El Monstruo y el Humano [Eliodas]

Sinopsis

Spin-off de la historia El monstruo y el humano de Loki_CC. Meliodas tenía un secreto que no reveló a nadie. Un secreto tan cuidadosamente oculto que esperaba que jamás saliera a la luz, pero como el mundo siempre fue tan cruel con él su peor pesadilla se hizo realidad, y ahora por su descuido y estúpidez se hallaba corriendo por el bosque rogando a cualquier deidad poder llegar a tiempo para salvar a su Alfa de aquel que comanda a los Diez Mandamientos. ~ElizabethAlfaxMeliodasOmega~

Genero:
Drama/Romance
Autor/a:
MaddieSagita
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

El Monstruo y el Humano: Chapter 0 Circus Monster

Autora: MaddieSagita.


Fandom: Nanatsu no Taizai (Los 7 Pecados Capitales).


Género: Drama.


Pareja: Eliliodas (AlfaElizabeth x MeliodasOmega)


Derechos: Los personajes de este oneshot no me pertenecen sino a Nakaba Suzuki. Créditos del universo presentado e historia original a Loki_CC.


Advertencias: AU, Omegaverse, Romance, Muerte de un personaje, Drama, Tragedia.


Clasificación: Mayores de 13 años.


Notas:


Hola, hola!!


Su irresponsable autora favorita vuelve! Esta vez con una spin-off de la historia de Loki_CC titulada El Monstruo y el Humano publicada aquí en Wattpad.

Aclaro que tengo la autorización del autor/a para realizarla, asi que no es plagio eh, y también les informo que nada de lo aquí visto es canónico con la historia de Loki_CC, solo es mi loca mente dándose un viaje al Mundo de las Maravillas.


De verdad me esforce mucho y espero que les guste. No olviden votar y dejar sus lindos comentarios.

Besitos!!

Chao.


Y que la Fuerza los acompañe.



El mundo es maravilloso

(Maravilloso es)

Solo podremos vivir una vez

Dime entonces porqué te haces mal

Creo que no puedo entender

(¿Por qué hay que vivir?)

Confio en todo lo que aprendí

Sin embargo sola me quedé

¿Acaso algo te molesta?

(¿Te molesta mucho?)

Ya no soy la niña que una vez fuí

Así que no ocultes nada más

Dices que ya no mientes jamás

(y tal vez es verdad)

Así que ya no voy a dudar más

Porque sé que dirás la verdad

(¿O no Cinthia?)

Rugrats Theory, Vocaloid.




Ya conoces la historia ¿no? El pobre y enamorado omega que intenta desesperadamente salvar a su alfa; la muchedumbre de ignorantes guiados por un demente que marcha en mitad de la noche para darle muerte al monstruo que amenaza la paz de su pueblo; y la bestia que, invadida por la tristeza de dejar ir al amor de su vida, no mueve un solo dedo por defenderse.


Han escuchado la historia cientos de veces, saben cómo termina todo, pero les aseguro que nunca han escuchado esta versión, mi versión, de la noche del ataque del monstruo de circo...


Era una noche muy oscura y fría cuando la pesadilla de Meliodas Demon, de la Familia Demon, se hizo realidad. Su peor miedo, su secreto más oscuro había sido expuesto y puesto frente a sus ojos en un escenario de luces y sombras que llenó de terror y desesperación su corazón mientras corría apresuradamente por el bosque esperando llegar a tiempo para salvarla.


Podía escuchar los disparos y los gritos de la muchedumbre a la que Estarossa, su prometido desde la cuna, había insitado para darle caza al monstruo que amenazaba la paz de su pueblo y que el infame Circo de Fenómenos había soltado en sus tierras, sin saber que eran cruelmente utilizados por un alfa enloquecido con el objetivo de asesinar a una pobre chica que no tenía la culpa de haber sido víctima de los maniáticos del circo que la habían transformado en lo que era.


Elizabeth a penas recordaba su vida antes de ese infierno. No tenía recuerdos y luego de asesinar a su torturador y a sus compañeros de circo había vagado por meses en aquel bosque siniestro, actuando como un animal salvaje sin saber cómo volver a ser humana.


Hasta que lo conoció a él.


En una noche igual a esa, habiendo entrado en celo y olfateado el aroma de un omega no dudó en atacarlo y poseerlo de mil formas hasta el amanecer. Él la conocía, o eso había afirmado al despertar, Meliodas intentó por todos los medios hacerla recordar y por eso volvió muchas veces al bosque para encontrarse con ella, ganándose poco a poco su confianza y dejándolo acercarse cada vez más. Ella volvió a hablar por él, para poder comunicarse, Meliodas la inspiró a eso como la inspiró a caminar erguida, a vestir mejor, a bañarse, a cepillar su cabello para lucir bien para él, y a danzar. Aún recordaba cuando el rubio le enseñó a bailar y danzaron sin descanso bajo la luz de la luna como dos jóvenes enamorados.


También la alimentó y le mostró a diferenciar entre la comida real y la que él clasificaba como basura. Le enseñó a leer y a escribir, la ayudó a ser humana de nuevo, y ella inevitablemente terminó enamorada de ese noble omega que nunca se rindió hasta ayudarla, y creyó que él también la amaba, pero no era así.


Una noche él no llegó al lugar acordado. Ni a la siguiente ni la siguiente, sino hasta dos meses después solo para decirle que iba a casarse. No entendió que significaba exactamente eso, pero comprendió que él no volvería jamás.


Hubiera sido muy fácil retenerlo por la fuerza, obligarlo a quedarse con ella, pero, ¿cuál sería el punto? Ella no quería obligarlo a hacer algo que no quería, Elizabeth quería que Meliodas eligiera quedarse con ella por voluntad propia.


Pero no fue así y con lágrimas en los ojos lo dejó marchar.


Desde ese día no encontraba sentido a nada. No comía ni bebía, a penas se movía del árbol donde ambos se encontraban, y es que sin Meliodas vivir no tenía sentido.


Y sabía que iban por ella, que la gente del pueblo que vivía aterrorizada del monstruo del circo había entrado al bosque buscando darle muerte, pero no le importaba. Morir hasta sonaba mejor que seguir existiendo sin el amor de su vida, sin su precioso y noble omega, sin ese pequeño rubio que la hizo tan feliz y le mostró la maravilla que era vivir, cuya ausencia le dolía como mil agujas en el corazón. Dolía tanto que el grueso nudo en su garganta no la dejaba respirar, no podía respirar, no podía soportarlo, y si en la muerte había algo de alivio a su desesperación, ¿qué había de malo en desearla?


-Meliodas...


Tal vez era culpa suya, es decir, ¿cómo pudo pensar que alguien tan puro e inocente como Meliodas podría amar a un fenómeno como ella? ¿Cómo un ángel puede enamorarse de un monstruo? ¡Es absurdo imaginarlo! ¡Es estúpido! ¿Condenar a su omega a una vida de miseria, rechazo, sufrimiento y sombras? ¡Jamás podría hacer eso! ¿Qué futuro le deparaba a su lado? Ninguno. Meliodas era la luz que la guiaba en su noche oscura, era el sol que la acaricia al amanecer, era el aroma de la tierra húmeda en una tarde otoño, la belleza de las flores en primavera...No. Meliodas era la primavera para su eterno invierno.


Meliodas era su omega y merecía lo mejor, merecía un paraíso que lastimosamente no estaba a su lado.


Por eso, donde quiera que estuviera él, quien sea que tome sus manos ahora y pruebe el dulce sabor a miel de sus labios, acaricie su cuepro y sea receptor de su cálido corazón, deseaba con todo su ser que lo hiciera feliz.


Tan feliz como ella quiso hacerlo, que sea tan amado como ella lo amó, que tenga todo lo quiso darle y que su sonrisa tan resplandeciente como las estrellas en el firmamento nocturno que tantas ganas tenían de alcanzar jamás se apague.


Y ese sería su consuelo, si acaso lo había para su quebrantada alma que no halla alivio ante el encarnecido látigo de la vida que la azota desde el preciso día en que puso un pie en el Circo de Fenómenos.


-Ah, conque al fin te encuentro sucio animal.


Su tortuoso silencio fue roto en ese instante, pero, envuelta en su propio infierno, su mirada apenas giró para ver al individuo que había conseguido llegar hasta ella. Era un alfa, alto y de cabellos plateados con una espada en su mano que blandea peligrosamente contra ella. Una mueca se forma entonces en su rostro al ver esos furiosos ojos que se enfocan en ella, tan llenos de ira, lujuria, obsesión y locura, tan parecidos a los del Maestro de Ceremonias que actuó como su verdugo.


-Para ser honesto esperaba algo más digno que una mocosa sucia y retrasada, pero supongo que Meliodas jamás tuvo buen gusto.


La sola mención de su nombre hizo que sus ojos se abrieran por completo. ¿Acaso ese alfa conocía a Meliodas? Intrigada, Elizabeth se puso de pie y encaró al hombre.


-¿Quién eres tú? ¿De dónde conoces a Meliodas?


Estarossa soltó una risa burlona y apuntó a la alfa con su espada.


-¿Que si lo conosco? ¡Por supuesto que sí! ¡Yo soy el prometido que dejó plantado en el altar!


-¿Qué?


-¡Pero si él cree que puede humillarme está muy equivocado!


Todo sucedió demasiado rápido en ese momento. Elizabeth no fue capaz de reaccionar a tiempo para esquivar la espada de Estarossa y terminó cayendo al suelo con un profundo corte en el vientre. Sangre comenzó a emanar de la herida y la alfa se arrastró entonces intentando alejarse de él, pero Estarossa le puso el pie en la espalda y la presionó contra el suelo.


-¡¡AAAHHH!!


-¿Crees que te voy a dejar ir? ¡Maldita zorra!


-¡Ngk!


El alfa alzó su espada y la enterró en el hombro izquierdo de Elizabeth, quien se mordió el labio hasta sangrar para ahogar otro grito.


-Quiero que sepas que todo es tu culpa-dijo poniéndose de cuclillas para susurrarle al oído con una sonrisa complacida-Por tocar lo que por derecho me pertenece. Este es tu castigo bestia asquerosa.




Mientras tanto, en otro lado, un caballo galopaba a toda velocidad por el bosque esquivando las llamas que las antorchas de la muchedumbre habían creado, causando un incendio forestal que avanzaba a una velocidad asombrosa. En su lomo, un alfa y un omega muy parecidos entre sí que observaban nerviosos como la muchedumbre se dispersaba y salía huyendo del bosque ante el incendio que se susitaba, algunos aldeanos incluso intentaron detenerlos bloqueandoles al paso con la advertencia que iban en sentido contrario, pero el alfa los apartaba a punta de espada mientras el omega estrujaba la cintura de éste con ansiedad y un creciente mal presentimiento que empeoraba a cada segundo.


-¡Zeldris, más rápido!-gritó para ser escuchado por su hermano que llevaba el caballo.


Los gritos despavoridos de la gente que intentaba escapar del incendio eran tan fuertes que apenas podía escucharse a sí mismo, pero afortunadamente su hermano respondió.


-¡Voy lo más rápido que puedo, Meliodas! ¡El caballo no puede más!


-¡Pero Zeldris...


-¡Tranquilo, la salvaremos, te lo prometo!


Meliodas se mordió el labio inferior intentando con todas sus fuerzas creer en la promesa de su hermano, pero la sensación de que su alfa estaba en grave peligro no hacía más que fortalecerse al punto en que sentía que rompería a llorar en cualquier momento.


Esto era precisamente lo que quiso evitar cuando dejó de frecuentarla, cuando le dijo que se casaría con Estarossa, y es que, de alguna forma, ese bastardo se había enterado de que se veía con una alfa en el bosque y amenazó con hacerle daño si no cumplía con el compromiso que se les había impuesto desde la cuna. No quiso herir a Elizabeth, pero moriría si algo malo le pasaba por eso decidió alejarse de ella. Creyó que la protegía, creyó que estaría bien, que era lo mejor para ambos, pero....


No pudo seguir con eso.


La amarga sensación de caer en un precipicio sin salida, de estar asfixiándose, de estar condenando a ambos  lo invadió el día en que tuvo que vestir el traje de novio, el día en que Estarossa debía desposarlo. La simple idea de ser tocado por alguien que no era ella lo llenó de asco y repulsión, y la idea de estar atado para siempre a alguien a quien no amaba le causó un pánico indescriptible al punto en que, justo cuando avanzaba hacia el altar ante la mirada de su desgraciado padre, sus secuaces, sus amigos, su hermano menor y su cuñada, dejó caer el ramo de flores en sus manos, dió la vuelta y salió corriendo de ahí. Corrió con todas sus fuerzas, corrió desesperadamente intentando llegar al bosque, llegar a ella y refugiarse en sus brazos que lo hacían sentir seguro, pero...no pudo


Los Diez Mandamientos lo capturaron antes de que dejar atrás el pueblo y lo arrastraron de vuelta ante su padre y su prometido. Recibió un puñetazo de cada uno antes de que lo obligaran a irse con Estarossa.


"-¡Eres un maldito!


-¡Cierra la puta boca!-ordenó mandándolo al suelo con una bofetada-¡Entiende esto de una vez Meliodas, tú eres mío y de nadie más!


-¡Yo jamás seré tuyo! ¡Jamás me entregaré a ti! ¡Mi alfa es Elizabeth no tú!


-¿Ah sí? Bien. Me alegro que lo digas, porque ahora mismo voy a encargarme de eso.


A Meliodas se le fue hasta el alma al escucharlo. Su cuerpo entero se congelo y tembló al ver a Estarossa dirigirse a la salida de la recámara nupcial donde prentendió hacerlo suyo a la fuerza y no pudo más que correr hasta él y aferrarse desesperadamente a su brazo.


-¡Espera! ¡¿Qué planeas hacer?!


-¿Acaso no es obvio, mi omega? Voy ahora mismo a matar a esa perra que se atrevió a tocar lo que me pertenece.


-¡No! ¡Prometiste que no la lastimarías!


-Y tú prometiste casarte de buena gana conmigo, no cumpliste así que no tengo porqué cumplir yo-escupió apartándolo de un puñetazo, para luego salir y cerrar con llave la puerta.


-¡No! ¡Por favor Estarossa! ¡No la lastimes! ¡Haré todo lo que me pidas! ¡Estarossa!-gritó golpeando frenéticamente la puerta hasta lastimarse sus nudillos."


Agradecía a los dioses que Zeldris fuera a rescatarlo. Su hermanito y su cuñada lo ayudaron a escapar de la mansión de Estarossa y con sus amigos, los siete pecados capitales, habían corrido al bosque para detener a la muchedumbre que Estarossa había insitado para cazar al monstruo que acechaba el lugar.


La razón por la que ahora se encontraban solos Zeldris y él era que sus amigos se habían quedado atrás para ayudar a los heridos por los Diez Mandamientos, los asesinos personales de su padre, y de paso evitar que ellos se interpusieran en su camino.


Y aunque estaba agradecido con su ayuda, la verdad sentía que ya era tarde.


-Elizabeth.




"Meliodas".


La imagen de su bello omega sonriendole mientras ella lo estrecha en sus brazos y observan juntos las estrellas llegó a su mente haciéndola olvidar por un segundo el dolor causado por la espada de Estarossa. Miró entonces una gran roca a su lado y estiró la mano para alcanzarla y golpear con ella al alfa que blandía su espada para cortarla de nuevo.


Estarossa gruñó recibiendo el golpe en la cara. Trastabilló al retroceder y Elizabeth aprovechó para ponerse de pie e intentar huir.


-¡No escaparás maldita!


Las heridas en su vientre y hombro perdían sangre con rápidez, y su alas de hueso se habían fracturado cuando Estarossa la presionó contra el suelo, pero se obligó a continuar aun cuando tenía mil y un razones para no hacerlo.


Es decir, ¿vivir? ¿Para qué querría vivir? Meliodas se había ido para siempre y no volvería, su omega la había abadonado, ¿con qué objetivo querría seguir viva? Si el mundo era su infierno y la muerte era la esperanzadora promesa de aliviar el fuego que ardía en su interior.




-¡Meliodas, mira!


El rubio miró hacia donde su hermano señalaba y sus ojos se abrieron con temor al ver el camino hacia el árbol donde Elizabeth y él se reunían completamente en llamas.  El fuego consumía con rápidez los arboles alrededor y algunos troncos cayeron obstruyendo el sendero libre.


-¡No! ¡NO! ¡¡NO!!-gritó saltando del caballo y corriendo hacia el fuego.


-¡Meliodas, espera!


El rubio ignoró deliberadamente los gritos desesperados de su hermano menor y entró directo al fuego, cubriendose con sus brazos. Corrió tan rápido como sus piernas le permitían, ahogando sollozos y gemidos por el fuego que lo envolvió, consumiendo con velocidad su capucha y la ropa debajo de ésta, pero ni así dejó de correr. Elizabeth lo necesitaba, su alfa estaba en peligro, podía sentirlo, Estarossa iba a matarla y no lo permitiría.


El humo sin embargo nubló su vista y pronto se vió corriendo a ciegas, siguiendo solo su intuición. La marca en su hombro que punzaba guiandolo a su alfa y no se detuvo hasta que dejó atrás la zona incendiada y llegó a la parte del bosque que las llamas aún no alcanzaban. Para este punto graves y dolorosas quemaduras cubrían su cuerpo semidesnudo a causa del fuego que consumió su ropa, pero nada de eso le impidió echar a correr hacia el árbol.


Estaba muy cerca, solo un par de metros más y estaría ahí.


Sin embargo, justo en ese instante un desgarrador grito lo congeló en su lugar. Meliodas sintió un profundo miedo invadirlo y las lágrimas se desbordaron de sus ojos cuando dirigió su mirada hacia el lugar y vió su peor pesadilla hacerse realidad.




Llena de desesperanza y dolor, Elizabeth se detuvo un momento en su huída y posó su mirada en el cielo deseando con todo su ser ver al menos una última vez a Meliodas. Sólo una vez más para decirle lo que no se atrevió a decirle antes, confesarle cuánto lo amaba, cuánto deseaba estar a su lado por siempre, cuántas ganas tenía de pasar la eternidad a su lado.


Porque lo amaba como jamás amaría a nadie y su recuerdo persistiría siempre en su corazón.


Y si moría y volvía nacer, deseaba volver a conocerlo y tener la oportunidad de ser feliz a su lado.


Viviendo como dos humanos en el jardín del Edén...


-¡Te atrapé!


Elizabeth gritó desgarradoramente cuando una bala le abrió un agujero en la pierna, derribándola al suelo.  Estarossa apareció de entre las sombras con una sonrisa retorcida y aún empuñando su arma.


-Te dije que no escaparías-escupió poniéndose de cuclillas a su lado para tomar su cuello y alzarla-Perra asquerosa, ¿en serio piensas que Meliodas te ama? ¡Por favor! ¡Sólo mirate! ¡Eres un monstruo! ¡¿Por qué se quedaría contigo teniendo a alguien como yo?!


La alfa gimió adolorida y las lágrimas inundaron sus ojos. Él tenía razón, ella era muy poca cosa para Meliodas, era un monstruo, un fenómeno, tan asquerosamente deforme que cualquiera que la veía solo sentía náuseas, todos excepto él. Su dulce omega merecía alguien como este alfa, perfecto y hermoso en todo sentido, fuerte y, sobre todo, normal. Ella solo lo llenaría de vergüenza.


-Es una lástima que no esté aquí. Me hubiera gustado que viera esto-dijo colocando el cañón de su arma en la frente la alfa-Muere monstruo.


Elizabeth cerró los ojos y esperó el disparo.


-¡NOOO! ¡ELIZABETH!


Los ojos de la aludida se abrieron de golpe creyendo que ahora alucinaba. Tanto extrañaba a su omega que ahora imaginaba que estaba ahí.


-¡SUELTALA ESTAROSSA!


-¿Hmm?-inmutable, Estarossa lo miró de soslayo-¿Qué estás haciendo aquí? ¿Cómo escapaste? Bueno, no importa, me alegra que puedas ver esto.


-¡No, por favor!


Elizabeth giró entonces y su mirada heterocrómatica se encontró con los hermosos ojos esmeraldas de Meliodas, quien en ese momento se hallaba en la cima de un barranco desde donde los veía con los ojos llenos de lágrimas.


Y la alfa sintió que el mundo volvía a brillar.


Esos ojos...esos ojos tan dulces y amables, tan brillantes y expresivos que tanto la cautivaban la llenaron de vigor. Creyó que nunca volvería a verlos, pero parecía que la vida al fin decidió ser buena con ella.


Y ella no lo iba a desaprovechar.


-Muere.


-¡NOO!


El eco de un aterrador grito resonó en el bosque y Meliodas contuvo la respiración con horror. Estarossa se desplomó en el suelo y Elizabeth se apresuró a tomar su arma y apuntarle con ella, observando al alfa gruñir y ponerse de pie lentamente después de la fea y dolorosa mordida que le había hecho en el hombro izquierdo hasta saborear el sabor metálico de la sangre.


En el pasado había sido sometida a un sin número de cirugías que no solo trastocaron su mente y deformaron su cuerpo sino que también le hicieron crecer anormalmente sus colmillos al punto que podía usarlos como arma.


-Ja...jaja JAJAJAJAJA.


Tanto Meliodas como Elizabeth se sintieron confundidos ante la estruendosa risa de Estarossa que cubría su herida y mirada burlón a la alfa que le apuntaba.


-Anda, bestia, ¿qué esperas? Matame.


Elizabeth rugió.


-Sí, hazlo y él será tuyo. Dejáme vivir y no descansaré hasta probar ese delicioso cuerpo que tiene.


La mente de la alfa sufrió un corto circuito al escucharlo y la rabia la invadió ante la amenaza de aquél que quería poner sus sucias manos sobre su omega. Rugió de nuevo y estuvo  punto de disparar de no haber escuchado la voz de Meliodas llamándola.


-¡Elizabeth!


Lo miró.


-¡No eres un monstruo!


-Si vas a disparar ahora entonces lo eres.


Claro, de eso se trataba. Elizabeth miró a Estarossa y lo comprendió todo. Él quería que disparara para mostrarle que cada palabra suya era verdad, que la fe del rubio en ella era vana, pero ella no iba a darle esa satisfacción.


Ella no era él.


Él era un monstruo, Elizabeth no.


Ya no.


Meliodas la había salvado. La había ayudado a ser humana de nuevo y no iba a fallarle.


No lo haría.


Arrojó el arma lejos y se giró a Meliodas cambiando su iracunda expresión por una sonria llena de felicidad. No lo dudó un segundo y escaló de prisa el barranco para alcanzar a su omega, quien le devolvía la sonrisa desde la cima.


-¡Meliodas!


-¡Elizabeth!


Su omega estaba ahí, había vuelto por ella, Meliodas había regresado a su lado.


-Meliodas, yo...te amo.


Confesó al llegar a él siendo abrazada con fuerza por el rubio, quien se refugió en su pecho y lloró con más fuerza.


-¡Idiota! ¡Yo también te amo, Elizabeth!


-¡¿De verdad?!


-¡Claro que sí!


-Pero...si es así, ¿por qué te fuiste?


-Creí que te protegía alejándome de ti, pero me equivoqué. Yo...no puedo vivir sin tí, Eli. Te amo.


-Oh, Meliodas-sonrió conmovida e inmensamente feliz-Yo tampoco concibo la vida sin ti.


-Eli.


La alfa tomó el rostro lastimado de su omega y capturó su labios en un dulce beso que les devolvió la paz a ambos, mientras que Estarossa, totalmente fuera de sí ante el intercambio de la pareja, armó su ballesta y apuntó a Elizabeth, pero antes de que pudiera disparar una espada le atravesó el cráneo y cayó muerto ante las miradas asombradas de la alfa y el omega.


Meliodas volteó en dirección de donde había venido el arma y sonrió al ver a su hermano galopando hacia ellos con una mirada de completo disgusto.


-¡Meliodas! ¡Estás castigado de por vida!


-¿Ah? ¿Y eso por qué?


-¡¿Cómo que por qué?!-exclamó a punto de que le estallara una vena-¡Por darme un susto de los mil demonios!


-Bien, bien, ya cálmate mamá.


-¡¿A quién llamas mamá?!


Meliodas y Elizabeth soltaron una risita, para luego voltear hacia el otro y fusionarse en otro pasional beso que hizo bufar al menor de los hermanos.




Al amanecer el fuego ya se había extinguido, el pueblo pronto volvió a su vida diaria dejando atrás aquel incidente, y con el paso del tiempo y la recuperación del bosque incendiado, aquello se borró de la memoria de sus habitantes, pero la historia del monstruo del circo que aterrorizó el pueblo por mucho tiempo prevaleció por generaciones y generaciones hasta convertirse en leyenda.


Y en todas las versiones que surgieron de ella, al final, siempre había un ángel que mostraba al mundo que aveces los monstruos nos yacen en bosques ni en circos, que no están bajo la cama ni en el armario, sino que viven entre nosotros.


Fin.


.

.


Extra.


-¿Estás seguro de esto, Meliodas?


-Sí, ¿por qué?


-Bueno, es que irte así, dejando atrás a tus amigos y familia...


-Mi padre puede irse al infierno, Zeldris aunque a regañadientes lo aceptó, mis amigos lo sienten pero quieren verme feliz, y yo quiero estar contigo y vivir en paz a tu lado. Algo que nunca podré hacer aquí, por eso debemos irnos.


-Pero...


-Elizabeth, está bien.


-Meliodas...


-Claro que me duele, pero estaré bien si estoy a tu lado-afirmó extendiendole la mano.


La alfa no dudó en tomarla y compartir una sonrisa con su omega.


-A donde sea que vayamos, Eli, seremos felices si estamos juntos.


-Estoy de acuerdo.


Fin.