I — no hay voces ni remordimientos
No hay voces ni remordimientos.
La comida es un problema perpetuo. Tan antiguo, simple y común que verlo como un problema verdadero es demasiado confuso y difícil, pero está allí cada vez que Cecil ve que el sol está cayendo y piensa, con ligera sorpresa, que no ha comido nada desde el último crepúsculo.
Ah.
El pensamiento de que debe de comer es confuso y distante, ansioso por ser postergado. Cecil miró cómo la luz se ocultaba, retrocediendo con lentitud. En un puño recogió hierbas para cultivar y otras para estudiar, su bolso estaba lleno por estas y sus libretas. Su cabello interrumpió su vista cuando se superpuso sobre su rostro por culpa del viento. Aquella tarde fue muy similar a todas las anteriores durante los últimos cinco años, confundiéndose entre días lejanos y cercanos como si las experiencias y momentos jamás lograran obtener una cronología completa. Tan arraigado en su alma, que ni siquiera su segunda vida pudo deshacer.
Cuando Cecil miró el cielo con colores caídos, pensó en su estómago vacío durante horas. Cuando su mirada cayó un poco más abajo, ese pensamiento se desvaneció en la nada. Un instante es suficiente para devastar una vida.
Si miraba hacia atrás, la construcción ostentosa de la fortaleza de jade le daría la bienvenida, reluciendo entre la boscada que dejó atrás, como una eterna memoria por todo lo que tiene, si miraba hacia adelante, la bahía le daría la bienvenida, con la sombra de barcos anclados en el oeste, donde el puerto de anillo clamaba saludos. Una mirada, un instante, desdibujó la normalidad a la que se aferró con garras y le presentó un deseo de la niñez olvidada hace una vida.
Un dragón.
Inconmensurable, con escamas brillantes a contra sol, soplando con cada exhalación la arena, de ojos cerrados e inmensidad incapaz de ser ignorada. Cecil lo vio, con ojos bien abiertos y los fantasmas del hambre olvidados. En sus profundas fantasías, una criatura como esa solo existió en el folclore, representado en libros, dibujos y la televisión, con muchas formas y nombres. Solo los vio al cerrar sus ojos al anochecer o al contemplar con inquietud audiovisuales.
Edgar le advirtió sobre las bestias.
Cuando pensó que su hermano menor tendría edad suficiente para entender lo que eran, le dijo a Sansa, y poco después ella permitió que ambos se perdieran en el bosque por algo de leña. En aquel entonces, Cecil no tenía prendas propias que no fuesen herencias de todo lo que tenían sus hermanos y aún se podían estirar. Un vestido largo, faldas, camisas, botas o zapatillas no importaban en realidad. Le dieron una canasta, y Edgar comenzó a relatar cuentos de terror mirando incesantemente hacía atrás.
Los humanos son criaturas estúpidas, pero su estupidez es algo de temer. La forma tan voluble que tienen de repetir una y otra vez los errores de sus ancestros y su miedo por lo que no es conocido o similar a lo propio fue una molestia para el resto de las criaturas en tierra y mar. Los demonios y elfos estuvieron encantados de exterminar a las hormigas desde las colmenas, y así controlaron una amenaza destructora durante siglos.
La advertencia fue correr si la desgracia provocaba un encuentro con una bestia de ojos rasgados y orejas con puntas. Cualquier clase de muerte era mejor que toparse con ellos. Ni Cecil, ni Edgar ni Sansa lo habían hecho jamás.
Su hermana mayor creció para convertirse en una mujer hermosa y una cortesana altamente deseada, cada conquista se convirtió en una moneda para asegurar el futuro de los suyos y su propia supervivencia. Su hermano se convirtió en un maestro con la espada y la oratoria, y el maestro de su templo le consiguió un matrimonio envidiable con la hija menor del señor de Laling. Cecil se fue con él.
—Te criarán como suyo. El alto señor de Laling está encantado y agradecido con tu juventud.
El “criarlo como suyo” se tradujo a “mimarlo como suyo”. A diferencia de los hijos reales del señor y de su propio hermano, las decisiones y palabras de Cecil carecían de importancia, no importa qué fuesen —a menos que se tratase de un asesinato o peores—, y desde su incorporación, su libertad fue concedida con una fortuna otorgada por los cielos. Lo único que hizo él fue acumular vestidos, libros y papeles en su habitación, y vagar por los alrededores boscosos saltándose cualquier clase de evento o costumbre básica. El señor de Laling se lo permitió.
Al ver al dragón, tumbado con ojos cerrados, soplando con cada exhalación un poco de arena, le invadió la euforia de correr tras él por una vista cercana y el miedo de salir huyendo, entrelazados con precisión para atarlo a la tierra sin saber qué hacer. En un impulso, abrió su propia cartera, adentrando allí las hojas recolectadas, y sacó su libreta y carboncillo. No se echó a correr, pero estuvo cerca de hacerlo.
El tamaño era alarmante. Sabía que si alguno de los vigilantes de la fortaleza miraba por encima de las murallas, verían a la criatura, incluso en el puerto de anillo verían su silueta, tan alejada, lo suficientemente reconocible como para escandalizar a toda la región, si no lo habían visto ya. Las escamas rojas reflejaban la luz del sol volviéndolas carmesí. Comenzó a dibujarlo hipnotizado, tumbado en la colina cercana a la playa, conteniendo las ganas de extender las manos para tocar. El bosquejo tomó dos páginas enteras, trazos firmes pero descuidados, tomando con avidez todo lo que tuviese delante; cuando lo terminó, deseó más.
Con cuidado, bajo la colina, agarrándose de la hierba en el suelo mientras gateaba. Tantas horas caminando le estaban pasando factura, si no regresaba pronto podría caer rendido en la arena hasta que Edgar lo encontrase y volviera a reclamarle entre gritos su desagradable abstinencia. Los bordes de su visión se convertían en detalles borrosos cuando no tomaba un descanso entre actividades, y todavía no estaba completamente a salvo de la última vez que se enfermó. A Cecil no le importó.
La cercanía le dejó confirmar lo que ya estaba pensando. Las escamas del dragón eran de un rojo profundo, como el vino de frutas, o la sangre espesa y un poco seca. Caminó despacio hasta llegar a la altura de los ojos cerrados. Los colmillos sobresalieron del hocico de la bestia. El peligro adquirió el sabor de algo amargo en su boca, pero no lo detuvo de nada. En cualquier momento, una armada podría aparecer, con su hermano aterrorizado por él enfrente, buscando al dragón que podría destruir toda la ciudad con un aliento. Volvió a sacar la libreta, y dibujó el hocico con más delicadeza y paciencia que el anterior trazo.
No se dio cuenta del momento donde el dragón abrió los ojos y pasó a mirarlo.
Cecil tiró el cuaderno sobre la arena cuando ya no pudo mantenerse de pie y se sentó a su lado. Cuando volvió a levantar la mirada hacia el dragón, se encontró con la bestia mirándolo fijamente, la cabeza elevándose peligrosamente y la boca entreabierta. El miedo agonizante comenzó a invadirlo.
—Oh mierda.
Su miedo a veces era extraño. Miró su cuaderno, tirado, con el dibujo incompleto, y luego a la criatura que muy probablemente lo matará en los próximos minutos, y volvió a buscar el lápiz para continuar sus trazos, esta vez haciendo un dibujo en otra esquina para sus ojos.
Los ojos de esa cosa eran dorados.
—Ay, no me jodas, no… ¿Te importaría mover tu cabeza un poco más por este lado? No sé cómo dibujarte bien de frente y me das miedo así, por favor, ah, gracias, quién lo diría, de verdad te moviste. ¿Por qué tus ojos son dorados? Carajo, desearía tener colores, tal vez intente pintarte después, ay, ay, no te acerques a mí por favor.
Creyó que estaba arrastrándose hacia adelante. Pronto, sintió una respiración caliente moviendo su cabello hacia atrás, produciéndole más calor. Cecil intentó sujetar su propia mano para evitar temblar, pero no encontró fuerzas para detenerse. En otra decisión estúpida, se levantó, con el cuaderno en mano, bajo la mirada atenta y sospechosa del dragón, y recostó su propio cuerpo y su libreta a un lado del hocico, lo más cerca de uno de sus ojos como pudo. Si no estaba delante de su boca, no sintió tanto terror. ¡Podía lidiar con sus ojos y su tamaño, pero no quería saber nada de su boca ni de sus patas! ¡No gracias, por ahí no voy a pasar!
—No me jodas, estos son bonitos, son muy bonitos, me recuerdan a alguien. Ahora estoy nerviosa, y vomitaré palabras sobre ti. Por favor no me mates por eso. ¿De dónde coño vienes? No mates a la gente por aquí, ya tenemos problemas y no hace falta uno más. Te voy avisar cuando termine para que te vayas después, eres ridículamente grande, no te puedes quedar porque obviamente te van a ver, y todo el mundo lo va a saber y nadie es tan imbécil como yo lo soy. Solo he leído sobre dragones, ¡nunca pensé que existían de verdad! Cómo, en aquel entonces también leí muchísimo sobre ustedes y al fin y al cabo jamás existieron. Mi nombre es Selena, o Cecil, como quieras ponerlo, incluso me llamo Isabel, pero si sabes hablar es mejor que me digas Cecil si quieres que alguien más sepa de quién estás hablando. Extraño que me llamen Selena, pero Cecil no está mal.
Era una situación absolutamente ridícula. Pero no sabía qué más hacer. Selena era un nombre muerto, sin tumba ni recuerdos. Hubo muchas veces en aquel pasado borroso donde se castigó por abrir la boca sin pensarlo, cada vez, vomitando palabras como si no fueran nada y arrepintiéndose después, pero nunca aprendió la lección al respecto. La bestia solo se mantuvo con un ojo puesto en él, sin hacer más, no volvió arrastrarse hacia adelante, la respiración suave. Cecil se preguntó con brevedad si había algo más grave que no estaba notando en su estúpido afán. Las criaturas mágicas jamás bajaban la guardia frente a los humanos, sin importar qué. No temían de su poder —del que todo humano carece—, temían de su astucia y crueldad, el miedo y el odio que los vuelve violentos e ignorantes. La tranquilidad de un dragón es sospechosa.
Y absolutamente algo de lo que temer.
—¡Mira! Ya lo terminé. Mejoré mucho estos años, y se ve bien bonito. ¿Te gusta? Eso es todo. No mates a nadie.
De todos modos, no podía seguir dibujando, ya comenzaba a oscurecer. El dragón resopló con fuerza, y Cecil saltó del susto, plantándose en la arena, a la espera de algo más, algo letal. No ocurrió nada más.
—Yo te aconsejo irte pronto. Eres demasiado grande, te van a ver desde la fortaleza, y apuesto a que te pueden ver incluso en la bahía. Cómo, enorme, como un castillo muy, muy grande, es imposible no verte. Mi Edgar es un paranoico y si no vuelvo pronto y luego te ve, se va asustar como la mierda. Esto es en serio, si te puedes volver más pequeño, funciona, pero no te quedes aquí. Eres muy bonito… o bonita, no dejes que te maten, ¡Y no se te ocurra matar a alguien!
El dragón volvió a resoplar.
De repente, Cecil cayó de culo a la arena, con otro gran susto —¿cómo se puede ser tan idiota y jamás aprender la lección?—, cuando la cabeza sobre la que se apoyaba se movió, elevándose peligrosamente sobre él. La sola sombra de su inmensa cabeza ocultándolo fue atemorizante como el infierno. Intentó no temblar de miedo otra vez y fracasó estrepitosamente. El dragón resopló sobre él, Cecil tuvo que cerrar los ojos por el repentino e intenso aire caliente. Su cuaderno, elevando por el resoplido, se estrelló sobre su cuerpo. El miedo se vio disminuido otra vez, pero no desapareció. No desapareció desde el primer vistazo, sin importar cuánto intentó relajarse. Dejó de mirarlo, e intentó gatear en busca de su lápiz o abandonarlo si la oscuridad —y el dragón— no dejan más opción.
“Es la primera vez que un humano se atreve a decir que soy hermoso”.
Cecil se levantó de un salto, su espalda se estiró completamente derecho y la sonrisa nerviosa que inconscientemente hizo por el miedo se borró en un parpadeo. ¿Qué mierda? La voz del demonio sonó dentro de su cabeza.
No supo qué demonios hacer después de eso. Miró al dragón, fijamente, incapaz de moverse, de rodillas, el lápiz quedó olvidado. La bestia resopló —¿se está burlando?—, y su cabeza se movió para mirar al mar. Cecil seguía en shock, no sabía hacer otra cosa.
Las alas del dragón se extendieron un poco y fue el inesperado movimiento lo que lo sacó de su shock. Se movió con rapidez, recogiendo todas las pertenencias suyas que pudo ver en aquella oscuridad y escaló la pequeña loma tan rápido como pudo. La mala alimentación hizo de él alguien lento y con muy poca resistencia. A mitad de camino de vuelta a la fortaleza tuvo que tomar descansos y caminar despacio, y, desafortunadamente, de esa forma fue que Edgar pudo encontrarlo. La furia y la preocupación flagrantes se desvanecieron de su rostro, mínimamente, en cuanto lo vio, su hermano mayor se lanzó con fuerza a atraparlo y no le bastó con tomar su mano, lo cargó. Cecil lloró en su hombro con toda la fuerza y pasión que pudo conseguir por lo bruto que Edgar se portó con él. ¡Ya estaba estresado, no hace falta más!
—¿Tienes idea de cuánto tiempo ha pasado desde el atardecer? ¿Tu cabeza está en una roca? ¡Hay un dragón en la costa! El señor de Laling ha ordenado a todos volver, sin excepciones. ¿Cómo demonios no lo viste?
Cecil no contestó de inmediato, demasiado concentrado en frotarse contra el hombro y la tela rasposa de la ropa de su hermano.
—Sí lo vi.
—¿QUÉ?
—Ah, pues sí, sí…
—¿Y no volviste de inmediato? ¡NO ME JODAS!
De inmediato, el pequeño y pobre Cecil se hizo sordo y ciego ante el enojo y los gritos de Edgar. Era un experto ignorándolo todo, importante o urgente, y su hermano tuvo que aprender eso por las malas. Edgar lo llevó en brazos hasta un caballo atado a medio camino de la fortaleza despotricando con fuerza, y cuando notó Cecil siguió sonriendo como bobo, sin la más mínima consideración por la palpitante vena de su frente loca de furia, Edgar no continuó hablando en vano.
En su primera vida, su hermano, el primero de ellos, jamás se habría tomado un segundo en formar un discurso regañándolo. Él sabía mejor. Francisco simplemente la habría mirado, con el ceño fruncido y explicaría, no exactamente exaltado, no exactamente tranquilo, por qué sus acciones estaban mal y eran preocupantes. Su mirada en esos regaños nunca fue del todo furia, y tampoco decepción, porque él sí aprendió a no esperar nada de su hermana. Por lo general, Cecil —Selena—no volvió a cometer los mismos errores dos veces gracias a él. Edgar no sabía mejor.
El nudo en su garganta por el recuerdo fugaz se disolvió con un suspiro. Pensar en él era complicado, pero nunca doloroso.
Al llegar a la fortaleza, Edgar lo ayudó a bajar, y caminó lo suficientemente cerca como para que cualquier tropiezo o descuido fuese alcanzado de inmediato. Muy pronto, la esposa de su hermano les dio la bienvenida, en cuanto atravesaron las puertas de la fortaleza, sonriente, y con sus ojos fijos en Cecil con evidente preocupación. Él no la miró a los ojos, su concentración fue absorbida por la criatura peluda y alegre que se precipitó a su dueño.
Apenas comió algo esa noche.
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