Prólogo
Mis pasos resonaron por el pasillo del hospital.
El corazón me palpitaba en los oídos y la sangre me hervía.
Cuando llegué a la recepción, lo primero que hice fue gritarle a la enfermera.
–¡¿Dónde demonios está mi mujer?!
La mujer tembló ante mi tono enfadado.
–E-en urgencias señor Wakefield– corrí hacia el pasillo donde me había indicado su dedo tembloroso.
Un médico me interceptó.
–Señor, no puede estar aquí.
–Quiero ver a mi mujer.
–La señora Wakefield está siendo intervenida, llegó muy grave, estamos haciendo todo lo posible.
La ira y el dolor se mezclaron en mi interior.
Si ella moría, sería todo culpa mía.