en comentar Kana, mirando a su jefe con una mezcla de resignación y cansancio. Ya daba por hecho que sería sermoneada.
— ¿Ah? ¿De qué hablas, Kana? —preguntó confundido el mayor, cambiando de mano la bolsa que traía para así llevarse una de ellas a la nuca, rascándosela confundido, sin entender muy bien la razón del comentario de su subordinada.
— ¿No viene a reprenderme? Ya sabe, la señora de hace un rato que... —Comenzó a explicar la muchacha, sin embargo, con un solo gesto de su mano, su jefe le hizo guardar silencio, para luego sonreírle de medio lado.
— Eso es un asunto olvidado. La vieja solo quería joder y lamentablemente tú eras quien tenía más cerca. Nadie acá consideró escucharla siquiera, así que no te hagas problemas. —aclaró el hombre, ampliando su sonrisa, un gesto bastante extraño para ambas—. De hecho, les tengo un obsequio, son las únicas dos que me faltan.
— ¿Qué bicho le picó? —cuchicheó su compañera muy cerca de su oído para evitar ser escuchada por el mayor, sin embargo, Kana de un solo codazo la silenció, sonriendo con amabilidad hacia su superior.
El jefe se apuró en revisar el contenido de la bolsa, sacando de esta dos botas de plástico color rojo, las cuales contenían una enorme cantidad de dulces en su interior, aunque los que más destacaban eran unos exquisitos bastones de caramelo, los cuales asomaban por el borde superior del recipiente, el cual tenía un tamaño casi similar al de una bota de verdad.
— ¡Vaya! ¿De verdad son para nosotras? —preguntó Kana, incrédula, recibiendo su presente con cuidado sin dejar de examinar su contenido, notando como en su interior podía notar uno que otro de sus caramelos favoritos.
— Así es. Que tengan bonitas fiestas, chicas. —se despidió el mayor, sonriéndoles amablemente para luego entrar a la oficina por sus cosas.
— Parece que anoche si le tocó... —bromeó divertida su compañera, codeándola mientras movía las cejas con un gesto sugerente, arrancándole una fuerte carcajada a Kana.
— ¡Calla! Mejor vámonos antes de que se arrepienta. —comentó jocosa la muchacha, sacando desde el interior de su bolso una pequeña bolsa de tela para guardar cuidadosamente en su interior la bota.
El camino de regreso a su casa se le hizo más largo que el de la mañana, por lo que se dispuso a responder los mensajes pendientes a lo largo del día, notando que tenía al menos siete de ellos de parte de su amiga chilena.
"Holi, ¿Ya llegaste?"
"We, ¿a qué hora llegas a tu casa? estoy sobreviviendo por pura amsiedáh como el cheems uwu"
"ME LLEGÓ NOTIFICACIÓN QUE EL PAQUETE YA LLEGÓ A TU DOMICILIOOOOOOOOOOOOO"
"¿Ya merito? me siento como el burro de Shrek uwu"
"Por favor, dime que ya vas en camino al menos ;u;"
"Cuando llegues lo primero que debes hacer es abrir el paqueteee, necesito saber si te gustó :c"
"Por cada segundo que te demores en llegar a tu hogar, es un día menos sin ducharse para Urahara :( bien puerco está por culpa tuya"
Leer el último mensaje le hizo soltar una carcajada, recordando lo canónicamente sucio que era Urahara Kisuke a quien ella había apodado cariñosamente "Kuzko", por lo que, por un momento, basándose en el último mensaje enviado, sintió como su teoría de una figura de Urahara con una barra de jabón zote tomaba más fuerza. Dudó un momento, pensando en responderle que ya iba en camino a su casa, sin embargo, decidió clavarle el visto y guardar su móvil a modo de venganza. Si ella no quiso darle detalles del regalo que le había mandado, unos minutos más de ansiedad no le harían daño.
Con aquella idea en mente, continuó el resto del trayecto con una enorme sonrisa en los labios, disfrutando la música que sus auriculares reproducían mientras observaba el ajetreo de las personas a través de la ventana haciendo las compras navideñas de última hora, algo muy común en los días previos a Nochebuena y en las que ella definitivamente agradecía no verse envuelta.
Minutos después, al fin se bajó del colectivo, apurando un poco el paso para llegar pronto a casa, fue entonces, cuando aún quedaban un par de metros, que vio una pequeña caja en la entrada.
— ¡Gracias a los cielos! Menos mal que nadie se llevó el paquete. —comentó la joven en voz alta, suspirando aliviada mientras tomaba el paquete entre sus manos y sacaba sus llaves para ingresar a su casa.
Una vez adentro, caminó directamente a su habitación, dejando el bolso sobre su cama para luego buscar entre sus cosas una tijera y así romper los kilos de cinta adhesiva que envolvían el paquete, sintiendo como sus ansias aumentaban segundo a segundo entre más se demoraba.
— ¡¿Cuánta cinta más debo romper?! —se quejó luego de haber estado un rato sumida por completo en su labor, hasta que al fin la caja cedió, permitiéndole revisar el interior.
Retiró el papel café que cubría la parte superior del paquete, haciéndola respirar hondo por el asombro en cuanto pudo vislumbrar el contenido en su interior, el cual no era nada más ni nada menos que un bonito muñeco tejido de su amado Buda, de un tamaño un poco más grande que el de un tazón.
Lo tomó con cuidado entre sus manos, examinándolo con infinita ternura, apreciando los detalles que su amiga había agregado, sobre todo el mechón de cabello cayendo por su rostro y la paleta de caramelo unida a su mano.
— ¡Qué hermoso! —exclamó feliz, acariciando con delicadeza la ropa que el muñeco vestía, notando que a diferencia del cuerpo, esta no era tejida, sino que su amiga había utilizado tela y había sido cosida a mano por ella, un detalle que le sorprendió aún más por el nivel de detalle que agregó, ya que hasta el conejito del estampado se encontraba bordado en la diminuta camiseta que "Budita" vestía.
Continuó apreciando el amigurumi unos segundos más, emocionada por el obsequio que su amiga había elaborado con sus propias manos, hasta que de pronto, un recuerdo fugaz de aquel peluche de Shinji Hirako asaltó su mente, preguntándose si, al igual que con ese, había tenido el descaro de tejerle genitales también.
"¿Será que...?" Pensó, dejando la pregunta a medias mientras tragaba saliva, nerviosa, tomando el dobladillo del pequeño pantalón con cuidado para bajarlo con delicadeza, apartando un momento la vista por la vergüenza, hasta que sintió que los había bajado por completo y junto con este, un papel había caído al suelo.
— ¿Qué? —se preguntó confundida, girando el rostro para observar el papel en el piso y luego el muñeco, respirando aliviada al notar que este no tenía "ese" detalle al menos.
Tras haberse asegurado de que su querido Buda realmente no contaba con aquella "gracia", le acomodó los pantalones de nuevo, dejándolo con cuidado sobre la cómoda para poder apreciarlo desde cualquier punto de su habitación, fue entonces que, extrañada, le pareció haber notado un tono rosado en las mejillas del muñeco, como si este se hubiese sonrojado, aunque no era eso posible, ¿Verdad?
Respiró hondo, sacudiendo la cabeza para apartar aquella idea tonta y sin sentido de su mente, para luego agacharse y recoger el papel que había caído hace unos momentos, leyéndolo rápidamente, sintiendo como su cara comenzaba a arder, prueba de que su rostro había enrojecido hasta las orejas producto de la acusación que ahí se encontraba:
"Sabía que revisarías si tenía pito, pervertida JAJAJA"
Rió de buena gana al leer aquel papel, reconociendo que su amiga había acertado con esa teoría, ya que no podía negar que desde que había visto el amigurumi original, esperaba que su Buda en miniatura también tuviera aquel "detalle" especial.
Dejó el papel sobre la cómoda, junto a su peluche, para luego retirar la bota con caramelos de la bolsa y depositarla junto a este también, riéndose un poco ante la idea de lo bonito que se veía Siddhartha con una colección de dulces a su lado, por mucho que estos no podría saborearlos un objeto inanimado.
Luego de acomodarlo, decidió continuar con la rutina que había dictaminado en la mañana para ese día, por lo que sacó su celular y puso música desde este, dedicándose a cantar y bailar mientras revisaba al interior del mueble para tomar una muda de ropa limpia y su toalla, ya que tenía una ducha pendiente desde la madrugada. ¿Debía avisarle a su amiga que ya había visto el obsequio? Lo pensó por un momento, pero luego desechó la idea, disfrutando el poder mantenerla ansiosa al menos una hora más, así que, tras darle una última mirada a su peluche, se metió al cuarto de baño para disfrutar de una relajante ducha y con esto terminar de eliminar por completo de su cuerpo la tensión de la jornada.
Salió del cuarto de baño minutos después, más repuesta, envuelta en una toalla mientras mantenía otra alrededor su cabeza cubriendo su cabello para evitar que este goteara mojando el suelo. Se dirigió a su habitación, tarareando aún aquella pegajosa canción en italiano mientras cerraba la puerta tras ella para así retirar la toalla de su cuerpo y comenzar a secarlo frente a la cama.
Luego de terminar con aquella labor, se perfumó y comenzó a aplicar crema sobre su cuerpo, sin tener que preocuparse por vestirse aún, aprovechando que se encontraba sola en la casa; sus padres llegaban más tarde, por lo que podía dedicarse a esa rutina con calma, no obstante, esa paz poco le duró, ya que repentinamente un pequeño ruido, similar a un suspiro le hizo voltearse rápido hacia la cómoda.
"¿Qué había sido eso?" Se preguntó asustada, observando temerosa a su alrededor, hasta que notó que su reciente peluche de Buda se encontraba boca abajo en el mueble, una posición muy distinta a esa en la que ella lo había dejado originalmente, de pie mirando hacia la cama. Se acercó con cautela, tratando de hallarle una explicación al tan extraño cambio en su posición, sin embargo, pronto se relajó, ya que recordó que un detalle distintivo de los amigurumi era el tener la cabeza más grande que el cuerpo, por lo que lo más probable es que se hubiese caído producto del peso.
Lo tomó con cuidado, volviendo a acomodarlo en la posición anterior, aunque no pudo evitar el inclinar la cabeza hacia la izquierda, confundida, y es que realmente parecía que la expresión del muñeco era distinta.
— Qué extraño... —susurró para sí, deslizando sus dedos por el cabello del muñeco, el cual parecía como si esta vez estuviese sonrojado de verdad, y su boca, que juraba antes era una media sonrisa, ahora era una fina línea, como si estuviese serio o avergonzado—. Debo estar imaginándome cosas por el cansancio. —racionalizó esta vez, alejándose del muñeco para acercarse nuevamente a la cama, no sin antes voltearse una vez más, para asegurarse que el muñeco se mantenía en su lugar.
El resto de la tarde pasó sin pena ni gloria para la joven, ya que tras el confuso suceso, del cual aún conservaba algunas dudas, simplemente se dedicó a vestirse para luego envolver los regalos que le faltaban y acomodarlos bajo el árbol con sumo cuidado. Una vez hubo terminado su actividad, se tiró en la cama a revisar sus redes sociales, aprovechando de responderle al fin a su amiga, agradeciéndole por el bonito detalle.
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Volvía a amanecer en el domicilio de la familia Azmi, sin embargo, aquel día a pesar del cansancio acumulado, Kana despertó antes de que sonara su alarma, arrugando un poco el entrecejo mientras pestañeaba confundida, y es que podía asegurar haber sentido una sombra proyectarse sobre su silueta poco antes de despertar.
Se enderezó un poco, incómoda, frotando sus ojos aún algo adormilada para luego recorrer la habitación con la mirada, buscando alguna pista que le dijera que aquella extraña sensación no había sido producto de su imaginación.
— ¿Pero qué demonios...? —soltó junto con un jadeo en cuanto observó al muñeco sobre su cómoda, ovillándose sobre la cama para abrazar sus piernas a la vez que un escalofrío recorría su espalda.
"¿Estaba viendo realmente lo que creía?" Se preguntó exaltada, y es que no podía evitar sentirse contrariada ante la imagen que sus ojos observaban. "Budita", el muñeco que recordaba bien haber dejado de pie mirando hacia la cama, ahora se encontraba recostado panza arriba en el otro extremo del mueble, con algunos envoltorios de caramelo a su alrededor, mientras que la bota que se encontraba a rebosar de dulces la noche anterior, ahora contenía menos de la mitad.
Lo primero que se le pasó por la cabeza, es que el muñeco le había robado las golosinas, sin embargo, aquello no era posible... ¿Verdad?
¡Por supuesto que no! Era un objeto inanimado, no tenía como realizar semejante travesura, aquello era realmente imposible, lo más seguro es que su padre hubiese entrado durante la mañana a sacarle algunos, ya que la noche anterior les había comentado lo de los caramelos a sus progenitores mientras cenaban.
"Pero el muñeco..." pensó esta vez, dejando la frase a medias, tratando de hallarle una explicación a esa extraña posición en la que se encontraba. "¿Acaso está más panzón?" Se preguntó después, mordiéndose el labio ansiosa, sintiendo que incluso podía alcanzar a ver una sonrisa de suficiencia grabada en su diminuta cara.
— ¡No! De seguro ya me está pegando la esquizofrenia. —comentó en voz alta, negando rápidamente con la cabeza para luego levantarse de la cama—. Mi papá tuvo que haberse quedado mirando al muñeco y se le olvidó dejarlo en la posición en que lo había puesto yo. —teorizó, quedando satisfecha con su vaga explicación, acordando que más tarde le preguntaría a su padre para confirmar.
Tomó su toalla para dirigirse al baño, tratando de ignorar lo que según ella solo era producto de su imaginación, y es que a pesar de haberse duchado la tarde anterior, sentía su piel pegajosa producto del sudor nocturno, ya que aquella noche había sido bastante calurosa, algo que no se esperaba por la estación en la que se encontraban.
Se metió a la ducha rápido, aprovechando que sus padres aún no se levantaban, para luego escabullirse de regreso a la habitación envuelta en su toalla. Una vez allí, dirigió su vista hacia el muñeco con desconfianza, sin embargo, este seguía en la misma posición, haciéndola sentir más relajada. "Definitivamente fue mi papá", pensó, sonriendo de medio lado mientras se acercaba al mueble para sacar una muda de ropa limpia, caminando segundos después de regreso a la cama para dejar sobre esta la toalla.
— Cof cof... —se escuchó de pronto, haciendo eco en el silencio de la habitación.
Kana tragó saliva, asustada, girando su rostro levemente para examinar el mueble a sus espaldas, sin embargo, a pesar de intentarlo no vio absolutamente nada. Respiró hondo un par de veces, sintiendo como su corazón latía desbocado producto del terror que por unos segundos invadió su cuerpo, no obstante, intentó convencerse de que había sido solo su imaginación, por lo que rápidamente retomó su labor, agarrando su ropa interior para comenzar a calzársela.
— ¿Es que no conoces la decencia, chica? —soltó una voz grave y profunda a sus espaldas, con un notorio deje de molestia y vergüenza en partes iguales, haciéndola soltar un fuerte grito poco antes de tomar su toalla y utilizarla para cubrirse de su mirada.
Kana se giró lentamente, sintiendo como sus manos temblaban amenazando con dejar caer la toalla, la única barrera que impedía el exponer su desnudez ante la extraordinaria visita que en esos momentos invadía su privacidad.
Parpadeó incrédula en cuanto sus ojos se posaron en la imagen del hombre frente a ella, sintiendo como su corazón se detenía, y es que lo que estos veían era al hombre que solo la visitaba en sus fantasías. Un joven alto y fornido, de largo cabello blanquecino atado en un moño alto y con unos maravillosos ojos de un profundo color azul se encontraba ahí, observándola algo ruborizado, mientras hacía un globo con el chicle que momentos antes masticaba como si nada extraño hubiese pasado.
Se observaron en silencio, sin atreverse a mover ni un solo músculo, escuchándose solo el reventar de los globos que el más alto hacía, hasta que de pronto, este se giró, dándole la espalda.
— ¿Cuánto tiempo más vas a estar desnuda a mi vista? —se quejó el hombre, cruzándose de brazos algo malhumorado, haciendo que los músculos de su espalda se marcaran.
— ¿B-buda? —balbuceó nerviosa, delineando el tonificado físico del hombre con su mirada, mordiéndose el labio de manera inconsciente, y es que era imposible no babear ante la agradable vista que el mayor le daba.
— Así me llaman. Vístete. —respondió esta vez, balanceándose de un pie a otro para contener la ansiedad, hasta que de pronto no aguantó más, comenzando a rebuscar en la bota de plástico alguna golosina más que robar.
No, definitivamente tenía que estar soñando, ya que era imposible que Buda, el mismísimo Siddhartha Gautama de "Shuumatsu no Valkyrie" estuviese ahí, de pie en su habitación, rebuscando entre sus cosas como si nada. Sacudió la cabeza varias veces, tratando de volver a la realidad, sin embargo, el hombre no se desvanecía, continuaba en su lugar, mientras que el peluche que le había regalado su amiga no se encontraba en ningún lado, como si desde él se hubiese materializado el sujeto frente a ella.
— ¿Ya puedo girarme? —preguntó Buda con la boca llena, ya que había aprovechado la distracción de la chica para meterse dos de los bastones de caramelo en esta.
— ¡N-no! ¡Espera! —rogó Kana, retomando la compostura, vistiéndose con prisa para evitar ser observada.
Alcanzó a terminar de calzarse la última prenda, cuando dos golpes se sintieron en la puerta de su habitación, haciendo que ambos se petrificaran en sus lugares, sintiendo que la situación actual no podría ir a peor.
— ¿Hija? ¿Estás bien? Te oí gritar. —preguntó su padre, moviendo ligeramente la perilla, buscando ingresar.
— ¡Estoy bien! —aclaró rápidamente la joven, sosteniendo la puerta para evitar que la abriera. Lo que menos quería era ser descubierta con ese escultural hombre en la habitación—. Me había golpeado el pie contra la cómoda mientras buscaba mi ropa. Pronto saldré. —explicó, sintiendo como del otro lado su padre respiraba aliviado, perdiéndose luego en dirección al comedor.
Buda se mantuvo en silencio unos minutos más, sin atreverse a hablar o girarse por temor a que el padre de la muchacha se arrepintiera y regresara, sin embargo, una vez que estuvo seguro que aquello no sucedería, se volteó para observar a la chica, quien al menos en ese momento ya se encontraba vestida.
— Mentir es malo, ¿Sabías? —cuestionó el iluminado, arqueando una ceja mientras esbozaba una burlona sonrisa, dejando sus colmillos inferiores a la vista.
— ¿Querías que le dijera que mi muñeco había cobrado vida mientras me vestía? —le devolvió ella, cruzándose de brazos tratando de contener la risa en cuanto notó como Buda se ruborizaba al recordar que ya había visto desnuda dos veces a la chica.
— No es mi culpa que dejaras esas golosinas ahí, tentándome a pecar. —se justificó rápidamente él, para luego volver a sonreír con malicia—. Además, tú fuiste quien invadió mi privacidad primero. Te recuerdo que bajaste mis pantalones en cuanto me tuviste entre tus pervertidos dedos.
Ahora fue Kana quien se sonrojó al recordar ese hecho. ¿Por qué le pasaba eso a ella? Se preguntaba avergonzada, sin saber si debería comentarle a Pandora que el muñeco que ella con tanto mimo había tejido, se había convertido en un Buda tamaño real de carne y hueso. "No, ni loca le cuento, me mandará a terapia", se respondió rápidamente, para luego bajar la mirada.
— ¿Cómo te llamas? —preguntó Buda con curiosidad, tanteando con la mano el mueble tras él, buscando alcanzar otro bastón de caramelo más.
— Kana. Kana Azmi. —respondió la joven, dando un par de pasos hacia él para golpearle la mano, evitando que tomara lo que tanto estaba buscando.
— ¡Hey! Sin violencia. —se quejó el mayor, acariciando el dorso de su mano mientras inflaba los carrillos, como si fuese un pequeño niño siendo regañado.
— Te pasa por sacar mis caramelos. Robar también es malo, ¿Sabías? —le devolvió esta vez, soltando una pequeña carcajada al ver como Buda entrecerraba los ojos para fulminarla con la mirada.
— Solo uno más... —pidió, agachándose un poco para quedar a su altura, observándola directamente a los ojos, disminuyendo lentamente la distancia entre sus rostros.
Kana se mantuvo firme en su posición, cruzando sus brazos sobre su pecho de manera inconsciente, buscando con este gesto el conseguir establecer una barrera entre ambos, sin embargo, poco a poco su determinación fue flaqueando, ya que no pudo evitar recorrer todo su rostro con la mirada, notando las bonitas facciones que el hombre frente a ella poseía.
Continuaron así, en silencio, probando cual de los dos conseguía imponerse sobre el otro, no obstante, en cuanto la joven sintió su cálida respiración chocando contra sus labios, se echó hacia atrás, ruborizándose hasta las orejas mientras Buda sonreía ampliamente y agarraba otro dulce de la bota, saboreando su victoria.
— Iré a desayunar, cuando vuelva no quiero verte así aquí. —ordenó Kana poco después de aclararse la garganta, dirigiéndole una última mirada durante un instante, para luego salir de la habitación.
Continuará...
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¡Besos de Tía Escritora-sama!