Capítulo 1
«¿M-me ves?»
Miro el cielo. Sentado en la colina bajo un árbol de cerezo.
Las bellas mezclas de colores del atardecer me tienen embobado. El sol se esconde dejando el brillo en las nubes anaranjadas. Y al otro lado del paisaje las nubes de la noche están preparadas para hacer su trabajo; aún no veo las estrellas.
—¡Uh! ¡Ahí estás!
Una estrella aparece por donde se oculta el sol. La primera estrella de la noche. Brilla y es bonita. Sonrío al ver la estrella brillar con más fuerza.
«Si me ves»
El aire fresco se cuela por mis fosas nasales, llenando mis pulmones de un exquisito aire, señal de vida. Exhalo profundamente mientras cierro los ojos; mi tacto siente el verde pasto de la colina, el cual se mueve suavemente con las caricias del viento.
«Te extraño».
Apenado. Bajo la mirada.
El sentimiento de melancolía hace revolotear mi estómago a tal punto de dolerme. Me froto el estómago dándome pequeñas palmaditas para calmarlo. Suspiro pesadamente y nuevamente alzo la mirada, encontrándome con el brillo de esa estrella; es única y especial.
Muchos dirían que todas las estrellas son iguales: su brillo, su tamaño e incluso el color. Tal como el dibujo de un pequeño niño que las dibuja en forma de estrella y las pinta de un color amarillo.
Pero esa estrella. La que yo considero primera estrella de la noche es única. Solo existo para poder admirarla una noche entera, desde que nace hasta que desaparece por el amanecer. Mis ojos ven a otras estrellas, pero admiro solo a una, porque ella; solo ella me da una rara mezcla de sentimientos melancólicos y de paz.
«M estrella, solo mía».

«Es brillante».
Esos puntos brillantes, formados por hidrógeno y helio llamados “estrellas”. ¿qué tan lejos estarán?
«¿Estará… mamá allá?».
El sonido de los autos y pitidos de los buses escolares o de calles pasaban frente a él. Personas a su alrededor esperaban el cambio del semáforo.
En estos días el Observatorio Byeo se llena de personas, lo que me resulta un tanto incómodo por el ruido que ocasiona cada uno: sus conversaciones, el sonido de sus celulares tomando fotos e incluso sus pasos fuertes por los pasillos de losa. Sin razón alguna vinieron justamente este fin de semana que planeaba tardarme horas en ver las estrellas con mi microscopio; me desilusionó un poco. Ahora estoy justamente con ellos esperando a cruzar la calle, porque soy un tonto en estas cosas tan sencillas.
Si tan solo no fuera de esta manera, las cosas… serían diferentes.
¡Riiin, riiin!
—¿U-uh?
Mi celular seguía vibrando; rápidamente abrí mi bolso y empecé a mover mis cosas hasta encontrar ese aparato electrónico. Abrí mis ojos de par en par al notar la llamada de mi padre, deslicé mi dedo sobre el ícono verde con símbolo de un teléfono flotante y respondí:
—¿A-aló?
Papá
—¿Aló, hijo? ¿Otra vez pusiste el teléfono en vibración?
La voz preocupada de mi padre se escuchó a través de la línea de llamada.
Yo
—L-lo siento, papá. E-era muy ruidoso… Prometo poner el sonido cuando salga la próxima vez del Observatorio Byeo.
Papá
—Está bien.
Se escuchó un suspiro.
—Me preocupé cuando no respondías, pensé que te perdiste de camino a la ciudad. ¿Aprendiste algo nuevo?
Yo
—Sí… —Exhalé fuertemente. —¿S-sabías que Plutón completará una órbita desde su descubrimiento, que fue el 18 de febrero de 1930, precisamente el 8 de agosto de 2178?
Hablé rápidamente.
Papá
Escuché una risita.
—¡Vaya! Falta mucho tiempo. Si para el 2050 faltan 25 años, imagínate para el 2178…
Yo
—No mucho… es muchísimo, d-demasiado…
Las luces del semáforo se pusieron en verde y las personas empezaron a caminar; unas que otras me empujaban con sus bolsos o algunas de sus mascotas se apegaban a mis pies. Tragué saliva y apreté mi bolso mientras veía la manera de cruzar la calle sin el celular en la mano; me puse nervioso esperando a que mi padre terminara de hablar.
—P-papá… —me inquieté.
Papá
—¿Mmh? ¿Pasa algo?
Yo
—Pues —titubeé— debo cruzar la calle, y el semáforo ya está en verde y las personas me están dejando atrás.
¡Pip! ¡Piiipiiii!
—¡Aah! —grité, soltando mi celular para cubrirme los oídos.
Los autos pitaban cuando cruzaban las calles; temblé por segundos y mi corazón empezó a latir fuertemente. Mi respiración comenzó a agitarse y rebusqué en mi bolso con desesperación.
Papá
—¿¡Qué fue eso!? ¡Minjae! ¿Estás bien? ¡Respóndeme!
Mi papá gritó por la llamada.
—¡Voy a ir a buscarte! ¿En qué parte de Oncheon-dong estás? Por ahí es el Observatorio, ¿verdad?
Alcancé a sacar mis auriculares y me los puse, lo conecté temblorosamente a mi celular y vi a las personas ya alejarse de mí. El sudor frío cayó por mi frente para desbordarse y perderse por mis mejillas. Mi papá seguía hablándome, pero de alguna forma se escuchaba como eco. Mi respiración y los latidos de mi corazón fueron los únicos que se escuchaban fuera del ambiente.
Yo
—E-estoy bien, papá. Estoy siguiendo a las personas para cruzar la calle… —dije ocultando mi miedo.
Cuando estaba a la mitad de la calle, un carro pasó frente a mí a velocidad. Abrí mis ojos de par en par y miré hacia donde venían los carros; esto era señal de que el semáforo estaba en ROJO.
Me sentí en una cuerda floja, con millones de caros pasando al lado mío y los pitidos eran tan fuerte que no importaban los auriculares que estaba puesto; porque oía los fuertes sonidos. Cerré mis ojos con terror y temblé ahí parado; las personas que cruzaron empezaron a alertarse y gritaban.
—¡Oh, por Dios! ¡Hay un chico en medio de la calle!
—¡Muchacho, no te muevas!
—¡Si el semáforo está en rojo, no se debe pasar!
—¡Que tonto, joven!
«S-silencio, por favor».
Una luz fuerte hizo abrir mis ojos y alcé la mirada; esa luz poco a poco se iba acercando hasta poder estar a unos metros de mí. Caí al suelo haciendo que las cosas de mi bolso cayeran; mi celular se desconectó de los auriculares y se apagó por el golpe. El sonido del freno se escuchó fuerte, al mismo volumen de los gritos de las personas, y yo solo esperaba el dolor que recibiría por un auto o por un camión. Pero no pasó nada.
«¿Eh?»
El sonido encendido de una moto se escuchó frente a mí; abrí mis ojos uno por uno, encontrándome con la llanta de lado del vehículo. Asustado, retrocedí un poco y miré a la persona que la conducía.
La moto era de color azul marino y tenía un diseño majestuoso; pude entender que era de esas de máxima velocidad que se utilizaban en carreras de motos o solo para obtener peligro y adrenalina. La persona se desabrochó su casco y dos ojos me miraron ferozmente, primero uno color marrón oscuro en la derecha y el segundo de color azul grisáceo en la izquierda; combinaban a la perfección con su rostro ovalado de mandíbula suave y labios carnosos. Su apariencia era suave, adorable y fría. Su nariz era recta y afilada, lo que complementaba a su rostro alargado.
Su mirada era de enojo, su respiración era suave, pero se notaba lo cansado que estaba.
—¡Hey, tú!
Levantó la voz con furia contenida mientras me señalaba con su casco; su ceño estaba fruncido, demostrando lo enojado que estaba. Señaló el semáforo en rojo y luego hacia mí.
—¡¿Qué diablos te pasa?! ¡¿Eres ciego, maldito distraído?! ¡¿No ves por dónde caminas?! ¡Casi te llevo puesto, imbécil! ¿Es que acaso tienes ganas de que te pase por encima o qué? —gritó tirando su casco al suelo. —¡Presta atención! ¡La próxima vez no voy a frenar!
—Y-yo… —murmuré temblando.
—¡Agarra tus malditas cosas y lárgate de mi camino! ¡¿O quieres que te enseñe los colores del semáforo y el significado de cada uno?! ¿¡Tengo que enseñarte todo como a un niño!?
«¿N-niño?»
Sus gritos y los autos pasando se juntaron para torturarme. Mis labios temblaron queriendo decir alguna palabra, pero yo solo quería llorar. Me recordó cuando una maestra me regañó por pintar y gastar todas las hojas de mi cuaderno en la primaria.
—U-ugh…
Mi vista se nubló por las lágrimas que empezaban a nacer. Mi cuerpo estaba entumecido, sin poder moverse; tenía aún el miedo en mis piernas porque no respondían a las señales de mi cerebro. Me cubrí los oídos con fuerza mientras agachaba la mirada.
—P-perdoooón… —sollocé con la voz rasposa. —N-no quise hacerlo enojar, l-lo siento.
Las lágrimas empezaron a mojar todo mi rostro y empecé a limpiarme con las mangas de mi buso. Alcé la mirada, encontrándome con el rostro estupefacto del hombre gruñón.
—¿Eh? —se sobresaltó. Parecía que la furia había huido en ese instante y podría notar la pregunta que se hacía el mismo: ¿P-por qué llora?
Hasta eso, todos los vehículos se detuvieron y algunas personas corrieron hacia mí. Unas señoras mayores que conocía empezaron a regañar al gruñón y este no supo qué decir porque me quedó mirando.
Un señor mayor al cual reconocí, por vivir en el mismo sector por donde vivía, se acercó a mí y me ayudó a recoger mis cosas.
—Joven Minjae —agarró mi rostro y me limpió las lágrimas. —Me llevé un susto al verte en medio de la calle. Si te hubiera visto antes, te hubiera llevado a tu casa.
—S-señor W-woo —sollocé de nuevo. Ahora me empecé a sentir calmado.
—Calma, calma —me dio palmaditas en mi cabeza y me ayudó a levantarme. —Primero salgamos de esta zona peligrosa —sonrió.
Ubico mi bolso en mi hombro y me ayudó a caminar hacia la vereda: la zona segura. Por supuesto, me volteé hacia el motociclista, quien ya se estaba poniendo el casco, y se fue a penas el semáforo se puso en verde para él. Las señoras mayores me consolaron y me dieron caramelos.
—¡Pobre niño! —exclamó una de ellas.
—No es culpa de él, solo fue un pequeño descuido, ¡no era para tanto! —dijo otra, quien me apretó una mejilla.
—Señor Woo —dijo la anterior, llamando a mi vecino.
Él levantó la mirada hacia la señora y sonrió.
—Cuide de este joven, por favor. Puede que otro mocoso lo ande regañando—dijo furiosa.
—No se preocupe por eso —asintió. —Vámonos, Minjae.
Las lágrimas de mis ojos ya se habían secado por completo; agarré mi bolso y seguí al señor Woo sin antes despedirme con una reverencia y un “Gracias” a las señoras.
…
«¡30 llamadas perdidas!»
Encendí mi celular y la primera notificación que me asomó fue aquella. Llamé a mi padre y este contestó al instante.
Papá
—¡Minjae! ¡¿Dónde estás?! Colgaste tan de repente que me asusté mucho.
Yo
—Estoy bien. Me distraje un poco y casi me atropella una moto —confesé.
—El señor Woo se ofreció a llevarme a casa; estamos entrando a Mandeok-dong.
Papá
—¡¿Q-qué?! ¿¡Estás lastimado!?
Yo
—No —negué. —Lloré un poco porque me regañó la persona que casi me atropella, pero solo eso —sonreí.
Papá
—M-Minjae —suspiró. —Tu eres… —se detuvo. —No. Nada.
Yo
—Estoy bien, te lo aseguro —insistí calmándolo. —Te veré allá.
Colgué la llamada y el señor Woo me quedó mirando preocupado.
—A ti hay que enseñarte a ser discreto, joven Minjae.
—¿D-discreto, yo? —me señalé.
—Sí, discreto, tú, joven Minjae —me señaló. —Me imagino a tu padre caminar de un lado a otro pensando en su hijo; ha de estar más preocupado de lo que estaba.
—O-oh, n-no puedo mentir, señor Woo. Él es mi papá —me defendí.
N-no podía mentir a mi padre después de cuidarme solo tras el fallecimiento de mi mamá. Simplemente no podía.
—… —suspiró. —Como digas. Pero trata de ser un poco suave, no seas muy directo.
—¿Soy directo? —pregunté curioso.
—Sí, joven Minjae —sonrió divertido. «Eres como un niño».
El camino a casa no era muy largo—bueno para mí—me divertían los viajes largos; podía escuchar sonidos relajantes por mis auriculares o simplemente leer un libro de astronomía y astrología. Me gustaban leer esos libros interesantes. Ver esos colores de las galaxias y el brillar de las estrellas hacía que me enamorara del universo; ese color oscuro hace que las estrellas sobresalgan en la noche y sean admiradas por personas aparte de mí.
«Quiero ser un experto del universo».
Llegué al fin por el sector donde vivía; el señor Woo me dejó frente a mi casa y él se fue de largo para su casa. Al abrir el portón de mi casa, el primero que me recibió fue mi mejor amigo, Alf; un dóberman marrón con 3 meses de vida. Era muy lindo.
¡Woof! ¡Woof!
Ladró meneando su cola, corrió hacia mí e hizo que cayera sobre el césped. Reí ante esto y él empezó a lamerme el rostro; solté varias risas mientras le frotaba la espalda.
—¡A-Alf! ¡Basta! ¡M-me haces cosquillas! ¡Jajajajaja!
Con el escándalo que estaba armando, la puerta de mi casa se abrió y en ella mi papá estaba con el celular apegado a su oreja.
—¿P-por qué siempre debes tener tu celular en vibración? —tembló, preocupado.
—¿Eh? —quedé confundido.
Alf se retiró encima de mí y fue donde mi padre igualmente a buscar atención. Me sacudí la ropa y me levanté del suelo. Caminé hacia mi padre y este me abrazó fuertemente; Alf también se unió poniendo sus patas en mi espalda.
—Mi niño, me tenías preocupado —frotó mis cabellos.
Mi padre era un alfa ya mayor; mantenía su imagen siempre a pesar de su edad. Trabajaba en un pequeño restaurante como cocinero del mismo; su sazón era único e inigualable. Mi mamá me decía que con ese detalle la había conquistado.
—Muéstrame tus manos —dijo mirándome con preocupación.
Alcé mis manos mostrándolo y este las miró con un poco de pena.
—Vamos dentro, te pondré medicina —sonrió dulcemente.
Agarró mi bolso y me arrastró dentro; Alf, por supuesto nos siguió.
Me senté en medio de la sala, mientras mi padre iba a traer una pomada. Me miré las manos y no estaban tan lastimadas, es decir, un poco de rasguños y zonas rojas no era un problema. Ya no era un niño; tengo 25 años y soy alguien adulto. Yo no debería estar aquí haciéndole perder el tiempo a mi padre; debería estar independizado y ganar dinero por mí mismo.
«¿Soy… alguien inservible?
Bajé la mirada. Apenado, apreté mis labios y entrelacé mis manos.
—¿Te duele?
Mi padre llegó y se sentó frente a mí, agarró mis manos y puso la pomada por encima de mis palmas.
«Ya no soy un niño».
—Papá —retiré mis manos de las suyas y sonreí fingidamente—, quiero hacerlo yo mismo, ya no tienes que hacerlo más.
—Minjae —dijo, serio—, ¿otra vez con esos pensamientos?
—¡No! —mentí. —Ay, no… estoy mintiendo… —bajé la mirada. —P-perdón, perdón… no quise hacerlo…
—Minjae, mírame —agarró mis mejillas. —Hijo —sonrió—, está bien, no te preocupes —apretó un poco mi mejilla. —La vida no siempre se trata de decir la verdad, ¿de acuerdo?, a veces también se trata de decir esas mentiritas blancas, como dice la gente. Algunas cosas se deben guardar para uno, a menos que esas verdades sirvan para el bienestar del otro; estaría bien. Yo no quiero que seas alguien perfecto, mi niño. No quiero que seas esa persona que encaje en la sociedad; yo quiero que seas feliz —sonrió agarrando de nuevo mis manos, esparció la pomada con sus dedos y los masajeó.
—P-pero…
—Minjae, mi hijo —sonrió. —Déjame hacerlo las veces que te lastimes, ¿sí? —soltó una risita—. Además, tu futura esposa lo hará cuando te cases, ¿no?
—¡P-papá! —me sonrojé—S-siempre me tienes que sacar ese tema en alguna extraña ocasión —murmuré.
—Puedo imaginarte con tu futura esposa en el altar, hijo. No puedo esperar a ver a mis futuros nietos.
—P-pa…paaaá… —murmuré ya derretido de la vergüenza.
—¡Ya está! —dijo feliz. Se levantó y fue hacia la cocina. —Ya mismo esta la cena; ve a bañarte mientras tanto.
—Bien —me levanté agarrando mis cosas; Alf estaba dormido en la sala y se despertó apenas yo me levanté, sacudió su cabeza y me miró con esos lindos ojitos.
—Recuerda que tu futura esposa algún día te ha de bañar, ¿no?
—¡Papá!
Él soltó varias carcajadas.
Fui hacia mi cuarto y las luces automáticas de la noche se encendieron; las estrellas pegadas en mi cuarto brillaban y me sentí en medio del universo. Sonreí y me senté en la mesilla, donde estaban varios cuadernos en donde escribía mi día a día. Uno de ellos destacaba por su diseño; era el primer diario que mi mamá me dio a los 5 años. Recuerdo que me dijo que siempre hay que recordar lo que uno hace al día; caso contrario, solo seríamos seres sin consciencia.
Todos esos cuadernos estaban llenos de escritos, escritos de mi día a día. Agarré uno, el cual había comprado recientemente porque en el anterior ya no había espacios para mis escritos. Agarré un pequeño esfero negro y abrí el cuaderno, inserté la fecha y comencé a escribir:
Domingo, 12 de octubre.
Es otro día más en la vida de Jeon Minjae. ¡Hola, soy un autista!
Este día inició de manera interesante; una pequeña paloma se acercó a mi ventana, como si fuera mi alarma, y me hizo levantarme. Pase todo el día conociendo distintos lugares, en especial los lugares cercanos a Mandeok-dong. Comí un delicioso helado verde, curioso, ¿no? La verdad, nunca había visto uno de color verde; pensé que estaba puesto algún colorante, pero no, el señor me confesó que lo había hecho con frutas verdes para llegar a ese color. Estaba rico, muy rico y dulce.
Luego fui a una tienda de libros y compré algunos sobre los signos zodiacales, un tema muy llamativo. Compré algunos nuevos bolígrafos, para luego ir a algún arroyo cercano a grabar el sonido del mismo. Era relajante cuando se chocaban las corrientes contra las rocas y escuchar como fluían junto a algunos peces zarpear; este es el nuevo Audio 103.
Y, por último, mi parte favorita y… un poco inesperada. Fui al Observatorio Byeo en Sajik-dong, lo cercano a Mandeok-dong, por unas cuantas horas. Hubo muchas personas ahí, fue inesperado ver a tantas personas; me causó ansiedad, siendo sincero. Al final de todo, aprendí varias cosas y algunas curiosidades sobre Plutón. Pero a la hora de regreso, mi torpeza y el miedo provocaron que me quedara en medio de la calle; el ruido fue un problema para mí… otra vez como otros días.
Conocí a una persona linda. Bueno, era un hombre gruñón que me regañó y me hizo llorar; era por el miedo que sentí al tener su moto cerca de mis narices. No sé por qué, pero pienso que era una persona amable. Se que pensarás: “¿Quién piensa que una persona es amable después de casi atropellarte?” Jeje, pues yo.
Fue amable de su parte frenar en vez de seguir a la velocidad que iba.
Llegando a casa me recibió Alf, el dóberman del que te hablé. Y luego mi padre, quien preocupado se encargó de mis manos que estaban raspadas; la verdad, no sentí dolor por eso. Bien se dice que el dolor no importa cuando uno tiene miedo, ¿verdad?
¿Y sabes qué me dijo después de todo eso? Que mi futura esposa se encargaría de las heridas que me las haga. ¿Casarme? ¿Por qué lo haría? Nadie se fijaría en mí. En una persona con TEA, como siempre te repito. Además, no puedo permitir que mi futura esposa se haga cargo de mí solo por ser mi esposa, ¿no? No quiero ser carga para esa persona.
—¡Hijo, baja a comer!
—¡Uh! ¡Y-ya voy! —cerré mi cuaderno.
«Aún no me bañé».
Agarré mi toalla y mi ropa de dormir para salir directo del baño a la cocina; no me debía tardar o, si no, la comida de mi papá se enfriaría. Corrí hacia el baño y me encerré en é ya listo para ducharme.
No quiero ser un estúpido joven con autismo.
Continuará…