La noche de la tragedia
Todo comenzó una fría noche de invierno. Vivíamos en una remota aldea de montaña en los alrededores de Tokio, durante el período Taisho (1912-1926). Mi familia subsistía vendiendo carbón y arreglando ropa para la gente del pueblo cercano. Me presentaré: soy Kamado Tanjiro (en nuestra cultura decimos el apellido primero, así que para los occidentales yo sería Tanjiro Kamado), tengo 16 años y y soy el mayor de mis hermanos. Somos 5 hermanos en total: la mayor de las hijas, Nezuko (14), mi hermano Kyujiro (13), el joven Shota (12), la pequeña Michiko (10) y yo.
A pesar de vivir humildemente, éramos felices. Mi madre, Keiko, arreglaba kimonos y ropa para las gentes del pueblo; y mi padre, Kanjiro, extraía carbón de la montaña y yo lo cargaba en cestos enormes y le ayudaba a venderlo en el pueblo. Ganábamos pocos sens [Sen: moneda en vigor en la era Taisho] pero eran suficientes para comprar arroz, verduras, algo de carne y algún kimono bonito para mi hermana Nezuko. Mi madre siempre vestía con kimonos viejos que le daban las señoras mayores del pueblo y telas gruesas a modo de mantas para el frío. Si alguna vez conseguíamos un kimono bonito, ése era para Nezuko. Ella te dirá que no necesita kimonos ni obis [ Obi: faja para atar el kimono ] bonitos, pero mi madre era así de atenta con sus hijos.
La vida parecía tratarnos bien, al menos no sufríamos muchos contratiempos. Nuestras mayores preocupaciones eran los inviernos muy fríos y los lobos salvajes que oíamos aullar demasiado cerca de casa algunas noches.
Mi padre nunca fue hombre de armas, él odiaba la violencia. Pero ante el probable peligro de los lobos, un día vino a casa con una katana. Mi madre le echó la bronca, le dijo que para qué queríamos armas, que había niños en casa, que eran peligrosas… lo normal.
Yo veía esa espada, ese 1´20 m de acero curvado, y también me preguntaba por qué la compró. Necesitábamos comida y mantas, no katanas en casa. Por lo que costaba una, bien podíamos comer toda la familia durante un mes. Si en ese momento hubiera sabido el dolor que acabó causando, yo mismo la habría tirado en alguna cueva.
Una noche, acabé muy tarde de cortar leña. Nezuko me acompañaba, iluminándome mientras trabajaba. El cesto estaba ya casi lleno, pero noté la desesperación en su voz.
—Tanjiro, debemos volver—me decía—. Papá y mamá estarán muy preocupados. —Nezuko, tranquila—le respondí—. Ya casi hemos terminado. Resiste sólo un poco más.
Tan sólo unos minutos más tarde emprendimos el viaje de regreso. Pero al pasar enfrente de la casa de Hiroshi, nuestro vecino, nos dijo que nos quedásemos a pasar la noche allí. Subir hasta nuestra cabaña así, nevando y a oscuras, era como mandar una invitación a los lobos para que nos atacasen. Así que, a regañadientes, accedimos.
Al día siguiente por la mañana, subimos la pendiente lo más rápido que pudimos. Y lo que encontramos allí arriba, nos cambió la vida para siempre.
Al llegar, vimos el cuerpo de nuestro padre, que yacía en la nieve, a las puertas de casa, cubierto de sangre y con la katana a pocos centímetros de su mano. Al acercarnos, comprobamos con horror que no respiraba. Nezuko rompió a llorar, pero el espectáculo que aguardaba en el interior de nuestra casa, era más grotesco si cabe.
Los cuerpos de nuestra madre y hermanos estaban descuartizados, llenos de sangre y sus trozos repartidos por doquier cual macabro escenario de terror preparado de antemano. Las paredes lucían como pintadas con sangre y por toda la casa, parecía que habían arrastrado un cuerpo hasta afuera. Llegamos a la conclusión que se trataba del cadáver de nuestro padre, de modo que él no era el asesino, sino una víctima más de aquella pesadilla sangrienta.
Nezuko y yo rompimos a llorar amargamente, justo cuando nuestro vecino Hiroshi llegó para avisarnos de que todo aquello había sido obra de un demonio y que teníamos que irnos de allí enseguida.
— ¿¿PERO QUÉ HABLAS DE UN DEMONIO??— grité entre lágrimas— ¡¡Debemos darles sepultura a los cuerpos y presentar nuestros respetos, no oír cuentos de demonios!!
— Joven Tanjiro, hagamos eso, sí—respondió—. Y luego vengan a mi casa. Es hora de que seáis conscientes de la realidad de este mundo.