Capítulo 1
Empieza No puedo dormir. Llevo horas dando vueltas y cada segundo que pasa es peor que el anterior. Me tumbo boca arriba y cierro los ojos. Empiezo a contar ovejitas. Al llegar a la sexta ya estoy harto y me siento en la cama. ¿Por qué no puedo dormir?
Estoy cansado, he tenido un día horrible en el trabajo… mi jefa, Patricia, no me ha dado tregua y luego he cenado con Jimin y nos hemos quedado charlando hasta tarde.
Jimin insiste en que debería olvidarlo y seguir con mi vida, pero ¿cómo puedo hacerlo?
Debería dormir. Tengo un mal presentimiento. Un escalofrío me recorre la espalda y me digo que son los nervios y la falta de sueño. Estos últimos meses han sido muy… busco una palabra, ¿intensos? No, más, mucho más.
Basta. Estoy cansado y debería dormir, no sirve de nada que siga dándole vueltas.
Miro los brillantes números del despertador: son las cuatro. Si no me duermo ahora mismo, mañana tendré un aspecto horrible. Lo tendré igualmente. Me paso la mano por el pelo; de pequeño dormía con una trenza, porque, si no, por la mañana mamá tardaba tanto en desenredármelo que llegaba tarde al colegio. Quizá debería volver a trenzármelo. O cortármelo. Llevo una melena demasiado larga para tener veinticinco años y los rizos me dan un aspecto demasiado dulce. Sí, me lo cortaré, así me tomarán más en serio.
Suena el móvil y casi me da un infarto. Lo busco en la mesilla de noche y compruebo que no está allí. Me lo he dejado en la cocina. Me levanto de la cama con el corazón a mil por hora. Prácticamente nadie sabe mi número de móvil y las pocas personas que lo tienen no me llamarían a estas horas si no fuese importante. Los timbrazos continúan. Tomo el teléfono y no reconozco el número que aparece en la pantalla. Respondo de todos modos, con el corazón en un puño.
—¿Diga?
—¿Kim Taehyung? ¿Es usted Kim Taehyung? —me pregunta una voz que no identifico, al otro lado de la línea.
—Sí, soy yo. ¿Quién es usted?
—Mi nombre es Park Ujin y la llamo del Hospital Kangbuk Samsung.
—¿Del hospital? —Me cuesta pronunciar cada sílaba y aprieto el aparato con tanta fuerza que tengo miedo de romperlo.
—Sí. Lamento molestarlo a estas horas, pero en situaciones como ésta es el procedimiento habitual. —La mujer me habla con tanta calma que sólo consigue asustarme más.
—¿Situaciones como ésta?
—Su nombre aparece como persona de contacto en la póliza de un paciente que ha sido ingresado hace un par de horas.
Mamá y papá no pueden ser, a no ser que les haya sucedido algo a los dos al mismo tiempo, y tampoco puede ser mi hermano Namjoon, ni mi amigo Jimin. Era imposible que sea quien me estoy imaginando, pero mi corazón lo sabe antes de que esa mujer me lo confirme.
—Me temo, Joven Kim, que el señor Jungkook…
—Jungkook —la interrumpo y noto cómo se me para el corazón.
—… ha sufrido un accidente. Ahora mismo está todavía en el quirófano, pero necesitaríamos que venga al hospital por si hay que tomar alguna decisión.
Jungkook no está muerto. No está muerto. Está en el quirófano. ¿Y yo soy su persona de contacto? ¿Por qué? ¿Desde cuándo? ¿Todavía? Jungkook nunca hace nada sin motivo. Nunca deja nada al azar.
Jungkook está en el hospital.
Me necesita.
—Voy hacia allí —afirmo antes de colgar.
No sé si la mujer del hospital se despide, pero no me importa. Ni siquiera le pregunto en qué planta está. Lo único importante es que Jungkook ha tenido un accidente y que yo tengo que estar a su lado. Lo demás, la horrible discusión que tuvimos, nuestro adiós, me parece ridículo comparado con lo que sugiere la última frase de la señora Park: «…por si hay que tomar alguna decisión».
Vuelvo al dormitorio sin permitirme pensar en eso y me visto con movimientos rápidos y precisos, dispuesto a evitar cualquier gesto innecesario que pueda retrasarme. Vaqueros, camiseta azul claro, jersey negro, botas. Bufanda, abrigo, bolso.
Bajo corriendo la escalera y paro el primer taxi que veo. Por una vez en la vida, vivir en una de las calles más transitadas de Seul me parece algo bueno.
—Buenas noches —me saluda el taxista a través del cristal que lo separa de los asientos de sus pasajeros.
—Hospital Kangbuk Samsung, por favor —le digo, mirándolo sólo un segundo.
No quiero apartar la vista del móvil para asegurarme de que tengo cobertura y de que no he recibido ninguna otra llamada del hospital sin darme cuenta.
Esta misma mañana me he planteado devolver este aparato y pedirle a Hoseok que me diese mi antiguo teléfono. Pero cuando el astuto secretario de Dirección me ha visto acercarme con el móvil en la mano, ha levantado una ceja y me ha dicho claramente que ni lo intentase, que no quería que lo despidiesen por mi culpa.
—El señor Jeon me despedirá si vuelvo a darte el trasto que llevabas antes —me ha dicho—. No me busques problemas, Taehyung.
—¿Sabes al menos dónde está?
—¿Tu viejo teléfono? —ha preguntado él, devolviendo la mirada a la pantalla de ordenador.
—No —he contestado yo, con los brazos en jarras y sin dejarme amedrentar por su sarcasmo—, el señor Jeon —he especificado apretando los dientes.
—No —ha afirmado rotundo—, pero me ha llamado y me ha pedido que le mande unos archivos a su cuenta privada, así que está trabajando. —Ha hecho una pausa—. Tú deberías hacer lo mismo.
—Si me necesitas, estaré en mi mesa.
Hoseok fue muy antipático conmigo al principio. La verdad es que continúa
siéndolo, pero en las últimas semanas he aprendido a descifrar sus respuestas sarcásticas y sé que me tiene cariño.
—Llegaremos en seguida —me dice el taxista, cuando un estúpido semáforo nos detiene—. El hospital está en la calle siguiente. ¿Dónde quiere que lo deje?
—¿Disculpe? —Levanto la vista del móvil y, al verme en el retrovisor del coche, me doy cuenta de que he estado llorando. Un par de lágrimas me resbalan lentamente por las mejillas. Me las seco con una mano y carraspeo en busca de mi voz.
—¿Quiere que lo deje en la entrada de urgencias o en la recepción? —El hombre se percata de mi confusión y decide por mí—. Lo dejaré en urgencias.
—Gracias —contesto, tragando saliva un par de veces para no volver a llorar.
—No quiero entrometerme, señorita, pero ya verá cómo todo sale bien.
Yo antes pensaba así. Ahora ya no.
— Jungkook ha tenido un accidente —le digo sin más.
Todavía no sé por qué he elegido ese momento para decir esa horrible frase en voz alta. Hasta entonces ni siquiera la había pensado. Y ese pobre hombre no me conoce de nada, aunque supongo que es cierto eso que dicen que a menudo resulta más fácil hablar con un desconocido que con un amigo. No se me ha pasado por la cabeza llamar a Jimin, ni a Hoseok ni tampoco a mis padres y mucho menos a Namjoon.
—Lo lamento mucho, joven.
El semáforo cambia de color y el taxi reanuda la marcha. El hombre me mira una vez más por debajo de la visera de la gorra —la típica gorra de lana con la que de pequeño habría dibujado a un taxista de Seúl— y con la mano izquierda aprieta un botón de su móvil, que lleva en el soporte del vaso.
—¿Ricky? Sí soy yo, Seojin —dice el taxista, cuyo nombre al parecer es Spencer, a través del pequeño micrófono sujeto junto a sus labios. Hasta ahora no me había dado cuenta de que el hombre, que debe de rondar los sesenta, estuviera tan modernizado—. Sí, trabajando. ¿Y tú qué tal, amigo, todavía estás en urgencias del Samsung? Me alegro. Ricky, oye, sé que te parecerá raro, pero ¿puedes salir a la puerta? —Seojin sonrió—. No, no te traigo ningún regalo, esa partida de póquer la perdiste merecidamente. El joven que traigo en el taxi está muy preocupado por su novio y te agradecería que salieras a buscarlo. ¿Cómo se llama? —me pregunta, mirándome a través del retrovisor y después le repite mi nombre al hombre con el que estaba hablando. Otra sonrisa—. Gracias, amigo.
Apaga el móvil con la mano izquierda y gira hacia la entrada de urgencias del hospital.
—Ése es Ricky. —Me señala a un hombre pelirrojo, con el rostro salpicado de pecas. Es muy alto y robusto y parece salido de una fábula irlandesa—. Él la ayudará a encontrar a Jungkook.
El taxi se detiene y abro el bolso en busca del monedero. Y justo entonces descubro que sólo llevo cinco mil wones. Jungkook siempre me decía que tenía que ser más precavido. Una lágrima escapa a mi control. Los cinco mil wones no cubren ni por asomo la carrera.
—Hola, Seojin, veo que estás tan feo como siempre —el gigante irlandés saluda a mi taxista.
—Yo también me alegro de verte, Ricky.
—Disculpe, señor —me atrevo a interrumpirlos—. ¿Sabe dónde puedo encontrar un cajero automático? —le pregunto, muerta de vergüenza.
—No se preocupe, señorita —me dice Seojin volviéndose de inmediato—. Vaya con Jungkook.
—Yo… —balbuceo y anticipo que voy a volver a echarme a llorar—. No puedo aceptarlo.
—Tenga mi tarjeta. —El hombre abre una pequeña ventana que hay en medio de la pantalla de plástico que nos separa—. Si así se queda más tranquila, ahí puede encontrarme cuando todo esté bien y entonces me paga la carrera. ¿De acuerdo?
—De acuerdo. Gracias. —Cojo la tarjeta y salgo del taxi, y tengo que hacer un verdadero esfuerzo para no agarrar al enfermero de la manga y tirar de él.
—Que tengas una buena noche, Seojin —se despide Ricky con afecto de su amigo.
—Lo mismo digo, Ricky, lo mismo digo.
Las luces del taxi parpadean y el vehículo negro se pone de nuevo en marcha.
—Vamos, joven —me dice el enfermero colocándose a mi lado—, creo que la están esperando.
Abro los ojos al máximo y, por un instante, noto que se afloja la banda de acero que me aprisiona el pecho.
—¿Ha hablado con Jungkook?
Quizá ya se hubiese despertado, quizá me estaba esperando tumbado en su cama del hospital, de mal humor por haber destrozado su precioso coche.
Él me sonríe con tanta tristeza que sé que no, pero entonces me pone una mano en el hombro e intenta reconfortarme. Siento que el corazón se me hiela y tragar aire se convierte en una tarea casi imposible.
—La señora Park lo está esperando —dice, guiándome por los pasillos.
—¿Es la doctora que ha atendido a Jungkook?
—No, la señora Park se ocupa de tratar con los familiares —me explica Ricky
—. Tengo entendido que ha hablado antes con usted.
—Sí, me ha llamado. —¿Acaso este pasillo no se va a terminar nunca?—. ¿Usted ha visto a Jungkook?
—No, joven, cuando ha empezado mi turno él ya estaba en el quirófano.
—¿Puede decirme algo?
—No, joven, lo siento. Ya hemos llegado.
Se detiene frente a una puerta marrón de la que cuelga una placa de acero en la que puede leerse: «Park Ujin. Unidad de apoyo familiar». Un escalofrío me recorre la espalda y los píes se me clavan en el suelo. Ricky llama a la puerta y, tras oír la respuesta de la mujer que hay tras ella, la abre.
—Adelante, Joven.
—Pase, joven Kim. Lo estaba esperando. —La señora Park lee las últimas
líneas de un papel y se quita las gafas al ponerse en pie—. Pase, por favor.
—¿Dónde está Jungkook? —pregunto muy asustado. Jamás he tenido tanto miedo—. ¿Dónde está Jungkook? —repito. Es la pregunta más importante que he hecho en toda la vida.
—Pase a mi despacho, joven Kim.
—No pienso ir a ninguna parte hasta que me diga dónde está Jungkook.
Casi sin darme cuenta, me aferró a la manga del uniforme de Ricky y suplico para que no me obligue a entrar. Tengo el horrible presentimiento de que si me encierro en ese despacho, cuando vea a Jungkook ya será demasiado tarde.
—Joven Kim, la operación ha sido muy larga y todavía no estamos seguros de…
—Quiero ver a Jungkook. Ahora.
La mujer se me ha acercado y me mira a los ojos durante unos segundos; después desvía la vista hacia el enfermero. Me mantengo firme y recuerdo aquella vez que discutí con Jungkook porque él me dijo que no sabía luchar por lo que quiero. Que intente ahora la tal Park hacerme cambiar de opinión, que se va a llevar la sorpresa de su vida. Algo debe de presentir ella, porque se saca un móvil minúsculo del bolsillo de la americana y llama a alguien.
—El joven Kim ha llegado e insiste en ver al… —Sea quién sea la persona que está al otro lado de la línea, la interrumpe—. De acuerdo. Gracias. —Cuelga—. Sígame.
La oigo refunfuñar, pero no me importa y me pego a sus talones. Ricky también decide acompañarme, probablemente intuye que puedo necesitar a alguien. Los tres nos detenemos frente a un ascensor. A esas horas no hay gente y estamos solos esperando que se abran las puertas metálicas.
—¿Puede decirme cómo está Jungkook?
—El señor Jeon está en coma.
