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Sinopsis

❝Las deudas lo tenían acorralado, en un momento desesperado aceptó un trabajo que tal vez era una muy mala idea, pero con la idea de sobrevivir la aceptó. La Casa de Azúcar es más que un lugar para citas, Laurent se adentró a un mundo donde a cambio de ser lo que ellos querían podía pedir lo que deseara, aunque a veces los deseos simplemente deberían ser eso… un mero deseo.❞ Saga La Casa de Azúcar — Libro 1

Estado:
En proceso
Capítulos:
10
Rating
4.8 6 reseñas
Clasificación por edades:
18+

𝑪𝒂𝒑𝒊𝒕𝒖𝒍𝒐 𝑼𝒏𝒐

Laurent rodó el mouse con aburrimiento. Él apenas está enfocándose en los anuncios de empleos de la web, la luz de su computadora portátil golpea sus cansados ojos, sin contar que debe sufrir las incontables veces de pérdida de señal porque el Wi-Fi que robaba de su vecina era demasiado débil y lento.

Él rápidamente necesitaba obtener un trabajo si quiere mantener un techo sobre su cabeza, no es que su pequeña habitación sea la gran cosa pero es algo. Mirando a su alrededor, observó el deplorable lugar con amargura.

Aun no puede entender cómo es que el techo con manchas de humedad no se ha derrumbado sobre su cabeza o el ventilador viejo y rechinante no se ha soltado y mutilado su pierna mientras dormía.

Las paredes rasgadas dejaban ver el yeso atrás del viejo tapiz azul envejecido. Su cama era casi un catre de lo pequeña que era, gozaba de tener una nevera mediana, el problema es llenarla de alimentos y que la mierda funcionara. Estaba harto del ramen instantáneo. Había muchas cosas mal en su vida. Si es que la tenía por qué él no podía llamar a esto una vida.

No siquiera recuerda muy bien el momento en el que todo se le escapó de las manos. El momento en que las deudas se volvieron impagables y la maldita sigue creciendo.

Suspiró profundo, masajeó sus ojos con los talones de su muñeca, trataba de disipar el sueño. Necesita enviar su currículum a todos los correos e ir a todas las entrevistas necesarias.

Laurent no podía seguir haciendo esto más.

Pronto vendría el viejo Roy exigiendo el dinero de la renta que era mucho para una pocilga como esta. Eso era un robo. Había días en la que quería echarse a llorar, pero esa etapa de su vida ya se ha quedado atrás. Él ya ha llorado demasiado y se ha prohibido a sí mismo volver a hacerlo.

Debe ser fuerte, tiene que serlo.

Desde que sus padres murieron y quedó a cargo de su dura abuela toda su vida fue una completa mierda. Él ni siquiera se llevaba bien con la vieja mujer, no había un día en el que ella no culpara a Laurent por la muerte de su hija. Y todo pudo empeorar aún más cuando su abuela le echó por descubrirlo besando a un chico en su habitación.

Desde entonces podría decirse que fue emancipado a la fuerza. Tomó lo poco que pudo, cosas vitales para él. Ropa, móvil, computadora portátil y su pequeño frasco de dinero ahorrado, lo puso en una mochila y listo.

Se había marchado de su pueblo.

Dejó el maldito lugar atrás y pidiendo peligrosos, pero necesarios, autostops¹ logró llegar a la ciudad y no volvió a mirar atrás.

Ahora Laurent saboreaba la importancia de tener dinero en el bolsillo y vagamente recordaba el proverbio que su madre dijo una noche mientras cenaban.

Un monedero lleno, hacen un corazón contento.

Él realmente había entrado en depresión, nadie quería contratar a un chico que a duras penas había culminado la secundaria. Él pronto sería un sin techo y estaba jodidamente aterrado de serlo.

Pero estaba tan cansado de lavar toneladas de mugrosos platos ganando una miseria. Largas horas parado para estar igualmente pasando hambre. Es por estas razones que detesta a su abuela. Ella era extremadamente religiosa y decidió echar a su único familiar vivo por el qué dirán las personas.

Bueno, maldición.

Ahora su problema más reciente es que lo habían despedido y ni siquiera tuvo una liquidación. Eso fue como un puñetazo en toda la cara.

La preocupación estaba carcomiéndolo vivo, sabía que muy pronto muchas personas enojadas golpearían su puerta reclamando su dinero.

Enfocándose de nuevo en los clasificados, uno llamó su atención. Era un molesto y alegre mensaje en clasificados destacados, en realidad había pasado el anuncio un par de veces, tal vez deberia echarle una mirada rápida.

—La Casa de Azúcar —murmuró el título.

El nombre era señal de un empleo sobre panadería o una pastelería, pero el artículo no se relacionaba a esos lugares.

"Estamos en una exhaustiva búsqueda de personas que cumplan con nuestros azucarados requisitos: Sexo indistinto, Mayoría de edad, Excelente dicción, Tiempo completo e Incorporación inmediata.

Beneficios: Sueldo mayor al mínimo, bonos extras, transporte, jugosas regalías.

Ofrecemos capacitación.

Si crees que puedes ser parte de nuestro dulce equipo envía tu currículo con tu foto actual adjunta a nuestro correo y te devolveremos la llamada para una entrevista en nuestras oficinas."

Releyendo una vez más, encogió uno de sus hombros y bostezó. Abrió su correo y redactó, algo más o menos decente, adjunto su currículo y envió.

Ahora, después de haber enviado tantos correos esperaba ser convocado para al menos uno.

Rezando para que así sea, cerró su computadora y cerró los ojos siendo rápidamente arrastrado por el sueño y el cansancio.


Su cabeza latía dentro de su cráneo cuando oyó los aporreos en su puerta. Laurent brincó al oír otro golpe a la madera, sus sentidos fueron despertando rápidamente.

Se levantó y fue hasta la puerta donde vio al Sr. Roy violentando los cristales de su ya de por si arruinada ventana.

—¡Abre la puta puerta! —Joder, el hombre se veía realmente molesto. —Quiero mi maldito dinero, Stone —siguió gritando.

Recostándose contra la puerta, habló lo más tranquilo que pudo:

—No lo tengo aún, pero lo tendré para mañana o pasado...

—Stone, te dije que esta era tu última oportunidad —El Sr. Roy gruñó.

—¡Dijo una semana! Sólo han pasado tres días desde entonces —se defendió. Laurent brincó cuando otro golpe se estrelló contra la puerta.

—Si no lo consigues para esta semana, patearé tu culo a la calle y me quedaré con tus apestosas cosas como parte de pago. Maldito, mocoso.

Laurent pudo volver a respirar cuando el hombre se marchó gritando ofensas y amenazas en su nombre. Por ahora, estaría seguro, pero no por mucho tiempo.

El tiempo estaba agotándose.

Dirigiéndose a su computadora revisó su Gmail, su bandeja de entrada dolorosamente vacía. Trató de no decepcionarse. Cerrando los ojos, se dio ánimos mentalmente. Él saldría de esta, siempre lo hacía.

Tomó una ducha rápida y se alistó para ir a los lugares que necesitaban personal, él se había molestado en encerrar en círculos rojos los lugares que tal vez le darían una segunda mirada. Esperaba tener suerte.

No comió nada porque no tenía una mierda de comida.

Eso lo desesperó aún más. Ni siquiera sabía cómo sobreviviría esa semana. Rogaba porque la Sra. Penny se apiadara de su triste vida -nuevamente- y le pasara un poco de las tartas que hacía para sus nietos.

Cogiendo el periódico se aventuró a ir por un empleo con la desesperada meta de conseguirlo.

Sus expectativas fueron cruelmente pisoteadas cuando los de recurso humano estudiaban su currículo con despreció y petulancia. Laurent soportó las duras miradas todo el tiempo, estaba acostumbrando a las decepciones y eso le preocupaba a un nivel casi superficial.

Ahora, luego de cinco horas recorriendo el centro de New York se sentía humillado por tantos rechazos. Joder, sólo necesitaba una oportunidad.

Frustrado consigo mismo, se encaminó a su departamento con los ánimos por los suelos. Debía apresurarse o las calles se volverían más inseguras.

No es que viviera en un barrio seguro después de todo, ese era un lujo del cual carecía. Cruzando la avenida a unas pocas manzanas de su conjunto de departamentos, vio a un yonqui² pasar y saludarlo con una sonrisa que antes lo aterraba, ahora podía decir que estaba acostumbrado a verlos y detectar cuando eran una amenaza.

Por fin, en su departamento, deslizó la llave en la cerradura, pero nuevamente la cosa se había trabado y tuvo que empujar la puerta con el hombro hasta lograr abrirlo.

Maldijo al mundo por su mala suerte.

Es como si siempre tuviera una nube negra sobre su cabeza.

Agotado, Laurent cayó sobre la cama oyendo a su estómago quejarse. Tenía el dinero suficiente para comprar un poco de ramen instantáneo y una soda.

Joder.

Qué vida tan miserable

. Pensó sobre sí mismo.

Él no deseaba esto a nadie.

El hambre, las carencias, la necesidad y los deseos cada vez desaparecían aún más. Tal vez debía volver a su pueblo, resignarse a cumplir con los caprichos de su abuela y buscar a una linda chica con quién sentar cabeza.

El problema simplemente era que él era gay.

Nunca tendría hijos, no de la forma tradicional.

Eligió por mantener su libertad, pero el costo era demasiado alto... estaba tan cansado.

Levantándose, optó por ir a la tienda cuando su móvil sonó dentro de su bolsillo. Buscándolo, vio un número desconocido parpadear en la estropeada pantalla. Aceptando la llamada, descolgó.

—¿Hablo con Laurent Stone? —dijo una voz femenina al otro lado.

—¿Sí?

—Soy Gaile, representante de La Casa de Azúcar, llamo con motivo de concretar una entrevista para el día de mañana a las 10 am. En breve recibirá un mensaje con la dirección —ella dijo con voz amable y cordial.

Percatandose de que se había quedado en silencio, se apresuró a decir:

—Allí estaré.

—Estamos agradecidos por su participación, esperamos verlo pronto. Buenas noches, Sr. Stone.

Laurent asintió y entonces se dio cuenta que ella no podría verlo. En el momento en el que iba a hablar, ella ya había colgado y lo único que oía era la línea muerta.

Bueno, siempre podía ser una posibilidad conseguirlo.


Esto tenía mala idea escrito en todas partes.

Eso pensó Laurent cuando se detuvo delante del pequeño, pero elegante edificio de siete pisos color rosa viejo. Él leyó el letrero neón lila de La Casa de Azúcar brillando en todo su esplendor.

Empujando la puerta giratoria, chocó contra un elegante lobby donde una mujer vestida de negro le sonrió, sobre su escritorio un tarro con paletas.

—¡Bienvenido a Casa! —Él probablemente se veía incómodo, se sentía tan fuera de lugar en ese momento. —¿Candidato o cliente? —ella preguntó llamando su atención.

Laurent asintió torpemente, sin procesar correctamente la consulta.

—Candidato... Laurent Stone.

—Lo estábamos esperando, Sr. Stone. Puede tomar el ascensor, la Sra. Gaile Johnson está esperándolo en la sala de juntas principal del piso cuatro.

Él obedeció y montándose en la caja de metal se miró fijamente en el espejo. Se veía malditamente desaliñado y sucio. Trató de arreglar su cabello rubio, pero su cabello no quería cooperar, sus nervios se dispararon al oír la suave campana del ascensor avisando que había llegado a su piso.

Otra mujer vestida igual a la de la recepción, pero con cabello rojo le sonrió.

—Por aquí, Sr. Stone.

Ella señaló la puerta doble y abrió una de ellas para Laurent. Agradeciéndole en un murmullo, él de inmediato supo que no conseguiría el trabajo en un lugar como este.

No tenía una maldita oportunidad.

—¿Laurent? —Una mujer de cabello corto y de cuerpo esbelto se levantó desde su lugar en la larga mesa, ofreciendo su mano. Él la estrechó y ella ofreció asiento.

Ella abrió una carpeta y supuso que contenía su currículo. Miró su regazo y jugueteó con sus dedos por un momento, la sala de juntas se sumergió en un incómodo silencio mientras ella estudiaba su hoja de vida.

—Muy bien... veo que no tiene mucha experiencia en el campo laboral y eso está bien, no lo considero un defecto en lo absoluto. —La miró un poco sorprendido. Ella sonrió lentamente, casi como un depredador. —Ahora, ¿tú preferencia sexual es?

—¿Disculpa? —Laurent se sonrojó violentamente.

—¿Eres gay, hetero, bisexual? Sé honesto —ella advirtió, apuntando con su dedo índice—. Soy de mente abierta así que no te preocupes por lo que podría pensar sobre ti, Laurent.

—Soy gay... —murmuró, esto era embarazoso.

—Bueno, sobre la experiencia... no necesitas ese tipo de experiencia para este trabajo.

—¿A qué se refiere? —Sus ojos cayeron sobre la tarjeta de identificación presionada en la solapa de su traje. Gaile, leyó.

—¿Usted ha oído de nosotros alguna vez? —preguntó Gaile. Laurent sacudió la cabeza y ella lo miró como si estuviera esperando esa respuesta. —Este empleo es... peculiar.

—¿Sería más explícita, por favor?

—Seré breve y directa. Esta es una agencia dedicada a una relación benefactor-beneficiado, tú serías un perfecto candidato para ser un beneficiado, tienes el perfil. Estás aquí porque buscas tu bienestar, tu seguridad y nosotros podemos dártelo. Ofrecemos un acuerdo directo entre tú y el benefactor. Negociamos límites, el período, reglas y condiciones para un beneficio mutuo. Yo sólo sería la intermediaria y recibiría el diez por ciento de la ganancia mensual.

Laurent parpadeó, confundido. El dolor en su cabeza estaba matándolo.

—No estoy comprendiendo nada de lo que dices para ser honesto.

Gaile sonrió casi con ternura cuando cerró la carpeta de su currículo y lo miró fijamente a los ojos preparándolo para algo que no estaba muy seguro de querer oír.

—Una relación sugar trata sobre un hombre o mujer dispuesto a pagar por tu compañía con ya sea regalos, objetos, bienestar o efectivo. Tú serías un beneficiario, a cambio de los beneficios tu ofreces favores.

—¿Favores? —preguntó, bruscamente.

—Favores sexuales, compañía, citas o lo que tu benefactor pida a cambio de proveerte tus necesidades, pero descuida, siempre será bajo tus reglas —agregó rápidamente.

Su corazón golpeó contra su pecho y sus nervios se dispararon con fuerza al oírla.

—¿Prostitución? ¿Tú eres una proxeneta? ¿Es eso lo que me estás tratando de decir? —dijo, totalmente fuera de su mente.

—No, Laurent. —Ella se detuvo como si estuviera buscando las palabras adecuadas para expresarse. —Agreguemos unos cuantos eufemismos, cómo por ejemplo tú satisfaces para que él compense tus deseos. Es un dar y recibir. Ganar-ganar ¿Entiendes?

—Entiendo. —Laurent tragó saliva. Él no deseaba entrar en este mundo. Él simplemente estaba aterrado de hacerlo.

Tenía necesidades, sí, pero... ¿Estaba realmente desesperado para entrar en esto? ¿Para poner un precio a su cuerpo?

Gaile pareció leer sus pensamientos cuando apretó su mano con otra sonrisa casi maternal.

—Si estás dispuesto, yo sería algo así como tu portavoz en todo esto, no te dejaría solo, mis chicos son importantes para mí y tendrías un contrato, repito que serán tus reglas, pero nuestro juego —ella explicó con una voz suave. Tal vez, tratándolo de calmar—. Soy una persona seria y estricta. Tomo esto en serio, si no quieres hacerlo puedes irte sin ninguna represalia, pero si decides dar una oportunidad a esto puedes contactarme aquí. Tú eres el candidato que estaba buscando ¡Eres perfecto!

Laurent recibió la perfumada tarjeta de los delicados dedos de Gaile, en el reverso había un número impreso hecho con una pluma rosa con brillos.

Asintiendo, se despidió lo más rápido que pudo y salió con prisa de aquel edificio.

De alguna forma, presintió que tendría que regresar.

Después de todo... ¿Tenía opción?


______________________


¹

Es una práctica realizada por viajeros que buscan transporte de manera gratuita

.


²

Adicto a las drogas duras como la heroína

.