Clarisa

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Sinopsis

El joven profesor quedó prendado de aquella muñeca que lo observaba tras el escaparate, sin embargo, pronto descubrirá que oculta un secreto que ha olvidado.

Genero:
Horror/Thriller
Autor/a:
Sara
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Clarisa



Me enamoré de Clarisa a primera vista de sus ojos castaños y de aquellas delicadas manos, sobre todo del cabello que le caía como una cascada encima del vestido de terciopelo granate. Me miraba a través de aquel cristal con el cuerpo inclinado en una grácil postura. Me acerqué al escaparate y la observé embelesado, nunca había visto una muñeca tan hermosa, entré y el tintineo de las campanillas hizo que la propietaria de la tienda levantase la vista, al acercarme al mostrador me di cuenta de que no podía ver, una fina capa parecida a una especie de tela transparente cubría sus ojos.

—Buenas tardes, me gustaría ver la muñeca del escaparate.

Con pasos cortos y firmes fue hasta la entrada, abrió el cristal y regresó con ella en brazos. Antes de salir de ahí, clavó su mirada en mí y me dio unas instrucciones.

De regreso a mi hogar pensé en el lugar adecuado para Clarisa, la saqué del envoltorio y con manos temblorosas la dejé en la parte superior del instrumento, pasábamos juntos todas las tardes mientras interpretaba obras de Tchaikovski, Mozart, Bach, Chopin y Satie. Este último era mi compositor preferido, de vez en cuando, levantaba la vista de la partitura y la observaba embelesado.

«Si ella fuera de verdad, me acompañaría con su violín»

Aunque parezca una locura, imaginé cómo sería en carne y hueso, este pensamiento me acompañó durante varios días y por las noches, soñaba con una chica muy hermosa con los mismos rasgos que mi muñeca. En el sueño, ella corría por un prado lleno de flores y cuando lograba alcanzarla, su cara se derretía como la cera.

La pesadilla se repitió durante una semana entera y pronto empecé a notar los efectos del insomnio, las ojeras se marcaban debajo de los ojos, me dolía la cabeza y estaba más irascible de lo habitual. Quién me conocía sabía que era una persona solitaria e incluso algo arisco algunas veces.

Pasó el tiempo y me fui olvidando de Clarisa, empecé a dar clases en el Real Conservatorio superior de música, casi siempre llegaba a casa tarde cenaba y me iba a la cama. La habitación donde estaba el piano estaba solitaria y oscura, fui a mi cuarto y puede que fuese fruto del cansancio, pero la vi moviéndose con gracia girando su cuerpo sobre ella misma.

El silencio reinaba a aquellas horas de la madrugada, estaba tumbado en la cama boca arriba y me disponía a encender el pequeño televisor que tenía sobre una balda. De pronto escuché música que procedía de un violín, se trataba de una melodía muy conocida gracias a una película: Love story. Sonaba en bucle una y otra vez, pensé que serían mis vecinos, pero era imposible, se marcharon a principios de año a otra ciudad.

El instrumento continuaba cantando aquella conocida canción cada vez más fuerte, hasta el punto de dolerme los oídos. Harto de todo aquello, me levanté de un salto y me dirigí enfurecido hacia la puerta. Al pasar por la sala de estudio me percaté de la posición de la muñeca, no estaba donde siempre y juro por lo más sagrado que yo no la había movido.

El miedo recorrió mi cuerpo como una corriente eléctrica, quizás entró alguien en mi ausencia o yo mismo la moví y no me acordaba. El insomnio y las pesadillas de las últimas noches me estaban afectando bastante, así que encendí la luz, puse a Clarisa en la parte superior derecha del piano y me fui a dormir.

Al despertar la luz cegó mis ojos, alargué el brazo hacia la mesita de noche y miré la pantalla del móvil, eran casi las dos del mediodía, me levanté dudando si prepararme café o la comida, abrí el frigorífico y vi un tupper con sobras. Cuando puse su contenido en un plato comenzaron a salir gusanos minúsculos moviéndose en una danza imposible, sin pretenderlo vomité en el fregadero, asqueado cogí el plato y lo tiré al cubo de la basura, me pareció extraño y estaba seguro de que la comida estaba en buen estado, todo ese espectáculo me cerró el estómago.

Me vestí y cuando ya estaba listo para salir me percaté de que me olvidé la cartera, así que fui al salón y al pasar por el pasillo, no pude evitar mirar la sala de estudio, sentí un frío interno en mi cuerpo. Estaba en el lado opuesto de donde la dejé.

No aguanté más y metí a la muñeca en una bolsa de plástico y la dejé en un contenedor. Caminé hasta llegar al metro, varias paradas después bajé y saludé a una de mis mejores amigas que debió verme mala cara, porque me aconsejó hacerme sin falta un chequeo. Le quité importancia al asunto y le dije que no dormía bien a causa del calor, por supuesto, no le conté nada de lo sucedido. Tras despedirnos con un efusivo abrazo, puse rumbo a la tienda de antigüedades donde adquirí a la muñeca. La mujer estaba impasible y al acercarme, me reconoció.

—Clarisa es muy especial, si la cuidas como es debido no ocurrirá nada. De lo contrario, despertarás su furia.

—La he regalado —mentí.

Una media sonrisa se dibujó en el rostro de la anciana, se acercó a mí con pasos cortos y seguros, acercó su boca a mi oreja y pude oler la muerte en su aliento.

Retrocedí un paso hacia atrás, no comprendía aquellas palabras ¿Cómo podía volver una simple muñeca?

La tarde pasó rápida y para ser sincero me sentía aliviado de no ver la mirada fija de la muñeca sobre mí, por primera vez en mucho tiempo conseguí dormir, las pesadillas se disiparon de repente e incluso mejoré mi aspecto físico.

Semanas después, me olvidé por completo de Clarisa y conocí a un chico, gracias a una app de citas, pasábamos horas hablando, era inteligente, culto y muy divertido.

El día de la cita estaba muy nervioso, Gabriel acudió más tarde de la hora acordada.

—Siento haberte hecho esperar —me dijo—. Estamos ensayando mucho para la obra del próximo sábado.

Era actor de teatro y muy reconocido en ese mundo. Me fijé en sus rizos azabache y en el hoyuelo que se le formaba en la mejilla al sonreír.

El tiempo pasó volando, hablamos durante horas hasta que comenzó a anochecer.

—Se ha hecho tarde. —Miró el reloj del local—. El último metro saldrá dentro de poco.

Nos despedimos y al llegar a mi casa, continuamos hablando y así sucedieron un par de meses hasta que cierto día le invité a cenar, me esmeré en que fuese una cita perfecta.

Después de la cena nos sentamos en el sofá y sin poder evitarlo nuestras bocas se acercaron y dimos rienda suelta a la pasión. Amanecimos desnudos y abrazados, estaba medio adormilado cuando me pareció escuchar una melodía suave que provenía de un violín.

—¿Quién toca esa música tan triste?

Me encogí de hombros quitando importancia al asunto. Me levanté y fui al aseo, el agua de la ducha comenzaba a tener la temperatura perfecta.

Al regresar de nuevo a la habitación vi el rostro desencajado de Gabriel, su cara se había convertido en una mueca grotesca, toqué su cuerpo rígido y llamé de inmediato a una ambulancia. En el hospital, la doctora dictaminó la causa de la muerte, un infarto hizo que su corazón explotara dentro de su pecho, aunque yo conocía la auténtica razón. Me maldije por ignorar aquella melodía.

Abrí la puerta del estudio de golpe y grité hasta que me sangró la garganta. Clarisa me ofreció una sonrisa. Ella había vuelto.

Mis conocidos notaron el cambio en mí. La piel se me adhería a los huesos, las ojeras marcaban mi rostro, incluso me dejé crecer la barba. En mi hogar reinaba el caos y el desorden. Los somníferos se convirtieron en mis nuevos compañeros, confieso que me volví adicto a ellos y para empeorar comencé a beber. Cada noche terminaba una botella de vino o de cualquier bebida alcohólica que hubiera en el mueble-bar.

En ese tiempo, en el que me sumí por completo a merced de las pastillas y el licor, la melodía que me atormentaba cesó.

El músico que habitaba en mi interior tenía la necesidad de ponerse delante de las teclas del piano y evadirse por completo de todos los problemas y haciendo acopio de valor, abrí la tapa del instrumento y empecé a tocar. Los dedos corrían encima de las teclas, pronto me dejé llevar por la sonata que estaba interpretando, fue cuando levanté la vista y vi horrorizado que Clarisa se movía al son de la música.

El corazón me empezó a latir más fuerte de lo normal así que me levanté de la banqueta, con las manos temblorosas cogí a la muñeca y la encerré en lo alto del armario.

De madrugada cuando el silencio reinaba y la ciudad dormía en brazos de Morfeo, un ruido tenue y débil llegó a mis oídos. Pensé que quizás sería algún gato, no sería el primero en caminar sobre el tejado, aquel sonido fue incrementándose más.

Cric, cric, cric

Me incorporé de inmediato y agudicé el oído, ese ruido me estaba torturando, no pude soportarlo más y me puse a escuchar música. No volví a escuchar nada extraño.

A la mañana siguiente me esperaba una desagradable sorpresa. La dirección del conservatorio decidió prescindir de mis servicios. Llamé a Thais y quedamos en un bar de tapas.

—No tienes buen aspecto —dijo tras hacerme una revisión exhaustiva—¿Va todo bien?

Ella era la única persona en la que podía confiar, sin embargo, no me atrevía a decirle nada sobre los extraños sucesos ocurridos en casa.

—Thais, puede que pienses que esté loco, hay algo que quiero contarte. —Sujeté sus manos con las mías.

Me armé de valor y le conté todo lo sucedido, incluso la muerte de Gabriel. Thais escuchó toda la historia sin decir nada.

—Esta noche dormiré contigo —dijo de pronto.

Me pilló inesperado y no supe cómo reaccionar, por otra parte, agradecía no estar solo. Sin embargo, ella demasiado importante para mí como para ponerla en peligro.

—No, no hace falta, de verdad, creo que el insomnio me está jugando una mala pasada.

—Vamos cielo, estás pasando un mal momento, todavía no lo has superado. Admito que fue un golpe muy duro para todos. Tan joven y lleno de talento.

Fuimos en su coche, un Toyota de segunda mano que nadie se explicaba cómo funcionaba. Tras unas cuantas maldiciones sumados a varios insultos, llegamos al edificio.

Llegó la hora de dormir entre risas y anécdotas. Preparé unas mantas y una almohada para que se acomodara en el sofá, he de confesar, que me sentía aliviado con su compañía, dejé la puerta de mi habitación abierta. Fui al aseo y mientras me lavaba los dientes, miré la caja de somníferos, tuve un comprimido en la mano y lo tiré por el desagüe.

Al entrar en mi cuarto me percaté de algo que no estaba antes, en la madera de la puerta había marcas de arañazos. Estuve tentado de llamar a mi amiga, pero sus ronquidos me confirmaron que no serviría para nada.

En mitad de la noche oí unos pasos, pensé que era Thais, quizás necesitara usar el baño, otra vez sonó de nuevo aquella canción. Me levanté con la intención de pasar la noche en el salón porque estaba asustado, había algo lúgubre en esa melodía, no sabría decir el qué, cada vez que la escuchaba me invadía una sensación de tristeza y soledad.

Al entrar en el comedor mis ojos no daban crédito a lo que veían. Thais dormía sobre un charco de sangre, al acercarme vi su garganta desgarrada y el gancho de una percha junto a ella. Quise gritar, pero algo en mi interior me lo impedía. Busqué a la maldita muñeca dispuesto a deshacerme de ella.

Fue entonces cuando supe que dentro de Clarisa se escondía una fuerza maligna, corrió hacia mí con sus piececitos de porcelana, por suerte estaba cerca del cuarto de baño y me encerré dentro.

Continuaba arañando la puerta y profiriendo unos alaridos que parecían sacados del mismísimo infierno.

Poco a poco, el ruido cesó, todo mi cuerpo temblaba y el miedo me tenía paralizado. No podía quedarme ahí mucho tiempo, salí despacio mirando a un lado y al otro.

Llegué de nuevo al salón y me recibió la tétrica imagen de Thais, su esbelto cuello parecía una sonrisa dibujada donde le colgaban algunos hilos de sangre. Tuve arcadas y vomité sin poderlo remediar. Fui a la cocina y regresé con un cuchillo afilado. Me acerqué a ella y la hice en pedazos pequeños que metí en varias bolsas de plástico y las guardé en el congelador.

No tuve otra opción, ¿quién iba a creerme? La noche de los acontecimientos estábamos ella y yo solos en casa.

A los pocos días, la foto de Thais Villanueva Carrión inundó las redes sociales y los programas de televisión. La policía comenzó sus investigaciones, sabía que estaba perdido. Yo fui el último que la vio con vida.

Clarisa había arrebatado la vida de dos personas, quizás yo fuera el siguiente, no podía esperar más tiempo así que entré de nuevo en la tienda donde me encapriché de ella ¡Maldita sea la hora en que me embaucó con su belleza!

Al entrar agarré de los hombros a aquella mujer menuda y de rostro enjuto. Ella, con una sonrisa, señaló con su dedo deforme unos papeles arrugados.

—Ese día estabas tan desesperado, imploraste que la devolviera a la vida.

—¡Mientes! —dije furioso —. Nunca nos hemos visto.

Comenzó a reír a carcajadas mostrando unos dientes desiguales y me fijé en las manos deformadas y llenas de bultos.

—Sígueme.

La puerta se abrió con un quejido, del interior salió un olor acre, solo una bombilla iluminaba aquel lugar. Ella insistió en que entrara dentro.

—Ahora lee esto. —Sujetaba en sus manos los papeles—. Ha pasado mucho tiempo, pero sabía que llegaría el momento. Tú mismo escribiste esta carta.

Leí con detenimiento, de pronto los recuerdos estallaron en mi cabeza.

—Ella era tan joven y tan. —No pude acabar la frase, caí de rodillas y oculté mi rostro entre mis manos.

La anciana se acercó a mí y puso una mano en mi hombro, quizás en un intento de tranquilizarme.

—Acudiste a mí hace diez años, estabas sumido en la desesperación. Era una violinista con un talento innato, os amabais con auténtico fervor, sin embargo, la desgracia cayó sobre vosotros.

—Espera, no entiendo nada ¿Qué tiene que ver una muñeca con Clarisa?

—Déjame terminar —me dijo con voz firme—. Hubo una tormenta y llovió durante todo el día, ella había terminado la audición y tú la esperabas en la puerta, al bajar las escaleras tropezó y el arco del violín le atravesó el ojo.

Conforme contaba aquella historia las imágenes acudían nítidas a mi cabeza, incluso me pareció oler el perfume afrutado que solía utilizar.

—Llamaste a mi puerta con su cuerpo inmóvil, te aterraba la idea de alejarte de ella para siempre. Te vi tan desesperado que decidí ayudarte. El espíritu que habita en esa muñeca es el de Clarisa.

—Ella ha matado a dos personas —le dije asustado.

—Sólo hay una manera de calmar su espíritu.

Escuché con atención las palabras de la hechicera. Antes de la próxima luna llena, debía traerle un mechón de pelo junto a un objeto importante para ambos.

Llegó la noche, admito que estaba bastante nervioso, nunca había profanado una tumba. Esperé a la hora adecuada y me adentré en el cementerio Civil. El silencio reinaba en aquel lugar roto de vez en cuando por el ulular de algún búho.

El aire se entremezclaba con el aroma de distintas flores, unas frescas y otras no tanto, en un pequeño rincón se alzaba el mausoleo de Clarisa.

En la lápida había escrito un epitafio, su foto y la fecha de nacimiento y defunción, en la piedra se podía ver la silueta de un violín tallado en el mármol.

Cogí la herramienta y procedí a golpear la piedra sin embargo ésta no cedía, me temblaban los brazos por el esfuerzo. Al fin, con los primeros rayos de sol abrí la tumba.

Me impactó ver el esqueleto de la persona a la que más amé en este mundo, el vestido blanco con el que fue enterrada seguía intacto, aunque las uñas y el pelo habían crecido hasta alcanzar un tamaño considerable. Corté el mechón y lo guardé en una bolsita de plástico, cuando me disponía a salir tuve que esperar para no ser visto por el vigilante.

Estaba exhausto y sediento, la camisa se me adhería al cuerpo a causa del sudor. Al llegar, vi a la policía cerca de mi edificio, no podía dejar que me vieran con estas pintas.

Una agente se acercó a mí y preguntó si conocía a Thais Villanueva Carrión.

—Sí, somos amigos ¿Ha ocurrido algo?

—Hace días que no aparece en el trabajo y en su casa tampoco saben nada.

Me disponía a entrar y otra vez me detuvo otra vez con sus preguntas.

—¿Usted es Hugo Martínez Briz?

—Sí, soy yo —dije con las llaves en la mano.

—Muy bien señor Martínez, acompáñeme a comisaría, por favor. Mi compañero registrará su vivienda.

De pronto, todo se me hizo oscuro. Si descubrían el cuerpo estaba perdido y por mucho que explicara lo sucedido, nadie me creería.

Un par de policías entraron en mi piso. Uno de ellos era alto, apenas tenía pelo y sus facciones eran rudas. Su compañero era de origen senegalés, tenía el pelo muy corto y rizado, se podía apreciar su carácter calmado en los gestos y al hablar.

Un ruido llamó la atención del primero, buscó de donde procedía y abrió la puerta del estudio. Encima del piano vio a la muñeca moverse al son de Love story.

—Joder, me has dado un susto de muerte. —La cogió con sus manos y paró el mecanismo de cuerda.

Se disponía a salir cuando comenzó a sonar de nuevo la música, se dio la vuelta extrañado. El rostro de Clarisa se transformó, el hombre retrocedió temblando, pero ya era tarde.

Samuel se disponía a investigar debajo del sofá cuando escuchó unos golpes, corrió hacia la habitación y vio a su compañero estampando su cara contra la pared, una y otra vez.

—¡Para, maldita sea, para de una puta vez! —chilló horrorizado

Se desplomó al suelo, tenía la cara desfigurada a causa de los golpes, la nariz era una masa de carne sanguinolenta, la frente tenía la piel arrancada de la carne y en la pared, la sangre bajaba hacia el suelo.

Le tomó el pulso, por desgracia ya era tarde. Sacó el móvil del bolsillo y avisó a una ambulancia, mientras llegaban echó un nuevo vistazo a la vivienda. Clarisa observaba los movimientos del agente. De repente, los objetos empezaron a volar y romperse en mil pedazos.

—¿Qué significa todo esto? —dijo para sí mismo.

Salió como si se lo llevase el diablo, bajó las escaleras de dos en dos y al llegar a la calle respiró aliviado.

Mientras seguía en comisaría respondiendo una y otra vez a las mismas preguntas, me decía a mí mismo si los agentes habrían encontrado a Thais. De ser así, mi vida estaría arruinada.

—¿Estás seguro de no haber visto a la desaparecida?

—Se lo he dicho antes, sólo hablamos unos pocos minutos.

Estaba harto de todo aquello y a la vez impaciente por llevarle el mechón de pelo a la dueña de la tienda.

Debió notar mi nerviosismo porque no tardó en preguntar si tenía prisa, mentí y le dije que tenía que ensayar una obra bastante complicada.

—De acuerdo señor Martínez Briz, puede marcharse.

Miré el reloj mientras esperaba que pasara el próximo metro, admito que estaba bastante alterado. En el asiento contiguo al mío se sentaron un hombre y una niña, lo más seguro padre e hija con una camiseta del Rayo Vallecano cada uno, hablaban del partido mientras compartían una bolsa de patatas.

—Ella está furiosa —me dijo al entrar en el establecimiento.

Cerró la puerta con llave y bajó las persianas, me cogió la mano e hizo un corte limpio para después escupir en ella.

—¿Has traído lo que te pedí?

Con la otra mano saqué el mechón de pelo y lo dejé encima del mostrador.

—No podemos perder más tiempo, presiento que ha acabado con la vida de alguien más.

Nos adentramos en la parte posterior de la tienda, en aquella habitación donde los recuerdos acudieron a mí.

En el centro había una mesa de madera redonda adornada con un tapiz de terciopelo rojo. Acercó dos sillas una frente a la otra y me invitó a sentarme.

—Ahora escúchame, debes de estar muy concentrado.

Depositó el mechón de pelo previamente bañado en mi sangre y su saliva, después lo puso junto a una foto de Clarisa, farfulló unas cuantas palabras que no logré entender. De pronto la ridícula luz que nos alumbraba se apagó y percibí un viento gélido en mi nuca.

—¿Qué es lo que quieres, por qué has venido?

—Tú me has llamado Latifa, la misma que me aprisionó hace años —dijo el ente con voz ronca.

—Hugo está aquí conmigo, le estás haciendo daño.

No podía creer todo aquello, apreté fuerte las manos de la anciana. Ella me indicó que era el momento adecuado para hablar con Clarisa.

—Lo siento, tenía tanto miedo de perderte, de saber que jamás ibas a volver.

—Hugo, mi querido Hugo, acompáñame y estaremos juntos toda la eternidad.

Tenía las mejillas húmedas, las lágrimas no cesaban de salir, Latifa comenzó a recitar unas frases, acto seguido cogió el mechón de pelo y lo roció con alcohol para prenderle fuego.

El espíritu comenzó a inquietarse, de pronto vi como la mujer se alzaba sobre sus pies hasta el techo para caer desplomada, oí un chasquido y un ronquido fuerte, me apresuré a ir a su lado. Aquella imagen jamás podrá borrarse de mis retinas, del golpe se había desencajado la mandíbula, quedando su boca abierta en una especie de mueca espantosa.

—Huuuugoooo —llamaba con su voz gutural.

Estaba seguro de que ese fantasma no era Clarisa. Ella nunca habría hecho daño a nadie, me armé de valor y decidí acabar con el espectro, no estaba muy seguro de lo que debía de hacer, mis ojos se posaron en la muñeca donde habitaba el espíritu. Me levanté con un movimiento rápido de la silla, alcancé el encendedor y prendí fuego al mechón de pelo, esto hizo que se enfureciera aún más y comenzó a gritar tan fuerte que caí al suelo con las manos en los oídos, aquel sonido era terrible. Hice acopio de mis fuerzas y me abalancé sobre la muñeca de porcelana, la empapé con alcohol y le prendí fuego. Así fue como Clarisa tuvo el descanso que tanto merecía.

—Está bien Hugo, por hoy hemos tenido suficiente.

Me fijé en aquellas paredes acolchadas y en la camisa de fuerza y en las correas que oprimían mis brazos.

La puerta se cerró y me senté en una esquina de la habitación. Sin embargo, no estaba solo, mi dulce Clarisa me visitaba cada noche.

—Doctora, ¿cómo sigue el paciente?

—No deja de repetir que un espíritu vengativo mató a esas personas.

En la vivienda del pianista encontraron los cuerpos mutilados de Thais y el policía tumbado sobre un charco de sangre, la inspectora De la Torre comprobó los indicios y todos apuntaban hacia Hugo.

Al poco tiempo se celebró el juicio, el juez dictaminó que fuera encerrado en un centro psiquiátrico de alta seguridad.

Meses más tarde lo encontraron sin vida con una sonrisa dibujada en su rostro.

De pronto sentí que era ligero como una pluma, observé mi piel traslúcida y comprendí que había ocurrido. Alcé la vista y la vi radiante con sus cabellos castaños sobre los hombros, nunca más volveríamos a separarnos.