❝𝐋𝐚 𝐜𝐚𝐝𝐞𝐧𝐚 𝐝𝐞 𝐦𝐢 𝐩𝐚𝐬𝐚𝐝𝐨❞ ── ˢʰᵒᵗᵒ ᵀᵒᵈᵒʳᵒᵏⁱ ⁻ ᴼᶜ ᴬᵁ

Sinopsis

════ ∘◦❁◦∘ ════ Nieve... Una fría y suave nieve era todo lo que podía sentir debajo de mis pies, que comenzaban a entumecerse por el frío implacable. Llevaba tiempo caminando, y la incertidumbre me envolvía como un manto gélido. ¿Alguien me encontraría alguna vez en este paisaje desolado? ¿Moriría aquí sola, enterrada bajo esta manto blanco? Lo irónico es que mi nombre, literalmente, significa nieve en japonés... Nunca supe si fue por casualidad o por el destino, pero el invierno siempre fue una temporada especialmente intensa para mí. En sus gélidas garras, encontré tanto el abrazo reconfortante de la calma como la embestida cruel de la adversidad. En el invierno, donde todo lo que se puede ver son las calles cubiertas por una capa de blanca nieve, siempre sucede algo... Y eso, al parecer, nunca cambiará. La nieve y yo estamos destinadas a estar siempre juntas, una unión inquebrantable forjada por las estaciones y los caprichos del destino. ════ ∘◦❁◦∘ ════ -[OC AU] -[BNHA] -[TEMAS MUY FUERTE TRATADOS, SI NO TE SIENTES CÓMODO ERES LIBRE DE DEJAR DE LEER]

Genero:
Drama/Other
Autor/a:
YukiLolii
Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

⋆Capítulo 1⋆


Llevaba horas corriendo sin parar, apenas me detenía por unos segundos para recobrar el aliento, aunque para este punto el aire era más como una carga que como un alivio. Cada inhalación quemaba mis pulmones, pero la urgencia de la situación me impedía concederme más que unos fugaces instantes de reposo. No me podía detener; la adrenalina que recorría mi cuerpo bastaba para mantenerme activa. Mis músculos gritaban por descanso, pero sabía que no podía ceder. No podía parar, porque dependiendo de cómo acabe esto, así sería mi futuro. Necesitaba encontrar a alguien, quien sea...


El frío era implacable, como si cada ráfaga de viento cortara a través de mi ropa y se clavara en mis huesos. Mis pasos se volvían cada vez más pesados, mis músculos se negaban a responder y la nieve que se acumulaba bajo mis pies no hacía más que empeorar las cosas. Sentía el aguijón de la desesperación clavarse en mi pecho mientras luchaba por mantener el equilibrio en medio de aquel paisaje helado. Cada vez que intentaba avanzar, parecía que retrocedía dos pasos.


Finalmente, mis fuerzas flaquearon y mis piernas cedieron, dejándome caer pesadamente sobre la nieve. El impacto apenas me hizo sentir; el frío y el cansancio habían entumecido mi cuerpo hasta el punto en que cualquier sensación se volvía borrosa y distante. Me dejé caer con resignación, sabiendo que cada minuto que pasaba en aquel lugar solo acercaba más el inevitable final.


— ¿Eso es todo? ¿Así voy a morir? — los pensamientos resonaban en mi mente con una claridad dolorosa. No había señales de civilización a la vista, ningún sonido aparte del viento helado que siseaba a mi alrededor. Mi quirk yacía inútil, agotado junto con el resto de mis fuerzas. Ya no podía moverme un centímetro más. Al menos ahora, en la quietud de la nieve, podía permitirme descansar... Yo... Ya no podía más...



El paisaje yermo se extendía sin fin a su alrededor, una vastedad helada que parecía devorar cualquier esperanza. La nieve crujía bajo sus pies, sus diminutas huellas apenas visibles en el manto blanco que cubría la tierra. La niña, con apenas once años de edad, luchaba por avanzar, su cuerpo exhausto y entumecido por el frío penetrante. Cada bocanada de aire se convertía en un doloroso susurro helado que le cortaba la respiración.


La desolación del entorno era abrumadora, pero la esperanza, aunque frágil, aún palpitaba en el corazón de la pequeña. Por casualidades del destino, un héroe se encontraba en camino hacia una reunión confidencial con otros de su clase, y la ruta los llevaba sorprendentemente cerca de la niña, cuya lucha por la supervivencia pasaba desapercibida para el mundo.


El héroe, imbuido con el espíritu de la justicia y el deber, sintió un ligero tirón en su corazón mientras pasaba junto al lugar donde la niña se debatía contra el frío y el cansancio. Aunque al principio apenas fue un destello de intuición, la sensación de que algo no estaba bien en aquel remoto rincón del mundo creció en su interior, como una semilla de preocupación que germinaba lentamente.



Llevaba varias horas conduciendo, el paisaje blanco y desolado se extendía ante mí como un lienzo helado que se perdía en el horizonte. La gruesa capa de nieve cubría todo a mi alrededor, desde los árboles inertes hasta el cielo nublado que parecía presagiar una tormenta inminente. Mis pensamientos se perdían en la monotonía del camino, concentrado en llegar a tiempo a la reunión confidencial con los otros héroes.


De repente, algo llamó mi atención en medio de la blancura implacable. Un destello de movimiento entre los árboles capturó mi mirada, y cuando me acerqué, la figura de un niño se materializó ante mis ojos sorprendidos. ¿Un niño, solo en medio de esta inhóspita tierra de nadie? Mi corazón dio un vuelco mientras frenaba el vehículo, la preocupación inundando mis pensamientos. ¿Cómo había llegado hasta aquí? ¿Estaba perdido? Las preguntas se agolpaban en mi mente, pero una certeza se imponía sobre todas ellas: no podía ignorar la necesidad de ayuda del pequeño.


Tan rápido como pude, maniobré el auto hacia un costado de la carretera, luchando contra la resbaladiza superficie cubierta de nieve que amenazaba con llevarme fuera del camino en cualquier momento. El corazón martilleaba en mi pecho mientras el vehículo finalmente se detenía, y apenas tuve un instante para apagar el motor antes de lanzarme fuera del habitáculo para confirmar lo que mis ojos habían vislumbrado.


Y allí estaba, en medio del paisaje gélido, una figura diminuta que apenas se distinguía entre la blancura implacable. Una pequeña niña, tan vulnerable y frágil en aquel entorno hostil que parecía haber sido abandonada por el mundo entero. Su piel pálida y sus labios azulados hablaban de la cruda realidad de la exposición al frío extremo, y una ola de angustia me inundó al darme cuenta de la gravedad de su situación.


Sin perder un segundo, corrí hacia ella, cada paso un desafío en medio de la nieve resbaladiza que amenazaba con engullirme en cada instante. Al llegar a su lado, mi mano buscó instintivamente su pulso, pero apenas pude sentir el débil latido que luchaba por mantenerse. Su temperatura corporal era tan baja que apenas podía creer que aún estuviera viva.


El tiempo se volvió un enemigo implacable mientras evaluaba rápidamente la situación. Cada segundo que pasaba ponía en peligro la vida de la niña, y sabía que no podía permitirme demoras si quería tener alguna esperanza de salvarla. Con determinación, la recogí en mis brazos, sintiendo el peso de su cuerpo helado contra el mío, y corrí de regreso al auto, donde esperaba poder brindarle el calor y la atención médica que tan desesperadamente necesitaba.


Al sostenerla entre mis brazos, sentí el frío penetrante que emanaba de sus pequeños pies, que estaban casi congelados y marcados por varias heridas en las plantas. La visión de esas marcas desgarradoras, combinadas con el estado lamentable de sus harapientas ropas, me conmovió profundamente. ¿Cómo había llegado esta niña a encontrarse en tal estado de desamparo? La desolación de su apariencia física, marcada por heridas tanto antiguas como recientes, era un testimonio desgarrador de las dificultades que había enfrentado en su corta vida.


Pero en ese momento, esas preocupaciones parecían tan distantes como las estrellas en el cielo nocturno. Lo único que importaba era su supervivencia inmediata, y cada segundo perdido aumentaba el riesgo de que su frágil vida se desvaneciera ante mis ojos. Aunque su aparente falta de higiene denotaba el sufrimiento prolongado que había soportado, ahora mismo, eso era lo menos relevante.


Con la niña entre mis brazos, corrí hacia mi coche con determinación, sintiendo el peso de su cuerpo helado contra el mío. La urgencia de la situación me impulsaba a actuar con rapidez, mientras la envolvía con mi abrigo en un intento de controlar sus escalofríos y protegerla del frío implacable que la había dejado al borde de la muerte.


Una vez dentro del vehículo, me apresuré a acomodarla lo mejor posible en el asiento trasero, asegurándome de mantenerla abrigada y cómoda mientras conducía. Sin perder un segundo más, tomé mi teléfono y llamé a mi agencia, explicando la situación con voz apresurada pero firme. Les informé que no podría llegar a la reunión programada debido a un asunto urgente que requería mi atención inmediata, sin entrar en detalles sobre la naturaleza exacta del problema.


La urgencia en mi voz dejó claro que esta no era una excusa común, y aunque sabía que podía generar preguntas, confiaba en que mi historial como héroe y mi reputación de diligencia serían suficientes para ganar su comprensión y apoyo en esta situación crítica.


Con el teléfono aún en la mano, inicié el motor y puse en marcha el vehículo, dirigiéndome hacia el hospital más cercano con la determinación de llegar lo más rápido posible. El tiempo era un enemigo implacable, pero mi compromiso de salvar la vida de esta niña era inquebrantable.


Con la ayuda de la policía, logramos despejar el tráfico que obstaculizaba nuestro camino debido a la nevada que se estaba presentando, abriéndome paso a través de las calles con la urgencia de quien lleva consigo una vida en sus manos. Cada segundo perdido era crucial, y aunque el clima adverso intentaba detenernos, la determinación de salvar a la niña nos impulsaba hacia adelante.


Finalmente, llegamos al hospital en un tiempo récord, donde un equipo médico estaba listo para recibirnos. Sin perder un instante, entregué a la niña delgada y luchadora en brazos de los profesionales, explicándoles rápidamente cómo y dónde la encontré, proporcionando cualquier detalle que pudiera ser útil para su atención y recuperación.


Mientras observaba cómo la llevaban hacia el interior del hospital, pude sentir el peso de la incertidumbre y la esperanza mezclándose en mi pecho. Su vida pendía de un hilo, pero había llegado a tiempo para darle una oportunidad de sobrevivir. Solo podía confiar en que los médicos hicieran todo lo posible por salvarla, mientras la niña luchaba con todas sus fuerzas por aferrarse a la vida que apenas comenzaba para ella.


Ahora, con el corazón lleno de preocupación y esperanza, solo podía esperar y rezar por un milagro. La vida de la niña colgaba en un delicado equilibrio, y solo el tiempo diría si seríamos testigos de su resurgimiento o si nos enfrentaríamos a una trágica pérdida.



Pasaron las horas, y horas, y yo no me despegaba de la sala de espera. La ansiedad me consumía, como si cada minuto transcurrido fuera una eternidad en la incertidumbre. Necesitaba saber que esa niña se encontraba bien, que la vida aún luchaba por permanecer en su frágil cuerpo.


Las esperanzas de que saliera un resultado positivo eran en su mayoría utópicas, como destellos fugaces en medio de la oscuridad abrumadora de la situación. Pero a pesar de la sombría realidad que se cernía sobre nosotros, no podía permitirme rendirme. Mis pensamientos se entrelazaban en una maraña de temor y anhelo, mientras aguardaba noticias que podrían cambiar el curso de la vida de esa niña y la mía para siempre.


Cada latido de mi corazón resonaba en la habitación silenciosa, un eco de esperanza y desesperación que parecía llenar cada rincón del espacio vacío que nos rodeaba. La espera se volvía una tortura, pero no podía apartarme de allí, aferrado a la esperanza de un milagro que quizás nunca llegaría. En esos momentos, el tiempo se dilataba hasta convertirse en un flujo interminable de incertidumbre, y solo el susurro de mis propios pensamientos rompía el silencio sepulcral que reinaba en la sala de espera.


— ¿Stellar-san? — El doctor se acercó a mí. Era un hombre de unos 50-60 años, con un gran bigote prominente que le confería una apariencia distinguida. Sus gafas, grandes y exageradas a mi parecer, apenas lograban ocultar la intensidad de su mirada. De estatura media, su presencia era imponente, y su cabeza brillante relucía como una bola de boliche en medio de la sala.


Su llegada interrumpió mis pensamientos tumultuosos, y me puse de pie con la esperanza de recibir noticias sobre el estado de la niña. Mi corazón latía con fuerza, anhelando escuchar palabras de esperanza en medio de la incertidumbre que nos envolvía.


— Dígame... ¿usted es el doctor que está atendiendo a la niña que traje? — pregunté al doctor que se acercaba, su rostro iluminado por la esperanza que sostenía en sus manos. Los papeles que portaba parecían contener respuestas, quizás incluso buenas noticias que ansiosamente aguardaba.


— Así es, le venía a comentar todo lo que pudimos encontrar sobre la niña — el doctor comenzó a repasar los papeles, ajustándose las gafas con cuidado antes de sumergirse en el contenido. La seriedad de su expresión no dejaba lugar a dudas sobre la gravedad de la situación, y mi corazón latía con fuerza mientras esperaba escuchar cada palabra que saliera de sus labios.


— Bien... La niña llegó con quemaduras a causa de la nieve, heridas en los pies probablemente debido a varios objetos filosos que pisó mientras caminaba — su voz era firme pero compasiva mientras describía las lesiones que había encontrado. Cada detalle era una punzada en mi corazón, una confirmación de la terrible odisea que la niña había enfrentado sola en medio de la tormenta de nieve.


Continuó informándome sobre el cuadro de desnutrición bastante grave que presentaba la niña, explicando que su estado indicaba un período prolongado sin acceso adecuado a alimentos nutritivos. La mención de su hipotermia severa hizo que un escalofrío recorriera mi espalda, la imagen de su cuerpo helado y tembloroso aún fresca en mi mente.


— Además de una puñalada algo profunda de 4cm de largo, afortunadamente no logró dañar ningún órgano vital — mostró algunas fotos de las heridas, revelando un panorama desgarrador de sufrimiento y lucha por la supervivencia. Las cicatrices que rodeaban las heridas recientes hablaban de un pasado marcado por el dolor y el trauma, una historia que aún no conocíamos por completo pero que seguramente era tan desgarradora como la que se desarrollaba ante nosotros.


Al escuchar esas palabras salir de la boca del doctor, sentí el peso de la culpa caer sobre mis hombros como una losa. ¿Y si hubiera llegado antes? ¿Y si no la hubiera visto... ella hubiera muerto congelada, sola y sin esperanza? Esas y más preguntas azotaban mi mente como olas en una tormenta, mareándome con su intensidad abrumadora.


El remordimiento se apoderaba de mí, envolviéndome en un torbellino de dudas y autoacusaciones. ¿Podría haber hecho más? ¿Había fallado en mi deber como héroe al no encontrarla antes, al no protegerla de los peligros que enfrentaba en el mundo exterior? Cada pregunta resonaba en mi mente con una amargura insuperable, y me sentía impotente frente a la enormidad de lo que estaba en juego.


El dolor y la desesperación me envolvían como un manto oscuro, ahogando cualquier destello de esperanza que pudiera haber quedado en mi interior. En esos momentos de angustia y desaliento, me aferré a la promesa silenciosa que había hecho a la niña: estaría allí para ella, cada paso del camino, sin importar lo que sucediera.


— Disculpe, necesito tomar aire — murmuré, apenas capaz de articular las palabras mientras luchaba por contener el torbellino de emociones que amenazaba con consumirme por completo. Con pasos torpes, abandoné la sala, sintiendo el peso de la culpa aplastándome con cada paso que daba.


Mi mente era un caos de pensamientos y emociones encontradas, y sabía que necesitaba un momento de calma para poder organizarme y encontrar la claridad que tanto necesitaba en ese momento. No podía permitirme sucumbir al remordimiento y la autocompasión; como héroe, debía actuar con la cabeza fría, incluso en los momentos más desgarradores.


Salí al exterior del hospital, el aire fresco golpeando mi rostro con fuerza y devolviéndome un poco de claridad mental. Cerré los ojos por un momento, respirando profundamente y dejando que la tranquilidad del momento calmara los latidos frenéticos de mi corazón.


Recordé las palabras de mi mentor, las lecciones que me había enseñado sobre el sacrificio y la aceptación de la realidad. No siempre puedes salvar a todos, me repetí una y otra vez, aunque cada fibra de mi ser anhelara poder hacerlo. Pero eso no significaba que debiera rendirme; al contrario, significaba que debía redoblar mis esfuerzos y seguir adelante, incluso cuando el camino pareciera oscuro y desalentador.



Ya había salido el sol, tiñendo el cielo de tonos cálidos y disipando la oscuridad de la noche que parecía haber durado una eternidad. La noche había sido demasiado larga, marcada por la angustia y la incertidumbre que se había apoderado de mí desde que vi a aquella niña frágil luchando por su vida en el hospital.


A las 2 de la madrugada, me vi obligado a dejar el hospital, pues tenía una reunión urgente con otros héroes para discutir el misterio que rodeaba a la niña. Una niña de no más de 11 años, caminando sola en medio de la nada y gravemente herida, era algo que definitivamente requería nuestra atención. Había un gato encerrado en esta historia, y era nuestro deber descubrirlo y tomar medidas para asegurar que no se repitiera.


Me encontraba en la cafetería del hospital, recién llegado de la reunión con otros héroes, pero sin ningún fruto o pista que valiera la pena. Mis pensamientos eran un torbellino de confusión y frustración mientras agitaba un poco mi cabello, en un intento de encontrar calma en medio de todo este drama abrumador.


El sabor amargo del café apenas lograba distraerme de los acontecimientos que se desarrollaban a mi alrededor. Cada sorbo era como un recordatorio de la impotencia que sentía frente a la situación de la niña y la falta de respuestas que había surgido de la reunión. ¿Cómo podíamos dejar que algo así sucediera en nuestra sociedad? ¿Cómo podíamos permitir que una niña tan joven sufriera tanto sin que nadie levantara una mano para ayudarla?


La frustración se apoderaba de mí mientras repasaba mentalmente cada detalle de la reunión, buscando alguna pista que pudiera haber pasado desapercibida. Pero todo seguía siendo un misterio, una serie de interrogantes sin respuestas que me mantenían despierto durante las noches y me atormentaban en cada momento de silencio.


Respiré hondo, tratando de alejar los pensamientos negativos de mi mente y enfocándome en el presente. Aunque la situación pareciera desesperada, sabía que no podía rendirme. Como héroe, mi deber era mantener la esperanza viva, incluso en los momentos más oscuros.


— ¡¡Stellar-san!! ¡¡La niña despertó!! — Una enfermera llegó corriendo hacia donde yo estaba, su rostro exaltado y sudoroso, pero sus palabras fueron como un rayo de esperanza en medio de la oscuridad. Sin pensarlo dos veces, corrí hacia la habitación de la niña, mi corazón latiendo con fuerza en mi pecho mientras anticipaba el encuentro con ella.


Al abrir la puerta, mis ojos se encontraron con la visión de la niña, que yacía en la cama con una fragilidad conmovedora. Sus pequeños ojos, de diferente color, capturaron mi atención de inmediato: el derecho era de un hermoso celeste grisáceo, mientras que el izquierdo brillaba con un tono plateado, ambos destellando con una inocencia digna de su tierna edad.


Su cabello bicolor añadía un toque de singularidad a su apariencia: un flequillo descuidado de un blanco puro contrastaba con el resto de su melena, tan oscuro como la noche más profunda. Su piel pálida como la luna parecía casi etérea, como si el sol mismo fuera algo ajeno para ella.


Observé con preocupación las vendas que cubrían sus brazos y rostro, así como las máquinas que parecían ser un reemplazo temporal para sus órganos vitales. Sufría tanto, pero a pesar de todo, su semblante irradiaba una determinación silenciosa que me conmovió hasta lo más profundo de mi ser.


Me acerqué a ella con cuidado, tratando de no asustarla con mi presencia. Mis ojos se encontraron con los suyos, y en ese instante, supe que esta niña, con sus ojos de colores brillantes y su cabello bicolor, había capturado mi corazón de una manera que nunca había experimentado antes. Sus grandes ojos, que reflejaban una mezcla de confusión y un ligero rastro de miedo, me observaron con cautela mientras me acercaba.


Traté de transmitirle calma con una sonrisa suave, tratando de disipar cualquier temor que pudiera estar experimentando en ese momento. Mis manos se movieron con cuidado mientras me sentaba a su lado, asegurándome de no asustarla con gestos bruscos.


—Hola... —mi voz sonaba suave y reconfortante mientras le hablaba, esperando que mis palabras pudieran ofrecerle algo de consuelo en medio de la confusión que seguramente sentía.


La niña titubeó un momento, su voz apenas un susurro tembloroso mientras hablaba.


— U-usted... ¿Usted es la persona que me trajo aquí? — preguntó, sus ojos reflejando una mezcla de curiosidad y cautela mientras me miraba.


Asentí con suavidad, tratando de transmitirle seguridad con mi mirada.


— Así es, pequeña. Mi nombre es Stellar. Soy un héroe profesional —le respondí, manteniendo mi tono de voz suave y reconfortante—. Te traje aquí cuando te encontré tirada en la nieve, en una autopista bastante alejada de la ciudad.


La expresión de la niña se tornó confusa y aturdida, sus palabras tropezando unas con otras mientras intentaba procesar la información que le estaba dando.


— ¿Nie...ve? ¿Estaba tirada en la nieve? No lo recuerdo... —sus ojos reflejaban una mezcla de incredulidad y preocupación mientras intentaba recordar lo ocurrido—. ¿E-está seguro? N-no creo que sea posible que yo haya estado tirada en la nieve. Dig... digo, n-no creo que sea posible...


Su voz se aceleró, y pude notar cómo su pulso aumentaba en el monitor de electrocardiograma. La ansiedad comenzaba a apoderarse de ella, y me apresuré a tranquilizarla, poniendo una mano con suavidad sobre la suya.


— Hey, hey, calma, respira —me acerqué a ella, tratando de transmitirle serenidad con mi presencia. Nos concentrarnos en respirar juntos, siguiendo un ritmo pausado y tranquilo, y poco a poco sentí cómo su agitación comenzaba a disminuir.


— Todo estará bien, ya verás. Encontraremos a tus padres y descubriremos por qué estabas caminando en medio de la nada —le aseguré con voz suave, tratando de infundirle esperanza en medio de la incertidumbre que la rodeaba.


Intenté alejarme un poco de su camilla, pero enseguida sentí un tirón en mi chaqueta que me detuvo en seco. Giré hacia ella, encontrando sus ojos llenos de súplica y temor.


Su agarre en mi chaqueta era firme, como si temiera perderse en medio de la oscuridad si me alejaba. Respiré hondo, sintiendo la responsabilidad pesar sobre mis hombros mientras me preparaba para enfrentar lo que sea que estuviera por venir.


— ¿Estás hablando de los doctores? —Me incliné hacia ella, preocupado por la angustia que veía reflejada en su rostro. Cuando le pregunté por qué, su respuesta me sorprendió profundamente.


— Me dan miedo. Sus batas blancas resaltan las manchas que hay en ellas. ¿Y si son la sangre de sus víctimas? —sus palabras resonaron en el aire, dejando un silencio incómodo a su paso. Era una deducción inquietante para alguien tan joven, y me recordó que no podía ni imaginar lo mucho que esta niña había tenido que soportar en su corta vida.


Traté de tranquilizarla, prometiéndole que me encargaría de que no se le acercaran más personas con batas blancas. Acaricié levemente su cabello en un gesto de consuelo, esperando poder aliviar un poco su miedo y su ansiedad.


— Muchas gracias, Stellar-san —respondió ella con un leve asentimiento, y una sensación de alivio me invadió al ver que confiaba en mí para protegerla.



Salí de la habitación, dejando a la niña sola con los doctores, quienes habían accedido a quitarse las batas blancas para tranquilizarla. Me sentí aliviado al saber que estaría en buenas manos, y confié en que recibiría el cuidado y la atención que necesitaba para recuperarse.


Una vez fuera del edificio, saqué mi teléfono y vi que tenía una llamada de la agencia. Contesté rápidamente, preparándome para recibir instrucciones o actualizaciones sobre la situación de la niña y cualquier otra emergencia que pudiera surgir.


— Eh... Stellar-san, tenemos un problema con la niña — Al escuchar la voz de Firegun al otro lado de la línea, mi corazón dio un vuelco. Firegun era uno de mis compañeros en la agencia, un héroe con quirk de manipulación de fuego y una mente aguda para la investigación. Su tono serio y preocupado me hizo temer lo peor mientras esperaba su explicación.


— ¿Qué sucede, Firegun? ¿Qué pasa con la niña? —pregunté, sintiendo cómo la ansiedad se apoderaba de mí mientras esperaba su respuesta. Mi mente se llenó de posibles escenarios, ninguno de ellos reconfortante.


— Pues al parecer la niña es un "fantasma" — Al escuchar esas palabras, sentí un escalofrío recorrer mi espalda. "¿Un fantasma?" repetí en mi mente, tratando de procesar la extraña revelación. Mi mente se llenó de preguntas y especulaciones, tratando de comprender lo que Firegun quería decir con eso.


— ¿Cómo es posible? —pregunté, luchando por mantener mi voz firme a pesar del desconcierto que sentía—. ¿Qué quieres decir con que la niña es un "fantasma"?—


— Lo que pasa es que en el sistema no hay ningún registro de ella, sin huellas, sin acta, nada. Es como si no existiera— Las palabras de Firegun resonaron en mi cabeza, sumiendo mis pensamientos en un torbellino de confusión y preocupación. ¿Cómo era posible que no hubiera ningún registro de la niña? Sin huellas, sin acta, como si nunca hubiera existido. La idea era desconcertante, desafiando toda lógica y sentido común.


— ¿Ningún registro? —repetí, mi voz apenas un susurro—. ¿Cómo es posible que alguien pase desapercibido así? ¿Y qué quieres decir con "fantasma"? ¿Es... es como si nunca hubiera existido?