Prefacio
Edward acababa de llegar a su casa después de una larga entrevista de trabajo.
Lo había conseguido.
Tenía el trabajo, y después de pasar medio año sin tener relación con la medicina, al fin tendría la oportunidad de volver a conectarse con su vocación.
No había entrado a un hospital en seis meses, y hacía más tiempo aún que no pisaba un quirófano, pero de algo le servirían los años de práctica que había tenido antes de que lo despidieran por una supuesta negligencia médica que él estaba seguro de no haber cometido.
Pero bueno, la persona que lo había demandado tenía dinero, y eso le había enseñado que en este mundo es comer o ser comido.
Se había estado manteniendo hasta entonces con la pequeña pero considerable fortuna que le había dejado su padre cuando murió, pero ansiaba volver a estar en contacto con la medicina.
Y ahora lo estaría. Iba a enseñar cardiología en el Universidad de Columbia, su alma máter.
Y quería celebrarlo en grande.
Ya era hora de que las cosas buenas comenzaran a pasarle.
En la entrevista, uno de sus colegas contrincantes lo había dejado sorpresivamente caliente.
Le había estado echando miradas a su trasero y a su paquete de una manera para nada disimulada, pero el hombre no parecía darse cuenta.
Mierda.
Como lo había puesto ese hombre…
Era delgado, pero musculoso; alto, pero no más que él; llevaba unos pantalones de vestir que hacían resaltar su culo y marcaban lo que había entre sus piernas, haciendo que su mente comenzase a volar pensando en todas las formas en las que le gustaría tenerle en ese momento. Justo como a Edward le gustaban.
Maldita sea, como le abría encantado encajarle su polla, pero este ni siquiera volteó a verlo. Ni una sola vez.
Así que decidió irse por la vía fácil.
No iba a quedarse con las ganas.
No...
Él tenía que celebrar que ahora era profesor, y si aquel hombre no quería pasarla bien con él, entonces Edward encontraría a alguien que quisiera tener algo de diversión.
Contrataría a un prostituto.
Después de dejar el saco en el perchero, Edward abrió su computadora portátil y tecleó la dirección de la página que una vez un amigo le había recomendado.
En cuanto presionó el enter, el navegador lo envió a un catálogo de “chicos de paga”.
Edward los iba pasando de uno en uno leyendo sus nombres y viendo la foto principal que había junto a éstos.
Eddie Star.
Cole Quick.
Opened Adam.
Era más que obvio que esos no serían sus nombres verdaderos, pero no le importaba. Lo único que quería encontrar era a alguno que en verdad hiciera que su pene se pusiera completamente duro.
Siguió pasándolos sin mucho interés hasta que encontró a uno.
Rubio, alto, delgado, ojiazul y con los labios rosados. En la foto llevaba una única prenda: un calzoncillo blanco, que en realidad no dejaba mucho a la imaginación.
Glenn Scarlet.
Mierda, incluso el nombre falso sonaba a algo interesante.
Dio clic en su nombre y la página de su perfil se abrió, mostrando una mayor cantidad de imágenes del chico Scarlet.
Una en particular, en donde aquel joven estaba de espaldas, pero aún así volteaba a sonreír pícaramente a la cámara llamó la atención de Edward más que las demás.
Ésa fue la que lo convenció.
Quería cogerse a aquel chico.
Tomó su teléfono y marcó al número de la compañía de prostitutos a la que pertenecían ese chico y todos los demás.
Después de dos timbres le contestó una mujer con un tono amable.
—Buenas noches —saludó—. Usted está hablando con Los Chicos de Fuego —dijo ella. El nombre del sitio no dejaba de sonarle ridículo—. ¿Eligió ya a uno de los chicos del catálogo?
Edward se aclaró la garganta y habló.
—Sí —respondió con su voz gruesa y varonil—. Quiero a Glenn Scarlet.
La chica lanzó un sonido como si estuviera pensando.
—Permítame —dijo.
Edward pudo escuchar cómo tecleaba en la computadora y después de unos segundos volvió a la línea.
—Es usted un hombre con suerte —continuó diciendo—. Scarlet está libre esta noche. Usualmente está reservado siempre. Es nuestro chico más pedido.
—Es bueno escuchar eso.
Sintió algo de alivio. Ningún otro chico del catálogo le había llamado tanto la atención como lo hizo ese Glenn Scarlet.
Él quería que ese chico fuera solamente para él. No importaba el precio. Lo quería en su cama.
Iba a cogerlo duro, y ese puto le pediría más.
Y él iba a darle más...
—Le comunicaré con él para que puedan acordar el precio. Le recomiendo que sea generoso. Así, Scarlet y cualquiera de nuestros otros chicos estarán encantados de volver a trabajar para usted.
—Gracias —respondió Edward y después volvió a escucharse el pitido que significaba que había transferido su llamada a otro teléfono.
Este tardó más en contestar.
Al sexto timbre la voz de un chico contestó.
—¿Hola? —habló.
—¿Hablo con Glenn Scarlet? —le preguntó Edward.
—Él habla —respondió luego de dos segundos—. ¿Con quién tengo el placer?
Edward dudó en dar su verdadero nombre, así que decidió cambiárselo.
—Albert Klein —dijo—. Me gustaría hacer una cita contigo.
El chico tardó otros dos segundos en volver a hablar. Tal vez fuera la línea.
—¿De cuánto estamos hablando? —preguntó.
—¿Cuánto pides?
Otros dos segundos, pero a Edward no le parecía molesto, sino excitante.
—Doscientos —dijo.
Edward recordó el consejo de la chica. Sería generoso.
No le importaba gastar unos cuantos dólares en este chico. Al final, era para disfrutarlo, ¿no?
—Te daré quinientos —replicó Edward.
Dos segundos más. La erección en el pantalón de Edward parecía a punto de estallar.
—Hecho —dijo Scarlet. Edward sonrió—. ¿Dónde quieres que nos veamos?
Edward pensó en el bar que estaba en frente de su edificio.
—¿Conoces el Emerald’s? —preguntó.
Los dos segundos siguientes se transformaron en cuatro.
Al final el chico respondió con una voz dulce.
—Sí —pausa—. Sé dónde es.
—Te veré allí en cuarenta y cinco minutos. Sé puntual y tal vez puedas ganar más... —le dijo Edward, con su mejor tono sensual.
No le importaba mostrarle a Scarlet que estaba muy excitado y quería verlo cuanto antes. En una hora ese chico estaría chupándole la polla.
—Está bien —respondió—. Nos vemos allí...
Edward iba a colgar, pero la voz del chico volvió a sonar por la bocina.
—Espera —dijo, exaltado—. ¿Cómo te reconoceré?
Edward volvió a sonreír.
—Iré de vestir —respondió—. Corbata azul marino, traje negro.
—Eso es muy genérico —replicó el chico.
A Edward le agradaba cada vez más ese tal Scarlet.
—No te preocupes —dijo él—. Sabrás reconocerme...