Capítulo 1
La primera semana
La ciudad me deja sin habla: se extiende al otro lado de las ventanillas del taxi y va pasando como un gigantesco decorado desplegado por un tramoyista invisible. En el interior del taxi hace fresco, estoy tranquilo y me siento intocable. Solo soy un observador. Pero fuera, en el bochorno de una tarde de julio, Seúl se mueve con rapidez: los coches invaden todos los carriles y las calles están abarrotadas de gente. Cada vez que un semáforo se pone en verde, un tropel cruza la calle. Hay gente por todas partes: de todo tipo, edad, tamaño y raza. Millones de vidas siguen su curso en este día y en este lugar a una escala sobrecogedora.
¿Pero qué he hecho?
Mientras bordeamos una enorme zona verde colonizada por cientos de personas disfrutando del día, me pregunto si será el Parque Bukhasan. Mi padre me dijo que Parque Bukhasan es más grande que Mónaco. Qué barbaridad. Por pequeño que sea Mónaco... Me estremezco solo de pensarlo y comprendo que estoy asustado. Es curioso, porque no me considero una persona cobarde.
Cualquiera estaría nervioso, me digo con firmeza, aunque no me sorprende que la seguridad en mí mismo esté bajo mínimos después de todo lo que ha pasado últimamente. Una sensación familiar de náusea me revuelve el estómago, pero la reprimo.
Hoy no. Tengo demasiadas cosas en que pensar. Además, ya estoy harto de pensar y de llorar.
Por eso mismo estoy aquí.
—Ya falta poco, joven —dice una voz de pronto. Caigo en la cuenta de que es la voz del taxista, distorsionada por el intercomunicador. Lo veo mirándome por el retrovisor—. Conozco un buen atajo desde aquí —añade—. No se preocupe por todo este tráfico.
—Gracias —contesto, aunque no esperaba menos de un taxista de Seúl; al fin y al cabo, son famosos por conocerse al dedillo las calles de la ciudad, y por eso decidí derrochar mi dinero en un taxi en lugar de pelearme con el metro. No es que mi equipaje sea enorme, pero no me seducía la idea de tener que tirar de él de un vagón a otro y subir escaleras mecánicas con este calor. Me pregunto si el taxista se estará formando un juicio sobre mí, si estará intentando adivinar por qué demonios me dirijo a una dirección tan prestigiosa con lo joven y normal que parezco; un chico con un conjunto muy sencillo de pantalón café, camisa blanca, un suéter rojo oscuro, chanclas y las gafas de sol sobre la cabeza, con el pelo recogido en una coleta descuidada de la que se escapan algunos mechones.
—Es su primera vez en Seúl, ¿verdad? —pregunta sonriéndome en el espejo.
—Sí, eso es —contesto. No es del todo cierto. Cuando era pequeño vine unas Navidades con mis padres y recuerdo una imagen borrosa y llena de ruido de tiendas enormes, escaparates muy iluminados y un Papá Noel con unos pantalones de nailon que crujieron cuando me senté en sus rodillas y cuya barba blanca de poliéster me picó en la mejilla. Pero no me apetece embarcarme en una conversación extensa con el taxista; de todos modos, es como si no conociese la ciudad. Al fin y al cabo, es la primera vez que vengo solo.
—¿Ha venido solo? —pregunta, y me hace sentir un poco incómoda, aunque solo intenta ser amable.
—No, voy a quedarme en casa de mi tía —contesto, mintiendo de nuevo.
El taxista, satisfecho, asiente con la cabeza. Nos alejamos del parque y pasamos con una agilidad estudiada entre autobuses y coches, adelantamos como una flecha a ciclistas, doblamos rápidamente las esquinas y cruzamos volando los semáforos en ámbar. Luego abandonamos las transitadas calles principales y nos internamos por vías estrechas flanqueadas por mansiones de ladrillo y piedra con ventanas altas, puertas esmaltadas, lustrosas verjas de hierro negras y jardineras en las ventanas llenas de flores de intensos colores. Se nota que abunda el dinero, no solo en los coches caros aparcados junto a las aceras, sino también en los edificios perfectamente conservados, las aceras limpias, las empleadas del hogar apenas entrevistas cuando cierran las cortinas para que no entre el sol.
—Pues a su tía no le va nada mal —bromea el taxista mientras doblamos la esquina para entrar en una calle pequeña y luego giramos en otra que lo es aún más—. Vivir aquí no sale barato.
Me río, pero no contesto porque no sé qué decir. A un lado de la calle hay unas antiguas caballerizas convertidas en casas diminutas, pero dolorosamente caras; al otro lado hay un bloque enorme de apartamentos que ocupa casi toda la manzana y tiene al menos seis plantas. A juzgar por su aspecto moderno, yo diría que lo construyeron hace menos de una década; el exterior es gris y está dominado por una grandísima puerta de cristal y madera de nogal. El taxista para justo delante.
—Hemos llegado. Seoul Forest Trimage. Echo un vistazo y solo veo piedra y asfalto.
—¿Dónde están los jardines? —pregunto sorprendida. La única vegetación visible es la de las cestas de geranios rojos y morados que cuelgan a ambos lados de la puerta de entrada al edificio.
—Alguno habría hace años, digo yo —contesta—. ¿Ha visto las viviendas de las caballerizas? Antes eran establos. Supongo que por aquí cerca habría un par de mansiones. Las demolerían o les caería alguna bomba encima durante la guerra. —Le dirige una mirada al taxímetro—. 50 mil wones, por favor.
Busco a tientas el bolso y le doy el dinero.
—Quédese el cambio.
Confío en haberle dejado la propina adecuada. Como el taxista no se desmaya de la sorpresa, supongo que he acertado. Espera mientras salgo del taxi, dejo el equipaje sobre la acera y cierro la puerta. Luego realiza una experta maniobra de cambio de sentido en tres movimientos en la calle estrecha y se aleja acelerando para volver al trabajo.
Levanto la vista. Ya estoy aquí. Mi nuevo hogar. Temporalmente, al menos.
Una vez dentro, el portero de pelo blanco me mira inquisitivamente mientras penetro por la puerta jadeando y me acerco al mostrador con mi enorme bolsa de viaje.
—Vengo a quedarme en el apartamento de Kim Young-Ae —le explico, aguantándome las ganas de secarme el sudor de la frente—. Me dijo que aquí me darían la llave.
—¿Nombre? —pregunta con brusquedad.
—Taehyung. Bueno, Kim Taehyung. Kim Taehyung.
—Déjeme ver... —Resopla sobre su bigote mientras busca en una carpeta que hay en el mostrador
—. Ah, sí. Aquí está. El joven T. Kim. Va a ocupar el 514 en ausencia de la señora Kim Young-Ae. — Me mira fijamente, aunque no con antipatía—. Viene a cuidar de su apartamento, ¿no?
—Sí. Bueno, en realidad vengo a cuidar de su gato. —Le sonrío, pero él no me devuelve la sonrisa.
—Ah, sí. Es verdad, tiene un gato. No entiendo que una criatura como esa quiera pasarse la vida encerrada en un departamento, pero en fin... Tome, las llaves —dice empujando un sobre por el mostrador—. Haga el favor de firmar en el registro.
Firmo obedientemente y me explica algunas de las normas del edificio mientras me guía hacia el ascensor. Se ofrece a subirme luego el equipaje, pero le contesto que prefiero hacerlo yo solo. Al menos así tendré todo lo que necesito. Un minuto después ya estoy en el pequeño ascensor, contemplando el reflejo de mi cara roja y acalorada mientras subo despacio hasta la quinta planta. Ni de lejos tengo un aspecto tan refinado como todo lo que me rodea, pero mi cara en forma de corazón y mis ojos azules y grandes nunca se parecerán a esos rasgos con pómulos marcados que tanto admiro. Y mi pelo, rubio oscuro, suelto y cortado a la altura de los hombros, nunca será la melena brillante y con volumen que siempre he ansiado. Me cuesta mucho domar mi pelo y, como no suelo tener paciencia para eso, me limito a recogérmelo descuidadamente en una coleta.
—No parezco un joven de sociedad precisamente —digo en voz alta.
Al mirar mi reflejo, veo el efecto de todo lo que me ha sucedido últimamente. Se me nota la cara demacrada, y en mi mirada se percibe una tristeza que parece que no vaya a desaparecer. No sé por qué, pero también me veo algo más bajo, como si me hubiese encorvado un poco bajo el peso de mi propia desgracia.
—Sé fuerte —susurro para mis adentros, intentando encontrar la antigua chispa en mis ojos sin brillo. Al fin y al cabo, para eso he venido. No porque esté intentando escapar (aunque también haya algo de eso), sino porque quiero recuperar mi antiguo yo, el que tenía entereza, valor y curiosidad por descubrir el mundo.
A menos que ese Taehyung haya sido aniquilado por completo.
No quiero pensar así, pero me cuesta mucho esfuerzo no hacerlo.
El número 514 está en mitad de un pasillo tranquilo y enmoquetado. La llave se introduce suavemente en la cerradura y un segundo después ya estoy dentro del apartamento. Mi primera impresión es de sorpresa cuando me da la bienvenida un suave ronroneo, seguido por un maullido agudo y la leve y cálida sensación de pelo rozándome las piernas y un cuerpo serpenteando entre mis pantorrillas que casi me hace tropezar.
—¡Hola, hola! —exclamo. Al mirar hacia abajo, veo una pequeña cara negra con bigotes y un halo de pelo oscuro, aplastado como un cojín sobre el que se hubiese sentado alguien—. Tú debes de ser Havilland.
Maúlla de nuevo y me enseña unos afilados dientes blancos y una pequeña lengua rosa.
Miro a mi alrededor mientras el gato ronronea como loco, restregándose con fuerza contra mis piernas, muy contento de verme. Estoy en el salón, y salta a la vista que Young-Ae ha sido fiel a la estética de los años treinta del edificio. El suelo tiene baldosas blancas y negras y una alfombra de cachemir en el centro. Hay una consola negra como el azabache debajo de un grandísimo espejo art déco flanqueado por unas lámparas de cromo geométricas. Sobre la consola hay una enorme vasija de porcelana blanca con el borde plateado y un jarrón a cada lado. Todo resulta elegante y discretamente hermoso.
No me esperaba otra cosa. Mi padre ha sido insufriblemente impreciso al hablar del apartamento de su madrina, que ha visto en alguna de las escasas ocasiones en que ha visitado Seúl, pero por sus palabras siempre me ha dado la impresión de que era tan elegante como la propia Young-Ae. De joven empezó trabajando de modelo, profesión en la que tuvo mucho éxito y ganó mucho dinero, pero luego lo dejó y se convirtió en periodista de moda. Se casó y se divorció, aunque después volvió a casarse y se quedó viuda. No tuvo hijos, y quizá por eso ha conseguido mantenerse tan joven y radiante. Con mi padre ha sido una madrina despreocupada, y ha ido entrando y saliendo de su vida según le apetecía. A veces mi padre se ha pasado años sin saber nada de ella, pero entonces aparecía de la nada cargada de regalos, siempre elegante y vestida a la moda, colmándolo de besos para intentar compensar el descuido. Recuerdo haberla visto en contadas ocasiones, cuando yo era un tímido niño patizambo vestido con pantalones cortos y camiseta y el pelo hecho un desastre, que no podía ni imaginarse llegar a ser tan elegante y refinado como aquella mujer que tenía delante, con su pelo corto y gris, una ropa increíble y unas joyas magníficas.
¿Pero qué digo? Ni siquiera ahora puedo imaginarme siendo como ella. Ni por un momento. Aun así, aquí estoy, en su apartamento, que ahora es todo mío durante cinco semanas. La llamada llegó sin previo aviso. No presté atención a la conversación hasta que mi padre colgó el teléfono con cara de desconcierto y me dijo:
—¿Qué te parece pasar una temporada en Seúl, Taehyung? Young-Ae tiene que marcharse, necesita a alguien que cuide de su gato y ha pensado que a ti te vendría bien quedarte en su apartamento.
—¿En su apartamento? —repetí, levantando la vista del libro que estaba leyendo—. ¿Yo?
—Sí. Creo que está en un sitio bastante lujoso. Seongdong-gu, Gangnam-gu ….Songpa-gu... algo así. Hace años que no voy por allí. —Fulminó a mi madre con la mirada, levantando las cejas—. Young-Ae se ha ido de retiro a un bosque de Busan durante cinco semanas. Parece que necesita renovarse espiritualmente. Igual que tú.
—Bueno, eso hace que se mantenga joven —contestó mi madre mientras limpiaba la mesa de la cocina—. No todas las personas con setenta y dos años pueden planteárselo. —Se levantó y se quedó mirando con nostalgia la madera recién fregada—. Me parece muy bien, a mí también me encantaría hacer algo así.
Por su mirada se notaba que estaba reflexionando sobre otros caminos que podría haber tomado y otras vidas que desearía haber llevado. A mi padre se le veía con ganas de hacer algún comentario burlón, pero desistió al observar la expresión en su cara: mi madre había renunciado a su carrera al casarse con él y se había dedicado a cuidar de mis hermanos y de mí. Supongo que tenía derecho a soñar.
—¿Qué te parece, Taehyung? ¿Te interesa? —me preguntó mi padre.
Mi madre me miró y enseguida se lo noté en los ojos. Quería que fuese. Sabía que, dadas las circunstancias, era lo mejor que podía hacer.
—Deberías hacerlo —dijo en voz baja—. Después de lo que ha sucedido, será como pasar página.
Casi me estremecí. No soportaba que me hablasen del tema. Me puse rojo de vergüenza.
—No sigas —susurré mientras se me llenaban los ojos de lágrimas. La herida seguía abierta y en carne viva.
Mis padres se miraron el uno al otro.
—Creo que tu madre tiene razón —dijo mi padre en un tono áspero—. Te vendría bien salir y viajar.
Hacía más de un mes que apenas salía de casa. No soportaba la idea de ver a Wooshik y a Hannah juntos. Solo de pensarlo, se me revolvía el estómago y me daba vueltas la cabeza, como si fuese a desmayarme.
—Puede ser —contesté en voz baja—. Me lo pensaré.
No tomamos una decisión esa misma noche. Bastante esfuerzo me costaba levantarme por la mañana como para tomar una decisión de ese calibre. La seguridad en mí mismo estaba hecha una mierda, y ni siquiera estaba seguro de poder tomar la decisión correcta sobre lo que debía almorzar, mucho menos decidir si debía aceptar el ofrecimiento de Young-Ae. Después de todo, había elegido a Wooshik y había confiado en él, y mira lo mal que me había ido. Al día siguiente mi madre llamó a Young-Ae y hablaron de algunos de los temas prácticos; esa misma noche la llamé yo. Solo de oír su voz fuerte y llena de entusiasmo y de seguridad en sí misma, ya me sentí mejor.
—Me harás un favor, Taehyung —dijo con firmeza—, pero creo que tú también lo vas a disfrutar. Ha llegado el momento de que salgas de ese lugar sin porvenir y veas un poco de mundo.
Young-Ae era una mujer independiente que vivía su vida como mejor le parecía, y, si ella pensaba que yo podía hacerlo, es que seguramente podía. Por eso le dije que sí. Y aunque empecé a acobardarme a medida que se iba acercando el momento de irme de casa, planteándome si habría alguna manera de echarme atrás, sabía que tenía que hacerlo. Si era capaz de hacer la maleta e irme solo a una de las ciudades más grandes del mundo, quizá aún había esperanza para mí. Me encantaba el pequeño pueblo de Hadong donde había vivido toda la vida, pero si lo único que podía hacer era quedarme recluido en casa, incapaz de enfrentarme al exterior por culpa de lo que había hecho Wooshik, mi única salida era rendirme y alejarme de ese mundo. Además, ¿qué me ataba a aquel lugar? Solo estaba mi trabajo a tiempo parcial en una cafetería, un trabajo que llevaba haciendo desde los quince años y que solo había abandonado el tiempo que estuve fuera, estudiando en la universidad, pero que retomé al volver mientras me planteaba qué hacer con mi vida. ¿Mis padres? No. Ellos no querían verme todo el día en mi habitación, siempre deprimido. Me deseaban algo mejor.
En realidad, había vuelto por Wooshik. Mis amigos de la universidad estaban viajando por ahí antes de ponerse a trabajar en algo emocionante o irse a vivir a otros países. Los había oído hablar de todas las aventuras que tenían por delante, sabiendo que mi futuro me esperaba en el pueblo. Wooshik era el centro de mi mundo, el único hombre al que había querido, y no me planteaba nada que no fuese estar con él. Desde que terminó el instituto, Wooshik había estado trabajando para la empresa de construcción de su padre, de la que algún día esperaba convertirse en propietario, y se contentaba con la idea de vivir durante el resto de su vida en el mismo lugar donde se había criado. Yo no sabía si era eso lo que deseaba, pero lo que sí sabía era que quería a Wooshik y que podía aparcar temporalmente mis deseos de viajar y explorar para que pudiésemos estar juntos.
Pero ahora no tenía elección. De Havilland maúlla entre mis tobillos y me muerde suavemente para recordarme que está ahí.
—Perdona, gatito —digo a modo de disculpa, y dejo la bolsa de viaje en el suelo—. ¿Tienes hambre?
El gato sigue enroscado alrededor de mis piernas mientras intento encontrar la cocina. Abro una puerta que da a un armario y otra que da a un cuarto de baño antes de descubrir por fin una pequeña cocina, larga y estrecha, con los cuencos del gato cuidadosamente colocados debajo de la ventana, en el otro extremo. Están vacíos, y resulta evidente que De Havilland está esperando ansiosamente su siguiente comida. Sobre la pequeña mesa blanca que hay en la otra punta de la cocina, lo bastante grande para que puedan comer dos personas, veo algunos paquetes de pienso para gato y un fajo de papeles. Encima hay una nota escrita a mano con una letra muy grande.
¡Hola, querido!
Ya has llegado. Me alegro. Esta es la comida de De Havilland. Dale de comer dos veces al día, rellenándole el cuenco como si estuvieses preparando aperitivos. Qué suerte, ¿eh, De H.? También necesitará agua limpia. Las demás instrucciones útiles están en el fajo de hojas de aquí debajo, pero en realidad no hay normas, querido. Pásatelo bien.
Nos vemos dentro de cinco semanas, Besos
C.
Debajo hay páginas impresas con toda la información necesaria sobre el cajón de arena del gato, el funcionamiento de los electrodomésticos, dónde encontrar el calentador y el botiquín y con quién hablar si tengo algún problema. Parece que con quien tengo que hablar primero es con el portero de la entrada. Seguro que va a ser una entrada triunfal. Oye, si ya se me ocurren chistes, aunque sean malos, quizá este viaje esté sirviendo para algo.
De Havilland suelta un gemido largo y agita su pequeña lengua rosa cuando levanta la vista y me mira con sus ojos amarillos.
—Marchando esa cena —le digo.
Mientras De Havilland devora felizmente su comida, y tras cambiarle también el agua, echo un vistazo al resto del apartamento. Admiro el cuarto de baño blanco y negro con sus accesorios de cromo y baquelita e intento que no se me escape ningún detalle del precioso dormitorio: la cama de cuatro postes con su dosel plateado, la colcha blanca como la nieve con cojines también blancos, las paredes forradas con un papel con recargados motivos nativos donde unos loros de intensos colores se miran a través de las ramas de un cerezo en flor. Un enorme espejo de plata dorada está colgado sobre la chimenea, y junto a la ventana hay un tocador antiguo con espejo al lado de un sillón de terciopelo morado con botones en el respaldo.
—Es precioso —digo en voz alta. A ver si aquí me empapo de la elegancia de Young-Ae y se me pega algo de estilo.
Mientras recorro el pasillo para entrar en el salón, comprendo que esto es mejor que cualquier cosa que hubiera podido soñar. Me imaginaba un lugar elegante que reflejase la vida de una mujer independiente y adinerada, pero esto es algo distinto y no se parece a ninguna otra casa que haya visto antes. El salón es una habitación enorme pintada con colores frescos: verde pálido y piedra, con tonos de negro, blanco y plateado. Los años treinta se evocan maravillosamente en las formas de los muebles: los sillones bajos con grandísimos brazos curvos, el largo sofá donde se amontonan unos cojines blancos, la línea limpia de un flexo cromado y los bordes afilados de una mesa baja moderna lacada en negro. En la pared del fondo destaca una enorme librería de obra llena de volúmenes y de adornos, incluidas unas maravillosas piezas de jade y esculturas chinas. La larga pared que hay frente a la ventana está pintada con el mismo verde pálido y sereno, interrumpido por paneles de laca plateada con grabados de delicados sauces cuya superficie brillante actúa casi como un espejo. Entre panel y panel hay apliques con pantallas de vidrio esmerilado y, sobre el suelo de parqué, una inmensa alfombra antigua de piel de cebra.
Me encanta esta deliciosa evocación de una época elegante. Me gusta todo lo que veo, desde los floreros de cristal que sostienen los oscuros y gruesos tallos y las flores de color marfil de los lirios hasta los jarrones chinos anaranjados a juego a ambos lados de la brillante chimenea cromada, sobre la que hay colgado un enorme cuadro moderno con pinta de caro. Al mirarlo de cerca, compruebo que es obra de Patrick Heron: grandes pinceladas de color (escarlata, naranja oscuro, ocre y bermellón) que crean una maravillosa sensación de dramatismo en medio del oasis de blanco y fresco verde hierba.
Me quedo mirando boquiabierto todo lo que me rodea. No tenía ni idea de que la gente pudiera crear en sus casas habitaciones como esta, conservadas impecablemente y llenas de objetos hermosos. No se parece en nada a mi casa, que es cómoda y encantadora pero que siempre está hecha un desastre y llena de un montón de cosas que nunca utilizamos.
Me llama la atención la ventana que ocupa toda la pared. Hay unas persianas venecianas como las de antes, que normalmente dan un aspecto anticuado pero que aquí quedan de maravilla. Aparte de eso, las ventanas no tienen nada más. Me sorprende, ya que dan directamente a otro bloque de apartamentos. Me acerco para echar un vistazo. Sí, a unos metros hay otro bloque de apartamentos idéntico.
Qué curioso. Están muy cerca. ¿Por qué los habrán construido así?
Miro al exterior para intentar orientarme. Entonces empiezo a entenderlo. Construyeron el edificio en forma de U alrededor de un enorme bosque. ¿Será este el jardín de donde proviene el nombre de Trimage Forest? Lo veo justo debajo y a la izquierda: es un gran cuadrado verde lleno de arriates con flores de intensos colores, flanqueado por plantas y árboles en plena floración veraniega. Hay caminos de grava, una pista de tenis, bancos y una fuente, además de una amplia extensión de césped donde hay sentadas unas cuantas personas, disfrutando del último rato de calor del día. El edificio rodea el jardín por tres lados, para que casi todos los residentes tengan vistas a él. A lo largo de toda la U hay un pequeño corredor estrecho que conecta los lados que dan al jardín con un tercero que da a la calle, y los apartamentos que hay a ambos lados quedan los unos frente a los otros. Hay siete en total, y el de Young-Ae está en la quinta planta y justo delante del apartamento de enfrente, mucho más cerca de él que si los separase una calle.
¿El apartamento sería más barato precisamente por eso?, pienso despreocupadamente, mirando a la ventana de enfrente. Ahora no me extraña lo de todos estos colores pálidos y los paneles plateados que parecen espejos: al estar tan cerca de sus vecinos de enfrente, al apartamento no le entra mucha luz. Aun así, lo importante es donde está, ¿no? Al fin y al cabo, estamos en Seongdong-gu.
Los últimos rayos de sol han abandonado esta parte del edificio y el salón está sumido en una cálida oscuridad. Cuando me acerco a una de las lámparas para encenderla, me llama la atención un cuadrado iluminado al otro lado de la ventana. Es el apartamento de enfrente, donde están encendidas las luces y el interior queda iluminado como la pantalla de una pequeña sala de cine o el escenario en un teatro. Se ve claramente lo que hay al otro lado. Entonces me paro en seco y contengo la respiración. En la habitación de enfrente hay un hombre. Bueno, quizá eso no sea tan raro, pero me llama la atención el hecho de que está desnudo hasta la cintura y solo lleva unos pantalones oscuros. Caigo en la cuenta de que estoy completamente inmóvil observándole mientras habla por teléfono y se pasea lánguidamente por su salón sin darse cuenta de que está exhibiendo un torso impresionante. Aunque no logro distinguir sus rasgos con total claridad, sí que alcanzo a ver que también es guapo, que tiene una buena mata de pelo azabache y una cara clásica y simétrica con unas pobladas cejas oscuras. Veo que es ancho de hombros, que tiene los brazos musculosos, un pecho y unos abdominales marcados y que está bronceado, como si acabase de volver de algún lugar cálido.
Me quedo mirándolo fijamente y me siento violento. ¿Sabrá ese hombre mientras se pasea medio desnudo que puedo ver con claridad lo que pasa en su apartamento? Supongo que, como el mío está en penumbra, no tiene modo de saber que hay alguien en casa observándolo. Eso hace que me relaje un poco y que disfrute de la vista. Es tan fornido y atractivo que casi resulta irreal. Es como mirar a un actor de la tele mientras se pasea por el recuadro brillante que tienes enfrente, una visión deliciosa que puedo disfrutar desde lejos. De pronto, me echo a reír. Young-Ae lo tiene todo: disfrutar de una vista así debe de mejorar la calidad de vida.
Me quedo un rato mirando al hombre de enfrente mientras se pasea y habla por teléfono. Luego se da media vuelta y sale de la habitación. Quizá haya ido a ponerse algo de ropa, pienso, y me siento vagamente decepcionado. Ahora que se ha ido, enciendo la lámpara y una tenue luz anaranjada inunda el salón. Otra vez vuelve a parecerme precioso, ya que la luz eléctrica destaca nuevos matices, hace que los paneles plateados parezcan moteados y les da a los adornos de jade un tono rosado. De Havilland entra sin hacer ruido, se sube de un salto al sofá y me mira expectante. Me acerco y me siento y él se me sube al regazo, ronroneando sonoramente como si fuese un pequeño motor mientras da varias vueltas y por fin se tumba. Le acaricio el pelo, muy suave, hundo mis dedos en él y encuentro consuelo en su calidez.
De pronto caigo en la cuenta de que sigo imaginándome al hombre de enfrente. Era increíblemente atractivo y se movía con soltura y con una gracilidad involuntaria. Estaba solo, pero desde luego no parecía sentirse solo. A lo mejor estaba hablando por teléfono con su novia. O quizá con otra persona mientras su novia estaba esperándolo en el dormitorio y ahora él se ha reunido allí con ella para quitarse el resto de la ropa, tumbarse a su lado y acercar su boca a la de ella. La mujer estaría abriendo los brazos, atrayendo hacia sí su torso perfecto, abrazando su tersa espalda...
Para. Así no haces más que empeorar las cosas.
Agacho la cabeza. Recuerdo a Wooshik vívidamente y lo veo tal cual era antes, con su sonrisa de oreja a oreja. Lo que más me atraía de él era su sonrisa, la razón por la que me había enamorado de él. Era asimétrica, hacía que le salieran hoyuelos en las mejillas y que sus ojos brillasen de alegría. Nos habíamos enamorado el verano que yo cumplí dieciséis años, durante aquellos largos días de ocio, sin clase y con libertad para hacer lo que más nos apeteciera. Quedábamos en los jardines de la abadía en ruinas y nos pasábamos las horas juntos, paseando, hablando y besándonos.
No nos cansábamos el uno del otro. Wooshik era un adolescente flacucho, prácticamente un crío, y yo aún estaba acostumbrándome a que los hombres me mirasen el trasero cuando me los cruzaba por la calle. Un año después, cuando por fin nos acostamos juntos, fue la primera vez para los dos: una experiencia torpe y titubeante que resultó hermosa porque nos queríamos, aunque ninguno de los dos tenía ni idea de cómo había que hacerlo. Bueno, el caso es que fuimos mejorando y yo no podía imaginarme haciéndolo con nadie que no fuese él. ¿Cómo iba a ser nadie tan dulce y cariñoso como Wooshik? Me encantaba cuando me besaba y me abrazaba y me decía que yo era lo que más quería. Nunca miré a ningún otro hombre.
¡No te hagas esto, Taehyung! No lo recuerdes. No dejes que te siga haciendo daño.
Rechazo la imagen, pero aun así se me cuela en el cerebro. La veo tal cual la vi aquella noche horrible. Yo estaba haciendo de niñero en la casa de al lado y esperaba seguir allí hasta pasadas las doce de la noche, pero los vecinos volvieron antes de tiempo porque a la mujer le dolía mucho la cabeza. Estaba libre, no eran más que las diez y me habían pagado la noche entera.
Decidí que le daría una sorpresa a Wooshik, que vivía en casa de su hermano Minho pagando un alquiler muy bajo por la habitación de invitados. Como Minho no estaba en casa, Wooshik había planeado invitar a unos cuantos de sus amigos para tomar unas cervezas y ver una película. Me había dado la impresión de que se había llevado una decepción cuando le dije que no podría ir a verlo, así que pensé que le gustaría que apareciese por sorpresa.
Lo recuerdo tan intensamente que es como si lo estuviese viviendo de nuevo: entro en la casa en penumbra y, sorprendida al no ver a nadie, me pregunto dónde se habrán metido los chicos. El televisor está apagado, no hay nadie repantigado en el sofá abriendo latas de cerveza ni haciendo comentarios ingeniosos sobre lo que aparece en la pantalla. Caigo en la cuenta de que mi sorpresa se ha ido al traste. Quizá Wooshik se encuentre mal y se haya ido a la cama. Recorro el pasillo hacia su habitación; la casa me resulta tan familiar que es casi como la mía propia.
Giro el pomo de la puerta mientras digo: «¿Wooshik?» en voz baja, por si ya está durmiendo. Voy a entrar de todos modos y, si está dormido, lo miraré a la cara, esa cara que tanto me gusta, y me preguntaré con qué estará soñando. Puede que le dé un beso en la mejilla y me acurruque a su lado...
Abro la puerta. Hay una lámpara encendida, justo la que le gusta cubrir con un pañuelo rojo cuando hacemos el amor para que nos rodeen las sombras. De hecho, ahora brilla con un tono rojo oscuro, así que a lo mejor no está dormido. Parpadeo en la penumbra; bajo el edredón se intuye un bulto que se mueve. ¿Qué estará haciendo ahí debajo?
«¿Wooshik?», repito, pero esta vez en voz alta. El movimiento se detiene, cambia la forma que hay debajo del edredón, alguien lo retira y veo...
Jadeo de dolor al recordarlo y cierro los ojos con fuerza como si así pudiese impedirles el paso a las imágenes que aparecen en mi cabeza. Es como una película antigua que no puedo dejar de reproducir, pero esta vez pulso mentalmente el botón de apagado con todas mis fuerzas, levanto a De Havilland de mi regazo y lo deposito en el sofá, a mi lado. El mero hecho de recordarlo sigue teniendo la capacidad de dejarme fuera de combate y hecho un desastre. Si vine aquí fue para pasar página, y tengo que empezar cuanto antes.
Me suenan las tripas y caigo en la cuenta de que tengo hambre. Entro en la cocina en busca de algo de comer. La nevera de Young-Ae está casi vacía y tomo nota de que mañana no se me puede olvidar comprar comida. Registro los armarios y encuentro unas galletas saladas y una lata de sardinas. De momento bastará. De hecho, tengo tanta hambre que me saben deliciosas. Mientras friego el plato, se me escapa un enorme bostezo. Miro el reloj: aún es temprano, ni siquiera son las nueve, pero estoy agotado. Ha sido un día muy largo. El hecho de que esta mañana me haya despertado en mi antigua habitación me resulta casi increíble.
Decido acostarme. Además, tengo ganas de probar la cama, que tiene una pinta increíble. ¿Cómo no va una a sentirse mejor durmiendo en una cama con dosel? Me parece inconcebible. Paso por el salón para apagar la luz. Apoyo la mano en el interruptor cuando reparo en que el hombre ha vuelto a su salón. Ha sustituido los pantalones oscuros que llevaba por una toalla anudada a la cintura, y lleva el pelo húmedo y repeinado hacia atrás. Se encuentra justo en mitad del salón y está mirando directamente a mi apartamento. De hecho, me está mirando a mí con el ceño fruncido. Yo también lo miro. Nuestras miradas se cruzan, aunque estamos demasiado lejos para interpretar los matices en la mirada del otro.
Entonces, en un movimiento casi involuntario, aprieto el interruptor con el pulgar y la lámpara se apaga obedientemente y deja el salón a oscuras. Me doy cuenta de que ya no puede verme, aunque yo sigo viendo su salón iluminado, con más intensidad que antes si cabe ya que lo miro desde la oscuridad. El hombre da un paso hacia la ventana, se apoya en el alféizar y mira hacia fuera atentamente, intentando vislumbrar algo. Me quedo helado y casi dejo de respirar. No sé por qué me parece tan importante que no me vea, pero no puedo resistir el impulso de seguir escondido. Se queda mirando durante unos segundos más, sin relajar el ceño, y yo le devuelvo la mirada, inmóvil pero todavía capaz de admirar la silueta de la parte superior de su cuerpo y el modo que sus bíceps bien formados tienen de hincharse cuando se inclina hacia delante apoyándose en ellos.
Deja de mirar y se da media vuelta. Aprovecho la ocasión, me escabullo hacia el pasillo y cierro la puerta del salón. Ya no hay ventanas y no puede verme. Suelto un largo suspiro.
—¿A qué ha venido eso? —digo en voz alta, y el sonido de mi voz me reconforta. Me echo a reír
—. Vale, basta ya. Ese tipo va a pensar que soy un chiflado si me ve merodeando a oscuras y jugando a las estatuas cuando pienso que puede verme. A la cama.
En el último momento me acuerdo de De Havilland y abro la puerta del salón para que pueda salir si quiere. En la cocina tiene un cajón de arena cerrado al que necesita tener acceso, así que compruebo que la puerta de la cocina también está abierta. Cuando voy a apagar la luz del pasillo, vacilo durante un segundo y la dejo encendida. Sé que puede parecer infantil pensar que la luz ahuyenta a los monstruos y mantiene a raya a los ladrones y los asesinos, pero estoy solop en un lugar desconocido y en una gran ciudad y creo que esta noche la dejaré encendida.
De hecho, cuando estoy instalado en la aterciopelada comodidad de la cama de Young-Ae y tengo tanto sueño que me cuesta mantener los ojos abiertos, no soy capaz de apagar la lamparita de la mesilla de noche. Al final, me paso la noche durmiendo iluminada por su tenue luz, pero estoy tan cansado que ni siquiera me doy cuenta.
