HERIDAS

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Sinopsis

"Ambos vivimos en una realidad distinta, aunque es chistoso porque sufrimos lo mismo." En la pintoresca ciudad de Tivertoon, George, un apasionado joven, se encuentra profundamente enamorado de la luz de su vida gris, una bella y encantadora joven cuyos antecedentes humildes y familia en conflicto con la suya desatan la oposición feroz de ambas familias. A medida que su romance florece, enfrentan el desafío más grande de sus vidas, luchando contra los prejuicios arraigados y los secretos oscuros que amenazan con separarlos, mientras toda la ciudad tiembla ante la revelación de verdades dolorosas. En medio del conflicto y la tragedia, su amor perdura como un faro de esperanza en un mar de adversidad, dejando una huella imborrable en la historia de Tivertoon.

Genero:
Romance/Drama
Autor/a:
Fryda Keller
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Prólogo

La familia Prewett, una sinfonía de emociones entrelazadas, susurra sus secretos en la brisa de Tivertoon. Sus nombres evocan una danza de alegría y temor, como notas musicales que se elevan y descienden en un vaivén constante. En el corazón de esta melodía, George encuentra la canción de su linaje, tejida con los hilos de la valentía y el sacrificio. Los suspiros de los ancestros se unen al coro, mientras el miedo y la esperanza entrelazan sus manos en un baile eterno. Es la historia de una familia marcada por la lucha y la resistencia, una canción que nunca deja de resonar en los corazones de quienes llevan el nombre de Prewett.


El simple eco de la familia despierta inquietud y susurros de advertencia en quienes lo escuchan. Sus pasos, antes ligeros, se vuelven tortuosos y lentos bajo el peso de esa carga. Cada huella que deja en la tierra húmeda parece ser un recordatorio de la oscuridad que rodea a su linaje. La angustia de ser la causa del llanto y el miedo en otros lo consume, hasta que finalmente, incapaz de soportar más, aprieta con fuerza la caja que lleva consigo y huye, dejando atrás el peso abrumador de su apellido.


George encontró alivio al vislumbrar una pradera dorada, donde los largos pastizales de arroz se balanceaban como si lo saludaran y le dieran la bienvenida. Sonrió al sentir la paz que solo ese lugar podía brindarle, extendiendo sus brazos para abrazar a las suaves criaturas de luz que iluminaban su vida antes gris. Caminó hacia el final de la pradera, donde un alto y robusto árbol verde se erguía majestuoso, con hojas que parecían querer abrazar al recién llegado. Con fatiga, se recostó contra el tronco, dejando escapar un suspiro profundo que la cálida brisa se llevó consigo.


Bajo la sombra del robusto árbol, George encontró un manzano generoso, cuyos frutos frescos adornaban sus ramas. Sin embargo, algo parecía diferente: los frutos no caían cerca del tronco, sino que rodaban hacia los pastizales. Esta peculiaridad no le impidió disfrutar del ambiente apacible, dejando que la brisa acariciara su rostro cansado y cerrando los ojos en busca de paz.


En ese momento de calma, algo cayó a su lado con un golpe suave, que al principio ignoró como una rama o un fruto maduro. Pero cuando sintió otro golpe, esta vez en la frente, se sobresaltó y se encontró con el fruto que había rodado colina abajo. Confundido, se giró para investigar y fue entonces cuando escuchó una carcajada resonante detrás suyo, rompiendo el silencio con su inesperada presencia.


—¡Perdón, ja, ja, ja! Estaba recogiendo estás manzanas pero cayeron del otro lado.


La imagen de una mujer radiante sentada en las ramas del árbol sorprendió a George. Su piel blanca parecía tan suave como los pétalos de una margarita en primavera, y su cabello dorado brillaba con la luz del sol que descendía por el horizonte, creando un halo hermoso a su alrededor.


—¿Un ángel...? —susurró George, asombrado.


—¿Dijiste algo? —preguntó la mujer, saltando ágilmente hacia abajo del árbol, lo que inicialmente asustó a George, temiendo que se lastimara. Sin embargo, aterrizó con gracia y una sonrisa en el rostro.


—Yo...


—Disculpa de nuevo por lo de la manzana, mi cesta estaba al otro lado del árbol, me desorienté un poco allá arriba, ja, ja. —dijo ella mientras George seguía atónito por lo que acababa de presenciar. Era la primera vez que veía a una mujer usando pantalones holgados, que a simple vista parecían un vestido, pero al saltar pudo notar que eran pantalones.


—No te preocupes... ¿Esto...?


—Me llamo Miss Moth, un placer.


—¿Miss?


—Es un nombre un tanto peculiar, lo sé. Pero mis padres decidieron así, así que está bien.


—No, no es extraño, solo un tanto... ¿Inusual? —George, quien nunca había tenido que sostener una conversación en su vida, se encontraba teniendo dificultades para interactuar con esta mujer tan habladora.


—¡Ja, ja, ja! ¡Sí! Es inusual y eso me gusta. —la sonrisa que le regaló a George lo dejó nuevamente atónito, sin saber qué responder—. Entonces... ¿Cómo te llamas?


—Ah... Yo...


Su nombre, ¿no lo conocía? ¿Por eso le hablaba de esa forma? George ahora lo entendió, la razón por la que esta mujer comenzó a hablarle podria ser por que era nueva en la ciudad. Sus pensamientos se desviaron cuando la mujer lo observó con una expresión confundida.


—Mi nombre es George...


—¡Ah, lindo nombre! Un gusto, George.


George, cuyo corazón había permanecido en un gris monótono hasta ahora, comenzó a palpitar con un matiz diferente. La sonrisa de aquella mujer parecía desbloquear algo dentro de él, algo nuevo y emocionante. Sin embargo, junto con la emoción, también surgió un temor latente: el miedo a perder esa nueva sensación, a que la sonrisa que iluminó por unos segundos, se desvaneciera como una vela en el viento.



Continuará...


¡Bienvenidos a Heridas!