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Sinopsis

En la antigua Grecia, una ciudad marcada por la división social, dos jóvenes, Manjiro y Takemichi, se encontraron en circunstancias inesperadas. Manjiro era de estatus, mientras que Takemichi pertenecía a una familia noble y adinerada. Su enamoramiento se vera complicado por las decisiones de su padre.

Genero:
Fantasy/Romance
Autor/a:
Zizzy
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

『𝖴́𝗇𝗂𝖼𝗈』

Aveces las historias de amor nunca terminan bien, casi nunca los enamorados tienen el privilegio de estar juntos, casi siempre son separados para bien o para mal, Grecia igual que Roma se caracterizaba por sus estatus sociales, pero la historia de dos amantes provocó que eso sorprendiera a la ciudad.


Takemichi Hanagaki, un chico timido y de alto estatus al que su padre es el rey de Grecia, a planeado muchas cosas con su hijo a pesar de que Takemichi no está muy convencido de sus decisión, él solamente quería algo a lo que su padre no lo pudiera obligar pero era casi imposible que sucediera eso.


—¿Enserio? ¡No voy a permitir que cases a mi hijo como si fuera un juguete!— La voz de su madre reclamandole a su padre se hizo presente.


—¡Hay muchos pretendientes que dan mucho por él! Quiero que se case con alguien de nuestro estatus, es mi última palabra.—


Takemichi lloraba en silencio, tapaba como podia sus sollozos, su padre solamente lo veia como un juguete para comprometerse por la sociedad y sus estatus.


¿De qué le servia estar rodeado de lujos y poder sin ninguna persona que lo ame? no. Una persona destinada igual a él a enamorarse a pesar de todo los obstáculos, sonaba una historia cursi pero era algo que deseaba, deseaba tener a su destinado toda su vida con él.


En la antigua Grecia, en el esplendor de Atenas, dos amantes se encontraron en los Juegos Panhelénicos, un evento que celebraba la habilidad atlética y la destreza intelectual. En medio de la multitud, Manjiro, un joven atleta cuyo cuerpo estaba cubierto por una túnica blanca y una corona de laurel en la cabeza, se detuvo en seco al ver a Takemichi Hanagaki, El pelirubio pudo sentir un cosquilleo al momento de ver al albino, sus ojos quedaron fijos ante él como Manjiro al joven de belleza deslumbrante que llevaba un peplo griego, una túnica larga y elegante, adornada con finas telas y joyas que resaltaban su gracia y elegancia.


Sus miradas se encontraron en un instante, y el tiempo pareció detenerse a su alrededor. Manjiro, con su físico atlético y su mirada penetrante, se acercó a Takemichi, cuyos cabellos estaban trenzados con cintas doradas y cuyos ojos brillaban como las estrellas en la noche. Él llevaba sandalias finamente elaboradas, que resonaban con cada paso que daba sobre el suelo de mármol.


Mientras la multitud se agitaba a su alrededor, los dos quedaron envueltos en su propio mundo, ajeno a todo menos a la presencia el uno del otro. Manjiro, con su túnica blanca y su corona de laurel, emanaba una confianza serena, mientras que Takemichi, envuelto en su peplo adornado, irradiaba una elegancia que parecía desafiar incluso a las propias dioses.


Takemichi estaba desesperado al volver a ver al joven albino, terminado el evento y sin importarle un regaño de su padre, comenzó su búsqueda pero antes de que pudiera seguir había tropezado con alguien, levantó la mirada y lo que buscaba lo encontró.


El albino estaba enfrente de él, este lo miró confundido pero lo ayudó a levantarse, nuevamente sus miradas se conectaron, Takemichi sintió un nerviosismo por alguna razón.


—¿Estás bien? ¿No te lastimaste?— Preguntó el albino sacando de su trance al chico.


—Ah si, gracias por ayudarme y perdóname por chocar contigo.— Sonrió tímidamente por el momento.


La conversación entre ellos fluía como un río suave, compartiendo risas y miradas llenas de complicidad. Manjiro elogiaba la destreza atlética de Takemichi en la competición de lanzamiento de disco, mientras que él admiraba la gracia con la que él se movía en las pruebas de carrera. Sus vestimentas reflejaban la elegancia y la simplicidad de la antigua Grecia, donde la belleza y la nobleza se expresaban a través de telas finas y adornos delicados.


Finalmente, el sol comenzó a descender en el horizonte, bañando la ciudad en tonos dorados y rosados. Manjiro, con una reverencia cortés, tomó la mano de Takemichi y la condujo hacia una terraza con vista al mar Egeo, donde compartieron un momento de silencio, con el sonido suave de las olas rompiendo contra las rocas como su única compañía.


—Quisiera conocerte más, Hanagaki Takemichi. Me llamaste la atención.— Fue directo el chico hacia el nombrado, las mejillas de Takemichi ardian por sus palabras, sentía una emoción en su pecho que no podia describir.


—Yo... yo también quisiera conocerte más, igual tú me llamaste la atención cuando te vi.— Respondió tímidamente y sonrojado, Manjiro se ruborizo al escuchar que no era él único que lo habia sentido


—Entonces déjame ser parte de tu vida, Takemichi Hanagaki.— Besó sus nudillos lo que provocó una sonrisa en el pelinegro por la acción del abino.


En ese instante, vestidos con la elegancia atemporal de la antigua Grecia, Manjiro y Takemichi quedaron envueltos en un enamoramiento que resonaría a través de los siglos, una historia de amor que se entrelazaba con la grandeza de una civilización que celebraba la belleza, la pasión y el espíritu humano.


Dos almas destinadas a amarse se encontraron en medio de la grandiosidad y el conflicto. Manjiro Sano, un joven y apuesto, cuya fuerza era tan envidiable como su ingenio, se enamoró perdidamente de Takemichi Hanagaki, un hermoso chico cuya gracia y sabiduría rivalizaban con la mismo dios Atenea.


Manjiro y Takemichi se conocieron en los juegos panhelénicos, donde la ciudad entera se reunía para celebrar a los dioses con competiciones de habilidad y destreza. Desde el momento en que sus miradas se encontraron, supieron que estaban destinados a estar juntos, a pesar de las advertencias de los dioses y de los susurros de los mortales.


Sin embargo, sus vidas estaban entrelazadas en un destino trágico. El padre de Takemichi, un poderoso general, desaprobaba rotundamente la relación entre su hijo y uno de humilde cuna. Decidido a poner fin a su amor, el general maquinó un plan para poner fin a la vida de Manjiro y separarlos para siempre.


—Manjiro... en verdad creo que es mejor alejarnos, no quiero que mi padre haga algo encontra de ti.— Habló inseguro el chico ante la seguridad de su amante.


—¡No, no me importa si todos están en contra de nuestro amor, yo lucharé por ti, me dieron a separarme de ti!— Exclamó el albino tomando de las mejillas al chico, Takemichi sollozo.


Unieron sus labios y se abrazaron con fuerza, Takemichi tenía miedo por lo que su padre es capaz de hacer con tal de separarlo del albino, no quería que Manjiro saliera lastimado por eso consideraba la idea de ya no verse en un tiempo por su bien. Perp para Manjiro eso no era ni idea, no soportaria estar lejos de su amado por su padre, no lo iba a hacer, nunca dejaria al pelinegro.


En una noche oscura y tormentosa, los guardias del general emboscaron a Manjiro mientras recitaba sus versos bajo la luz de la luna. Antes de que pudiera comprender lo que sucedía, fue arrastrado lejos de la ciudad y condenado a muerte. Mientras tanto, ese mismo día le habia prometido a Takemichi una cita a lo que el chico esperaba ansioso su llegaba, ajeno al peligro que acechaba a su amado.


Desesperado por encontrar a Manjiro, Takemichi se aventuró en la oscuridad de la noche, buscando entre callejones y pasadizos ocultos. Finalmente, descubrió la terrible verdad: Manjiro había sido condenado a muerte por orden de su propio padre. Con el corazón lleno de coraje y miedo, Takemichi se apresuró hacia el lugar de ejecución, decidida a salvar a su amado.


En el último momento, cuando la espada estaba a punto de apuñalar a Manjiro, Takemichi se abalanzó sobre él, interponiéndose entre su amado y la fría hoja de la muerte. El general, horrorizado por el acto de desafío de su hijo, ordenó a los guardias que detuvieran la ejecución, pero era demasiado tarde. Un grito desgarrador resonó en la noche cuando el acero encontró su marca, hiriendo mortalmente a Takemichi.


—T-Takemitchy...— Los colores del rostro de Manjiro se tornaban a un blanco pálido, su amado de desangraba en sus brazos por la herida, Takemichi iba a morir...


Manjiro sostuvo a Takemichi en sus brazos, con lágrimas en los ojos y el corazón roto, mientras la vida abandonaba lentamente el cuerpo de su amado. En ese momento de desesperación y pérdida, las estrellas mismas parecían llorar por la tragedia que se desplegaba a su alrededor.


—M-manjiro...— Las fuerzas en el cuerpo de Takemichi se iban yendo, su rostro se tornaba un cálido como el papel, sus ojos se volvieron cristalinos.


—¿Porqué lo hiciste? Por mi culpa ahora vas a morir ¡Fue una estupidez!— Manjiro sentía enojo y frustración por no hacer nada.


—N-no podía dejar que la persona que amo, muriera injustamente por mi culpa, q-queria salvarte...— Sonrió con sus últimas fuerzas el pelirubio hacía su amado.


—Te amo Manjiro, tal vez... en otra vida podamos amarnos...—


Mientras Takemichi yacía en los brazos de Manjiro, reprimia las ganas de llorar teniendo al amor de su vida entre sus brazos ya sin vida, escuchaba aún su voz, como si fuera entonada por los mismos dioses. Era la voz de Takemichi, cantando la canción en uno de sus encuentros, una melodía que hablaba de un amor que trasciende el tiempo y el espacio, un amor que perdura más allá de la muerte misma.


Recordó el día que veian el atardecer recostado sobre las piernas del pelinegro disfrutando de sus caricias, el silencio era maravilloso para ellos, necesitaban ese tiempo para ellos dos.


—Mikey... Crees que si no estuviéramos en está situación ¿pudieramos ser esposos?— Al albino le sorprendió esa sorpresa por parte del pelinegro pero se puso a pensar.


¿Una boda? ¿De él y Takemichi? Para él sería lo mejor el tener que casarse con el amor de su vida, de no tener personas que se interpongan en su casamiento, él y Takemichi más felices que nunca.


—Me encantaría casarme contigo y que seas mi esposo.— Respondió el albino lo que hizo sonrojar a Takemichi.


Promesas rotas...


Manjiro cerró los ojos. En ese momento, Manjiro supo que el amor que sentía por Takemichi nunca moriría, que su espíritu viviría para siempre en los anales de la historia, como un testamento de la fuerza del amor en medio de la tragedia.


Así, en los brazos de su amado, Takemichi exhaló su último suspiro, pero su amor perduró a lo largo de los siglos, recordado en canciones y poemas que celebraban la valentía y el sacrificio de dos amantes cuyo destino fue truncado por las maquinaciones de los mortales, pero cuyo amor resistió incluso a la misma muerte.


Manjiro sabía que Takemichi había muerto, no sentía su pulso, no respiraba, estaba pálido, el amor de su vida había muerto en sus brazos. Manjiro sollozo abrazando el cuerpo sin vida de su amado.


La noticia de la muerte de Takemichi  Hanagaki devastó al amante. El dolor y la tristeza lo invadieron, y se dio cuenta del amor inmenso que él le había profesado. Se arrepintió de no haber sido consciente de su sacrificio y de no haber valorado cada momento que compartieron juntos.


El amante, lleno de remordimiento y dolor, llevó el recuerdo de su amado en su corazón por el resto de sus días. Aprendió la lección de que el amor verdadero puede ser efímero y que debemos valorar cada instante que pasamos con aquellos que amamos.


La historia de estos dos amantes es una muestra de la fuerza del amor y de los sacrificios que estamos dispuestos a hacer por aquellos a quienes amamos. Aunque su final fue trágico, su amor eterno perduró en la memoria de quienes conocieron su historia.


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『Época Actual』


Un pelinegro paseaba por el hermoso parque de la cuidad, se habia mudado recientemente y estaba sospechando que se había perdido aunque no lo quería aceptar, suspiró viendo a sus alrededor pero esta por retomar su camino cuando choco con un chico provocando que cayeran al piso los dos.


—Disculpa, no fue mi intención. ¿Estás bien?— Preguntó el chico intentó ayudar al joven con el que se habia tropezado.


—Estoy bien, gracias,Supongo que estabas distraido porqué casi no conoces la ciudad ¿no?— Preguntó a lo que Takemichi se moria de pena al saber que el chico vio eso.


—Bueno, me acabo de mudar asi que, sí. Estoy un poco perdido.—


—Ya veo, si quieres te puedo empezar a mostrar algunas partes de la ciudad para que conozcas un poco.—


—Está bien, Muchas gracias. ¿Cómo te llamas?—


—Sano Manjiro...—


Manjiro...


—Tu nombre se me hace conocido pero no recuerdo no haberte visto antes... bueno yo me llamó Takemichi Hanagaki.— Se presentó el chico al contrario, dejando con la misma confusión a Manjiro.


—Que raro, igual tu nombre se me hace conocido pero no recuerdo haberte visto alguna vez.— Takemichi río por la coincidencia igual que Manjiro y empezaron el camino para mostrarle la cuidad a Takemichi.


Sin pensarlos esos dos amantes que se juraron amor eterno en su vida pasada se habian reencontrado en otros momentos, Takemichi no recordaba a Manjiro, ni Manjiro a él. Pero en el fondo de ellos siempre existirá su amor del pasado.