Prólogo
Ellos se amaron se la manera más retorcida que existe. Se amaban de la misma manera en que se odiaban. Eran la adicción del otro, cada que ellos estaban juntos eran imparables, un caos andante del cual todos temían.
Ella una deidad disfrazada de ángel que caminaba sobre la tierra. Tan perfecta que parecía irreal, tan cruel y despiadada que nadie dudaría si fue creada en un infierno atroz.
Kenna.
Esa preciosa mujer que tenía la habilidad para que todos cayeran de rodillas ante ella, una mirada y tenía a más de uno suplicando por la muerte o por poder tocarla. Pero lo único que conseguirían es que ella derramará extensos ríos de sangre.
Siempre cubierta de rojo sangre, su melena como la nieve tan larga como un velo y su sonrisa... oh, esa sonrisa siniestra y mezquina que siempre destacaba en su precioso rostro.
Y luego, luego está él. Un monstruo tan atrayente como sádico, sus ojos esmeraldas te hacen perderte en ellos solo para luego ser torturado para saciar su placer y sed de sangre.
Mikael.
Él mataría por ella sin dudarlo e incluso moriría si ella se lo pidiese. Dispuesto a bajar a lo más profundo de la oscuridad para estar con ella. El único que puede tenerla sin perder el corazón.
Porque entregarle el corazón a la diosa de la muerte es una completa perdición donde te sometes a vivir condenado por algo que nunca alcanzarás y como si no fuera suficiente, esa condena sería tan lenta y dolorosa que rogarías por la muerte, muerte que quizá nunca llegaría.
Sangre...
La sangre es lo único que dejan a su paso, los cuerpos caen sin vida de quienes se interponen en su camino o de quienes tuvieron la mala suerte de estar en el lugar equivocado el día equivocado.
Ella consume almas y las vacía dejándolas que se ahoguen en mares rojos. Él destroza corazones como consecuencias de poner tus ojos sobre ella, tortura cuerpos por placer y caza monstruos por diversión.
Su amor prospero del odio y en el caos donde la muerte es la que prevalece, juntos son tan imparables que temen porque permanezcan unidos.
—Eres el perfecto equilibrio entre la perdición y la gloria —susurró Mikael sin dejar de mirar a la preciosa peliblanca—. Un caos maravilloso del cual me encuentro totalmente enamorado.
La mujer sonrió, aún con las manos y el rostro cubierto de la caliente sangre de la persona que acababan de asesinar.
Kenna miró como él la veía con tanta adoración y tanto amor, nunca la habían mirado de esa forma y eso a ella le gustaba de la misma forma que le asustaba.
¿Por qué? Porque a ella toda su vida le habían metido la idea de que el amor era un sentimiento de debilidad, que el amor hace a las personas vulnerables y para ella ser débil no era una opción.
Pero esa asesina despiadada de la cual todos temían y repudiaban, amaba con su alma a ese monstruo sádico.
—Lo sé, y es por eso que eres el único que podrá tener mi corazón —respondió ella mientras acariciaba el rostro de su amado manchándolo de sangre—. Toma mi corazón aún si eso significa mi propia perdición, Kael.
El líquido rojo de olor metálico que siempre los envolvía, era testigo de como comenzó su historia y es así como va a terminar.
Porque ella destila peligro, caos y muerte, tiene un corazón donde solo existe para un monstruo que quieren consumirlo todo.
Él es perdición.
Ella es ruin.
Él es muerte.
Ella es infernal.
Porque cuando a ella le arranquen el corazón y no quede más que ruinas, es entonces que todos perderán y suplicaran.
¿Lo peor? Lo peor es que Kenna no conoce lo que la piedad. El mundo entero arderá cuando todo lo que ella es surjan en una misma, destruirá todo a su paso dejando sangre y aquellos que pusieron su corazón en las manos de ella estarán muertos.