Los Reyes del Crimen # 1 (Legados de Sangre)

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

« Dos herederos. Una guerra silenciosa. Y una historia que puede incendiarlo todo » Las organizaciones criminales de Italia y Rumanía se enfrentan desde hace décadas en guerras al otro lado de las sombras. Un anillo robado, una tregua frágil y un pacto que desafía generaciones. Alessandro Ferrero y Kamelia Rusu están destinados a gobernar... pero también a destruirse. Cuando el destino los enfrenta a la búsqueda de una joya legendaria y a arriesgar el legado de dos imperios, lo último que esperaban eran las miradas cargadas de deseo, tentación y lujuria. Pero el amor en su mundo es debilidad... y la debilidad se paga con sangre.

Estado:
Completado
Capítulos:
30
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Rumania, Bucarest

8 de Octubre del 2021

Tenía la sensación de que las paredes se estaban haciendo cada vez más y más pequeñas a mi alrededor. Una sencilla tarea como la de respirar se me hacía demasiado difícil. Ya habían pasado algunas horas, aún así no podía borrar la imagen de la vida escapando cruelmente de los almendrados ojos de mi madre. Mi mente había decidido marcar ese momento en su vida acompañándolo de una captura mental de la que estaba segura que no olvidaría jamás. Y el culpable estaba ahí, ante mis ojos y llorando lágrimas de humo como si no fuese el culpable, como si no hubiese echado la vida del cuerpo de mi madre a puñetazos. Dragos Rusu era experto en dar lástima, en sufrir como el que más sin importarle nada. Yo siempre pensé que mi padre fingía todo aquel sufrimiento, la realidad, mi padre jamás se consideraría culpable de nada porque en su cabeza narcicista, él no era capaz de algo así. Eso y que tal vez ni siquiera lo recordase, puesto que la mayor parte del tiempo estaba bajo los efectos de la cocaína. Ahora me hacía de nuevo aquella pregunta, la que tantas veces había tratado de apartar de mi mente, ¿debería dejar a Cosmin? Lo de nosotros no era una relación del todo, pues siempre fue un acuerdo entre Dragos, el Boss de la mafia rumana de La Tiriera y su socio, el padre de Cosmin. Habíamos crecido juntos, pero nunca sentí nada más que amistad y tal vez un poco de confusión, pero me vi obligada ha aceptar ese trato. La confusión de lo que sentía por el desapareció cuando, cada vez que se veían, llegaba oliendo a alcohol mezclado con el perfume barato de alguna prostituta. Todos los hombres de la mafia eran así, eso fue precisamente lo que acabó con la vida de Loredana Rusu delante de mi justo un día antes de mi cumpleaños.

Por eso y mil razones más , me aparté con violencia las lágrimas de las mejillas y, con dos dedos temblorosos pero decididos, toqué la puerta del despacho de Dragos. Cuando recibí el permiso para pasar, me posicioné delante de él. Como siempre, una pila de incontables hojas se acumulaban encima del escritorio de mi padre.


Tata, tengo que decirte algo.— empecé diciendo y tratando de mantener firme mi voz.


—Adelante, te escucho.— me concedió y, a continuación, apoyó los codos sobre el escritorio entrelazando sus manos, dedicándome toda su atención ante el tono que había escuchado.


Sabía como reaccionaría , pero estaba decidida y dispuesta a que sería algo con lo que podría lidiar. No quería seguir pensando en que terminaría igual que su madre en un futuro no muy lejano.


—Voy a romper con Cosmin.—mi voz no se había alzado, pero mis palabras hicieron eco en toda la estancia.


Tal y como esperaba, el rostro de mi padre no tardó en enrojecer y en cuestión de segundos, sus ojos azules estaban fijos en los míos verdes.


— No.—se limitó a decir.


— ¿No? Voy ha hacerlo y no te estaba pidiendo permiso.—hablé desafiante y con la mirada esmeralda fija en los ojos de mi padre.


Sabía que iba a ser difícil, pero no dejaría que mi vida fuese de todo el mundo menos mía, ya no. Siempre había tenido un carácter fuerte, uno que Dragos intentó dominar y someter de mil formas hasta que se convenció de haberme sometido por completo a su control, pero si había permanecido callada durante tanto tiempo, había sido solo por conveniencia. Dragos por más que tratase, nunca pudo matar la rabia que llevaba dentro y lo presenciaría en ese preciso instante, cuando alzaría la voz para hacerme escuchar.


—No voy a seguir con un idiota que me engaña solo porque su padre es tu mejor comprador. Si le interesa lo que tienes, debería darle igual con quien me acuesto o dejo de hacerlo.


— ¡Así es la vida en la mafia, Kamelia! Aprende de una vez, con ese carácter jamás conseguirás dominar un imperio.—se levantó con furia.


La lluvia de gritos incomprensibles no tardó en aparecer y no sirvió de nada, porque salí del despacho maldiciendo y con un portazo, lo dejé con la palabra en la boca. No iba a permirtir que me doblegase, no esta vez, por lo que cogí mi móvil, marqué el único número que se repetía incansablemente en mi historial y esperé a que esa voz tan familiar, pero a la vez tan lejana contestase. Solo bastaron dos palabras para que tuviese que apartar el móvil de la oreja.


—Te dejo.— hablé con voz fria y firme.


—¡No lo vas ha hacer!— demandó con la voz tambaleante.


—Sí, porque de echo, es lo que acabo de hacer.—me encogí de hombros.


— No te atrevas, Kamelia, porque esta vez no me contendré.—amenazó demasiado decidido.


Cosmin ya me había levantado la mano en más de una ocasión, demasiadas como para contarlas, pero nunca llegó a tocarme. En la mafia rumana eso era muy común y no solo dentro, sino también fuera de ella. En todo el país vivían miles de mujeres maltratadas y sometidas, pero yo ya había decidido que no sería una más.


—No me das miedo.—confesé denotando seguridad.


No recibí respuesta porque él colgó la llamada. Eso mandó a todo mi sistema nervioso miles de escalofríos, pero no iba a echarme atrás. No tenía ganas de hacerlo, no hasta que Cosmin apareció en la mansión, gritando mi nombre hecho una furia. Desde mi habitación, que estaba en el piso de arriba, miraba la escena con la puerta entreabierta. Mi padre, acompañado de unos hombres que no tardaron en inmovilizar a Cosmin, se acercó a él.


—¿Puedo saber por qué irrumpes en mi casa de esta forma?—su voz fue tranquila, ocultando la amenaza latente camuflada en sus palabras.


—¡Tu hija es una pu....!—dejó las palabras a medio camino.


Daniel, uno de los hombres de la primera división que yo lideraba, lo inmovilizó y dejó caer su bota pesada sobre su cabeza. La voz de mi padre volvió a resonar en el eco de las paredes.


—Que no se te olvide de quien estás hablando, es la futura heredera de La Tiriera.—defendió sin quitarle el ojo de encima.


Cosmin, quien seguía con el rostro enrojecido por la presión de la bota, clavó sus ojos azules en los de mi padre.


—¿Y solo por eso no merece ser castigada? Ha abandonado a su futuro marido, es una vergüenza para esta organización.—inquirió con entrecortadas respiraciones.


—Y lo será, aquí nadie es más que yo.—sentenció.


Esa respuesta fue suficiente para devolverle a Cosmin un poco de la satisfacción que había perdido. Y fue aún más cuando varios hombres irrumpieron en mi habitación, tomándome de los brazos para sacarme a rastras de la mansión y llevarme al patio trasero de la mansión.


—¡Dejándme!—grité con todas las fuerzas que tenía, mi garganta ardía a causa de los gritos—. ¡No! ¡Soltadme! ¡Papá, por favor! ¡Diles que paren!


Mi padre solamente me dedicó una mirada de soslayo mientras estaba siendo arrastrada frente a sus ojos. Mantenía el mentón en alto, las manos entrelazadas a sus espaldas y una expresión impasible, le daba totalmente igual. La repentina luz del mediodía me hizo entrecerrar los ojos, haciéndome flaquear en mis intentos constantes, pero sin éxito, por liberarme del agresivo agarre. No tuve ningún tipo de posibilidad. El patio estaba lleno de hombres de pie, firmes e inexpresivos cuando me quitaron la camiseta, dejándome tan solo con el corto pantalón de pijama. Seguí forcejeando cuando ataron mis manos por encima de mi cabeza con una cuerda para mantenerme inmóvil. Las lágrimas me resbalaban a gran velocidad, compitiendo con mí ansioso corazón, al que sentía casi en la garganta.


—¡Soltadme!—grité en vano.


Mi padre tan solo estaba ahí, atrás de todo ese cúmulo de soldados mientras el primer látigo hizo que mi garganta se desgarrase con gritos más dolorosos de los que podía emitir en realidad, llevándome al límite nada más empezar. Cada grito era más desgarrador que el anterior. Nadie decía nada. Todos me miraban sin un solo ápice de emoción en sus facciones. Sentí las carnes abrirse y el líquido carmesí caliente nadar espalda abajo. No llevé la cuenta de los latigazos recibidos al momento de desmayarme. Solo recuerdo entreabrir los ojos, estando ya en mi habitación, cuando el rostro de Cristian apareció ante el mío, me estaba dejando sobre mi cama. Él llevaba muchos años trabajando para mi padre, pero nunca estuvo de acuerdo con lo que hacia. Sus ojos verdes me miraban con la mayor pena que podía sentir un hermano. No emití ningún sonido cuando una lágrima me traicionó y él se encargó de atrapar. No fuimos capaces de decir nada, así que tuvo que irse dejándome a solas con mi dolor, aunque hubiese atrapado en su rostro las ganas de quedarse a mi lado y el miedo a las consecuencias si lo hacía. Por lo que sólo asentí cuanto el dolor me permitía y volví a romperme en mil pedazos cuando lo vi marchar.


Tras caer en mi inconsciencia de nuevo, me desperté casi de madrugada, con los mechones negros azabache pegados a mi frente por el sudor. Sentí el impulso de correr hacia la habitación de mamá, pero dos problemas me lo impidieron. El primero era el dolor que sentía en cada rincón de mi ser con tan solo pensar en moverme, y el segundo.... El segundo era que nunca más podría volver a correr a los brazos de mamá para esconderme del mundo cruel al que me enfrentaba.


Logré ponerme de pie para ir hasta el espejo de pie que tenía en la esquina de la habitación. Sabía que la del reflejo era yo, pero no me reconocía. La piel pálida tornándose amarilla, el brillo sobre mis mejillas a causa del sudor, el maquillaje negro dibujando el rastro perfecto de las lágrimas que había perdido horas antes, el labio partido a causa de morderlo para soportar el dolor y mis ojos, aquellas hermosas esmeraldas heredadas de mi abuela materna, habían perdido su brillo. Un brillo que presentía que no volvería a recuperar jamás.


Dos toques en la puerta me sobresaltaron, eran Irina y Roxana. La primera era de mi edad, dieciocho años y se encargaba de la limpieza, aunque también era lo más cercano que tenía a una amiga. Roxana en cambio rozaba los treinta y se encargaba de la cocina, me tenía el cariño de una madre, aunque claro, nunca sería mi madre. Ambas se acercaron para dedicarme una mirada compasiva. Irina llevaba el pelo parecido al chocolate enrollado en un moño, mientras que Roxana lo llevaba en una trenza color cereza. La primera trajo consigo un barreño de agua tibia y trapos, para limpiar mis heridas y el desastre ocasionado. También me limpiaron la cara. Ninguna de las tres pronunció una palabra, no había nada que decir. Agradecía que me conocieran lo suficiente como para no hablar, pues mi padre nunca me había permitido tener un círculo social, ir a clase o cosas así. Estudié desde casa con profesores particulares. Nunca tuve un grupo con el que hacer cosas propias de una adolescente, pero algunas las hice con Irina, a escondidas, por supuesto. Tampoco tuve otro novio más que Cosmin, pues cualquiera que se me acercara, desaparecía.


Cuando Roxana terminó de curar y vendar mis heridas, salió, dejándome a solas con Irina, quien tomó un peine para peinar mi pelo recién lavado y trenzarlo. Nos envolvió una burbuja de silencio y comodidad demasiado agradable para ser verdad, porque dos toques en la puerta acompañados de Daniel nos interrumpieron.


—El Boss quiere hablar contigo.—demandó antes de cerrar la puerta de nuevo.


Irina me dedicó una mirada preocupada, yo solo asentí tratando de calmarla. Me levanté con mi pijama de seda negro y me encaminé hacia su despacho. Era muy consciente de lo afilada que podía ser mi lengua, pero también sabía como controlarla. Fue algo que aprendí a lo largo de los años. Ser parte de una de las peores mafias de Europa implicaba eso, obediencia, sin ella solo sería carne de comer para los cerdos. Aparté todos los pensamientos que amenazaban con romper la máscara de inexpresividad que había creado minutos antes y me adentré en la sala.


—Siéntate.—demandó sin mirarme.


Obedecí, no estaba en la posición de hacer lo contrario. Soltó el humo haciéndome arrugar la nariz. Él era la viva imagen del por qué odiaba el tabaco y su asquerosa olor. A mamá también le molestaba, pero a él nunca le importó. Los vicios siempre ocupaban un escalón más en la lista de prioridades de mi padre, dejándonos a la familia en el último.


—He hablado con Roman y está de acuerdo con la separación entre Cosmin y tú, siempre y cuando siga formando parte de la primera división de La Tiriera. Tampoco volverás a las misiones hasta que tus heridas no se curen.—comunicó sin levantar la mirada del montón de papeles que estaba firmando.


¿En serio? Tuve que morderme la lengua para no protestar ahí mismo y que mi padre se pusiese más creativo con el próximo castigo, o que los próximos latigazos me dejasen en coma. Y como si no hubiese echado más sal sobre mis heridas abiertas, asentí y salí del despacho, apretando los puños a mis costados y dejando medias lunas marcadas en las palmas de mis manos. La parte positiva, si es que la había, era no tener que volver a las misiones por un tiempo, así no tendría que verle la cara ese hijo de puta. Por su culpa apenas soy capaz de moverme. Por su culpa he estado a un paso de reunirme con mi madre y, ¿sinceramente? No parecía tan mala idea.


Las semanas se me pasaron entre dibujos y las pequeñas charlas con Irina y Roxana mientras curaban mis heridas. Cristian también venía a visitarme a escondidas durante la madrugada para ver cómo me encontraba. También me informaba de todo lo que ocurría.


—Ahora lidera la primera división mientras tú no estás, nadie lo soporta.


—Me ha robado mi vida y ahora mi trabajo.—suspiré mirando la luna desde el balcón de mi habitación.


—Tranquila, las cosas irán mejor.—me aseguró posando una mano sobre mi hombro.


Con el pasar de los días, Cosmin empezó a dejar flores en señal de disculpas, flores que se marchitaban en la basura y las cartas de arrepentimiento morían en el olvido dentro del buzón hasta que Roxana las rompiese y tirase a la basura también, junto a las flores. Tenía órdenes mías directas de hacerlo. Cuando las heridas empezaron a cerrarse, me marqué una rutina que empecé a seguir a rajatabla. Cada mañana, después de desayunar, me encontraba en el campo de tiro, perfeccionando mi puntería y mis técnicas, también practicaba con todas las armas posibles y de todo tipo; ametralladoras ligeras, fusiles y subfusiles de asalto, francotiradores, escopetas, revólveres, todo. Esa disciplina auto impuesta me estaba ayudando a ser quien siempre debí ser, pues me prometí a mi misma y a mi madre, que nadie volvería a tratarme como si pudiesen barrer el suelo conmigo.


También dejé claros mis límites cuando mi padre me hizo llamar por enésima vez para proponerme una reconciliación con Cosmin, después de este, ya no habrían más intentos.


—Puedes pensarlo y....—-sus palabras murieron en el aire cuando mi magnum calibre 22 apuntó su cabeza sin titubear.


—Vuelve a intentarlo y no me temblará el pulso para volarte los sesos. He dicho que no y punto.—zanjé con la mirada fija en sus ojos azules glaciales.


A lo largo de los meses, pude notar la desesperación de mi padre al ver como perdía progresivamente el control sobre mi, como empezaba a perder la esperanza de volver a tomar las riendas de mi vida, puesto que desde lo ocurrido, jamás pude volver a ser la misma. Esa niña risueña, con la sonrisa acompañada de los hoyuelos heredados de su difunta madre en el rostro todo el día, con la sumisión como educación, esa niña murió y fue reemplazada por una mujer que nunca más volvió a acatar una orden ni mucho menos a inclinarse ante nadie. Nadie más se atrevió a levantarme la voz, pues ya había dejado claro a toda la organización lo que haría si alguien se atrevía.


—No es más que una cría.—escuché murmurar a uno de los soldados arrodillado junto al resto.


Las palabras me llegaron incluso estando a varios metros de distancia. Giré sobre mis tacones negros de punta fina en su dirección.


—¿Cómo dices?—mi voz estaba teñida de ese tipo de tranquilidad antes de la tormenta, una que caería sobre aquel impertinente.


El autor del comentario ni siquiera pensó que habría escuchado su comentario cuando empezó a tartamudear cientos de disculpas, pero cuando quiso levantar la mirada del suelo, solo alcanzó a ver la punta de mis tacones, mi figura esbelta, mis ojos sin ningún rastro de emoción y el cañón de mi magnum calibre 22 apuntando a su cabeza. Sus últimas palabras apenas fueron un susurro que pronto, junto con su nombre, caerían en el olvido, pues un agujero adornaba su frente.


—¿Alguien más tiene algo que opinar?—hablé después de soplar el humo que desprendía mi cañón mientras me dirigía al resto de los hombres.


—No, jefa.—hablaron al unísono sin levantar la mirada del suelo, pues hasta que yo diese la orden no podían hacerlo.


—Así me gusta.—sonreí sintiendo el poder envolverme como un abrazo cálido.


Me aseguré de acorazar mis emociones lo suficiente como para que nadie más pisase mis huellas, que nadie más se fijase por donde había caminado y tratar de pisar mis pasos y que nadie más hablase sin mi permiso. Por desgracia, ahora La Tiriera no contaba con uno, sino con dos dictadores. Todos empezaron a temerme hasta apodarme co el sobrenombre de la dama de negro, pues mis ropas siempre eran de ese color y si habría alguno otro, sería el verde. El color favorito de mi madre. La extrañaba todos los días, a ella y a sus peinados decorando su siempre tan perfecto pelo cobrizo. Sus ojos almendrados siempre mantenían una mirada alegra pese al infiero que vivía. Yo no poseía y jamás poseería esa bondad que antes tenía gracias a ella, pues mi corazón ya lo había enterrado en algún rincón oscuro y desolado de mi alma de la que, por cierto, ya tampoco quedaba casi nada.


Me hice una promesa que debía cumplir y no por mi, sino por mi madre. Juré que la muerte de Loredana Rusu no quedaría así.


Y cumplí mi palabra.