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Sinopsis

Débora Katz e Isaac Baruj se conocieron cuando eran niños y comenzaron a patinar juntos en parejas a los 15 años. Desde entonces, formaron una de las mejores parejas de patinaje artístico de todos los tiempos. Ganaron seis campeonatos mundiales y cuatro medallas de oro olímpicas. En 1988, su amor floreció y en abril de 1992 se casaron. Tuvieron un hijo llamado Esteban en 1993. Sin embargo, su historia de amor se vio truncada en 1996, cuando Isaac muere de un derrame cerebral a la edad de 27 años. Aunque Isaac ya no está con nosotros, su legado vive y su impacto duradero en el mundo del patinaje artístico. ¡Qué historia tan conmovedora y motivadora!

Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

✔️Capítulo 1: El sueño de Débora

Débora se deslizaba por el hielo con gracia y velocidad, sintiendo el viento en su rostro y el latido de su corazón. Era su momento favorito del día, cuando podía practicar su deporte favorito: el patinaje artístico. Desde que tenía tres años, Débora había sentido una conexión especial con el hielo, una sensación de libertad. A pesar de las dificultades que había tenido que superar, como usar patines demasiado grandes y calcetines gruesos, o soportar el frío y la escasez en Canterlot, Débora nunca había renunciado a su sueño de convertirse en una gran patinadora.


Su padre, Daniel, no compartía su entusiasmo. Él era un bailarín clásico de renombre, que había actuado en los mejores teatros de Anvard y había viajado por el mundo. Quería que su hija siguiera sus pasos y se dedicara al ballet, una disciplina que consideraba más elegante y prestigiosa que el patinaje artístico sobre hielo. Pero Débora no tenía interés en el ballet, le parecía aburrido y rígido. Ella prefería el movimiento en el hielo.


Su madre, Sara, era más comprensiva. Ella también había sido bailarina, pero había dejado su carrera para cuidar de sus dos hijas, Débora y Lea. Sara entendía el interés de Débora por el patinaje y la apoyaba en todo lo que podía. Le cosía los trajes, le hacía trenzas, le llevaba al entrenamiento y le animaba desde las gradas. Sara sabía que Débora tenía un talento especial, una chispa que la hacía brillar sobre el hielo.


Lea, la hermana menor de Débora, también la admiraba. Aunque era más tranquila y estudiosa que Débora, le gustaba verla patinar y escuchar sus historias. Lea tenía diez años, cinco menos que Débora, y era su mejor amiga. A veces, Débora le dejaba probar sus patines y le enseñaba algunos trucos. Lea se divertía mucho con su hermana, pero sabía que no le gustaba patinar.


Débora terminó su rutina con un salto triple y una pirueta, y se detuvo en el centro de la pista. Levantó los brazos y sonrió, imaginando el aplauso del público. Estaba orgullosa de su progreso, pero sabía que aún le quedaba mucho por aprender. Su entrenador, el señor Pablo, se acercó a ella y le dio unas palmadas en la espalda.


— Muy bien, Débora, muy bien. Has mejorado mucho desde la última vez. Pero aún tienes que trabajar en tu postura, tu equilibrio y tu expresión. Recuerda que el patinaje no es solo técnica, sino también arte.


— Gracias, señor Pablo. Sé que tengo que mejorar, pero me esfuerzo mucho. Quiero ser la mejor patinadora.


— Eso es lo que me sorprende de ti, Débora. Tu determinación y tu ambición. Tienes un gran potencial, pero también tienes que ser realista. El patinaje es un deporte muy competitivo y exigente. Hay muchas patinadoras que quieren lo mismo que tú, y algunas tienen más recursos y oportunidades. No te desanimes, pero tampoco te confíes. Tienes que seguir trabajando duro y aprovechar cada oportunidad que se te presente.


— Lo haré, señor Pablo. No le defraudaré.


— Lo sé, Débora. Lo sé. Y ahora, ve a cambiarte, que ya es hora de irse. Mañana te espero a la misma hora.


Débora asintió y recogió sus patines. Se despidió de su entrenador y salió del pabellón. Fuera, la esperaba su madre, con una sonrisa y un abrazo.


— Hola, mamá. ¿Cómo estás?


— Hola, mi niña. Estoy bien, y tú, ¿cómo ha ido el entrenamiento?


— Bien, mamá, bien. El señor Pablo dice que he mejorado mucho, pero que aún tengo que trabajar más.


— Eso es bueno, Débora. Me alegro de que te vaya bien. ¿Y qué tal tu padre? ¿Ha venido a verte?


— No, mamá, no ha venido. Ya sabes que no le gusta el patinaje. Dice que es una pérdida de tiempo y que debería dedicarme al ballet.


— Oh, Débora, no le hagas caso. Tu padre te quiere, pero es muy terco. El patinaje es tu sueño, y yo estoy aquí para apoyarte.


— Gracias, mamá. Eres la mejor. ¿Y Lea? ¿Dónde está?


— Está en casa, haciendo los deberes. Ella también te quiere mucho y te echa de menos.


— Yo también la quiero y la echo de menos. Vamos a casa, mamá, que tengo hambre y ganas de dormir.


— Vamos, Débora, vamos.


Mientras se dirigían al auto, Débora y su madre se cubrieron del frío. Débora observó el cielo, iluminado por las estrellas.