Al servicio del Diablo ©

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Ada Grey es gentil, pero no estúpida. Sabe lo que quiere y que debe hacer para conseguirlo. Es una chica que nunca ha tenido miedo de arriesgarse o ensuciarse si eso garantiza que obtendrá lo que quiere, y siempre que algo ocupa espacio en su mente y dentro de su corazón, nada ni nadie pueden hacerla desistir de sus objetivos y eso, es una cosa que Kirill Somerharder está por descubrir. Lo que inicialmente había sugerido para burlarse, sacarla de balance y ver qué tan rápido podía huir de él con esos tacones tan altos, se convirtió en una realidad ante la inesperada tenacidad femenina. Esa que sin lugar a dudas lo ha dejado más que solamente anonadado... Estar al "servicio" del ser que más desprecia en el mundo por un límite de tiempo, no es nada comparado con la vida de felicidad que espera al final del sacrificio. Un compromiso matrimonial. Un proyecto en proceso. Y un pacto secreto.

Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Prefacio


Algunas personas buscan la felicidad... Otras la crea.




Conocí a Gael Loaisiga a la edad de 12 años, frecuentarlo por más de cinco años me hizo percibirlo como el hombre perfecto para mí. En todo ese tiempo nadie logro atraerme tanto como él; Buen corazón, inteligente, simpático y sin miedo a demostrar sus sentimientos, en el trascurso de nuestra relación me di cuenta que solamente tenía un par de defectos.


Nunca ha sido capaz de luchar con uñas y dientes por lo que desea.


Necesita poseer la seguridad de algo más, porque en ocasiones no se considera suficiente.


Todo lo contrario a mí.


Sin embargo, ninguna de las razones anteriores ha sido un impedimento para evitar que lo ame como lo amo.


Haría lo que sea por él.


—Voy a posponer la pedida de mano —la voz masculina con tono suave hizo que buscase al dueño.


—¿Qué?


Mis ojos color miel chocaron con los verde oliva de él. Su mirada no se desvió en ningún momento, por lo que note el desastroso tormento que habitaba dentro de sí. Tome una respiración superficial, preparándome para lo que sea que fuese de sus labios.


—No admitieron mi propuesta.


«¿De nuevo?»

Casi, casi mi pensamiento se vuelve verbal, pero lo reprimí. Llevamos retrasando el matrimonio desde hace más de 2 años, debido a que cada vez que estaba listo para presentarse con mi familia algo lo obligaba a retroceder.


—¿Por qué? —pregunte, dejando el control de la TV sobre la mesita céntrica para luego acercarme a él. Me coloque en la punta de mis pies, depositando un casto beso sobre su boca.


—Kirill jamás da explicaciones… —se encogió de hombros tratando de restar importancia, rodeándome con sus brazos. No obstante, la acción no disminuyó la tensión en sus hombros ni la mirada abrumada—. Pero no te preocupes, estoy trabajando en un nuevo proyecto.


—Tu jefe es un desgraciado —dije como cada vez que el imbécil lo dejaba de lado o lo mandaba lejos por algún negocio.


Nunca he odiado a nadie.


Pero Kirill Somerharder siempre estaba compitiendo por ser el primero.


Gael es lo suficientemente pacifico como para aguantar el tedio que debe de resultar trabajar bajo el sometimiento del Diablo.


—Es un amigo, no le digas así —pidió y voltee mi mirada con molestia. Por supuesto que lo llamaba amigo, porque mi prometido es así de bueno, pero estaba casi convencida de que no lo eran, la amistad entre ambos es inexistente desde mi perspectiva—. Eres adorable cuando insultas a alguien, princesa.


—Lo sé, me lo dices a menudo —jugueteé con mi cabello rubio, una tonalidad más intensa que el suyo. Donde el mío es vivo, el suyo es opaco.


—Te prometo que el próximo mes le haré la petición a tu padre, pero…


—Mi amor, sabes que no es... —Necesario tener una bendición o siquiera una aceptación de parte suya, complete mentalmente, porque su boca se adueñó de la mía interrumpiendo mis palabras.


Desde que comenzamos el Liceo y nuestras miradas se encontraron, supe que él era esa otra mitad de la que muchos hablan. El complemento que a muchos le hace falta y que la mayoría de veces no tienen la dicha de encontrar. Soporte hasta el sexto año de bachillerato para aproximarme y confesarle mis sentimientos, esos que fueron muy bien correspondidos.


No me equivoque en mi elección.


Le entregue mi corazón a quien si sabría valorarlo.


Entrar a la universidad fue una etapa clave para nuestra relación y aunque hubo momentos dentro de esta en los que creí que no podríamos lograrlo, su mano nunca intento dejar la mía a pensar de las adversidades. Ni siquiera cuando mi padre retiro el arancel de mi carrera y canceló su beca académica.


Sobrevivimos a tiempos difíciles.


Podríamos con lo que sea.


No me importa que mi padre no lo quiera para mí. Porque él es mío y yo soy de él.


La opinión del hombre que me dio vida se volvió irrelevante cuando decidió amenazarme con retirarme de su testamento si no dejaba o empezaba a desencapricharme. Ninguna de las dos opciones paso y poco me peso el cumplimiento del chantaje.


No sé porque a él le importa tanto que Matteo Grey asista a nuestra boda y siendo honesta, aun sabiendo sus motivos, no los animaría. Mi progenitor no me quita el sueño ni mucho menos la satisfacción de estar logrando cada meta que me he propuesto desde que me vi en la obligación de independizarme antes del rango promedio.


Jamás olvidare la cara del hombre al observarme triunfar a pesar de que perdí todas las comodidades a las que estaba acostumbrada, y aunque quede prácticamente en la calle, sin experiencia, sin una idea de cómo seguir adelante y sin dinero, la irritación e indignación que se apodera de sus facciones cada que coincidimos en algún evento social es la certeza de que he estado haciendo las cosas bien.


Muy bien.


—Cállate y escúchame —susurro entre besos. Apretándome contra sí, haciéndome consciente del bulto escondido bajo su bragueta—. No me interrumpas hasta que termine, ¿vale?


—Vale... —musite con la voz enronquecida.


Una risa ahogada se oyó entre las paredes del departamento, ese que recientemente había adquirido y que le he vendido bajo anonimato a un precio razonable dentro de nuestras posibilidades monetarias. La mirada divertida y hambrienta que me dedico hizo que mis mejillas se colorearan de rosa. De repente, comencé a sentir calor.


Trate de recordar que tipo de ropa interior andaba debajo de mi vestido, pero su voz detuvo el intento.


—¿Sabes lo que es un tiempo? —pregunta, moviendo su nariz contra la mía.


Asentí, pero al verlo elevar con expectación una de sus cejas, dije:


—Sí, ¿por qué?


—Porque quiero darme un tiempo contigo… —sus palabras fueron un balde de agua fría, antes de que mi boca pronunciara un

“¿Qué?”,

continuo—. Quiero concentrarme en la nueva propuesta, que sea tan tentadora como para que Kirill ni siquiera piense en considerarla, sino que acepte sin dudarlo.


Lo observe como si mi audición estuviera fallando y todo esto fuese un delirio meramente sensorial. Él no había dicho eso, estaba imaginándolo o tenía que ser una broma de mal gusto por parte suya, pero Gael no hace ese tipo de mofas.


¿Qué se supone que significa esto?


¿Un tiempo en una relación de más de 5 años?


El verde oliva de sus ojos transmitía tanta caridad y seguridad, y basto eso parar deducir que Gael no estaba preguntándome si podíamos darnos un tiempo, sino que estaba haciéndome saber una decisión que ya había tomado.


Pero… ¿Cuándo? Mi corazón crujió un poco ante la imagen de él encerrado en su auto con la cabeza apoyada contra el volante; desesperado, estresado y cansado. Su cabello rubio hecho un desastre porque segundos antes se lo había movido en un intento de mitigar tanto agobio. Tanta decepción y frustración dirigida hacia sí mismo después de intentarlo tantas veces y seguir fallando. Esta propuesta negada se ha convertido en la octava. En las anteriores le he visto pasar etapas desde ira hasta llanto, esta es una fase que nunca le había percibido, pero que sin lugar a dudas comprendía.


Todo el trabajo y esfuerzo de meses, tirado a la nada.


¿Si reprochara sus acciones demostraría mi amor?


No, claro que no.


Mi vista comenzó a llenarse de lágrimas e hice acopio de toda mi voluntad, para no parecer rota, para no parecer una novia incomprensiva, apática y negativa que solo piensa en sí misma. Porque nada de eso necesita Gael en este momento, y sus palabras me lo aclararon:


» Princesa, quiero hacer esto. Necesito hacerlo, ¿sí? Voy a irme del país por un tiempo y en ese periodo es que deseo centrarme en el proyecto... No quiero desaprovechar ni alagar otro año nuestro matrimonio. Hare esto por mí, pero más por ti, me has esperado demasiado y no he logrado nada —deposito un beso en mi frente—. Quiero que pronto seas mi esposa, que lleves mi apellido y que no tengamos que preocuparnos por nada más que tú y yo, ¿quieres?


Quiero

.


Deseo ver cada día el sol salir y esconderme entre sus brazos.


—Sí.


Sé que él también lo quiere por la forma en la que me mira, trata y habla, pero sus métodos han sido lo bastante obstruidos como para empezar a inquietarme. Y no, no es solo porque llevamos años comprometidos y nunca nos casamos, sino porque han llegado hasta el punto de hacer que él sienta que necesitamos distanciarnos y eso jamás había pasado.


Desde que nuestro noviazgo empezó no hemos cortado ni por períodos mínimos, esto sería lo más cercano a una primera vez y todo por cuestiones profesionales.


«¿Por qué ninguno de sus planes es aprobado?»

Doy testimonio de cómo se esmera por cada uno de sus trabajos, lo que hace no es cualquier cosa y el empeño que pone en cada uno debería de ser reconocido. Comparto su perseverancia y la respeto, pero esta vez, siento que no es suficiente, ¿qué pasa? ¿Qué es lo que le impide crecer? Si lo que necesita para sentirse completo es un respaldo y la aceptación de su propuesta, y con esto observar a mi progenitor con firmeza, estoy dispuesta a proporcionarle un empujón sin que se dé cuenta. Después de todo, de eso se trata una relación, de apoyo incondicional.


Le doy un asentimiento para reforzar mi afirmación.


—¿Quién soy yo para negarme a tus órdenes? —apunta, atrapando mi labio inferior entre sus dientes y dándole un suave mordisco. Sus manos se deslizan de mi cintura hasta las prominencias de mi trasero.


—¿Cuándo te vas? —indago, esperando cualquier otra respuesta menos la que recibo.


—Mañana.


Asiento, tragándome el quejido que sube por mi garganta, en su lugar lo envuelvo entre mis brazos en un cálido abrazo.


¿Quién soy yo para no ayudarle a cumplir sus sueños?


Ensuciarme o sacrificarme por ello solo sería una cosa más añadida a la lista.


• • •