5.- Saga the Ribbon: For Your Touch

Sinopsis

¿«Sabes por qué sé que me amas?... Por tus caricias. » Un hombre que nunca ha necesitado a nadie y que ahora no puede respirar si el no está a su lado. Un doncel que había jurado no volver a confiar en ningún hombre y que ahora no se imagina la vida sin él. ¿Qué pasará cuando se vean obligados a separarse? ¿Es su entrega tan completa como ellos creen? ¿Acaso un simple viaje de negocios podrá acabar con su relación? La tentación es muy fuerte, pero su necesidad de pertenecerse el uno al otro lo es aún más. Por tus caricias te permitirá descubrir un poco más la intensa y apasionante historia de amor de Jungkook y Taehyung... O empezar a conocerla. CONTENIDO PARA MAYOES DE EDAD / CONTENIDO ADULTO ADAPTACION TODO LOS DERECHOS A LA AUTORA. - KOOK / V M-PREG

Genero:
Romance/Erotica
Autor/a:
WOL_74
Estado:
Completado
Capítulos:
7
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Taehyung

La calle parece cubierta de estrellas, las gotas de lluvia han dejado de caer, pero han decidido quedarse en el suelo de la ciudad y convertirlo en algo mágico. Desde que me mudé aquí éste ha sido uno de mis momentos preferidos del día. Sonrío. Bueno, es uno de mis momentos preferidos sin Jungkook. Si Jungkook está conmigo, nada puede competir con él.

Sonrío otra vez. Gracias a la lluvia y al tráfico de la ciudad tuve que compartir taxi con Jungkook el día que lo conocí. Aún recuerdo lo furioso que se puso, y todo porque al parecer se había autoimpuesto no desearme.

Jungkook y sus normas.

Un cosquilleo me recorre el cuerpo al pensar en todas y cada una de las normas que hemos roto juntos estos meses. Se me acelera incluso el corazón y las ganas de volver a estar con él me sobrecogen. Deslizo la mano hacia el interior del bolso y busco el teléfono móvil. Sé que esta noche llegará tarde, me lo ha dicho esta mañana. Estaba tan enfadado que durante unos segundos he temido que fuese a anular la reunión.

—Si esos energúmenos son incapaces de encontrar otro hueco en su agenda para reunirse todos en el mismo despacho, tal vez no deberían comprar una empresa juntos. Además, a partir de las seis estoy contigo — ha dicho.

Esos «energúmenos» son los futuros propietarios del Banco de Busan y le han pedido asesoramiento a Jungkook para terminar de formalizar la compraventa. Mercer & Jeon, el bufete de Jungkook, cobrará una suma exorbitante por la operación y antes, hace unos meses, Jungkook se habría quedado encerrado en el despacho hasta resolver todos los flecos del contrato. No habría permitido que nada ni nadie lo distrajese y nada más habría ocupado su mente.

Y ahora está conmigo a partir de las seis.

Sí, Jungkook ha roto todas sus normas… y las mías.

No debería llamarlo, pero estoy pensando en él y quiero oír su voz.

Sólo suena una vez.

—¿Dónde estás?

Lo noto tan tenso que me lo imagino sosteniendo el teléfono con una mano y apretándose el entrecejo con la otra.

—Andando por la calle.

—Ha llovido —se queja, aunque sé que se calla el resto de la frase. Si fuera por Jungkook, Frederick me llevaría y recogería del trabajo todos los días. Ya le he explicado que, aunque me apasiona que sea tan caballeroso, sé andar solo.

Jungkook todavía está asimilándolo.

—Lo sé. Me he acordado del día que te conocí, tuvimos que compartir taxi. —Sonrío a pesar de que sé que no puede verme—. Te pusiste furioso conmigo.

—Me puse furioso conmigo. Espera un segundo. —Lo oigo caminar.

En cierto modo echo de menos trabajar en Mercer & Jeon, donde podría cruzarme con Jungkook en el pasillo. Distingo el ruido de una puerta cerrándose—. Me puse furioso conmigo —repite entre dientes— porque me excitaste en cuestión de segundos. Igual que ahora.

—Oh, lo siento.

—No me vengas con «lo siento». Coge un taxi y ve a casa. Yo llegaré en unos minutos.

—¿Ya ha terminado la reunión?

—No. ¿Ya has parado un taxi?

—No puedes irte así, sin más, Jungkook.

Un cosquilleo me recorre la espalda. La voz de Jungkook me está acariciando la piel y tengo que detenerme en plena calle porque me tiemblan las rodillas.

—Por supuesto que puedo. Me has llamado, me basta con eso. Si tanto quieren saber mi opinión, pueden venir mañana por la mañana. Yo ahora quiero estar contigo.

—Y yo contigo —suspiro.

—¿Ya estás en el taxi?

—¿Qué? No, no. —Recupero cierta calma—. Jungkook, no puedes dejar plantados a esos señores. Y tampoco a Patricia —añado—. Ella te pidió que estuvieras.

Suelta el aliento. Patricia Mercer es la socia de Jungkook y una de las pocas personas del mundo por las que él siente respeto y afecto. Cuando los vi juntos por primera vez sentí celos, lo reconozco, pero pronto me di cuenta de que se consideran amigos, quizá incluso una especie de hermanos. Nada más.

—¿Por qué diablos he dejado que me conocieras tan bien?

—¿Te arrepientes?

—Jamás. —No duda ni un segundo. Después coge aire y lo deja ir despacio—. Prométeme que subirás a un taxi y que irás a casa. Yo llegaré en cuanto pueda.

—Ya estoy en casa, ahora mismo estoy cruzando la puerta de la entrada. Buenas tardes, Joon-ha —saludo al portero del edificio.

—Buenas tardes, joven. —Me sujeta la puerta y la cierra por mí.

—Está bien. ¿Por qué me has llamado? —me pregunta de repente—. ¿Te ha sucedido algo?

—No, nada. —Me sonrojo, aunque no puede verme—. Sólo quería oír tu voz. — Ya está, ahora sí que anulo la reunión.

—¡No, no! —río en voz baja—. Termina la reunión. Yo estaré aquí. Esperándote.

—¿De verdad?

—Sí.

—Dímelo.

—Estaré aquí. Esperándote.

El ascensor se detiene en mi piso. Salgo y me doy cuenta de que mientras hablo con Jungkook no me fijo en nada de lo que sucede a mi alrededor.

—¡Dios, Taehyung! —Tiene la voz ronca—. Necesito que me ayudes. Si salgo así del despacho voy a arrancarle la cabeza al primer ejecutivo sin cerebro que se atreva a hablarme.

—No, no lo harás. —Cierro la puerta detrás de mí, me quito los zapatos y el sonido de las medias al rozar el suelo de madera me produce un escalofrío—. Eres Jeon Jungkook y vas a demostrárselo, vas a negociar el mejor contrato que han visto jamás y se irán dando gracias al universo por no haberte tenido de adversario.

Jungkook sonríe, lo sé.

—Yo sólo quiero ser tuyo.

—Lo eres, y cuando llegues volveré a demostrártelo.

—Voy a colgar. —Ha tragado saliva antes de hablar.

Me quedo mirando el móvil unos segundos y con el pulgar acaricio la pantalla donde ha aparecido el rostro de Jungkook. Se enfadó conmigo el día que le hice la fotografía; estábamos en la casa de Chucheon y él se había quedado dormido en el jardín. Me dijo que no podía usarla. No le hice caso, obviamente, y sé que a él le gusta que no se lo hiciera.

Adoro esta fotografía, a Jungkook le cuesta tanto estar en paz consigo mismo que los contados instantes que lo consigue deberían ser inmortalizados. Él está aprendiendo a ser feliz, a dejar atrás el odio, los remordimientos y las acusaciones que no llevan a nada. Dice que sin mí no lo logrará, pero en realidad soy yo el que jamás será feliz si él no está a mi lado. Me estremezco sólo de pensarlo.

Sacudo la cabeza y dejo el móvil en la entrada. La primera vez que entré aquí, en el apartamento de Jungkook, tuve frío. Es precioso, tiene una pared completamente de cristal desde la que se disfruta de una vista espectacular de Seúl. Quita el aliento. Los muebles son mayoritariamente blancos, exceptuando los detalles negros distribuidos con suma elegancia. Es tan perfecto que podría ser la portada de la revista de decoración más sofisticada del mercado, y estaba tan vacío de emociones que se me ponían los pelos como escarpias cada vez que entraba.

Además, ¿cómo era posible que un hombre con el fuego de Jungkook viviese en ese témpano de hielo? La respuesta, ahora la sé, es que Jungkook no vivía allí. Jungkook existía; era el mejor en su trabajo, el mejor amante, el mejor jugador. El mejor. Y nunca sentía nada.

Tenía sus normas.

Y se las he arrebatado una a una. El uno al otro.

Ahora mi abrigo, el que me regaló Jungkook, cuelga en la entrada. El jarrón, que antes sólo tenía lirios blancos, está lleno de rosas. Hoy no, pero a veces esas rosas provienen del jardín de la casa a las afueras de Seúl en Chuncheon. Y hay una fotografía nuestra encima de la repisa de la chimenea.

Es una instantánea en blanco y negro absolutamente preciosa. Nos la hizo Jimin, mi mejor amigo, en una cena de la ONG. Al principio Jungkook no quería asistir, pero lo hizo para estar a mi lado, y por otros motivos que no quiero recordar.

Bailamos. Él me acarició la nuca y me miró a los ojos. No dijo nada, sólo me miró, y yo a él.

Y Jimin capturó ese instante sin que nos diéramos cuenta.

Es una de mis posesiones más valiosas.

Pensar en Jimin me ha recordado el expediente que tengo guardado en el bolso. Se trata de una consulta que una empresa petrolera ha hecho a la ONG. Al principio me sorprendió que una petrolera se tomase en serio el medio ambiente, pero luego me reñí a mí mismo por no ser objetivo. Y por creerme todas las series de abogados.

Yo soy el ejemplo de que los estereotipos no se cumplen, y que hay que ser muy valiente para reconocer lo que necesitas de verdad y atreverte a pedirlo.

Como Jungkook.

—No, no puedes volver a pensar en él. Tienes que trabajar —me digo en voz alta. Saco la carpeta de plástico azul del bolso; tiene forma de sobre y se cierra con un botón negro. En el interior he guardado mis anotaciones y los documentos que había empezado a redactar Jimin. Ah, y éste es el segundo motivo por el que este caso me resulta peculiar.

Jimin se ocupaba de él.

Lee Taemin, el abogado que representa a la petrolera se reunía siempre con él. Y lo cierto es que la atracción entre ellos dos era —es— tan evidente que me encerraba en mi despacho para no entrometerme.

Jimin lo pasó muy mal cuando lo suyo con Gyu no funcionó, y quería darle intimidad para conocer mejor a Taemin. Jimin es el mejor: estuvo a mi lado cuando descubrí a Bogum, mi casi marido, en plena infidelidad. Me animó a que me mudase a Seúl y también, cuando dejé a Jungkook, asustado por lo que los dos estábamos sintiendo, me recordó que para el amor no hay que tener miedo.

Quiero que Jimin sea feliz, tanto como yo. Me duele ver que el y Gyu no son capaces de arreglar las cosas, y más cuando sé que él la ama y la desea con locura. Pensé que Taemin era la solución. Es increíblemente atractivo, elegante, desprende sensualidad con la mirada y tanta fuerza que dan ganas de tocarlo para ver si está hecho de hierro. Si yo no estuviese completo, ciega, irremediable y eternamente enamorado de Jungkook, me resultaría imposible no fijarme en él.

Es perfecto para Jimin. Estas últimas semanas él había vuelto a sonreír, y sé que la otra noche salieron a cenar. El mismo me lo confesó nervioso que estaba por esa cena. Pero esta mañana Jimin ha entrado en mi despacho, ha dejado la carpeta azul encima de la mesa y me ha dicho que me ocupe yo de terminar el informe. Evidentemente le he preguntado por qué.

—Tengo mucho trabajo, y a ti el derecho medioambiental siempre se te ha dado mejor que a mí.

—No es verdad —repliqué—. ¿Ha pasado algo con Taemin? ¿Fue durante la cena?

—No, no ha pasado nada —ha mentido—. Tengo que terminar unos informes urgentes para ACNUR. Tienen prioridad.

He enarcado una ceja y ella me ha acercado la carpeta.

—Hazlo por mí —ha añadido.

Con esa última frase, me ha convencido. Y lo que he visto en sus ojos antes de que se fuera a toda prisa me ha obligado a no preguntarle nada más. Jimin es de esa clase de personas tan fuertes que no soportan mostrar debilidad. Sé que todo el mundo cree que es indestructible, incluso yo lo creía antes de conocerlo mejor, pero en realidad tiene el corazón más sensible con el que me he tropezado jamás.

Si Taemin le ha hecho daño, tendrá que vérselas conmigo. Tengo que reunirme con él mañana a las once y estoy seguro de que el no estará en las oficinas a esa hora. ¿Qué les habrá pasado?

Me suelto el pelo y me llevo los papeles al sofá. Leo varias veces los documentos que preparó Jimin y no me sorprende descubrir que son prácticamente perfectos. Hago también una doble lectura de la información que Taemin nos proporcionó al solicitar el informe y anoto unas cuantas preguntas en los márgenes. Pasan las horas y las luces de la ciudad que me hacen compañía colándose por la ventana cambian de color.

Estoy cansado y necesito ver a Jungkook. No sé si con el paso del tiempo se aflojará este anhelo; lo cierto es que no lo creo, pero he estado a punto de perderlo demasiadas veces. No quiero acordarme de esos momentos, los hemos superado y ahora estamos juntos, complementándonos.

Estiro los brazos y tras incorporarme voy hacia nuestro dormitorio.

Mi pasado con Jungkook está lleno de amor, pero ha habido demasiado dolor.

Un escalofrío me sobrecoge, la imagen de él en coma después del accidente me detiene siempre el corazón.

Dejo correr el agua de la ducha y espero a que el vapor se adueñe del interior del baño, así quizá logre entrar en calor. Preparo el albornoz, el de Jungkook, de suave y mullido algodón blanco. Yo tengo otro, creo que sólo me lo he puesto en una ocasión, prefiero utilizar el de él porque siento que me envuelve en sus brazos.

Entro en la ducha, la mampara de cristal está completamente empañada por el vapor. Cierro los ojos y me coloco bajo el chorro. Con las manos me aparto el exceso de agua de la cara y dejo que las gotas me resbalen con fuerza por la espalda. El dolor ha quedado atrás, lo sé, pero hay momentos en los que me cuesta creerlo y noto como si un glaciar clavase sus garras dentro de mí.

Y el único capaz de fundirlo y ahuyentarlo es Jungkook.

—Eres precioso.

Abro los ojos y me da un vuelco el corazón al verlo de pie bajo la puerta… Mi Jungkook siempre sabe cuándo lo necesito.mpieza a escribir aquí...