Entidad
"
Algunos humanos son simplemente malas semillas. Semillas infundidas con una forma pura y destilada del mal
."
Ese pequeño roedor que había aparecido con la imagen de una presa fácil de cazar, atrapar y destripar hasta ser devorada, era en realidad la personificación más pura de maldad y locura. Nada era más peligroso que un lobo disfrazado de cordero.
—Desde ahora todos ustedes serán mis juguetes. —proclamó con voz suave y casi dulce a los asesinos y monstruos frente a él. Más grandes, violentos. —O mis presas. —una inclinación de cabeza, sus enormes ojos rojos como la sangre muestran una mirada aterradora y profunda. La sonrisa desaparece, el ambiente a su alrededor cae en algo oscuro y pesado. Parece inofensivo, pero si está allí es por algo.
Lo descubren cuando intentan atacarlo, congelados del miedo cuando logra derrumbar a el verdugo e inmovilizar a el trampero.
Hay algo en su risa que hace que la piel de todos se erice, es irritante pero aterrador, desprende la misma aura oscura que la
Entidad
. Esa sensación que les congela, que les llena de miedo y les hace obedecer.
—Nos divertiremos mucho. —tiene ese aire de psicópata que muchos comparten, pero de una manera más extrovertida. —Siempre quise jugar a la familia. —sonríe con dientes blancos y filosos, parece lindo pero es un depredador.
Cuando todos fueron llegando, inmediatamente se les dió un puesto en la jerarquía de poder invisible que se había creado en un lugar como ese. Todos eran asesinos, monstruos hambrientos, sedientos de sangre con un mismo objetivo (asesinar, liberar su lado más oscuro y aliviar sus mentes perturbadas). Pero aún así, algunos eran más fuertes que otros, más despiadados, más ágiles o incluso más violentos. Son quienes están hasta arriba, reyes entre los asesinos; temibles, monstruos que se debían evitar si estabas por debajo de ellos.
Usualmente no compartían el mismo espacio a menos que fuera necesario, así que no había problema. Pero este nuevo integrante parecía querer cambiar eso, llegando para proclamarse el rey, la punta superior de la pirámide.
Y no había quien le bajara del trono, nadie se atrevía cuando estaba rodeado de la niebla que les había llevado hasta allí, sonriendo como si la controlara, como si lo protegiera de cualquiera de ellos. (Como si él no hubiera demostrado poder hacerlo con sus propias manos). Aunque claro, sólo habían sido dos. Si todos atacaran, posiblemente acabarían con él en un momento. Pero ninguno estaba dispuesto a colaborar entre si. Eran seres solitarios, irritables y desconocidos.
—Calma, les cuidaré bien. —Y un pequeño escalofrío les hace temblar. Nada era más peligroso que una cara inocente, una actitud dulce e infantil que escondía su verdadera naturaleza en lo más profundo de unos ojos grandes y puros. Incluso entre seres enormes y deformes, era lo más aterrador.
...
Había sido escogido, dado una propuesta que no podía rechazar. Estaba cansado, aburrido de las marionetas sin vida que siempre creaba. Necesitaba juguetes nuevos, vivos, manipulables. Ahora estaba frente a un montón de seres extraordinarios que se convertirían en sus nuevos títeres, juguetes difíciles de romper en comparación a sus típicas víctimas.
Siempre quiso jugar a la familia, pero nunca encontró a nadie que quisiera cumplir su deseo, todas sus ratas de laboratorio huían, así que tenía que asesinarlas. Era tan aburrido, estaba cansado de eso, quería encontrar personas que fueran igual a él, pero que aún así pudieran brindarle lo que quería. No le importaba adiestrarlos personalmente para eso.
Se le había brindado la oportunidad para eso, para cumplir su sueño, para crear algo nuevo con juguetes que no eran débiles.
—Esto será tan interesante. —la niebla que le trajo le rodea con un aire frío que se siente tan bien que es casi reconfortante la sensación. No temía, pero se sentía bien saber que te protegían.
Está en la cima, nadie puede tocarlo, tiene a su disposición una variedad de especímenes para entretenerle y hacer lo que quiera. Y quien se atreva a evitarlo, pues... No le gusta recibir negativas.
[...]
—¿Puedo tener esto? —está arrodillado al lado de Jason Voorhees, el campista, quien está sentado en una silla. Se encuentra frente al escritorio de su habitación revisando las cosas que les quitó al último grupo de adolescentes que asesinó. A Jason le gusta mucho tomar cosas de sus víctimas. No lo entendía, pero tampoco lo reprochaba. Todos allí tenían algo parecido a un ritual antes o después de asesinar, incluso había a quienes les gustaba dejar sus marcas en la escena del crimen, como a Ghost Face y el tramposo.
Jason gira a ver al chico a su lado, tan pequeño y aparentemente inofensivo. Pero todos sabían que no lo era. Le habían visto actuar, arremeter contra sus víctimas. Tenía varias formas de hacerlo. La principal era calmada, tan sigilosa que no te dabas cuenta de que ibas a morir hasta que tenías un cuchillo clavado en tu garganta. Disfrutaba de las muertes lentas cuando estaba de mal humor, siendo bastante cruel, completamente despiadado mientras que con una sonrisa jugaba con su víctima.
Luego estaba su modo desenfrenado, frenético a un punto más que aterrador. Era cuando algo no salía como quería, cuando era lastimado, lo cual no le gustaba para nada. Era infantil y errático, un monstruo sin control. Su expresión siempre alegre se volvía una mueca molesta, tan fría e insensible. Su mirada carmesí se oscurecía, parecía un demonio. Algunos, luego de tomarle "cariño" (por decirlo de alguna manera entre psicópatas), se sentían orgullosos de tener un compañero con tal intensidad, descontrol y nivel de violencia. Asesinaba porque le gustaba, porque le parecía divertido, porque le hacía reír ver las caras de sus víctimas, escuchar sus súplicas mientras se burlaba de ellas. Era un niño en su máxima expresión, pero nadie allí estaba para juzgarlo; no eran mejores que él, todos tenían algo.
—¿Puedo? —vuelve a preguntar señalando la tela sobre la mesa, tiene la mejilla apoyada sobre la palma de su otra mano esperando tan pacientemente una respuesta. Con ellos eran así, porque eran especiales, porque eran igual que él, porque la familia no se lastima a menos que sea para dar una "lección"; a lo que se refería cuando alguno de ellos le llevaba la contraria o en algún ataque frenético de locura le intentaban atacar, lo cual no estaba permitido. Sin embargo, muchos ya habían aprendido la lección, ya fuera como "castigado" o como espectador.
Estaban atrapados en el pequeño juego de este niño, pero no les interesaba jugar con él mientras pudieran seguir asesinando cada vez que quisieran. Incluso, a muchos les gustaba ese sentimiento de pertenecer a alguien, de recibir atención amable, la gentileza de su trato. Era un aire nuevo y agradable que a muchos les hacía falta.
Había sido sencillo atrapar a todos en su pequeña red, ganarlos uno por uno con encanto y cariño, de eso que muchos de ellos fueron privados pero necesitaban.
Era divertido, estar allí rodeado de todos esos monstruos y asesinos le hizo sentir que al fin estaba en el lugar correcto con las personas indicadas. Por primera vez en su vida sintió que encajaba.
—Jason, estoy hablando contigo. —despierta al hombre grande a su lado, quien simplemente se le había quedado viendo.
Recibiendo un asentamiento, se levanta con una sonrisa brillante para tomar la prenda y sacudirla antes de probarla. Aún tenía algunas manchas de sangre, pero eso le daba más estilo.
—¿Cómo me queda? —extiende sus brazos y da una vuelta para que el asesino en la silla le vea, asintiendo otra vez mientras alza un pulgar. Era todo lo que recibiría, ya que Jason no hablaba en absoluto. Y estaba bien, allí eran pocos los seres que hablaban. La legión, el tramposo y Ghost Face eran los que más lo hacían después de él. Aunque estaba bien no hablar, a veces era agradable mantener una conversación con otra persona. —Grandioso. —dice inclinando su cabeza con una sonrisa en su rostro. —Iré a mostrarla a los demás. —pero antes de salir de la habitación de Jason, se acerca a él y le da un fuerte abrazo que no es correspondido al instante, pero están trabajando en eso. —Gracias por la chaqueta. —Y se va.
Está satisfecho de decir que ha formado lazos con todos, algunos más especiales que otros, pero mientras estuvieran bajo su control no le interesaba de que clase fuera. Incluso era divertido ser un tanto íntimos, jugar con sentimientos intensos, tenerlos colgando de su mano.
...
—¡Mira! —se detiene frente a Michael, a quien encontró primero de camino a la casa principal. Era donde vivía, el lugar donde todos iban cuando necesitaban algo; comida, armas, herramientas o medicina. —Jason me la regaló. —anuncia con felicidad. El hombre de overol simplemente palmea su cabeza con algo de fuerza en un intento de ser ¿cariñoso? antes de seguir su camino. Michael era otro que no hablaba casi nada en absoluto. —Oye, ¿A dónde vas? —pero le gustaba más allá de un sentimiento de familia. Había descubierto con el tiempo que tenía cierta debilidad por una clase específica de hombres. —¿Puedo ir contigo?
Michael se detiene, girando para ver al pequeño chico en comparación, posando una mano en su rostro para detenerlo. —Quedar. —es todo lo que dice. Con este pequeño ciervo aparentemente inofensivo era con el único que usaba sus palabras, lo que le hacía sentir especial.
—Pero también quiero jugar. —toma la mano en su rostro guiandola a su mejilla, apoyándose en ella para dar una mirada suplicante con sus enormes ojos rojos. No sabe qué expresión tiene Michael debajo de su máscara, pero no aparta la mano, lo que debe significar algo.
—Allá. —señala con su otra mano, haciendo que el niño le suelte para poder girar y ver en la dirección que indicaba; la casa de Herman.
—No quiero jugar con el doctor. —hace un puchero. —A veces me quiere usar como experimento. —lo cual en ocasiones es divertido, pero no estaba de humor para evitar los intentos de atrapada del doctor.
—Quedar. —Michael está nuevamente empujando su rostro para que retroceda.
—Está bien. —bufa con fastidio. No le gustaba molestar demasiado a sus juguetes, a veces eso podía llegar a ser un error. Y él no estaba dispuesto a perder a sus preciadas marionetas por su propia culpa. Sería tan trágico tener que acabar con alguno de ellos. —Asesina a muchos por mi. —sonríe y le guiña un ojo al asesino frente a él, despidiéndose con una mano antes de correr en dirección a la casa principal. Si tenía suerte podría encontrarse con Evan, el trampero, quien también le gustaba mucho. Eran sus juguetes, así que podía estar con cuantos quisiera hasta que le aburriera.
Silbando en el camino, se pregunta cuándo se aburrirá de todo eso. Aún es demasiado pronto, pero supone que llegara a eso en algún momento. ¿La Entidad le dejara romper sus juguetes prestados o simplemente le sacaría de allí antes de que llegara a eso? Después de todo, aunque era el rey del tablero, no era el jugador; sólo una pieza más.
Mm... No le interesaba mucho, disfrutaría de aquello hasta que tuviera que asesinarlos a todos o morir en el intento.
—¡Espectro! —llama cuando entre la oscuridad de los árboles ve a ese ser enorme de casi dos metros. —¡Mira lo que me regaló Jason! —su verdadero nombre era Phillip, pero muchos allí preferían que les llamaran por sus apodos. Sobre todo cuando habían dejado de ser humanos.
El hombre enorme le mira con sus pequeños ojos oscuros. Le regala una sonrisa tímida, un gesto de aprobación.
—¿A dónde vas? —le pregunta. —¿Puedo ir contigo? —toma la mano del monstruo. Es uno de los más tranquilos e inofensivos desde su punto de vista, por eso le gusta estar con él.
Philip, o espectro, parece nervioso con su gesto (todos actuaban igual ante el contacto, la atención en muestra de cariño) sin embargo, lo acepta y sujeta de vuelta la mano, lo que le hace sonreír y caminar con más seguridad. Le gustaba recibir lo que quería dar, lo cual era cariño. Quizás haber crecido sin ello le había hecho obsesionarse con esos sentimientos, intentando transmitirlo a todos.